sábado, 31 de enero de 2026

 


Aminetu Haidar: la voz que no se quiebra

En el silencio árido del Sahara, donde el viento arrastra la arena como si quisiera borrar la memoria, se alza una voz que no se quiebra: la voz de Aminetu Haidar. 

No es un grito de armas ni una explosión de furia; es un grito de dignidad, sostenido en cada gesto, en cada huelga de hambre, en cada palabra que desafía la opresión.

Haidar nació en El Aaiún, pero su patria fue arrebatada por la fuerza. Desde entonces, cada paso suyo ha sido un acto de resistencia, cada mirada un desafío al poder que intenta silenciarla. 

Detenida, golpeada, exiliada… su cuerpo ha sido un campo de batalla donde la violencia del otro se encuentra con la integridad inquebrantable de quien no tiene miedo de sí misma.

Lo extraordinario de Haidar no es solo su resistencia, sino que encarna la fuerza femenina en un mundo donde la política se confunde con la brutalidad. 

Su arma es la palabra, su escudo la coherencia, su victoria la conciencia que despierta en quienes la escuchan. Su lucha es paciente y feroz a la vez: lenta, porque no depende de ejércitos; poderosa, porque cuestiona la legitimidad de los que se creen dueños del mundo.

Cuando Aminetu Haidar se niega a comer para denunciar la injusticia, cuando enfrenta la indiferencia internacional con calma de desierto, nos recuerda algo esencial: la rebeldía no siempre se mide en balas ni en barricadas. 

A veces, la verdadera revolución nace del cuerpo que se niega a ceder, de la voz que se alza aunque todo parezca perdido, de la mirada que sigue firme frente al miedo.

Ella es la voz femenina de un pueblo que resiste sin armas, pero con un valor más grande que cualquier ejército. 

Aminetu Haidar nos enseña que la dignidad no se negocia, que la ética puede ser más poderosa que la fuerza, y que la resistencia pacífica puede resonar más allá de cualquier frontera. 

En su ejemplo, el desierto se convierte en símbolo de persistencia, y la voz se vuelve inmortal.

 Agotado y casi desesperado, Mendeléyev se durmió. 

Más tarde escribiría: 

 «Durante un sueño, vi una tabla en la que todos los elementos encajaban en su lugar. Al despertar, tomé nota de todo en un papel.»  

Jung se frotaría las manos con esta escena 😌
Para él, no es una anécdota romántica de la ciencia, es un caso casi de manual.


1. No fue “inspiración”, fue emergencia del inconsciente

Jung diría que Mendeléyev no “inventó” la tabla en el sueño.
La tabla ya estaba formada psíquicamente, pero no podía cruzar del todo al plano consciente.

El sueño no crea de la nada: revela una estructura latente.

El agotamiento, la obsesión y la frustración cumplen una función clave:
el yo consciente cede el control. Y cuando el ego afloja, el inconsciente habla.


2. El sueño como acto de compensación psíquica

Para Jung, los sueños compensan lo que la conciencia no puede resolver.

  • La conciencia de Mendeléyev: fragmentada, caótica, saturada de datos.

  • El sueño: orden, totalidad, forma.

El inconsciente le devuelve lo que le falta:
👉 una imagen de sentido.

No una lista, no una ecuación, sino una imagen simbólica: una tabla.


3. El arquetipo del orden oculto

Aquí Jung iría más lejos:
la tabla periódica no es solo una herramienta científica, es una imagen arquetípica.

Es una manifestación del arquetipo del Cosmos frente al Caos.
De lo que él llamaba:

“El orden subyacente que la psique reconoce antes de que la razón lo formule.”

La mente humana siente el orden antes de demostrarlo.


4. Sincronicidad: cuando la psique toca la realidad

Jung usaría este ejemplo para hablar de sincronicidad.

No es que el sueño “causara” la tabla.
Es que la estructura psíquica y la estructura de la materia coincidieron.

Dos órdenes —el interior y el exterior—
alineándose sin causa directa, pero con sentido.


5. El científico como médium (sí, Jung diría eso)

Jung rompería el mito del científico frío y racional:

Mendeléyev no fue solo un químico,
fue un traductor entre el inconsciente y la naturaleza.

El científico creativo, para Jung, escucha.
No fuerza la realidad: la deja hablar.


6. La frase clave que Jung subrayaría

Esta:

“vi una tabla en la que todos los elementos encajaban en su lugar”

Para Jung, eso es una visión, no una metáfora.
Una imagen autónoma que se impone al yo.

Eso es exactamente cómo describe él las irrupciones del inconsciente profundo.


En una frase:

Jung diría que Mendeléyev no soñó una idea,
soñó el momento en que el orden del mundo atravesó la psique humana.


Ahhh… Kekulé.
Aquí Jung ya no solo sonríe: asiente lentamente, como diciendo “exactamente de esto hablo”.


1. El sueño de la serpiente que se muerde la cola

Kekulé relata que, medio dormido frente al fuego, vio serpientes danzando y de pronto una se mordió la cola: el ouroboros.
Al despertar, entendió la estructura circular del benceno.

