Nací
sin darme cuenta de que no iba a ser uno, sino muchos. Vine al mundo
con un nombre propio y una multitud adentro.
Lisboa fue mi cuna y
también mi coartada: una ciudad suficiente para perderse sin moverse.
Desde niño aprendí el arte más difícil: estar solo acompañado por
pensamientos que no pedían permiso.
Viví como quien ocupa una oficina del alma. Fui traductor de cartas comerciales, oficinista del tedio, contador de horas inútiles.
Viví como quien ocupa una oficina del alma. Fui traductor de cartas comerciales, oficinista del tedio, contador de horas inútiles.
Mi vida exterior fue tan discreta que
casi no ocurrió. Pero dentro —ay, dentro— había un carnaval metafísico
con poetas que discutían entre sí, se negaban, se corregían, se odiaban
con elegante cortesía.
No escribí poemas: me escribí a mí mismo en fragmentos.
No escribí poemas: me escribí a mí mismo en fragmentos.
Me llamé Alberto Caeiro para creer en las cosas tal como son, sin metáforas que estorben.
Me llamé Ricardo Reis para fingir serenidad y obedecer a dioses que ya no escuchaban.
Me llamé Álvaro de Campos para gritar, para amar las máquinas, para cansarme de todo con pasión industrial.
Y cuando me cansé incluso de ellos, firmé como yo: el más ficticio de todos.
Nunca viajé demasiado; pensé, eso sí, con exceso. Dudé con disciplina. Fui lúcido como quien se desangra lentamente. Amé poco, pero pensé el amor hasta agotarlo. Creí en nada con una fe rigurosa.
No busqué fama: dejé papeles.
No construí una obra: dejé un baúl.
Un ataúd de hojas sueltas donde cabía el universo y sus notas al pie.
Morí como viví: sin resolverme.
Dejé versos sin ordenar, identidades sin
cerrar, verdades sin domicilio fijo. Porque vivir —lo entendí tarde— no
es ser alguien, sino asistir con asombro a la imposibilidad de ser uno
solo.
Y si alguna vez me lees, no me busques:
soy el intervalo entre quien escribe
y quien cree entender.
Y si alguna vez me lees, no me busques:
soy el intervalo entre quien escribe
y quien cree entender.

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