Mejor cumplir lo propio malamente que hacer bien lo que toca a otra gente. El que obra según su natural cumple consigo y no cae en el mal.
Esta idea del Bhagavad Gita parece sencilla, pero contiene una pequeña bomba filosófica: no siempre hacer algo mejor significa vivir mejor.
El texto habla del dharma, es decir, del deber, la naturaleza o el camino que corresponde a cada persona. No se trata simplemente de «hacer lo que uno quiera», sino de encontrar aquello que, por temperamento, vocación, capacidades y circunstancias, uno debe realizar.
La paradoja es poderosa: puede ser preferible fracasar en nuestro propio camino que triunfar en una vida prestada.
Alguien puede convertirse en un excelente imitador. Puede hacer perfectamente aquello que otros esperan de él. Puede alcanzar reconocimiento, dinero y aplausos. Pero si todo eso pertenece a un papel que no es el suyo, queda una grieta fundamental: ha vivido eficazmente, pero no necesariamente ha vivido auténticamente.
El Gita parece decirnos:
No envidies la facilidad con que otro cumple su destino.
Tal vez el músico mire con admiración al empresario, el maestro al político, el corredor al campeón, el escritor al hombre rico. Y entonces aparece la tentación de abandonar el propio camino para entrar en uno que parece más brillante.
Pero cada vida tiene su propio terreno.
Un pez sería un fracaso intentando trepar a un árbol, aunque lo hiciera con una disciplina admirable.
«El que obra según su natural cumple consigo»
Aquí está el corazón de la frase.
Obrar según el propio natural significa no vivir permanentemente contra la propia verdad. No adoptar como destino los deseos ajenos. No convertirse en una copia competente de alguien más.
Porque existe una forma particularmente silenciosa de desgracia: hacer muy bien algo que uno nunca debió hacer.
Una persona puede ser un abogado brillante y odiar cada día de su vida. Puede ser un empresario exitoso y sentir que ha desperdiciado su verdadera vocación. Puede recibir premios por interpretar un personaje que los demás aman, mientras por dentro no reconoce al hombre que interpreta.
Por eso el problema no es únicamente qué tan bien haces algo, sino si aquello que haces te pertenece.
«Y no cae en el mal»
Esta última parte puede resultar extraña. ¿Por qué abandonar el propio camino para hacer perfectamente el de otro sería caer en el mal?
Porque, para el pensamiento del Bhagavad Gita, el mal no es solamente cometer una crueldad. También puede ser una forma de desorden interior.
Cuando vivimos movidos exclusivamente por la comparación, la envidia o la presión social, dejamos de actuar desde nuestro centro. Nuestra vida comienza a ser gobernada por voces ajenas.
Uno ya no pregunta:
¿Qué debo hacer yo?
Pregunta:
¿Qué hacen los demás? ¿Qué da más prestigio? ¿Qué produce más admiración? ¿Qué esperan de mí?
Y así puede pasar toda una existencia.
La tragedia no sería haber hecho las cosas mal. La tragedia sería llegar al final y descubrir que se hicieron muy bien las cosas equivocadas.
La enseñanza
El Bhagavad Gita no está glorificando la mediocridad. No dice: «Haz cualquier cosa mal y quédate tranquilo». Dice algo más profundo:
Prefiere las dificultades de convertirte en quien eres a la comodidad de representar perfectamente a quien no eres.
Nuestro camino puede ser torpe al principio. Podemos avanzar lentamente. Equivocarnos. Sentir que otros lo hacen mejor.
Pero existe una diferencia entre la torpeza de aprender a ser uno mismo y la perfección de vivir una vida ajena.
La primera puede corregirse.
La segunda puede convertirse en una cárcel con medallas en las paredes.
En una frase
Es mejor tropezar caminando hacia tu propia vida que correr con elegancia por el camino que alguien más eligió para ti.
Quizá esa sea la advertencia más hermosa y más incómoda del Bhagavad Gita: no
basta con preguntarnos si estamos haciendo bien las cosas; primero
debemos preguntarnos si esas cosas son verdaderamente nuestras.
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