Sarojini Naidu no fue solo una poeta: fue una garganta encendida en medio del imperio. La llamaron el ruiseñor de la India, pero ese apodo se queda corto, casi decorativo, si no se escucha el temblor político que había en su canto. Porque Naidu cantaba, sí, pero cantaba contra algo: contra la obediencia colonial, contra el silencio impuesto, contra la idea de que una mujer debía ser ornamento y no voz.
Su poesía nace en una lengua prestada —el inglés— y ahí ya hay una tensión fundamental. Escribir en el idioma del dominador y aun así llenarlo de especias, de bazares, de dioses, de ríos sagrados, de cuerpos morenos y vidas populares. Sarojini toma el inglés y lo indianiza, lo vuelve flexible, sensual, musical. No pide permiso. Lo habita. Lo tuerce. Como si dijera: también esto nos pertenece.
Pero sería un error leerla solo como una esteta exótica para consumo europeo. Su lirismo no es evasión: es estrategia. Mientras el Imperio británico reduce a la India a estadísticas, materias primas y mapas, Sarojini responde con imágenes: vendedoras de brazaletes, tejedores, pescadores, madres, niños. Le devuelve rostro a lo que el poder quiere abstracto. Su poesía es una forma de resistencia suave, pero persistente: humanizar a los colonizados cuando el sistema necesita deshumanizarlos.
Y luego está su vida, que es en sí misma un poema político. Sarojini Naidu no se conformó con escribir sobre la libertad: la caminó. Fue compañera de lucha de Gandhi, oradora incansable, dirigente del Congreso Nacional Indio, primera mujer en presidirlo y después primera gobernadora de un estado indio independiente. Su cuerpo estuvo donde estaban las cárceles, las marchas, la represión. No fue la poeta que observa desde la ventana: fue la poeta que sale a la calle y se expone.
Ahí ocurre algo fascinante: su poesía y su acción política no se contradicen. En ella no hay esa división cómoda entre el alma delicada y la militancia áspera. Sarojini demuestra que la belleza también puede ser combativa. Que el ritmo, la metáfora, la musicalidad no son adornos burgueses sino formas de memoria y de dignidad. Frente a un imperio que habla en prosa administrativa, ella responde en verso.
Como mujer, su desafío fue doble. Enfrentó al colonialismo y al patriarcado al mismo tiempo. Y lo hizo sin renunciar a la feminidad, sin masculinizar su voz para ser tomada en serio. Eso incomoda todavía hoy. Sarojini Naidu prueba que la ternura no es debilidad, que la emoción no invalida la política, que una mujer puede cantar y mandar, escribir y gobernar, amar la belleza y al mismo tiempo exigir justicia.
Hay algo profundamente actual en ella. En tiempos donde la política se ha vuelto un lenguaje seco, tecnocrático, sin alma, Sarojini recuerda que los pueblos no se mueven solo por programas, sino por imaginarios, por símbolos, por canciones. Que la liberación no es solo cambiar de bandera, sino recuperar la voz.
Sarojini Naidu fue eso: una voz que se negó a ser silenciada, una poeta que entendió que escribir también es una forma de pelear. Un ruiseñor, sí, pero uno que cantaba en medio del incendio.
Y ese canto —todavía— no se apaga.

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