jueves, 15 de enero de 2026

 Pensar es el océano.

Todo cabe ahí: ideas sueltas, recuerdos, intuiciones, fantasías, miedos, asociaciones raras a las tres de la mañana. Pensar es libre, caótico, poético. A veces brillante, a veces puro ruido. Pensamos incluso cuando no queremos: el cerebro es ese vecino que nunca baja la música.
Razonar es otra cosa:
es pensar con riendas. Es poner orden, seguir pasos, buscar causas, evaluar consecuencias. Razonar es cuando el pensamiento se pone traje, se peina y dice: “a ver, vamos por partes”.
Dicho sin maquillaje:
Puedes pensar sin razonar (creer, imaginar, suponer, sentir).
No puedes razonar sin pensar, pero sí puedes pensar muy mal y con mucha seguridad —eso abunda.
Una imagen rápida:
Pensar es soñar que vuelas.
Razonar es revisar si tienes alas, gravedad y un plan B.
O en versión callejera: Pensar es tener ideas.
Razonar es saber qué hacer con ellas.
El problema no es que la gente no piense.
Es que piensa… y ahí se queda.
El razonamiento empieza cuando el pensamiento acepta ser interrogado, como en un buen diálogo socrático: sin piedad, pero con elegancia.
En resumen: pensar es el fuego,
razonar es la cocina.
Y no todo lo que arde alimenta.
 Razonar no implica pensar bien.
Implica, apenas, pensar con estructura. Y eso no garantiza lucidez, solo orden. Un orden que puede estar al servicio de una tontería muy bien vestida.
Razonar es saber encadenar premisas.
Pensar bien es preguntarse si esas premisas merecen existir.
Se puede razonar:
desde el prejuicio,
desde el miedo,
desde la ideología cerrada,
desde el ego herido que quiere ganar, no entender.
Y entonces ocurre el milagro inverso:
un argumento impecable… que conduce al abismo con corbata.
El fanático razona. El sofista razona. El burócrata del horror razona.
La historia está llena de personas que razonaron con una lógica perfecta y una moral desierta.
Pensar bien exige algo más incómodo:
duda,
autocrítica,
sensibilidad a la realidad,
y la capacidad de decir: “quizá estoy equivocado” (frase que muchos consideran una herejía).
Si pensar es moverse,
razonar es caminar,
pensar bien es mirar por dónde.
Así que sí:
razonar no garantiza verdad,
solo coherencia interna.
Y una mentira coherente es mucho más peligrosa que una tontería mal dicha.
En resumen, con lirismo y sin anestesia:
la razón sin buen pensar es una espada afilada…
en manos de alguien que no sabe a quién está apuntando. 

Razonar, en sentido estricto, es pensar con reglas, aunque el contenido sea pésimo.
La elucubración es un castillo de humo:
hipótesis sobre hipótesis, suposiciones sin contraste, ideas que se miran entre sí y se aplauden. Todo muy elegante, todo muy falso… o, en el mejor de los casos, indemostrable.
Razonar, en cambio, puede ser:
correcto en la forma
y desastroso en el fondo
Pero no necesariamente imaginario.
Dicho rápido y sin incienso:
Elucubrar = razonar despegado de la realidad.
Razonar = conectar ideas según una lógica, aunque partas de premisas torcidas.
Ejemplo de sobremesa:
“Los pobres son pobres porque no se esfuerzan;
si no se esfuerzan, no merecen ayuda.”
Eso no es elucubración: es un razonamiento.
Malo, incompleto, moralmente miope… pero razonamiento al fin.
La elucubración sería:
“Si ayudamos a los pobres, se acostumbrarán;
si se acostumbran, dejarán de ser humanos;
si dejan de ser humanos, colapsará la civilización.”
Ahí ya no hay realidad: hay ciencia ficción con complejo de argumento.
En poesía conceptual:
Razonar es trazar líneas.
Elucubrar es enamorarse del trazo y olvidar el mapa.
Conclusión, sin vueltas: todo elucubrar razona, pero no todo razonar elucubra.
Y pensar bien es otra liga: exige contacto con el mundo, con los hechos y con la incómoda posibilidad de estar equivocado.
La razón, cuando no pisa tierra, no vuela: delira con método. 

La confusión está en creer que “razón” es sinónimo de “tener razón”. Spoiler: no lo es.
Razón no es verdad.
Es estructura.
Razonar significa: ordenar ideas,
extraer consecuencias,
ver si A lleva a B.
Nada más.
La razón no promete sabiduría; promete coherencia interna. Y eso, aunque modesto, es crucial.
¿Por qué importa entonces?
Porque sin razón no hay ni siquiera error identificable.
El error sin razón es caos;
el error razonado es corregible.
Una idea mal razonada se discute.
Una idea no razonada se grita, se cree o se impone.
La razón es como un esqueleto:
no decide a dónde caminas,
pero sin él solo eres gelatina con opiniones.
Decir “no hay razón” no significa que no haya razonamiento,
sino que las premisas están podridas.
Y eso es otro problema, no el de la herramienta.
En verso seco:
La razón no es brújula moral.
No es oráculo.
No es juez.
Es un método para no decir cualquier cosa sin consecuencias.
Por eso el nombre tiene sentido:
porque razonar no es acertar,
es hacerse responsable de lo que se dice.
Pensar bien viene después, cuando la razón acepta tres humillaciones:
que la realidad manda,
que el otro puede tener razón,
que uno puede no tenerla.
La razón no es la verdad.
Es el suelo donde la verdad —a veces— se deja encontrar.
Sin razón no hay pensamiento.
Sin buen pensamiento, la razón se vuelve peligrosa.
Pero sin razón… solo queda el ruido.
Y el ruido nunca piensa, solo ocupa espacio. 
Un razonamiento puede ser sofista como un traje caro sobre un cuerpo vacío.
Impecable por fuera, tramposo por dentro.
Porque el sofista no abandona la lógica: la usa.
Lo que abandona es la verdad.
Razonar, ahí, no es buscar comprender, sino ganar.
El sofista:
cuida la forma,
pule las premisas,
oculta los huecos,
y si hace falta, mueve el espejo para que no mires el suelo.
Su razonamiento es válido en apariencia,
pero nace de premisas falsas, ambiguas o emocionalmente manipuladas.
Es estructura mental con mala fe.
En versión relámpago:
Razonar ≠ buscar verdad
Sofismar = razonar para convencer, no para entender
Por eso Sócrates los detestaba:
no porque pensaran mal,
sino porque pensaban demasiado bien al servicio de nada.
Imagen final, con lirismo breve: la razón puede ser linterna…
o cuchillo.
El sofista no apaga la luz:
la apunta donde no mires.

Así que sí:
un razonamiento puede ser sofista,
y por eso razonar nunca fue garantía de pensar bien,
solo de pensar con método.
La verdad no se defiende sola.
Hay que vigilar a quien sabe argumentar. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Archivo del blog

Buscar este blog