El experimento de la prisión de Stanford, dirigido por Philip Zimbardo en 1971, no se considera un fraude en el sentido de que los eventos descritos no ocurrieran o fueran completamente fabricados. Sin embargo, ha sido objeto de críticas significativas y controversias que han llevado a cuestionar su validez científica y ética. A continuación, te detallo los puntos principales para que entiendas por qué algunos lo ven con escepticismo, sin llegar a calificarlo directamente como fraude:
Críticas metodológicas:
Falta
de rigor científico: El experimento no siguió un diseño experimental
estricto. No hubo un grupo de control adecuado, y la muestra (24
estudiantes universitarios) era pequeña y no representativa.
Intervención
del investigador: Zimbardo no fue un observador neutral; participó
activamente como "superintendente" de la prisión, lo que pudo influir en
el comportamiento de los participantes.
Sesgo de
selección: Los participantes fueron seleccionados a través de anuncios
que buscaban voluntarios para un "experimento de prisión", lo que pudo
atraer a personas con ciertas predisposiciones psicológicas.
Manipulación de los resultados:
Hay
evidencia de que Zimbardo y su equipo influyeron en los participantes
para que actuaran de cierta manera. Por ejemplo, se les dieron
instrucciones específicas a los "guardias" para que fueran más
autoritarios, lo que sesgó los resultados hacia un comportamiento más
extremo.
Algunos participantes han declarado
posteriormente que sintieron presión para actuar de forma dramática,
sabiendo que estaban en un experimento.
Críticas éticas:
El
experimento fue ampliamente criticado por su falta de ética. Los
participantes, especialmente los "prisioneros", fueron sometidos a un
estrés psicológico severo, y no se les proporcionó una salida clara del
experimento.
Zimbardo detuvo el experimento después
de seis días (en lugar de los 14 planeados) debido a la intensidad de
las dinámicas, pero no antes de que algunos participantes sufrieran
daños emocionales.
Revisiones recientes:
En
años recientes, investigaciones y testimonios (como los de
ex-participantes y artículos publicados en medios como Medium en 2018)
han sugerido que el experimento fue más teatral de lo que se presentó
inicialmente. Algunos "guardias" admitieron que exageraron su
comportamiento para cumplir con las expectativas de Zimbardo.
Críticos
como el psicólogo Ben Blum han argumentado que el experimento no
demuestra tanto el "poder de la situación" (como Zimbardo afirmó) sino
más bien el poder de las expectativas y la influencia del
experimentador.
Defensa de Zimbardo:
Zimbardo
ha defendido su experimento, argumentando que demostró cómo los
entornos institucionales pueden deshumanizar a las personas y fomentar
comportamientos crueles. Sin embargo, reconoce algunas fallas éticas y
metodológicas, atribuyéndolas en parte a la época (los estándares éticos
en la psicología eran menos estrictos en los años 70).
Conclusión:
No es exacto decir que el experimento de Zimbardo fue un "fraude" en el
sentido de ser completamente falso o inventado. Los eventos ocurrieron,
y hubo dinámicas psicológicas reales observadas. Sin embargo, las
críticas sobre su metodología, la manipulación de los participantes y la
falta de rigor científico han llevado a que muchos en la comunidad
académica lo vean como un estudio problemático y poco fiable para
generalizar sobre el comportamiento humano. Su valor hoy se considera
más histórico y educativo (como un ejemplo de los peligros de los
experimentos poco éticos) que como una fuente de conocimiento científico
sólido.
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