Siempre que leo uno de los escasos artículos que se publican de vez en cuando sobre la guerra busco alguna referencia o alguna mala noticia sobre Katire, el diminuto pueblecito maderero situado al borde de la meseta de los montes Imatong.
Y, ante la falta de noticias, deduzco que sus gentes siguen bailando cada noche, ataviadas con sus camisas y sus blusas blancas y que, a varios miles de kilómetros por encima de ellos, en la espesura de la selva, mis pueblecitos aún están a salvo, que sus habitantes continúan cazando monos y cultivando maíz, ajenos al planeta arrasado que hay a sus pies.
Y esa remota posibilidad me consuela.
Roberto Sapolsky.
Este pasaje es precioso porque, debajo de la anécdota, hay una idea muy profunda: Sapolsky descubre que puede llegar a sentir responsabilidad afectiva por un lugar diminuto que, en términos geopolíticos, no le importa prácticamente a nadie.
Katire no es para él simplemente un punto perdido en un mapa. Se ha convertido en una especie de refugio mental. Durante su estancia allí había encontrado algo que contrastaba brutalmente con el mundo que quedaba abajo: agua, sombra, bosque, trabajo, música, baile y una comunidad viviendo su cotidianidad. Sapolsky cuenta que cada noche la gente bailaba, y que aquella población le produjo una impresión de felicidad y seguridad extraordinarias.
Y entonces aparece la guerra.
1. La guerra vista desde un rincón del mundo
Lo interesante es que Sapolsky no habla de la guerra desde el punto de vista habitual.
No habla de presidentes, generales, fronteras, estrategias militares ni grandes batallas.
Habla de Katire.
Eso cambia completamente la escala moral.
Para los periódicos, una guerra puede ser:
ofensiva, retirada, territorio conquistado, bajas, negociaciones...
Para Sapolsky significa:
¿Seguirán bailando esta noche en Katire?
Y esa pregunta es muchísimo más humana.
Porque una guerra no destruye solamente edificios o instituciones. Destruye la normalidad de personas que ni siquiera saben que son parte de la gran historia que los periódicos están contando.
Un hombre quiere ir a trabajar.
Una mujer quiere cultivar maíz.
Alguien quiere salir a bailar por la noche.
Un niño quiere jugar.
Y de pronto aparece la Historia con mayúscula, esa señora brutal que nunca pidió permiso para entrar.
2. Hay algo casi infantil en su esperanza
parece especialmente conmovedor que Sapolsky diga, en esencia:
No hay noticias de Katire → probablemente todo sigue bien.
Es una inferencia completamente irracional.
Pero emocionalmente es perfecta.
Él sabe que la ausencia de noticias no significa necesariamente seguridad. Sin embargo, necesita creerlo.
Es casi el mecanismo psicológico que utilizamos cuando queremos proteger mentalmente a alguien que está lejos:
"No he sabido nada malo, así que seguramente está bien."
La razón dice: no puedes saberlo.
El afecto responde: déjame imaginar que sí.
Y ahí aparece una de las cosas más interesantes del pasaje: la esperanza no nace de la certeza, sino de la falta de evidencia de la catástrofe.
3. "Mis pueblecitos": aquí está el corazón del fragmento
Hay una expresión particularmente reveladora: "mis pueblecitos".
No son suyos.
No es ciudadano de allí.
No nació allí.
No pertenece a aquella comunidad.
Pero después de haber pasado por allí, de haber conocido a sus habitantes y de haber experimentado aquel lugar, psicológicamente se ha apropiado de él.
No mediante propiedad, sino mediante afecto.
Eso es muy importante.
Uno puede desarrollar una relación emocional con lugares donde apenas estuvo unos días. Una calle, una estación, una cafetería, una montaña, una casa donde alguien nos recibió.
El territorio deja de ser geografía y se convierte en memoria.
Katire ya no es simplemente Katire.
Es:
"el lugar donde fui feliz, donde conocí a esta gente, donde vi bailar a estas personas".
Por eso la guerra amenaza algo suyo.
4. Y aquí Sapolsky hace algo muy inteligente
Hay una especie de inversión de perspectiva.
