El filósofo ebrio
1. Sartre y la tostada libre
Hay domingos que empiezan con un café y terminan con una copa de vino que nadie pidió, excepto yo, Sartre en versión fin de semana. La existencia me aplasta, pero la tostada a mi lado me mira con ojos de pan recién horneado, preguntándose si tiene libertad para ser comida. Yo, en mi borrachera filosófica, reflexiono: ¿es la tostada libre si la muerdo? ¿O la libertad solo existe en la mente, mientras mi cuerpo se tambalea sobre la mesa?
El camarero me observa con desdén, como si supiera que estoy a punto de descubrir la nada entre un sorbo y otro. La libertad, pienso, es como el vino: se siente bien al principio, luego te deja un sabor amargo y te obliga a mirar de frente a la responsabilidad.
En el fondo, la resaca del filósofo no es otra cosa que la constatación de que ser libre duele. Duele levantarse, duele decidir, duele enfrentar la tostada que quizá no quería ser comida. Pero ahí está la belleza: la libertad no se encuentra en abstenerse de beber, sino en aceptar que uno es responsable… incluso de sus excesos.
Y mientras el reloj avanza, yo levanto mi copa hacia la tostada, hacia la existencia y hacia todos los domingos que terminan demasiado tarde. Porque la vida, como el vino barato, se disfruta más cuando la abrazas sin miedo, aunque te deje un dolor de cabeza monumental.
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