El contínuum se ha roto porque el animal humano ha dejado de habitar un mundo humano. Vivimos en un mundo creado por y para las instituciones que prosperan en el comercio, no por y para seres humanos que prosperan en la comunidad, la risa y el ocio. «Las expectativas y tendencias de nuestra especie —en palabras de Liedloff— ya no se corresponden en un entorno consecuente con aquello en lo que esas expectativas y tendencias se formaron».
Da
igual la cantidad de veces que nos repitan que vivimos en la tierra
prometida o, incluso, hasta qué punto creamos que esto es verdad. El
animal humano está enfermo por la desconexión entre la nutrición
esperada para la que evolucionó y los disparates azucarados con los que
se encuentra. Incluso si la publicidad implacable nos lleva a creer que
los refrescos son nutritivos, nuestro cuerpo es mucho más sabio y es
probable que responda con caries, diabetes y enfermedades cardíacas.
Incluso quienes creen estar satisfechos, pueden no estarlo. «Su perfecta
adaptación a esa sociedad es una medida de la enfermedad mental que
padecen —escribió Aldous Huxley, en referencia a— millones de personas
anormalmente normales, que viven sin quejarse en una sociedad a la que,
si fueran seres humanos cabales, no deberían estar adaptados».[
Christopher Ryan .
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