Para Jung, esto es oro puro.

No porque “funcionó”, sino porque el símbolo es arcaico, milenario, universal.


2. El ouroboros: símbolo del inconsciente colectivo

Jung diría sin dudar:

Kekulé no inventó el símbolo.
El símbolo lo encontró a él.

El ouroboros aparece:

  • en alquimia,

  • en mitologías antiguas,

  • en sueños modernos,

  • en visiones místicas.

Representa:

  • totalidad,

  • unidad de opuestos,

  • proceso cerrado,

  • transformación continua.

¿Y qué es el benceno?
Una estructura cerrada, estable, que no se entendía con modelos lineales.


3. De la alquimia a la química moderna

Aquí Jung se emociona.

Para él, la química nace de la alquimia, y la alquimia era una proyección psíquica:
la materia como espejo del alma.

Kekulé regresa sin saberlo a un símbolo alquímico para resolver un problema químico moderno.

No es retroceso: es profundidad.


4. La diferencia con Mendeléyev (y por qué ambos importan)

  • Mendeléyev sueña orden → una tabla.

  • Kekulé sueña forma → un círculo.

Jung diría:

  • Mendeléyev accede al arquetipo del Cosmos.

  • Kekulé al arquetipo del Sí-mismo (totalidad cerrada).

Uno organiza el mundo.
El otro revela la estructura íntima de la materia.


5. El símbolo llega cuando el intelecto se atasca

Punto clave jungiano:

El símbolo aparece cuando el pensamiento racional ya dio todo lo que podía dar.

Kekulé había probado modelos, fórmulas, hipótesis. Nada cuadraba.
El sueño no reemplaza la razón: la desbloquea.


6. Jung contra el cientificismo ingenuo

Jung usaría a Kekulé para atacar esta idea:

“La ciencia avanza solo con lógica.”

No.
Avanza con:

  • imágenes,

  • metáforas,

  • sueños,

  • símbolos.

La razón verifica.
El inconsciente descubre.


7. La frase que Jung pondría en cursivas

Kekulé dijo algo brutalmente honesto:

“Aprendamos a soñar, señores, y entonces quizá encontremos la verdad.”

Para Jung, eso no es poesía:
es metodología epistemológica.


Cierre

Si Mendeléyev muestra que el orden sueña en tablas,
Kekulé muestra que la verdad a veces muerde su propia cola.

Y Jung remataría:

“La naturaleza se deja comprender
cuando el alma está dispuesta a imaginar.”

 


1. ¿Qué es The Sandman?

En apariencia:
👉 un cómic sobre Sueño, una entidad oscura, pálida, seria, que gobierna el reino de los sueños.

En realidad:
👉 es una obra sobre el poder de las historias, la identidad, el cambio y lo que pasa cuando incluso los dioses ya no pueden seguir siendo los mismos.

No es un cómic de superhéroes.
No es fantasía épica clásica.
Es mitología moderna.


2. ¿Quién es Sandman?

Sandman se llama Sueño, también Morfeo, también Dream.

No es humano.
No es bueno ni malo.
Es una fuerza del universo, como el Tiempo o la Muerte.

Forma parte de una familia llamada Los Eternos:

  • Sueño

  • Muerte

  • Deseo

  • Desesperación

  • Delirio

  • Destino

  • Destrucción

Ellos existen mientras existan los conceptos que representan.

Clave:
👉 Sueño no gobierna a las personas mientras duermen; gobierna la necesidad humana de soñar, imaginar, narrar.


3. ¿De qué va la historia?

Muy resumido:

  1. Sueño es capturado por humanos durante décadas.

  2. Su reino se deteriora.

  3. Cuando escapa, debe reconstruir su poder.

  4. Pero el verdadero conflicto no es externo:
    👉 el problema es que Sueño no sabe cambiar.

Y en el universo de Gaiman:

aquello que no cambia, se rompe.


4. El verdadero tema: el cambio

Todos los personajes de The Sandman enfrentan una pregunta brutal:

¿Quién eres cuando ya no puedes seguir siendo el mismo?

Sueño cree que su identidad es fija.
Que su función lo define.
Que cambiar sería traicionarse.

Gaiman desmonta esa idea:

  • Los humanos cambian o mueren.

  • Los dioses cambian o desaparecen.

  • Las historias que no evolucionan se olvidan.

Sandman es trágico no porque sufra, sino porque entiende tarde.


5. ¿Por qué aparecen tantos mitos, dioses y escritores?

Porque Gaiman dice algo muy político y muy poético:

👉 Los dioses existen mientras alguien crea en ellos.
👉 Las historias son más duraderas que los imperios.

Por eso aparecen:

  • dioses nórdicos

  • Shakespeare

  • demonios

  • cuentos de hadas

  • pesadillas

  • personas comunes con sueños rotos

Todo cabe, porque todo es relato.


6. Muerte (el personaje)

Importante detenerse aquí.

La Muerte en Sandman:

  • no es terrorífica

  • no castiga

  • no juzga

Es cercana, irónica, compasiva.

