El derecho a estar aquí: una reflexión filosófica sobre la frase de David Attenborough
I. El golpe al antropocentrismo
La frase de David Attenborough funciona como una bofetada filosófica al orgullo humano. En pocas palabras, desarma una de las creencias más arraigadas de la modernidad: la idea de que el ser humano ocupa una posición privilegiada, casi natural, en la jerarquía del mundo. La afirmación no dice que los humanos no tengamos derecho a existir; dice algo más inquietante: que nuestro derecho no es mayor que el de cualquier otra forma de vida.
Este cuestionamiento apunta directamente al antropocentrismo, la doctrina —explícita o implícita— según la cual el mundo existe para el ser humano. Desde esta perspectiva, la naturaleza es recurso, el animal es medio, el ecosistema es escenario. Attenborough propone detener ese impulso automático y dar un paso atrás, gesto que es tanto físico como moral: mirar el conjunto antes de justificarnos.
II. Derecho, existencia y poder
Hablar de “derecho a estar aquí” implica ya una paradoja. El concepto de derecho es humano, jurídico, cultural. Ningún animal reclama derechos, pero todos ejercen su existencia. La pregunta, entonces, no es quién tiene derecho, sino quién se arroga la autoridad de decidir quién merece existir.
Cuando el ser humano actúa como si tuviera más derecho que los demás animales, lo que en realidad está afirmando no es una superioridad moral, sino una superioridad de poder. Puede destruir, modificar, extinguir. Pero el poder no equivale al derecho. Confundir ambos ha sido una constante en la historia humana: del colonialismo a la devastación ambiental, del dominio de otros pueblos al dominio de otras especies.
Attenborough nos recuerda que la existencia no es una concesión moral: es un hecho compartido. Vivimos porque estamos vivos, no porque hayamos ganado un juicio cósmico.
III. Ecos de la filosofía clásica y moderna
Aunque la frase suena contemporánea, su espíritu no es nuevo. En Spinoza, por ejemplo, no hay jerarquía ontológica entre los seres: todo lo que existe es expresión de una misma sustancia. El ser humano no es un “imperio dentro de otro imperio”, sino una parte más de la naturaleza.
Más tarde, Schopenhauer ampliará el círculo moral al reconocer la voluntad de vivir en los animales y denunciar la crueldad humana como una falla ética profunda. En el siglo XX, Hans Jonas hablará de una ética de la responsabilidad, donde el poder tecnológico del ser humano lo obliga moralmente a proteger la vida, no a explotarla.
En todos estos pensadores aparece una idea común: la superioridad racional no autoriza la dominación absoluta. Pensar más no nos legitima para arrasar más.
IV. La ilusión de la excepción humana
El problema central que señala Attenborough es la ilusión de la excepción: creer que el ser humano está fuera de las reglas que rigen al resto de la vida. Esta ilusión ha producido avances técnicos extraordinarios, pero también una ceguera peligrosa. Actuamos como si el colapso ecológico fuera un problema externo, cuando es una consecuencia directa de nuestra conducta.
Decir que no tenemos más derecho a estar aquí que cualquier otro animal no nos rebaja; nos reubica. Nos devuelve al tejido del que nunca salimos realmente. Somos animales con lenguaje, memoria histórica y capacidad simbólica, sí, pero seguimos siendo dependientes del agua, del suelo, de los insectos, de los bosques.
V. Humildad ontológica y responsabilidad ética
La frase de Attenborough no es misántropa; es una invitación a la humildad ontológica. Reconocer que no somos el centro no implica negar nuestra responsabilidad especial. Al contrario: cuanto más conscientes somos, mayor es nuestra obligación.
Si no tenemos más derecho a estar aquí que los demás animales, entonces tenemos el deber singular de no anularlos. Nuestra ética no debería basarse en la dominación, sino en la coexistencia. No se trata de idealizar la naturaleza ni de renunciar a la vida humana, sino de abandonar la fantasía de que todo nos pertenece.
VI. Conclusión: dar el paso atrás
Dar un paso atrás, como sugiere Attenborough, no es retroceder: es ganar perspectiva. Es mirar el mundo no como propietarios, sino como huéspedes temporales. Quizá el mayor acto de madurez de nuestra especie consista en aceptar que estar aquí no nos hace dueños del aquí.
En ese reconocimiento hay algo profundamente filosófico y, paradójicamente, profundamente humano: entender que compartir el mundo no nos empequeñece, sino que nos devuelve al lugar que siempre ocupamos.
Bibliografía básica
Attenborough, D. A Life on Our Planet. Witness Books, 2020.
Spinoza, B. Ética demostrada según el orden geométrico. Alianza.
Schopenhauer, A. El mundo como voluntad y representación. Trotta.
Jonas, H. El principio de responsabilidad. Herder.
Singer, P. Liberación animal. Trotta.
Naess, A. Ecología, comunidad y estilo de vida. Icaria.
Leopold, A. A Sand County Almanac. Oxford University Press.

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