sábado, 17 de enero de 2026

 

I. La científica que miró a los ojos del chimpancé

Jane Goodall llegó a Gombe en 1960 sin títulos rimbombantes ni el blindaje académico que suele exigir la ciencia para conceder legitimidad. Llegó con algo más raro y, a la larga, más poderoso: la capacidad de observar sin desprecio. En un mundo científico dominado por hombres que miraban a los animales como mecanismos biológicos, Goodall se sentó a esperar. Esperar a que los chimpancés se revelaran tal como eran.

Lo primero que hizo fue romper una norma sagrada: les puso nombre.
David Greybeard. Flo. Fifi.
Aquello escandalizó a la academia. Nombrar era, decían, “anticientífico”. Pero Goodall intuía algo esencial: solo se conoce de verdad aquello que se reconoce como individuo. Numerarlos habría sido una forma elegante de negarles interioridad.

Y entonces ocurrió el golpe sísmico.

David Greybeard tomó una ramita, la despojó de hojas y la introdujo en un termitero para extraer alimento. Un animal fabricando y usando una herramienta. El dogma se vino abajo. Hasta ese momento, la herramienta definía al ser humano. O bien —como dijo irónicamente Louis Leakey— había que redefinir al hombre, o aceptar que los chimpancés también lo eran, al menos en parte.

Pero lo más perturbador no fue la herramienta. Fue lo que vino después.

Goodall observó guerras entre grupos de chimpancés, infanticidio, jerarquías violentas, pero también duelo, ternura, juegos, reconciliación. Vio madres que cargaban durante días el cuerpo sin vida de sus crías. Vio alianzas políticas. Vio personalidades: tímidos, agresivos, pacientes, tiránicos.
En silencio, sin proclamas, destruyó la fantasía de la superioridad moral automática del ser humano.

Ahí radica la grandeza de su ciencia: no fue solo descriptiva, fue profundamente incómoda. Nos obligó a aceptar que muchas de nuestras virtudes y miserias no nacieron en las ciudades ni en las religiones, sino en la selva. Que la línea entre “ellos” y “nosotros” es más una excusa cultural que una frontera real.

Pero Goodall no respondió a este descubrimiento con cinismo. No dijo: “somos animales, todo vale”. Dijo lo contrario: si compartimos tanto con ellos, nuestra responsabilidad es mayor. Si somos capaces de reflexión moral, entonces no hay justificación para la devastación.

Su método —paciente, empático, casi contemplativo— fue también una crítica al modelo de ciencia extractiva: observar para dominar, clasificar para controlar. Jane Goodall observó para comprender, y comprendió para proteger. En tiempos de productividad obsesiva, ella defendió la lentitud. En tiempos de ruido, defendió el silencio del bosque.

Hoy, cuando los árboles caen a ritmo industrial y los animales desaparecen sin nombre ni duelo, recordar a Jane Goodall es recordar una pregunta incómoda:
¿qué tipo de especie somos, si sabemos tanto y cuidamos tan poco?

Ella miró a los ojos del chimpancé y no vio un objeto de estudio. Vio un pariente. Y al hacerlo, nos devolvió algo que creíamos perdido: la posibilidad de una ciencia con conciencia, y de una humanidad menos arrogante.

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