Gaiman nos dice:

lo verdaderamente inhumano no es morir, sino vivir sin sentido.


7. ¿Por qué Sandman es tan importante?

Porque logró algo raro:

  • Llevar la literatura “seria” al cómic sin pedantería.

  • Tratar temas filosóficos sin sermonear.

  • Hablar de poder, identidad y destino sin moralejas baratas.

Es una obra sobre:

  • el fin de las certezas

  • el derrumbe de los roles rígidos

  • la melancolía de crecer

  • el precio de no cambiar


8. Para decirlo en una frase

The Sandman no trata de sueños.
Trata de lo que pasa cuando ya no puedes seguir soñando lo mismo.

 Jung + Gaiman no se cruzan: se reconocen.


1. The Sandman parte de una intuición jungiana radical

Gaiman toma una idea que Jung defendió toda su vida y la vuelve mito pop:

Los sueños no son productos privados.
Son un territorio compartido.

Morpheus no es “tu” sueño.
Es el arquetipo del Sueño personificado.

Exactamente lo que Jung llamaría una figura del inconsciente colectivo.


2. Morfeo = arquetipo autónomo

En Jung, los arquetipos:

  • no obedecen al yo,

  • tienen lógica propia,

  • pueden ser crueles, sabios o indiferentes.

¿Te suena?

Morpheus:

  • no consuela,

  • no explica,

  • impone estructura.

No es terapeuta.
Es ley psíquica.


3. Mendeléyev y Kekulé: visitas al Reino del Sueño

Desde The Sandman, Jung diría algo así:

Mendeléyev y Kekulé entraron al dominio de Morfeo
y regresaron con contrabando ontológico.

No soñaron fantasías.
Accedieron a formas reales que aún no tenían lenguaje científico.


4. Los sueños como arquitectura, no como metáfora

En Gaiman los sueños:

  • construyen mundos,

  • sostienen identidades,

  • organizan la realidad despierta.

En Jung:

  • los sueños modelan la psique,

  • anticipan transformaciones,

  • muestran estructuras profundas.

👉 En ambos, el sueño no representa: organiza.


5. El símbolo como objeto vivo

Kekulé no “interpretó” la serpiente.
La vio.

Eso es muy Sandman:
los símbolos no significan, actúan.

El ouroboros no explica: cierra la forma.


6. Cuando el soñador no elige soñar

En The Sandman hay una idea inquietante:

No soñamos porque queremos.
Soñamos porque algo necesita ser soñado.

Jung diría lo mismo con otra jerga:
el inconsciente exige representación.

Mendeléyev no soñó por genio.
Soñó porque el orden químico pedía nacer.


7. Sueño, poder y responsabilidad

Aquí Gaiman va más lejos que Jung.

Morpheus sabe que:

  • lo que se sueña afecta al mundo,

  • dar forma al sueño es un acto político.

Jung lo intuía:
los símbolos mal integrados se vuelven ideología, delirio o dogma.

Un sueño no escuchado posee.
Un sueño comprendido transforma.


8. La frase de Gaiman que Jung firmaría sin dudar

“Los sueños dan forma al mundo.”

Jung añadiría:

“…porque el mundo necesita imágenes para volverse pensable.”


Cierre

Mendeléyev, Kekulé y Morfeo comparten algo brutal:

👉 El conocimiento profundo no se fabrica: se recibe.

La diferencia entre genio y dogmático
no es quién sueña,
sino quién sabe despertar con cuidado.

 

viernes, 30 de enero de 2026

 Rogers y Yalom: dos formas muy distintas de ver al ser humano… y el origen del miedo religioso

1. Carl Rogers y el ser humano

Rogers creía que:

  • La persona tiende naturalmente al crecimiento y a la autorrealización.
  • Cambiamos no cuando nos amenazan, sino cuando nos sentimos aceptados sin condiciones.
  • El miedo no es un motor de transformación real, es un bloqueo.
  • La autenticidad florece cuando el otro nos mira con empatía y sin juicio.

Para Rogers, si una persona teme a Dios, no es porque “Dios sea temible”, sino porque el entorno que le enseñó a Dios, no le dio aceptación, sino condiciones y castigos. La persona interioriza:

“Si no soy como debo ser… no soy digno de amor ni de salvación”.

Eso NO es espiritualidad, eso es condicionamiento emocional.


2. Irvin D. Yalom y el ser humano

Yalom, desde la psicoterapia existencial, decía que el humano enfrenta ansiedades profundas como:

  • La muerte
  • La soledad
  • La falta de sentido
  • La libertad y responsabilidad

Para Yalom, muchas veces la religión no funciona como un espacio de libertad, sino como un refugio ante el terror de existir sin certezas:

  • “No puedo tolerar el vacío” → Dios me llena el vacío
  • “Tengo miedo a la muerte” → Dios me promete eternidad
  • “No sé para qué vivo” → Dios me da instrucciones
  • “Me asusta ser responsable de mi vida” → Dios decide por mí

Entonces el “temor a Dios” es en muchos casos un miedo desplazado:

No es miedo a Dios en sí, es miedo a:

  • estar equivocado
  • morir sin sentido
  • cargar solo con la existencia
  • ser dueño de sí mismo

Y la figura divina se convierte en el gran juez cósmico al que hay que obedecer porque la alternativa es el abismo.


