viernes, 30 de enero de 2026

 


Flannery O’Connor: la gracia que cae como un ladrillo


Flannery O'Connor no creía en la literatura como caricia. Creía en la literatura como choque. Como cuando uno va distraído y la realidad —esa señora malhumorada— te empuja por la espalda y te obliga a mirar. En su mundo, la gracia no es luz tibia: es un rayo que quema el granero y aun así lo llama salvación.

Escribía desde el sur de Estados Unidos, ese sur lleno de Biblias subrayadas y pistolas limpias, donde la fe convive con el racismo como dos vecinos que se odian pero comparten patio. Allí, O’Connor soltó a sus criaturas: grotescas, ridículas, violentas, convencidas de su propia virtud. Personajes que creen saberlo todo… y por eso están perdidos.

Su humor no ríe: muerde.
Su ironía no guiña el ojo: lo saca.
Y Dios —cuando aparece— no entra por la puerta: irrumpe por la ventana y rompe el vidrio.

En O’Connor la redención no es un premio, es un accidente.
Un disparo. Un accidente de auto. Una humillación pública. La gracia llega cuando el ego ya no puede sostenerse en pie y cae, por fin, de rodillas, aunque sea por resbalón. Ella lo sabía: el orgullo es sordo; solo escucha cuando el mundo grita.

Y sin embargo —aquí está el truco— no hay cinismo.
Hay fe, sí, pero una fe sin azúcar. Una fe que no consuela, exige. Que no promete cielos fáciles, sino una verdad dura como hueso antiguo. O’Connor no quería lectores buenos; quería lectores despiertos.

Por eso un ensayo poético le queda como bala al revólver: permite decir lo indecible, bordear el misterio sin domesticarlo, nombrar a Dios sin volverlo mascota. Porque Flannery no escribía para explicar el mal, sino para mostrarlo caminando, hablando, creyéndose justo.

Leerla es reírse y luego preguntarse —demasiado tarde— si la risa era nerviosa.
Es sentir que alguien te admitió en una broma… y tú eres el remate.

Así escribe Flannery O’Connor:
con la gracia en una mano
y el ladrillo en la otra. 

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