En Roma, la distinción entre esclavos y hombres libres y
entre plebeyos y patricios introdujo una palabra que va a acompañarnos a
lo largo de nuestra historia: dignidad.
Al definirla, Cicerón
declaraba: «La dignidad es prestigio honroso. Es ser digno de respeto,
deferencia y reverencia».
Estaba, pues, ligada al puesto y al
comportamiento. En uno de los vuelos más improbables de la inteligencia
humana hemos llegado a considerar que la «dignidad» es una cualidad de
todos los humanos, independiente de sus características y, lo que es más
extraño, de su conducta.
Una persona puede actuar indignamente sin
perder por ello su dignidad, porque esta se ha convertido en un
patrimonio metafísico, mientras que la acción es coyuntural. Ya le he
advertido que estábamos asistiendo a un proceso de construcción
metafísica de la especie humana.
«¿Cómo pudo
tolerarse durante tanto tiempo ese negocio?», se pregunta Hugh Thomas.
Pone de manifiesto las contradicciones sangrantes de reyes, papas o
filántropos que proclamaban su interés por la justicia mientras
mantenían esclavos a su servicio.
O la de Bartolomé de las Casas, que
tanto luchó por la dignidad de los indios y que, sin embargo, no incluyó
a los negros en esa lucha.
Más aún, propuso la importación de esclavos
africanos para liberar a los indios de los trabajos pesados.
¿Qué pensar
de Fernando el Católico, llamado por el papa «atleta de Cristo», que
dio en 1510 el primer permiso para enviar esclavos negros en gran número
para que extrajeran oro de las minas de Santo Domingo?
Los dueños de
esclavos no sentían que estuvieran incumpliendo ninguna norma.
En 1695
se promulgó en Francia el Code Noir, un reglamento para el trato a los
negros en las islas francesas de América.
El artículo 44 decía:
«Declaramos que los esclavos son bienes muebles». Como tales, en los
libros de cuentas de las plantaciones se los incluía entre el ganado
(cheptel).
En la Grecia antigua se los llamaba a veces andrapoda,
«ganado de pie humano», en contraste con tetrapoda, «ganado de cuatro
patas».
El artículo 33 del Code Noir ordenaba que un esclavo que
golpeara a su amo fuera condenado a muerte, y al que huyera se le
cortaran las orejas y se le marcara con una flor de lis en un hombro. Si
reincidía se le cortarían las dos piernas y se le marcaría con la flor
de lis en el otro hombro. En caso de un nuevo intento, se le mataría.
José Antonio Marina
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