domingo, 18 de enero de 2026

 Aprender a pensar parece fácil porque todos pensamos, pero ¿pensamos bien? Cuando hablamos de educar a un niño nos preocupamos mucho por cuestiones que nos parecen esenciales para su desarrollo: que haga deporte, que lleve una alimentación sana, que cumpla sus obligaciones en el colegio… Lo apuntamos a actividades extraescolares para que refuerce o aprenda cosas que nos parecen importantísimas, pero en ningún momento se nos pasa por la cabeza que tenga que dar clases de razonamiento, o ejercicios para potenciar el pensamiento crítico de cara a pensar de manera beneficiosa. No deja de ser curioso observar que nos obsesionamos con mantenernos en forma, con cuidarnos de cara a no contraer enfermedades, o con el desarrollo psicomotriz de nuestros hijos. Cada cierto tiempo nos hacemos revisiones médicas, para ver que todo progresa y evoluciona como es debido. Pero en ningún momento reflexionamos sobre nuestro modelo de pensamiento, sobre nuestra filosofía de vida. Apenas nos preocupamos en analizar si tenemos un esquema de vida sensato o si estamos proyectando en nuestros hijos un ideario adecuado de cara a tener una personalidad equilibrada.

Hemos logrado asimilar el concepto de «Medicina Preventiva», donde sabemos de la importancia de tener hábitos de vida saludables para llevar un buen envejecimiento y para evitar y/o detectar enfermedades lo antes posible. Hacemos dietas y deporte porque queremos tener un buen aspecto físico y quitarnos esos kilos de más, pero en cuanto a nuestras ideas, deseos e inquietudes, pensamos que ninguno sobra, y no hacemos lo que Robert Zimmer viene llamando «Gimnasia Mental». Mucho ejercicio físico desde pequeñitos para que desarrollen una adecuada psicomotricidad y crezcan saludablemente, pero en lo referente al deporte mental lo damos por asimilado casi de manera innata por la simple creencia de que viene de serie. Y claro, luego pasa lo que pasa, cuerpos esculturales, cuarentones y cuarentonas sin apenas grasa corporal, marcando abdominales, pero atiborrados de ansiolíticos y antidepresivos para soportar modelos de existencia que han ido creando bajo un pensamiento poco crítico y nada autónomo, y sobre el que la mayoría de las veces no tienen control. 
Jose Carlos Ruíz 

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