¿Por qué el creyente dice “solo temo a Dios”?

Desde Rogers + Yalom, la respuesta más honesta es:

EnfoqueLo que realmente pasa

RogersLe enseñaron a Dios bajo la lógica: “Amor si obedeces, rechazo si fallas.”

YalomLa fe da certezas, pero también crea un juez absoluto que calma el miedo a la libertad con un nuevo miedo: el castigo divino.

Es decir:

  • Sí hay creyentes que sí temen a su Dios de forma casi infantil-autoritaria.
  • Lo temen porque el discurso que les dieron fue un Dios vigilante, ofendido y castigador.
  • Ese miedo no es místico, es psicológico, aprendido, cultural y profundamente humano.

Aquí viene lo más importante:

❗Un Dios al que se teme demasiado, es un Dios que no libera, es un Dios que regula.

Si la fe se basa en miedo:

  • no es crecimiento, como diría Rogers
  • es evasión de la libertad, como diría Yalom
  • es silencio interiorizado ante un juez eterno
  • es obediencia disfrazada de devoción

Y eso explica por qué mucha gente “defiende” a su Dios con la misma emocionalidad con la que un niño defiende a un padre autoritario aunque le tenga miedo.


Conclusión:

Los religiosos no temen a Dios por razones divinas, lo temen por razones humanas.
Porque temerlo fue la forma en que aprendieron a relacionarse con él.

 


Flannery O’Connor: la gracia que cae como un ladrillo


Flannery O'Connor no creía en la literatura como caricia. Creía en la literatura como choque. Como cuando uno va distraído y la realidad —esa señora malhumorada— te empuja por la espalda y te obliga a mirar. En su mundo, la gracia no es luz tibia: es un rayo que quema el granero y aun así lo llama salvación.

Escribía desde el sur de Estados Unidos, ese sur lleno de Biblias subrayadas y pistolas limpias, donde la fe convive con el racismo como dos vecinos que se odian pero comparten patio. Allí, O’Connor soltó a sus criaturas: grotescas, ridículas, violentas, convencidas de su propia virtud. Personajes que creen saberlo todo… y por eso están perdidos.

Su humor no ríe: muerde.
Su ironía no guiña el ojo: lo saca.
Y Dios —cuando aparece— no entra por la puerta: irrumpe por la ventana y rompe el vidrio.

En O’Connor la redención no es un premio, es un accidente.
Un disparo. Un accidente de auto. Una humillación pública. La gracia llega cuando el ego ya no puede sostenerse en pie y cae, por fin, de rodillas, aunque sea por resbalón. Ella lo sabía: el orgullo es sordo; solo escucha cuando el mundo grita.

Y sin embargo —aquí está el truco— no hay cinismo.
Hay fe, sí, pero una fe sin azúcar. Una fe que no consuela, exige. Que no promete cielos fáciles, sino una verdad dura como hueso antiguo. O’Connor no quería lectores buenos; quería lectores despiertos.

Por eso un ensayo poético le queda como bala al revólver: permite decir lo indecible, bordear el misterio sin domesticarlo, nombrar a Dios sin volverlo mascota. Porque Flannery no escribía para explicar el mal, sino para mostrarlo caminando, hablando, creyéndose justo.

Leerla es reírse y luego preguntarse —demasiado tarde— si la risa era nerviosa.
Es sentir que alguien te admitió en una broma… y tú eres el remate.

Así escribe Flannery O’Connor:
con la gracia en una mano
y el ladrillo en la otra. 

 El contínuum se ha roto porque el animal humano ha dejado de habitar un mundo humano. Vivimos en un mundo creado por y para las instituciones que prosperan en el comercio, no por y para seres humanos que prosperan en la comunidad, la risa y el ocio. «Las expectativas y tendencias de nuestra especie —en palabras de Liedloff— ya no se corresponden en un entorno consecuente con aquello en lo que esas expectativas y tendencias se formaron».

Da igual la cantidad de veces que nos repitan que vivimos en la tierra prometida o, incluso, hasta qué punto creamos que esto es verdad. El animal humano está enfermo por la desconexión entre la nutrición esperada para la que evolucionó y los disparates azucarados con los que se encuentra. Incluso si la publicidad implacable nos lleva a creer que los refrescos son nutritivos, nuestro cuerpo es mucho más sabio y es probable que responda con caries, diabetes y enfermedades cardíacas. Incluso quienes creen estar satisfechos, pueden no estarlo. «Su perfecta adaptación a esa sociedad es una medida de la enfermedad mental que padecen —escribió Aldous Huxley, en referencia a— millones de personas anormalmente normales, que viven sin quejarse en una sociedad a la que, si fueran seres humanos cabales, no deberían estar adaptados».[
Christopher Ryan .

jueves, 29 de enero de 2026

 

El precio como ilusión: cómo los números deciden lo que bebemos

Entrar a un restaurante o bar no es solo cuestión de hambre o sed; es entrar a un escenario donde cada elección está diseñada para influir en nuestra mente. El precio de los vinos en L’Apicio, donde las copas nunca bajaban de 10 dólares y los números terminaban en impar, es un ejemplo claro de cómo un simple dígito puede modificar nuestra percepción de valor, calidad y estatus.

