Thomas Nagel: el filósofo que se negó a cerrar el caso
Thomas Nagel nació en Belgrado en 1937, en una Europa que aún no se había repuesto del todo de sus fracturas morales e históricas. Poco después, su familia emigró a Estados Unidos. Ese desplazamiento temprano —de un mundo marcado por ideologías totales a otro que se pensaba a sí mismo como racional y liberal— no fue solo geográfico: fue, sin saberlo aún, una introducción temprana al problema que atravesaría toda su obra: cómo conciliar la experiencia individual con las pretensiones de objetividad absoluta.
Nagel estudió en la Universidad de Cornell, donde fue alumno de Max Black, y posteriormente en Oxford, donde entró en contacto con la filosofía analítica en su versión más rigurosa. Desde el inicio mostró una doble fidelidad que rara vez conviven sin fricción: por un lado, una lealtad estricta a la claridad argumentativa, y por otro, una resistencia obstinada a aceptar que la realidad se agota en lo que puede ser explicado desde fuera.
La conciencia como problema irreductible
Nagel se volvió una figura central de la filosofía contemporánea en 1974, cuando publicó el ensayo que lo haría célebre: What Is It Like to Be a Bat? En apariencia, el texto es modesto. No propone una nueva teoría científica ni una metafísica grandilocuente. Hace algo mucho más perturbador: señala un límite.
La pregunta es simple y devastadora: aunque conozcamos todos los hechos físicos sobre un murciélago —su sistema nervioso, su ecolocalización, su comportamiento—, ¿sabemos cómo es ser un murciélago? Nagel responde que no. Y esa imposibilidad no es un defecto temporal del conocimiento, sino una característica estructural: la experiencia consciente tiene un carácter subjetivo que no puede traducirse por completo a descripciones objetivas.
Con esto, Nagel no niega la ciencia. Niega algo más sutil y más peligroso para la ortodoxia: la idea de que la ciencia, por sí sola, agotará todo lo real. Desde ese momento, la conciencia dejó de ser un problema técnico y volvió a ser un escándalo filosófico.
Contra el reduccionismo complaciente
A lo largo de su carrera —principalmente como profesor en la Universidad de Nueva York— Nagel se mantuvo como una figura incómoda. No era dualista en el sentido clásico, pero tampoco aceptaba el materialismo reduccionista que dominaba la filosofía de la mente. Su postura puede resumirse así: algo es verdadero, pero aún no sabemos qué lenguaje conceptual permitirá decirlo sin mutilarlo.
En libros como Mortal Questions (1979) y The View from Nowhere (1986), Nagel profundizó esta tensión. Allí aparece una de sus ideas más conocidas: la oposición entre la perspectiva subjetiva y la aspiración a una visión objetiva del mundo, una “vista desde ningún lugar”. La ciencia, la moral y la razón tienden hacia esta objetividad; la vida humana, en cambio, ocurre siempre desde un punto de vista particular.
El drama —y la grandeza— de la condición humana, según Nagel, es que necesitamos ambas, aunque nunca encajen del todo.
Ética sin consuelo fácil
Nagel también dejó una huella profunda en la filosofía moral. Rechazó tanto el relativismo cómodo como las éticas dogmáticas que prometen certezas totales. Para él, la moral nace precisamente del conflicto entre lo que soy —un individuo con deseos, miedos y proyectos— y lo que reconozco que cuenta desde un punto de vista impersonal.
En Equality and Partiality (1991), exploró esta tensión sin ofrecer soluciones tranquilizadoras. La ética, para Nagel, no es un sistema cerrado, sino un campo de fuerzas entre la imparcialidad y la lealtad personal. No hay armonía garantizada, y pretenderla suele ser una forma de autoengaño.
La herejía final: el problema del orden
En 2012, ya consagrado y cercano al final de su carrera, Nagel publicó el libro que más controversia generó: Mind and Cosmos. Allí lanzó una crítica frontal al neo-darwinismo entendido como explicación total de la realidad. Su argumento fue cuidadosamente malinterpretado.
Nagel no defendía el creacionismo ni el diseño inteligente. Lo que afirmaba era algo más inquietante: que la aparición de la conciencia, la razón y los valores parece demasiado central para ser tratada como un accidente marginal del universo. Tal vez —sugería— nuestras categorías explicativas son insuficientes.
La reacción fue feroz. Muchos científicos y filósofos lo acusaron de retroceder, de abrir la puerta al irracionalismo. Pero Nagel, fiel a sí mismo, no retrocedió ni celebró la provocación. Simplemente sostuvo que cerrar prematuramente las preguntas es intelectualmente deshonesto.
Un legado de incomodidad
Thomas Nagel no fue un filósofo de sistemas ni de respuestas definitivas. Su legado es otro: enseñar a soportar el vértigo de no saber, sin renunciar por ello a la razón. En una época obsesionada con explicarlo todo —o con declarar que nada puede explicarse— Nagel ocupó una posición rara y valiosa: la del pensador que insiste en que la realidad puede ser más profunda que nuestros mejores modelos.
No ofreció consuelo metafísico ni cinismo posmoderno. Ofreció algo más exigente: honestidad intelectual. La disposición a decir “esto existe, pero aún no sabemos cómo pensarlo”.
Tal vez por eso sigue siendo relevante. Porque mientras haya conciencia, experiencia y sentido —y mientras alguien se atreva a preguntar qué son realmente— el caso seguirá abierto. Y Nagel estará ahí, recordándonos que cerrar los ojos también es una forma de explicación, pero no la más noble.

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