A LA HORA DE LAS
ACUSACIONES.
EL CUCHILLAZO DEFINITIVO
ES LA HIGIENE MORAL PROPIA
VALERIA LUISELLI
Ese fragmento de Valeria Luiselli tiene una idea muy potente: cuando llega el momento de acusar a otros, la defensa más contundente consiste en presentarse como moralmente limpio.
«A la hora de las acusaciones»
La frase parte de una situación de conflicto, juicio o confrontación. No habla simplemente de una discusión: habla de ese momento en que alguien señala culpables, reparte responsabilidades y construye una frontera entre los buenos y los malos.
Y ahí aparece:
«El cuchillazo definitivo es la higiene moral propia».
La metáfora del cuchillazo es deliberadamente violenta. Una acusación puede herir, destruir reputaciones, cerrar una discusión. Pero Luiselli introduce una paradoja: el golpe definitivo no necesariamente consiste en encontrar el argumento más sólido, sino en demostrar que uno mismo está moralmente limpio.
¿Qué significa «higiene moral»?
La expresión es irónica.
La higiene normalmente sirve para eliminar suciedad. Aplicada a la moral, convierte la conducta ética en una especie de limpieza personal:
Yo no hice eso.
Yo no soy como ellos.
Yo estoy del lado correcto.
Mis manos están limpias.
El problema es que esa limpieza puede convertirse en una estrategia de poder.
Porque quien consigue presentarse como moralmente impecable adquiere una posición privilegiada para acusar a los demás. Ya no necesita solamente demostrar que el otro está equivocado: se coloca en el lugar del juez.
La crítica más profunda
Luiselli está señalando algo que ocurre constantemente en la vida política, intelectual y cotidiana: la construcción de una superioridad moral.
Cuando alguien acusa, puede desplazar la discusión desde:
«¿Qué ocurrió y quién es responsable?»
hacia:
«¿Quién de nosotros es moralmente mejor?»
Y esa segunda pregunta puede ser mucho más peligrosa.
Porque permite que alguien evite examinar sus propias contradicciones. La persona se somete a una especie de lavado moral antes de señalar la suciedad ajena.
Hay incluso una resonancia casi religiosa: «mis manos están limpias». El acusador se presenta como alguien sin culpa, mientras el acusado queda convertido en el contaminado.
La paradoja
Lo interesante es que la higiene moral puede ser precisamente una forma de suciedad moral.
¿Por qué?
Porque puede esconder:
hipocresía;
autojustificación;
superioridad;
simplificación del conflicto;
incapacidad para reconocer complicidades;
necesidad de encontrar siempre un culpable externo.
En otras palabras, «yo soy moralmente puro» puede convertirse en una manera de no pensar.
Y eso conecta muy bien con el fragmento de que uno no debería colocarse como centro absoluto de la existencia. Aquí aparece algo parecido desde otro ángulo: la obsesión por nuestra propia corrección moral puede terminar convirtiéndose en una forma de narcisismo.
Una lectura política
En política esto es especialmente poderoso.
La «higiene moral propia» permite construir una identidad basada no tanto en lo que uno hace, sino en aquello de lo que puede acusar a los demás.
Es el mecanismo:
Yo denuncio → por tanto soy bueno.
Ellos son denunciados → por tanto son malos.
Pero denunciar una injusticia no demuestra automáticamente la propia inocencia.
La verdadera pregunta sería:
¿Qué responsabilidad tengo yo dentro del sistema que estoy criticando?
Ahí se acaba la comodidad de la pureza moral.
En una frase
El fragmento podría resumirse así:
Cuando todos quieren ser acusadores, la supuesta pureza moral se convierte en un arma: quien consigue demostrar que está «limpio» obtiene el poder de señalar a los demás como «sucios».
Y Luiselli parece advertirnos de algo bastante incómodo: quizá la verdadera ética no consiste en demostrar que somos mejores que los otros, sino en tener el valor de reconocer nuestra propia mezcla de culpa, contradicción y responsabilidad.
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