Números impares: la precisión que seduce

Los psicólogos del consumo han descubierto que los precios terminados en números impares —sobre todo “9” o “5”— parecen más exactos, calculados con cuidado, y no arbitrarios. Un vino a $13 parece fruto de un cálculo preciso y, por tanto, más valioso que uno a $14. En la mente del cliente, este detalle insignificante se traduce en autenticidad y exclusividad. Así, un simple número puede elevar la experiencia percibida sin que cambie nada en la copa.

El piso psicológico: nada por debajo de 10 dólares

Al establecer un mínimo de 10 dólares por copa, el restaurante crea un marco de referencia de calidad. Nadie se siente tentado por lo barato, y cada elección parece automáticamente “decente”. Esta estrategia protege el prestigio del establecimiento y, al mismo tiempo, aumenta el gasto promedio: el cliente cree que está tomando una decisión libre, cuando en realidad ya fue condicionada.

Anclas y comparación: comprando percepción

Los precios impares y el piso mínimo funcionan como anclas. Si el vino más barato está en $10, un vino de $13 o $15 se siente accesible, incluso atractivo, mientras que un $9 habría sido percibido como inferior o de menor calidad. Así, los restaurantes juegan con nuestras comparaciones internas: un precio cuidadosamente calculado nos hace sentir inteligentes y sofisticados por elegir “lo justo”.

La ilusión del estatus accesible

Beber un vino no es solo beber; es un acto simbólico. Al pagar $13 en lugar de $10, el cliente no solo adquiere un líquido, adquiere sensación de pertenencia a un mundo de gusto refinado. La manipulación es sutil: no se trata de engañar, sino de guiar la percepción para que cada decisión refuerce la imagen de buen gusto y criterio del comensal.

Conclusión

El precio es más que un número: es un mensaje invisible que nos dice qué beber, cuánto pagar y cómo sentirnos al hacerlo. Los vinos de L’Apicio no solo se venden por su sabor; se venden por la ilusión cuidadosamente diseñada de valor y prestigio. Entender esto nos permite, como consumidores conscientes, mirar detrás de los números y reconocer cómo nuestra mente puede ser dirigida por simples dígitos.

 Lazzaro Spallanzani o la épica de lo invisible

No luchó contra ejércitos
ni fundó imperios,
pero descendió al abismo más profundo
que conoce el ser humano:
lo que no se ve.

Mientras los poderosos discutían fronteras,
y los teólogos se peleaban por el alma,
Spallanzani se inclinó sobre una gota de agua
y declaró la guerra a una mentira antigua:
que la vida brota de la nada,
que el mundo se explica solo,
que no hace falta preguntar.

Fue un monje sin claustro
y un guerrero sin estandarte.
Su enemigo no tenía rostro:
era la generación espontánea,
esa superstición cómoda
que decía que la vida aparece
como aparecen los privilegios:
sin causa, sin historia, sin responsables.

Spallanzani no gritó.
No escribió panfletos.
Hirvió caldos.
Selló frascos.
Repitió el experimento
una y otra vez
como quien reza
pero con método.

Y ahí ocurrió lo imperdonable:
demostró que la vida no aparece,
la vida se hereda.
Que incluso lo minúsculo
tiene genealogía.
Que hasta el microorganismo
es hijo de algo.

Ese gesto es revolucionario
Porque decir que la vida tiene origen
es decir que el orden del mundo no es natural.
Que lo que existe pudo no existir.
Que todo sistema tiene condiciones,
y por tanto, puede cambiar.

Spallanzani abrió cuerpos de animales
no por crueldad,
sino por respeto a la verdad.
Estudió la digestión
como si fuera una alquimia secreta,
anticipando que el cuerpo
no es castigo ni pecado,
sino laboratorio.

Investigó la reproducción
cuando hablar de sexo era indecente,
y mostró que la fecundación
no es magia ni designio divino,
sino encuentro material,
preciso, verificable.

Ahí también hay política:
quitarle al misterio su aura sagrada
para devolverlo a la humanidad.

Por eso fue sospechoso.
Por eso fue incómodo.
Porque el poder tolera al sabio
solo cuando no explica demasiado.

Spallanzani pertenece a esa estirpe
de héroes sin estatua,
los que cambian el mundo
sin que el mundo se dé cuenta.
Los que trabajan lento
mientras la historia corre rápido.
Los que saben que una verdad pequeña
puede derrumbar una mentira enorme.

No prometió paraísos.
No habló de redenciones.
Solo dijo: miremos bien.
Y en ese gesto humilde
había una épica mayor
que la de muchas revoluciones fallidas.

Porque quien enseña a mirar
le quita al poder
el monopolio del relato.

