Pero cualquier libro, grande o no, clásico o comercial sin más, localista o mundial, puede ser capaz de brindar una enseñanza práctica, utilitaria, que puede beneficiar al lector en su vida cotidiana.
Quizá es a esto mismo a lo que se refería el propio Cervantes cuando afirmaba, a través de su personaje Sansón Carrasco, que no hay libro malo que no tenga algo bueno (II, 3).
Y si un autor logra compaginar ambos ingredientes, si, como William Faulkner, es capaz de convertir un condado perdido en los bosques de Mississippi en un universo que resucita a personajes y situaciones tan humanamente profundos y enigmáticos que nos recuerdan y remontan a los clásicos griegos, cuyas lecciones prácticas de conducta nos siguen aleccionando hoy, ¡miel sobre hojuelas!, que diría Sancho.
El fragmento de Eugenio Suárez-Galbán plantea una idea muy interesante: el valor de un libro no depende necesariamente de su prestigio literario, sino de lo que puede hacer en la vida del lector.
1. No existe una frontera absoluta entre “gran literatura” y “literatura útil”
El autor comienza desmontando una jerarquía bastante común. Tendemos a pensar que hay libros “importantes” y libros menores, clásicos frente a comerciales, universales frente a locales. Pero Suárez-Galbán introduce una distinción más fértil:
un libro puede enseñarnos algo independientemente de su categoría.
Un best seller mediocre puede contener una observación psicológica que nos ayude a comprender una relación. Una novela local puede enseñarnos algo sobre la familia, el poder, la ambición o el miedo. Incluso un libro que no consideramos gran literatura puede contener una idea que se nos quede pegada durante años.
La literatura, entonces, no funciona solamente como monumento artístico. También puede funcionar como herramienta de conocimiento.
Y aquí aparece una cuestión: leer no significa aceptar que el autor piense por nosotros. Significa poner otra conciencia sobre la mesa y discutir con ella.
2. Cervantes introduce una democracia del libro
La referencia al Quijote es fundamental:
“No hay libro tan malo que no tenga algo bueno.”
La frase es mucho más profunda de lo que parece.
Cervantes está reconociendo que el lector puede rescatar algo incluso de una obra imperfecta. No necesitamos que un libro sea una obra maestra para encontrar en él una idea, una experiencia, una advertencia o una pregunta.
Esto convierte al lector en una especie de buscador de oro intelectual. No importa que el río tenga mucho barro: hay que saber dónde está la pepita.
Y también existe aquí una defensa implícita contra cierto esnobismo cultural. El lector verdaderamente formado no necesita despreciar automáticamente lo popular para demostrar que posee criterio.
Puede leer a Homero y después una novela comercial.
Puede leer a Faulkner y después un libro imperfecto.
Puede encontrar una gran idea en un libro mediocre.
La inteligencia del lector consiste también en saber separar el trigo de la paja.
3. Pero Suárez-Galbán añade algo todavía más interesante
El texto no se queda en la utilidad.
Dice, en esencia: maravilloso es cuando el libro consigue hacer las dos cosas simultáneamente.
Es decir:
enseñar y conmover.
ser literatura y conocimiento.
ser particular y universal.
Y aquí aparece Faulkner.
4. Yoknapatawpha: cuando un lugar pequeño se convierte en el mundo
Faulkner resulta perfecto para demostrarlo.
Sus historias están profundamente arraigadas en el sur de Estados Unidos. Hay pueblos, familias, conflictos raciales, decadencia económica, violencia, religión, memoria y viejos resentimientos.
Nada parece más local.
Pero precisamente ahí ocurre el milagro literario.
Faulkner no necesita inventar un planeta fantástico para hablar de la humanidad. Le basta un rincón del Mississippi.
El pequeño territorio termina convirtiéndose en un mapa del alma humana.
Eso es una de las grandes paradojas de la literatura: cuanto más profundamente penetra un autor en una realidad concreta, más posibilidades tiene de alcanzar algo universal.
Shakespeare habla de Inglaterra y terminamos encontrándonos a nosotros mismos.
Dostoievski habla de la Rusia del siglo XIX y seguimos reconociendo nuestras contradicciones.
García Márquez inventa Macondo y reconocemos países enteros.
Faulkner inventa o recrea Yoknapatawpha y allí aparecen el poder, el orgullo, la violencia, el racismo, la culpa, la familia y la memoria que podrían pertenecer a cualquier sociedad.
Lo local puede contener lo universal.
5. Los griegos aparecen de nuevo
La comparación con los clásicos griegos es especialmente acertada.
¿Por qué seguimos leyendo tragedias escritas hace más de dos mil años?
Porque Sófocles no necesitaba conocer Instagram para comprender los celos, el poder, la soberbia, la culpa o el conflicto entre la conciencia y la autoridad.
Los griegos descubrieron algo fundamental: la tecnología cambia muchísimo más rápido que la naturaleza humana.
Cambian los teléfonos.
Cambian los gobiernos.
Cambian las ciudades.
Cambian las modas.
Pero seguimos teniendo miedo de perder lo que amamos, seguimos queriendo reconocimiento, seguimos sintiendo envidia, seguimos justificando nuestras decisiones, seguimos construyendo enemigos y seguimos creyendo que nuestras circunstancias son excepcionales.
Por eso una tragedia griega puede enseñarnos algo sobre nuestra vida cotidiana.
Y por eso Faulkner puede utilizar un condado perdido del Mississippi para hablarnos de nosotros.
6. La literatura como laboratorio humano
Aquí está quizá la idea más poderosa del fragmento.
Una buena novela no solamente cuenta lo que ocurrió.
Nos permite observar qué le ocurre a un ser humano cuando algo ocurre.
Y eso es conocimiento.
Una novela puede enseñarnos cómo funciona el resentimiento sin ofrecernos una definición académica del resentimiento.
Puede mostrarnos cómo nace una dictadura sin convertirse en un tratado de ciencia política.
Puede enseñarnos cómo se destruye una familia sin escribir un manual de psicología.
El lector observa las decisiones de los personajes y, casi sin darse cuenta, empieza a construir una especie de archivo mental:
Esto conduce hacia aquí.
Esta mentira termina produciendo aquello.
Este orgullo destruye esta relación.
Este hombre se convirtió en aquello que decía combatir.
La literatura se convierte así en un simulador de experiencia humana.
Y tiene una ventaja formidable: podemos aprender de los errores de otros sin tener que pagar siempre nosotros la factura.
7. “Miel sobre hojuelas”
La expresión de Sancho funciona maravillosamente porque baja el tono solemne.
Después de hablar de Cervantes, Faulkner, los griegos y las grandes lecciones de conducta, aparece Sancho diciendo, en esencia: si además de todo eso el libro es bueno, pues qué maravilla.
Y quizá ahí está la mejor definición de la gran literatura.
No solamente nos enseña.
No solamente nos entretiene.
No solamente nos emociona.
Nos cambia un poco la manera de mirar.
Después de leer determinados libros, uno vuelve al mundo y encuentra que las personas siguen siendo las mismas, pero ya no las ve exactamente igual.
El libro terminó.
La lectura no.
Porque el verdadero éxito de un libro no consiste en que recordemos sus páginas, sino en que alguna de sus páginas empiece a vivir dentro de nosotros.
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