jueves, 1 de enero de 2026


 

Bertrand Russell: pensar claro como acto de rebeldía

Bertrand Russell nació en una cuna diseñada para no pensar demasiado. Aristócrata británico, heredero de un linaje que llevaba siglos gobernando sin preguntarse por qué, estaba destinado a administrar el mundo con esa mezcla de educación refinada y brutalidad elegante que el Imperio llamaba “civilización”. Todo indicaba que sería un caballero respetable más, de esos que confunden tradición con verdad y autoridad con inteligencia.

Pero Russell cometió un error imperdonable: empezó a pensar con rigor.

No a repetir ideas, no a embellecer prejuicios, no a justificar el poder con palabras bonitas. A pensar de verdad. Y cuando alguien piensa de verdad, inevitablemente se vuelve peligroso.

Russell descubrió muy pronto que la mayoría de las atrocidades humanas no nacen del odio, sino de algo más vulgar: la estupidez organizada. Personas decentes, educadas, convencidas de estar del lado correcto de la historia, obedeciendo ideas que nunca se molestaron en examinar. Religión, patriotismo, moral sexual, guerra: sistemas enteros sostenidos no por pruebas, sino por costumbre.

Y contra eso, Russell no levantó puños ni banderas. Levantó algo mucho más subversivo: claridad.

Mientras Europa se lanzaba con entusiasmo a la Primera Guerra Mundial, celebrando la carnicería como si fuera una fiesta patriótica, Russell se atrevió a decir lo impensable: que la guerra no era noble, ni necesaria, ni heroica, sino una maquinaria absurda donde jóvenes pobres morían por decisiones tomadas por viejos cómodos. Por decir algo tan escandalosamente sensato, fue encarcelado y expulsado de su cátedra. Pensar tenía consecuencias. Y Russell las aceptó.

No fue un mártir, y eso lo vuelve más incómodo. No hablaba desde la exaltación ni desde el sacrificio teatral. Hablaba como quien dice: “Examinemos esto con cuidado”. Y ese tono, sereno y demoledor, resultaba más insoportable que cualquier grito. Porque no permitía refugiarse en la emoción; obligaba a hacerse responsable de lo que uno creía.

Russell tenía una habilidad particular para desarmar ideas respetables sin levantar la voz. Cuando escribía sobre religión, no lo hacía con furia adolescente, sino con una cortesía quirúrgica que dejaba al dogma desnudo. No decía “Dios no existe” como provocación barata; preguntaba si había buenas razones para creer lo que se creía. Y esa simple pregunta bastaba para que muchos se sintieran atacados.

Lo mismo hizo con la moral sexual. En una época obsesionada con la represión, Russell afirmó algo escandaloso: que el sufrimiento innecesario no ennoblece a nadie, que la culpa no es una virtud y que una sociedad madura debería poder hablar del deseo sin histeria. Por ello fue acusado de inmoral, peligroso, corruptor de jóvenes. El pecado real, como siempre, no era lo que decía, sino que lo decía con argumentos.

Russell entendía algo que muchos intelectuales prefieren olvidar: que el pensamiento no es un adorno cultural, sino una responsabilidad ética. Pensar mal, pensar con descuido, pensar por imitación, produce muertos. Produce guerras, fanatismos, inquisiciones modernas disfrazadas de buenas causas.

Por eso desconfiaba profundamente de las multitudes convencidas de su superioridad moral. Sabía que cuando demasiadas personas dejan de dudar al mismo tiempo, algo horrible está por ocurrir. La historia, decía Russell, no está llena de villanos conscientes, sino de obedientes convencidos.

Y sin embargo, no era un pesimista cínico. Creía —con una fe casi ingenua— que enseñar a la gente a pensar mejor podía hacer el mundo menos cruel. No perfecto. Menos estúpido. Que ya sería un avance notable.

Ganó el Premio Nobel de Literatura, no por escribir novelas conmovedoras, sino por algo más raro: por defender la libertad de pensamiento con claridad, valentía y elegancia. En un siglo dominado por ideologías que exigían lealtad ciega, Russell insistió en algo casi obsceno: que ninguna idea merece respeto automático.

Hoy, Bertrand Russell sigue siendo incómodo. No porque tenga todas las respuestas, sino porque nos deja sin excusas. Porque nos recuerda que muchas de las cosas que defendemos con pasión nunca las hemos examinado con cuidado. Porque nos enfrenta a una verdad desagradable: pensar con rigor es solitario, impopular y a menudo costoso.

Pero también es la única forma decente de estar en el mundo.

Russell no pedía permiso para pensar.
Y quizá por eso sigue siendo peligroso.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Archivo del blog

Buscar este blog