Spallanzani no gritó “¡Venceremos!”
pero dejó algo más peligroso:
un método.

Y un método, 
cuando cae en manos del pueblo,
es dinamita lenta.


Luis García Montero escribe como quien baja la voz para que el mundo escuche.
No grita. No se sube al pedestal del genio ni al púlpito del profeta.
Prefiere la mesa del bar, la habitación con la luz encendida a medias,
el cuaderno donde la vida cotidiana deja manchas de café y de tiempo.

Su poesía nace de una desobediencia silenciosa:
la negativa a aceptar que lo íntimo sea irrelevante
y que la política solo viva en los parlamentos.

Porque García Montero sabe algo que muchos olvidaron:
la ideología también habita en la forma de amar,
en la manera de nombrar el cansancio,
en la elección de no mentirse.


Contra el heroísmo hueco

En un siglo adicto al espectáculo,
Luis García Montero escribe desde la normalidad herida.
No el héroe, sino el ciudadano.
No el gesto épico, sino la fidelidad a lo pequeño.

Su poesía no promete salvación,
pero ofrece algo más raro: compañía.

Habla del amor sin venderlo como mercancía emocional,
del paso del tiempo sin convertirlo en autoayuda,
de la memoria sin usarla como arma arrojadiza.

Es un poeta que desconfía de la pureza,
porque sabe que la pureza suele ser una excusa para no mancharse las manos
con la vida real.


La palabra como espacio político

García Montero no escribe panfletos,
pero su poesía es profundamente política
porque defiende una ética del lenguaje.

En sus versos, la palabra no humilla,
no se exhibe como trofeo,
no busca aplastar al lector con virtuosismo.

Es una poesía que dice:
“Aquí cabes tú, con tus dudas, con tu miedo, con tu historia incompleta.”

Y eso, camarada,
en tiempos de discursos que excluyen,
es una forma de resistencia.


Memoria sin nostalgia reaccionaria

Luis García Montero escribe desde la memoria,
pero no para regresar a un pasado idealizado.
La suya no es nostalgia de orden y obediencia,
sino memoria crítica:
saber de dónde venimos para no repetir la mentira.

La memoria, en él, no es un museo,
es una conversación inacabada con los muertos
y con los vivos que aún no encuentran palabras.


Un poeta que eligió quedarse

Mientras otros confundieron la dificultad con profundidad
y el elitismo con excelencia,
García Montero eligió quedarse en la lengua común,
en el verso que puede leerse en voz baja,
en el poema que no te exige credenciales.

Eso le costó desprecios,
acusaciones de “poesía fácil”,
como si lo difícil no fuera decir la verdad sin máscaras.

Pero escribir claro, camarada,
cuando la confusión conviene al poder,
es un acto radical.


Epílogo

Luis García Montero no escribe para deslumbrar.
Escribe para que alguien, en algún lugar,
sienta que su vida —con todo y sus contradicciones—
merece ser nombrada.

Y en ese gesto humilde,
en esa fe obstinada en la palabra compartida,
hay más revolución que en mil consignas gritadas al vacío.

Porque a veces
defender la dignidad del lenguaje
es la última trinchera que nos queda.

 

miércoles, 28 de enero de 2026

 "¿Mi tierra?

Mi tierra eres tú.

¿Mi gente?
Mi gente eres tú.

El destierro y la muerte
para mi están adonde
no estés tú.

¿Y mi vida?
Dime, mi vida,
¿qué es, si no eres tú?".

Luis Cernuda | Contigo

 

Entre dos mundos rotos: la grieta humana y la unidad animal

Hay una imagen que siempre vuelve cuando hablamos del inconsciente: un animal caminando por el bosque sin preguntarse por qué existe, sin replantearse cada paso, sin desgarrarse entre lo que siente y lo que debería sentir.
Un animal se mueve en un presente absoluto. No conoce la palabra “debería”, ni carga con el peso de una narrativa interior. No se separa de sí mismo para observarse. Simplemente es.

Nosotros, en cambio, vivimos divididos.
Y esa división es nuestra gloria… y nuestra tragedia.


I. El animal: totalidad sin espejo

Los animales tienen instintos, impulsos, quizá rudimentos de memoria emocional. Pero no tienen una grieta interna donde una parte de la mente vigile, juzgue o reprima a la otra.
No hay tribunal interior.

No hay yo escindido.

No hay el drama humano del:

  • “¿Por qué siento esto?”
  • “¿Por qué hice aquello?”
  • “¿Qué pensarán de mí?”
  • “¿Soy suficiente?”

Ellos no se miran al espejo para preguntarse si están viviendo bien.
No viven para sentirse coherentes.
No sienten culpa por seguir su naturaleza.

En ellos, lo consciente y lo inconsciente no están peleados.
Todo fluye en una sola corriente: comer, descansar, huir, aparearse, jugar.
No hay interferencia conceptual.

La vida ocurre sin ruido interior.


II. El humano: un yo que se parte en dos

El ser humano, al ganar consciencia reflexiva, perdió la unidad.
Es como si al prender la luz se fracturara el cristal.

