César Vallejo o el idioma del dolor que piensa
César Vallejo no escribió poemas: los padeció.
Su lengua no buscó la belleza, sino la verdad cuando la belleza ya no alcanza. Por eso duele leerlo. Por eso incomoda. Por eso no envejece.
Vallejo escribe desde un lugar donde el mundo ya falló. Los heraldos negros no anuncia una estética, anuncia una catástrofe: golpes que “da la vida”, sin explicación, sin justicia, sin Dios que responda. No es el dolor romántico del poeta maldito; es el dolor del campesino, del hijo, del hambriento, del preso, del que no tiene metáfora suficiente para lo que vive.
Vallejo rompe el idioma porque el idioma burgués no sirve para decir el sufrimiento. La gramática es un privilegio de quien puede ordenar el mundo. El pobre, el explotado, el abandonado, habla como puede. Por eso Vallejo desarma el verso, tuerce la sintaxis, inventa palabras: no por vanguardia, sino por urgencia moral. Antes que poeta, es un testigo.
En Trilce, la lengua estalla. No porque Vallejo quiera ser oscuro, sino porque el dolor no es claro. El hambre no se explica bien. La cárcel no se narra con elegancia. La muerte de la madre no admite puntuación correcta. Vallejo no escribe para ser entendido: escribe porque callar sería traicionar lo vivido.
Pero Vallejo no se queda en el yo. Ahí está su grandeza política. A diferencia del poeta ensimismado, Vallejo sale del sufrimiento individual hacia el sufrimiento colectivo. En Poemas humanos ya no habla solo César: habla el obrero, el migrante, el humillado por la historia. El dolor deja de ser íntimo y se vuelve estructura.
Cuando Vallejo abraza el marxismo, no lo hace como consigna, sino como esperanza desesperada. No cree ingenuamente en la revolución; la necesita. Es el comunismo del que no puede permitirse el cinismo. Vallejo no escribe panfletos: escribe con los huesos. Su fe no está en el Partido, sino en el ser humano cuando deja de aplastar a otro.
Por eso su poesía es profundamente cristiana sin ser religiosa, profundamente política sin ser doctrinaria. Vallejo ama al hombre cuando está roto, no cuando triunfa. Le importa más el que cae que el que vence. Su ética es clara: nadie debería sufrir así.
Vallejo muere en París, pobre, enfermo, exiliado. Muere como vivió: sin reconciliarse con la injusticia. Y deja una obra que no consuela, pero acompaña. No promete redención, pero ofrece algo más honesto: no estás solo en este dolor.
Leer a Vallejo hoy es un acto de resistencia. En un mundo que exige optimismo obligatorio, productividad feliz y lenguaje limpio, Vallejo insiste en recordarnos que la historia se construye sobre cuerpos que duelen. Y que mientras ese dolor exista, la poesía no puede ser decorativa.
Vallejo no embellece el mundo.
Lo mira de frente.
Y eso sigue siendo un gesto radical.

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