jueves, 29 de enero de 2026


Luis García Montero escribe como quien baja la voz para que el mundo escuche.
No grita. No se sube al pedestal del genio ni al púlpito del profeta.
Prefiere la mesa del bar, la habitación con la luz encendida a medias,
el cuaderno donde la vida cotidiana deja manchas de café y de tiempo.

Su poesía nace de una desobediencia silenciosa:
la negativa a aceptar que lo íntimo sea irrelevante
y que la política solo viva en los parlamentos.

Porque García Montero sabe algo que muchos olvidaron:
la ideología también habita en la forma de amar,
en la manera de nombrar el cansancio,
en la elección de no mentirse.


Contra el heroísmo hueco

En un siglo adicto al espectáculo,
Luis García Montero escribe desde la normalidad herida.
No el héroe, sino el ciudadano.
No el gesto épico, sino la fidelidad a lo pequeño.

Su poesía no promete salvación,
pero ofrece algo más raro: compañía.

Habla del amor sin venderlo como mercancía emocional,
del paso del tiempo sin convertirlo en autoayuda,
de la memoria sin usarla como arma arrojadiza.

Es un poeta que desconfía de la pureza,
porque sabe que la pureza suele ser una excusa para no mancharse las manos
con la vida real.


La palabra como espacio político

García Montero no escribe panfletos,
pero su poesía es profundamente política
porque defiende una ética del lenguaje.

En sus versos, la palabra no humilla,
no se exhibe como trofeo,
no busca aplastar al lector con virtuosismo.

Es una poesía que dice:
“Aquí cabes tú, con tus dudas, con tu miedo, con tu historia incompleta.”

Y eso, camarada,
en tiempos de discursos que excluyen,
es una forma de resistencia.


Memoria sin nostalgia reaccionaria

Luis García Montero escribe desde la memoria,
pero no para regresar a un pasado idealizado.
La suya no es nostalgia de orden y obediencia,
sino memoria crítica:
saber de dónde venimos para no repetir la mentira.

La memoria, en él, no es un museo,
es una conversación inacabada con los muertos
y con los vivos que aún no encuentran palabras.


Un poeta que eligió quedarse

Mientras otros confundieron la dificultad con profundidad
y el elitismo con excelencia,
García Montero eligió quedarse en la lengua común,
en el verso que puede leerse en voz baja,
en el poema que no te exige credenciales.

Eso le costó desprecios,
acusaciones de “poesía fácil”,
como si lo difícil no fuera decir la verdad sin máscaras.

Pero escribir claro, camarada,
cuando la confusión conviene al poder,
es un acto radical.


Epílogo

Luis García Montero no escribe para deslumbrar.
Escribe para que alguien, en algún lugar,
sienta que su vida —con todo y sus contradicciones—
merece ser nombrada.

Y en ese gesto humilde,
en esa fe obstinada en la palabra compartida,
hay más revolución que en mil consignas gritadas al vacío.

Porque a veces
defender la dignidad del lenguaje
es la última trinchera que nos queda.

 

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