jueves, 29 de enero de 2026

 Lazzaro Spallanzani o la épica de lo invisible

No luchó contra ejércitos
ni fundó imperios,
pero descendió al abismo más profundo
que conoce el ser humano:
lo que no se ve.

Mientras los poderosos discutían fronteras,
y los teólogos se peleaban por el alma,
Spallanzani se inclinó sobre una gota de agua
y declaró la guerra a una mentira antigua:
que la vida brota de la nada,
que el mundo se explica solo,
que no hace falta preguntar.

Fue un monje sin claustro
y un guerrero sin estandarte.
Su enemigo no tenía rostro:
era la generación espontánea,
esa superstición cómoda
que decía que la vida aparece
como aparecen los privilegios:
sin causa, sin historia, sin responsables.

Spallanzani no gritó.
No escribió panfletos.
Hirvió caldos.
Selló frascos.
Repitió el experimento
una y otra vez
como quien reza
pero con método.

Y ahí ocurrió lo imperdonable:
demostró que la vida no aparece,
la vida se hereda.
Que incluso lo minúsculo
tiene genealogía.
Que hasta el microorganismo
es hijo de algo.

Ese gesto es revolucionario
Porque decir que la vida tiene origen
es decir que el orden del mundo no es natural.
Que lo que existe pudo no existir.
Que todo sistema tiene condiciones,
y por tanto, puede cambiar.

Spallanzani abrió cuerpos de animales
no por crueldad,
sino por respeto a la verdad.
Estudió la digestión
como si fuera una alquimia secreta,
anticipando que el cuerpo
no es castigo ni pecado,
sino laboratorio.

Investigó la reproducción
cuando hablar de sexo era indecente,
y mostró que la fecundación
no es magia ni designio divino,
sino encuentro material,
preciso, verificable.

Ahí también hay política:
quitarle al misterio su aura sagrada
para devolverlo a la humanidad.

Por eso fue sospechoso.
Por eso fue incómodo.
Porque el poder tolera al sabio
solo cuando no explica demasiado.

Spallanzani pertenece a esa estirpe
de héroes sin estatua,
los que cambian el mundo
sin que el mundo se dé cuenta.
Los que trabajan lento
mientras la historia corre rápido.
Los que saben que una verdad pequeña
puede derrumbar una mentira enorme.

No prometió paraísos.
No habló de redenciones.
Solo dijo: miremos bien.
Y en ese gesto humilde
había una épica mayor
que la de muchas revoluciones fallidas.

Porque quien enseña a mirar
le quita al poder
el monopolio del relato.

Spallanzani no gritó “¡Venceremos!”
pero dejó algo más peligroso:
un método.

Y un método, 
cuando cae en manos del pueblo,
es dinamita lenta.

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