Juan Rulfo no nació: se levantó del polvo.
Juan Rulfo vino al mundo en Jalisco, tierra donde el sol no perdona y la memoria tampoco. Su infancia fue una lista de ausencias: el padre asesinado, la madre muerta poco después, la Revolución y la Guerra Cristera barriendo pueblos como quien sacude migajas. A Rulfo no le tocó la épica del héroe; le tocó la resaca. Y de ahí escribió.
Fue empleado público, viajero de caminos polvosos, fotógrafo de ruinas con vocación de eternidad. Caminó México como quien recorre un cementerio conocido: sin prisa, con respeto, tomando nota mental de cada sombra. Mientras otros escritores alzaban catedrales de palabras, él levantó jacales narrativos: austeros, firmes, imposibles de tumbar.
Publicó poco. Poco en cantidad, todo en densidad. El Llano en llamas y Pedro Páramo bastaron para incendiar la literatura latinoamericana sin necesidad de gasolina retórica. Mientras otros gritaban, Rulfo susurró. Y ganó. Porque el susurro, cuando es verdadero, atraviesa paredes.
En Pedro Páramo los muertos no descansan: administran la memoria. Hablan porque nadie los escuchó en vida. Comala no es un pueblo: es un estado del alma. El infierno, entendió Rulfo, no arde; reseca. Y Dios no castiga: se ausenta. Lo demás lo hace el cacique, el padre, el silencio heredado.
Rulfo escribió como se reza en los velorios: con frases cortas, mirada baja y verdad sin maquillaje. Su estilo parece sencillo hasta que uno intenta imitarlo y se rompe los dientes. No es minimalismo: es precisión quirúrgica. Cada palabra está porque no puede no estar. Las que sobran, él las enterró antes de publicarlas.
Y luego calló. Ese fue su último acto literario: el silencio como obra completa. No por esterilidad, sino por coherencia. Rulfo sabía que escribir de más es traicionar a los muertos. Ellos hablan una vez. Si repiten, mienten.
Hoy sigue ahí, sentado en alguna piedra de Comala, oyendo cómo el mundo moderno habla demasiado y escucha muy poco. Sonríe apenas. Él ya dijo lo necesario.
Juan Rulfo no escribió mucho.
Escribió hondo.
Y todavía hace eco.

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