martes, 8 de septiembre de 2026


 La humanidad habla constantemente de convivir con la naturaleza, pero lo que realmente quiere decir es que está dispuesta a convivir con la naturaleza siempre que ésta sea obediente, silenciosa y completamente inofensiva.  


Es una frase muy potente porque desmonta una contradicción bastante cómoda: decimos que queremos convivir con la naturaleza, pero muchas veces lo que queremos es una naturaleza domesticada.

La idea central

Cuando hablamos de “convivir con la naturaleza”, solemos imaginar algo bastante específico: bosques agradables, playas limpias, animales simpáticos, aire puro, paisajes que podemos contemplar y, si es posible, un buen sendero para caminar.

Pero la naturaleza real no funciona como un parque temático.

La naturaleza incomoda, invade, destruye, enferma, compite y mata. Hay mosquitos que transmiten enfermedades, huracanes que destruyen ciudades, incendios forestales, sequías, depredadores, bacterias, hongos, plantas invasoras y animales que no tienen ningún interés en respetar nuestras fronteras.

Ahí aparece la contradicción.

Mientras la naturaleza nos resulte agradable, hablamos de convivencia. Cuando se vuelve peligrosa o inconveniente, rápidamente cambiamos el vocabulario:

“plaga”, “amenaza”, “desastre”, “invasión”, “maleza”, “animal nocivo”.

Es decir, muchas veces no queremos convivir con la naturaleza: queremos que la naturaleza se comporte de acuerdo con nuestras necesidades.

La naturaleza como mascota

La frase contiene una crítica todavía más profunda.

La civilización moderna ha desarrollado una relación extraña con la naturaleza: queremos conservarla, pero bajo nuestras condiciones.

Nos gustan los árboles, siempre que no levanten la banqueta.

Nos gustan los ríos, siempre que no se desborden.

Nos gustan los animales, siempre que no entren en nuestra casa.

Nos gustan los insectos, mientras sean mariposas.

Nos gustan los bosques, siempre que no haya incendios.

Nos gusta la lluvia, siempre que no llueva demasiado.

Nos gusta el clima, siempre que no haga demasiado calor ni demasiado frío.

Y si un animal aparece donde no debería estar, la pregunta suele ser:

“¿Cómo lo eliminamos?”

Pocas veces preguntamos:

“¿Qué hicimos nosotros para que terminara aquí?”

“Obediente, silenciosa e inofensiva”

Aquí están las tres palabras que hacen funcionar la crítica.

Obediente: queremos decidir dónde puede crecer un árbol, por dónde puede pasar un río y qué especies tienen derecho a existir en determinado lugar.

Silenciosa: toleramos la naturaleza siempre que no perturbe nuestra comodidad. El canto de un pájaro es hermoso; los insectos nocturnos, las ranas y otros sonidos naturales pueden convertirse rápidamente en “ruido”.

Inofensiva: quizá sea la condición fundamental. Admiramos al jaguar mientras aparece en un documental; la reacción cambia si aparece detrás de nuestra casa.

La paradoja es magnífica: queremos una naturaleza salvaje que no se comporte como algo salvaje.

Y hay una dimensión filosófica

La frase también cuestiona el antropocentrismo: la idea de que la naturaleza está, de alguna manera, organizada alrededor de nuestras necesidades.

Durante siglos hemos construido una separación conceptual entre “humanidad” y “naturaleza”. Nosotros hacemos ciudades, carreteras, agricultura, tecnología y leyes; la naturaleza queda del otro lado, como algo externo que debemos administrar.

Pero nosotros también somos naturaleza.

Nuestro cuerpo depende de bacterias, plantas, agua, animales, microorganismos, ciclos climáticos y ecosistemas que ni siquiera vemos. La frontera entre “nosotros” y “la naturaleza” es mucho menos sólida de lo que nuestra cultura suele imaginar.

Por eso la frase puede llevarse un paso más lejos:

Quizá el problema no sea que la humanidad haya olvidado cómo convivir con la naturaleza, sino que todavía se niega a aceptar que nunca dejó de formar parte de ella.

Y eso cambia completamente la discusión.

Porque convivir no significa conseguir que la naturaleza sea dócil. Significa aceptar que tiene intereses, dinámicas y límites que no fueron diseñados para nuestra comodidad.

La ironía final

La humanidad habla de “proteger la naturaleza” como si nosotros estuviéramos afuera de ella, contemplándola desde una ventana.

Pero muchas veces lo que realmente queremos proteger es nuestro derecho a seguir viviendo como vivimos sin que la naturaleza nos pase la factura.

Queremos los bosques sin los incendios.

Los ríos sin las inundaciones.

Los animales sin los depredadores.

El campo sin las plagas.

El clima sin los fenómenos extremos.

Y, sobre todo, un planeta capaz de soportar indefinidamente nuestras costumbres sin protestar.

El problema es que la naturaleza no firma contratos.

No negocia.

No vota.

No pide permiso.

Y, sobre todo, no tiene ninguna obligación de ser cómoda.

Ahí está la verdadera fuerza de la frase: quizá nuestra idea de “convivir con la naturaleza” siga siendo demasiado parecida a la idea de convivir con una mascota: nosotros ponemos las reglas y ella debe aprender a comportarse.

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