Normalmente pensamos que nosotros observamos África.
Aquí ocurre lo contrario:
África comienza a observar el mundo desde Sapolsky.
Él llega como científico occidental, con sus instrumentos, sus proyectos y sus teorías sobre babuinos.
Pero termina emocionalmente implicado en una pequeña comunidad.
Y entonces comprende algo incómodo:
El planeta que aparece en los periódicos —el planeta de las guerras, los Estados, los ejércitos y la geopolítica— no es necesariamente el planeta que viven las personas.
Para el periódico puede estar ocurriendo una guerra.
Para Katire quizá sigue siendo martes.
Y por la noche hay baile.
Hasta que un día deja de haberlo.
5. "El planeta arrasado que hay a sus pies"
Esta imagen es brutal.
Sapolsky imagina los pueblos situados por encima de la destrucción.
No necesariamente literalmente —aunque las montañas y la selva crean efectivamente ese aislamiento— sino moralmente.
Abajo está el planeta de los seres humanos organizados en tribus políticas:
gobiernos, rebeldes, ejércitos, bloqueos, hambre, violencia.
Arriba:
monos, maíz, bosque, música, baile.
Es casi como si hubiera descubierto una pequeña burbuja de civilización inocente suspendida sobre la barbarie.
Y aquí aparece una ironía tremenda:
los humanos supuestamente civilizados son los que están abajo haciendo pedazos el mundo.
Los habitantes de Katire, en cambio, simplemente están intentando vivir.
6. La verdadera tragedia: la guerra alcanza a quienes no la hicieron
Esto conecta con algo que aparece repetidamente en Memorias de un primate: Sapolsky tiene una fascinación científica por la violencia, pero también una especie de horror moral ante ella.
La guerra del sur de Sudán terminó convirtiéndose en un conflicto devastador, con enormes pérdidas civiles y desplazamientos. Sapolsky señala además que las presencias occidentales que había conocido fueron expulsadas y que lugares como Juba y Torit sufrieron ocupaciones, bloqueos y hambre.
Pero lo que hace memorable el fragmento es que no termina hablando de cifras.
Termina pensando en gente bailando.
Eso es mucho más poderoso.
Porque una estadística puede decir:
"murieron X personas".
Pero la imaginación de Sapolsky dice:
"quizá esta noche esas personas todavía estén bailando".
Y de repente los muertos potenciales dejan de ser números.
Son personas.
7. También hay una paradoja muy sapolskiana
El hombre que estudia babuinos termina descubriendo algo profundamente humano:
el vínculo no necesita proximidad ni parentesco.
No hace falta que alguien sea familia, compatriota o amigo íntimo para que su posible sufrimiento nos importe.
Basta con haberlo conocido.
Sapolsky había pasado años estudiando cómo los babuinos forman vínculos, jerarquías, alianzas y relaciones sociales. Su trabajo científico posterior incluso mostraría hasta qué punto pueden existir tradiciones sociales duraderas entre primates.
Y aquí, en cambio, vemos al propio Sapolsky convertido en objeto de ese mismo fenómeno:
una criatura social que ha creado un vínculo con otros seres vivos y ahora sufre ante la posibilidad de perderlos.
8. Y hay algo todavía más hermoso
La última frase dice que esa posibilidad remota lo consuela.
No dice:
"sé que están bien".
Dice, esencialmente:
"puedo imaginar que están bien".
Y eso basta.
Hay ocasiones en que la esperanza no es creer que las cosas saldrán bien.
Es simplemente reservar dentro de nosotros un pequeño territorio donde la tragedia todavía no ha ocurrido.
Para Sapolsky ese territorio se llama Katire.
Y mientras no aparezca una noticia que diga lo contrario, en algún lugar de su imaginación siguen sonando los tambores, siguen bailando los hombres y las mujeres con sus camisas y blusas blancas, alguien sigue cazando monos, alguien sigue sembrando maíz y, por unas horas más, el mundo no ha conseguido alcanzarlos.
Ese es el verdadero significado del pasaje: a veces sobrevivimos a las catástrofes del mundo protegiendo mentalmente un pequeño lugar que todavía no ha sido destruido.
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