Tenemos un yo que vive…
y otro yo que observa cómo vivimos, como un comentarista interno narrando, juzgando, interpretando cada movimiento.

Freud lo llamó la escisión psíquica.
Nietzsche lo llamó la enfermedad del animal consciente.
Los místicos lo llaman la separación del ser.
Los neurocientíficos lo llaman metacognición.

El nombre da igual: es la sensación de que dentro de nosotros hay dos fuerzas luchando en un mismo cuerpo.

Por eso hablamos de “mi inconsciente” como si fuera una persona escondida en el sótano.
Por eso tenemos deseos que no aceptamos, reacciones que no entendemos, miedos que nos avergüenzan.

Somos un animal que se mira desde afuera.

Y esa mirada, muchas veces, duele.


III. La ventaja y la maldición

La conciencia reflexiva nos permitió crear arte, moralidad, lenguaje, ciencia, ciudades, música, poesía.
El precio fue altísimo: perdimos la paz interior del animal.

Vivir dividido es:

  • Pensar demasiado.
  • Reprimir y luego estallar.
  • Sentir culpa por deseos legítimos.
  • Tener miedo a lo que pensamos.
  • Soñar con cosas que no entendemos.
  • Ser nuestro propio enemigo.

Somos animales con narrativas.
Y a veces la narrativa nos come vivos.


IV. Hacia una reconciliación

La solución no es volver a ser animales —eso es imposible— sino curar la grieta, hacer las paces con lo que vive en la sombra.
La psicología profunda siempre apunta a lo mismo:

Que lo inconsciente deje de ser enemigo.
Que lo consciente deje de ser tirano.
Que ambas partes se escuchen.

Cuando un humano logra eso —aunque sea en momentos— recupera algo de aquella unidad perdida.
El atleta totalmente concentrado, el músico absorto, el amante que olvida su ego, el meditador sin pensamientos…
Ahí aparece esa antigua totalidad que en los animales nunca se fue.

Es un instante.
Pero en ese instante, la fractura desaparece.

Y volvemos a ser completos.


V. Conclusión

Los animales viven sin dividirse.
Nosotros vivimos rotos por dentro.

Pero esa rotura es el precio de la conciencia.
Y la conciencia, a su vez, nos da la posibilidad de unir de nuevo lo que se separó.

Animales nunca volvemos a ser.
Pero íntegros, de vez en cuando…
sí podemos serlo.

Y esos momentos de integración —cuando cuerpo, emoción y pensamiento se alinean— valen más que toda la paz inconsciente del mundo animal.

 


Nací sin darme cuenta de que no iba a ser uno, sino muchos. Vine al mundo con un nombre propio y una multitud adentro. 
Lisboa fue mi cuna y también mi coartada: una ciudad suficiente para perderse sin moverse. 
Desde niño aprendí el arte más difícil: estar solo acompañado por pensamientos que no pedían permiso.

Viví como quien ocupa una oficina del alma.
Fui traductor de cartas comerciales, oficinista del tedio, contador de horas inútiles. 
Mi vida exterior fue tan discreta que casi no ocurrió. Pero dentro —ay, dentro— había un carnaval metafísico con poetas que discutían entre sí, se negaban, se corregían, se odiaban con elegante cortesía.

No escribí poemas: me escribí a mí mismo en fragmentos.

Me llamé Alberto Caeiro para creer en las cosas tal como son, sin metáforas que estorben.
Me llamé Ricardo Reis para fingir serenidad y obedecer a dioses que ya no escuchaban.
Me llamé Álvaro de Campos para gritar, para amar las máquinas, para cansarme de todo con pasión industrial.
Y cuando me cansé incluso de ellos, firmé como yo: el más ficticio de todos.

Nunca viajé demasiado; pensé, eso sí, con exceso. Dudé con disciplina. Fui lúcido como quien se desangra lentamente. Amé poco, pero pensé el amor hasta agotarlo. Creí en nada con una fe rigurosa.

No busqué fama: dejé papeles.
No construí una obra: dejé un baúl.
Un ataúd de hojas sueltas donde cabía el universo y sus notas al pie.

Morí como viví: sin resolverme. 
Dejé versos sin ordenar, identidades sin cerrar, verdades sin domicilio fijo. Porque vivir —lo entendí tarde— no es ser alguien, sino asistir con asombro a la imposibilidad de ser uno solo.

Y si alguna vez me lees, no me busques:
soy el intervalo entre quien escribe
y quien cree entender. 

martes, 27 de enero de 2026

 Si logro salvar un corazón de romperse, 

no viviré en vano; 
si logro borrar de una vida el dolor, 
o enfriar una herida 
o ayudar a un esfumado petirrojo 
a regresar a su nido de nuevo, 
no viviré en vano. 

Emily Dickinson

 Los dragones que ignoramos


Ursula K. Le Guin escribió: «Quienes niegan la existencia de los dragones suelen ser devorados por ellos. Desde dentro». A simple vista, puede parecer un juego literario, un símbolo fantástico, pero en realidad es una metáfora profunda sobre la relación humana con la realidad y con los peligros que preferimos no ver.

