martes, 20 de enero de 2026


 

Juan Rulfo no nació: se levantó del polvo.

No llegó al mundo llorando, sino escuchando. Escuchando cómo la tierra crujía de sed, cómo los muertos afinaban la garganta antes de hablar, cómo el silencio—ese animal bravo—aprendía a decirlo todo sin mover la boca.

Juan Rulfo vino al mundo en Jalisco, tierra donde el sol no perdona y la memoria tampoco. Su infancia fue una lista de ausencias: el padre asesinado, la madre muerta poco después, la Revolución y la Guerra Cristera barriendo pueblos como quien sacude migajas. A Rulfo no le tocó la épica del héroe; le tocó la resaca. Y de ahí escribió.

Fue empleado público, viajero de caminos polvosos, fotógrafo de ruinas con vocación de eternidad. Caminó México como quien recorre un cementerio conocido: sin prisa, con respeto, tomando nota mental de cada sombra. Mientras otros escritores alzaban catedrales de palabras, él levantó jacales narrativos: austeros, firmes, imposibles de tumbar.

Publicó poco. Poco en cantidad, todo en densidad. El Llano en llamas y Pedro Páramo bastaron para incendiar la literatura latinoamericana sin necesidad de gasolina retórica. Mientras otros gritaban, Rulfo susurró. Y ganó. Porque el susurro, cuando es verdadero, atraviesa paredes.

En Pedro Páramo los muertos no descansan:
administran la memoria. Hablan porque nadie los escuchó en vida. Comala no es un pueblo: es un estado del alma. El infierno, entendió Rulfo, no arde; reseca. Y Dios no castiga: se ausenta. Lo demás lo hace el cacique, el padre, el silencio heredado.

Rulfo escribió como se reza en los velorios:
con frases cortas, mirada baja y verdad sin maquillaje. Su estilo parece sencillo hasta que uno intenta imitarlo y se rompe los dientes. No es minimalismo: es precisión quirúrgica. Cada palabra está porque no puede no estar. Las que sobran, él las enterró antes de publicarlas.

Y luego calló. Ese fue su último acto literario: el silencio como obra completa. No por esterilidad, sino por coherencia. Rulfo sabía que escribir de más es traicionar a los muertos. Ellos hablan una vez. Si repiten, mienten.

Hoy sigue ahí, sentado en alguna piedra de Comala, oyendo cómo el mundo moderno habla demasiado y escucha muy poco. Sonríe apenas. Él ya dijo lo necesario.

Juan Rulfo no escribió mucho.
Escribió hondo.
Y todavía hace eco. 

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