viernes, 16 de enero de 2026

**¿Instinto, maldad o inmadurez moral?

Una hipótesis sobre cómo podría juzgarnos una civilización extraterrestre**

Los seres humanos no consideramos malvados a los animales. Un león que mata a las crías de otro macho no es juzgado moralmente: entendemos que actúa conforme a su naturaleza, guiado por instintos moldeados por la evolución. No hay deliberación ética, no hay alternativa reflexiva; hay supervivencia, impulso, programa biológico.
La pregunta inquietante es inevitable: ¿qué pasaría si una civilización extraterrestre sumamente avanzada nos observara a nosotros?
¿Vería maldad… o simplemente instinto?

La analogía no es caprichosa. Así como la distancia cognitiva y moral entre humanos y animales nos permite suspender el juicio ético sobre estos últimos, una civilización muy superior a la nuestra podría percibirnos como una especie aún atrapada en fases primitivas de su desarrollo moral. Guerras, genocidios, destrucción ambiental, explotación sistemática de otros seres humanos y del planeta entero: todo esto podría interpretarse no como perversión consciente, sino como comportamiento de especie no trascendido.

Desde ese punto de vista, el ser humano sería algo así como un animal técnicamente brillante pero éticamente inmaduro. Capaz de lenguaje simbólico, ciencia y arte, pero todavía gobernado por el miedo, la tribalidad, la dominación y la acumulación. Una especie que logró controlar fuerzas físicas colosales sin haber aprendido antes a gobernarse a sí misma.

Sin embargo, aquí aparece una diferencia crucial que impide una absolución completa. A diferencia de los animales, los humanos sí sabemos lo que hacemos. Reflexionamos sobre el bien y el mal, construimos sistemas morales, proclamamos derechos universales, escribimos constituciones, filosofías y religiones que condenan explícitamente la violencia, la injusticia y la crueldad. Sabemos —con claridad incómoda— que devastar ecosistemas, matar civiles, torturar, humillar o excluir está mal. Y aun así lo hacemos.

Por eso, una civilización extraterrestre verdaderamente avanzada probablemente no nos vería como bestias inocentes. Tampoco como demonios. Tal vez nos juzgaría como una especie en transición, suspendida entre el instinto y la responsabilidad. No animales inconscientes, pero tampoco sujetos plenamente éticos a escala civilizatoria.

El juicio, entonces, no sería moral en el sentido humano —culpa, pecado, castigo— sino evolutivo. Algo parecido a observar a un adolescente con enorme potencial intelectual, pero emocionalmente inmaduro y peligroso:
“Tiene conciencia suficiente para saber lo que hace, pero no la madurez colectiva para actuar en consecuencia.”

Lo más inquietante de esta hipótesis no es el juicio extraterrestre en sí, sino lo que revela sobre nosotros mismos. Quizá el verdadero parteaguas moral no esté entre humanos y animales, sino entre quienes siguen ciegamente el instinto y quienes asumen responsabilidad por el daño que causan. Dentro de nuestra propia especie coexisten ambos niveles: individuos y grupos capaces de lucidez ética, sofocados por sistemas que premian la inconsciencia, la violencia y la indiferencia.

Una civilización avanzada no condenaría a la humanidad como un bloque homogéneo. Vería estructuras, incentivos, narrativas. Vería minorías conscientes intentando contener una maquinaria que funciona por inercia biológica y económica. Y tal vez concluiría que el problema no es que el ser humano sea “malvado”, sino que aún no ha decidido, como civilización, dejar de comportarse como una especie que solo reacciona.

La pregunta final, entonces, no es qué pensarían los extraterrestres de nosotros.
La pregunta es mucho más incómoda:

¿Cuánto tiempo más vamos a seguir justificando nuestras atrocidades como si todavía no supiéramos lo que hacemos, cuando hace siglos que lo sabemos?


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