miércoles, 21 de enero de 2026

 Dos cuestiones científicas de nuestra era, concernientes a regresiones infinitas, seguramente no pueden ser contestadas nunca. ¿Es nuestro universo, en su continua expansión, todo cuanto existe, o es sólo parte de un sistema más vasto todavía, del que nada sabemos? 

La segunda cuestión va en sentido contrario, hacia lo pequeño. 

¿Es el electrón una partícula última, o, por el contrario, tiene estructura interna, y está compuesto por partes aún menores? 

Los físicos opinan ahora que muchas partículas están formadas por combinaciones de quarks. ¿Estarán los quarks formados por entidades aún más pequeñas? Hay físicos que consideran verosímil que no haya fin en ninguna de estas dos direcciones. El universo total de universos sería como un inmenso juego de cajas chinas, en el que no hubiera ni caja mínima ni caja máxima, al igual que no existe un entero positivo que sea máximo ni un quebrado menor que los demás.

Aquí hay una de esas ideas que, cuando se piensan con calma, no dan respuestas, sino que reordenan la cabeza.

Lo primero: esto no es un problema técnico de la física, es un límite estructural del pensamiento humano. La regresión infinita —hacia lo grande o hacia lo pequeño— no nos confronta con una ecuación mal resuelta, sino con algo más incómodo: la posibilidad de que la realidad no esté hecha para cerrarse.

1. Hacia lo grande: el vértigo cósmico

La pregunta “¿el universo es todo lo que existe?” parece natural, pero en realidad es tramposa. Porque todo ya presupone un borde, y hablar de un borde del todo es casi una contradicción. Si existe un “más allá” del universo, entonces el universo deja de ser el universo y pasa a ser una región.
El multiverso, las burbujas cósmicas, los universos inflacionarios… más allá de si son correctos o no, todos comparten una intuición brutal: quizá no hay un nivel último de totalidad. No hay “la caja final”.

Y eso es profundamente antiteológico en el sentido clásico: no hay un escenario definitivo donde se baja el telón.

2. Hacia lo pequeño: el abismo microscópico

Con lo diminuto ocurre lo mismo. Durante siglos creímos que el átomo era indivisible (de hecho, eso significa átomo). Luego vino el electrón, el protón, el neutrón; luego quarks; luego campos; luego cuerdas hipotéticas…
Y cada vez que decimos “esto sí parece fundamental”, la historia nos ha enseñado a desconfiar.

Tal vez no haya “ladrillos últimos de la realidad”. Tal vez la materia no esté hecha de cosas, sino de relaciones, de procesos, de patrones que se repiten a distintas escalas.

3. La analogía matemática no es casual

Compararlo con los números no es una metáfora bonita: es una advertencia.

  • No existe el entero positivo máximo.

  • No existe el número positivo más pequeño.

La razón no es empírica, es lógica. Y eso sugiere algo inquietante: la estructura del universo podría parecerse más a una estructura matemática que a un objeto terminado.

4. La consecuencia filosófica (la que incomoda)

Si no hay ni lo máximo ni lo mínimo:

  • No hay fundamento último donde descansar.

  • No hay explicación final que cierre todo.

  • No hay “última capa” donde decir: aquí termina el misterio.

Esto golpea tanto al cientificismo ingenuo (“la ciencia lo explicará todo”) como al dogmatismo religioso (“todo tiene un origen último claro y definido”).

5. Una reflexión más personal

Tal vez el error no está en que no podamos responder estas preguntas, sino en creer que tienen que tener respuesta.
Quizá el universo no es un libro con última página, sino una narración sin final, o mejor aún: un lenguaje que nunca se agota.

Pensarlo así no es rendirse. Es asumir con honestidad que vivimos en una realidad que no se deja clausurar, y que el asombro no es una etapa infantil del conocimiento, sino su estado adulto.

Dicho sin rodeos:

Tal vez lo más profundo que la ciencia nos está diciendo no es cómo es el universo, sino que no está hecho para tranquilizarnos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Archivo del blog

Buscar este blog