Kant, en su “Crítica de la razón pura”, analiza algo : las antinomias de la razón pura. Es decir, dilemas donde la razón, cuando trata de ir más allá de la experiencia, se contradice a sí misma, sin posibilidad de resolver la contradicción mediante la lógica pura.
1. La primera antinomia: lo grande
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Tesis: El mundo tiene un límite en el espacio y en el tiempo.
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Antítesis: El mundo no tiene límite; es infinito en espacio y tiempo.
Su conclusión: ambos argumentos son “razonablemente demostrables” usando la pura razón, pero la realidad sensible no permite decidir, no podemos saber si el universo es todo o solo una parte de algo más vasto.
2. La segunda antinomia: lo pequeño
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Tesis: Todo compuesto de materia debe estar formado por partes simples, “átomos últimos”.
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Antítesis: No hay partículas últimas; todo es divisible infinitamente.
De nuevo, un reflejo perfecto sobre electrones, quarks y posibles entidades más pequeñas: la razón se enfrenta a un límite lógico. No podemos probar que exista un “ladrillo final” de la realidad, ni que la división sea infinita.
3. Lo que Kant nos dice
Kant no se rinde ante estas preguntas, pero nos enseña una humildad radical:
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La razón tiene límites cuando intenta trascender la experiencia.
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Lo “último” o “infinito” no son conceptos del mundo como lo experimentamos; son ideas que nos empujan a la reflexión, pero no a la certeza.
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En otras palabras, la regresión infinita hacia lo grande o lo pequeño no es un fracaso de la ciencia, sino un reflejo de la estructura misma de nuestra mente frente a la realidad.
4. Lo fascinante
Esto transforma el abismo en algo casi poético: el universo y el átomo se vuelven espejos del pensamiento humano. Lo que parece un callejón sin salida es en realidad una señal de la infinitud del asombro. La razón nos guía, pero nos muestra que algunas puertas nunca se cierran ni se abren del todo.
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