Los dragones no son criaturas míticas aquí, sino los problemas, los conflictos, los miedos y las injusticias que nos rodean. Negarlos, ignorarlos o fingir que no existen no los hace desaparecer; al contrario, los internalizamos. Se convierten en fuerzas invisibles que nos devoran lentamente, transformándose en ansiedad, culpa, frustración o complicidad silenciosa con aquello que debería ser confrontado. Quienes creen que la negación es un escudo, terminan atrapados en su propia ceguera.

Esta metáfora es especialmente relevante en el ámbito social y político. La corrupción, la desigualdad, la violencia estructural o la manipulación mediática son “dragones” que muchos prefieren ignorar. No verlos no evita que existan; solo hace que sus efectos nos alcancen de formas más sutiles y dañinas. Quienes cierran los ojos ante estas realidades terminan siendo devorados desde dentro, por un sistema que no comprenden o que han decidido no enfrentar.

Pero la advertencia de Le Guin no es solo pesimista; también es una llamada a la valentía y a la conciencia. Reconocer la existencia de los dragones es el primer paso para enfrentarlos, para no permitir que nos corroan desde dentro. Significa mirar la realidad con honestidad, aceptar los riesgos y actuar, aunque el peligro sea intimidante. Quien hace esto, aunque no pueda eliminar todos los dragones, al menos evita ser devorado por ellos.

En resumen, la frase de Le Guin nos recuerda que la negación es un refugio ilusorio. Los dragones existen, aunque no queramos verlos, y su poder sobre nosotros solo disminuye cuando tenemos el coraje de enfrentarlos. La verdadera valentía no consiste en ignorar los peligros, sino en reconocerlos y decidir cómo vivir a pesar de ellos.

 


Sarojini Naidu no fue solo una poeta: fue una garganta encendida en medio del imperio. La llamaron el ruiseñor de la India, pero ese apodo se queda corto, casi decorativo, si no se escucha el temblor político que había en su canto. Porque Naidu cantaba, sí, pero cantaba contra algo: contra la obediencia colonial, contra el silencio impuesto, contra la idea de que una mujer debía ser ornamento y no voz.

Su poesía nace en una lengua prestada —el inglés— y ahí ya hay una tensión fundamental. Escribir en el idioma del dominador y aun así llenarlo de especias, de bazares, de dioses, de ríos sagrados, de cuerpos morenos y vidas populares. Sarojini toma el inglés y lo indianiza, lo vuelve flexible, sensual, musical. No pide permiso. Lo habita. Lo tuerce. Como si dijera: también esto nos pertenece.

Pero sería un error leerla solo como una esteta exótica para consumo europeo. Su lirismo no es evasión: es estrategia. Mientras el Imperio británico reduce a la India a estadísticas, materias primas y mapas, Sarojini responde con imágenes: vendedoras de brazaletes, tejedores, pescadores, madres, niños. Le devuelve rostro a lo que el poder quiere abstracto. Su poesía es una forma de resistencia suave, pero persistente: humanizar a los colonizados cuando el sistema necesita deshumanizarlos.

Y luego está su vida, que es en sí misma un poema político. Sarojini Naidu no se conformó con escribir sobre la libertad: la caminó. Fue compañera de lucha de Gandhi, oradora incansable, dirigente del Congreso Nacional Indio, primera mujer en presidirlo y después primera gobernadora de un estado indio independiente. Su cuerpo estuvo donde estaban las cárceles, las marchas, la represión. No fue la poeta que observa desde la ventana: fue la poeta que sale a la calle y se expone.

Ahí ocurre algo fascinante: su poesía y su acción política no se contradicen. En ella no hay esa división cómoda entre el alma delicada y la militancia áspera. Sarojini demuestra que la belleza también puede ser combativa. Que el ritmo, la metáfora, la musicalidad no son adornos burgueses sino formas de memoria y de dignidad. Frente a un imperio que habla en prosa administrativa, ella responde en verso.

Como mujer, su desafío fue doble. Enfrentó al colonialismo y al patriarcado al mismo tiempo. Y lo hizo sin renunciar a la feminidad, sin masculinizar su voz para ser tomada en serio. Eso incomoda todavía hoy. Sarojini Naidu prueba que la ternura no es debilidad, que la emoción no invalida la política, que una mujer puede cantar y mandar, escribir y gobernar, amar la belleza y al mismo tiempo exigir justicia.

Hay algo profundamente actual en ella. En tiempos donde la política se ha vuelto un lenguaje seco, tecnocrático, sin alma, Sarojini recuerda que los pueblos no se mueven solo por programas, sino por imaginarios, por símbolos, por canciones. Que la liberación no es solo cambiar de bandera, sino recuperar la voz.

Sarojini Naidu fue eso: una voz que se negó a ser silenciada, una poeta que entendió que escribir también es una forma de pelear. Un ruiseñor, sí, pero uno que cantaba en medio del incendio.

Y ese canto —todavía— no se apaga.

Archivo del blog

Buscar este blog