jueves, 3 de septiembre de 2026

 

La dictadura de la sonrisa y el cuento de la felicidad

¿Han notado esa manía enferma que tiene todo el mundo ahora con "ser feliz"? Te levantas por la mañana, abres el teléfono y ahí está: una frase motivacional con letra cursiva sobre la foto de una taza de café o una montaña. "Haz de hoy un día mágico". "La felicidad es una elección". ¡Por favor! La felicidad no es una elección, es un accidente biológico que te dura veinte minutos antes de que te acuerdes de que tienes que pagar la luz o que la junta del motor del coche está tirando aceite.

Nos han vendido la idea de que estar neutral es una falla del sistema. Que si estás sentado en el sofá mirando a la pared sin sonreír como un idiota lobotomizado, estás "deprimido" o eres un "infeliz". ¡No! Estás normal. Estás en pausa. Estás respirando sin que te duela la espalda, lo cual, pasados los cuarenta, ya debería considerarse un triunfo olímpico. Pero no, hoy en día la tranquilidad no vende. La paz no tiene marketing. Lo que vende es el espectáculo.

Y ahí entra el fenómeno del "alegre del grupo". Seguro conocen a uno. Ese tipo que siempre se está riendo a carcajadas, que cuenta tres chistes por minuto, que aplaude cuando habla y que parece impulsado por una mezcla de cafeína y desesperación. Todos dicen: "¡Ay, qué feliz es Fulano! ¡Qué energía!". Mentira. Fulano está a dos segundos de un colapso nervioso. Esas carcajadas estruendosas no son felicidad; son un chaleco antibalas emocional. Son el ruido que hace para no escuchar el eco de su propia cabeza cuando se apagan las luces. Es el payaso que hace piruetas para que nadie le pregunte por qué le tiemblan las manos.

La verdadera comedia es que nos resulta facilísimo señalar al tipo en la cama de un hospital y decir: "Ese tipo es infeliz". ¡Claro que la está pasando mal! Le están pinchando las venas con un tubo de plástico y comiendo gelatina de la que sabe a detergente. Pero eso no es "infelicidad", eso es dolor. El dolor es claro, es honesto, avisa con una sirena. La verdadera infelicidad, la fina, la sofisticada, no está en los hospitales. Está en las fiestas de cumpleaños, en las reuniones familiares, en los gimnasios a las seis de la mañana y en Instagram. Está vestida de diseñador, tiene los dientes blanqueados y se está riendo a gritos de un chiste malo solo para demostrarle al resto de la mesa que se la está pasando "increíble".

Le tenemos un terror sagrado al silencio y al sufrimiento, tanto que preferimos inventarnos una felicidad de utilería. Exigimos una euforia permanente que no existe. Queremos vivir en un pico constante de dopamina, y cuando la marea baja —porque la marea siempre baja— nos entra el pánico y pensamos que la vida fracasó.

Quizás el problema es que somos incapaces de entender la diferencia entre estar alegre y estar en paz. La alegría es un chispazo, un susto bueno, una risa floja; se acaba rápido. La paz, en cambio, es aburrida, no hace ruido, no se puede subir a las redes sociales y no le importa si estás sonriendo o no. Pero como la paz no da espectáculo, preferimos seguir interpretando la comedia de la risa falsa, aterrados de descubrir que, mientras buscábamos desesperadamente "ser felices", lo único que teníamos que hacer era dejar de joder y aprender a no sufrir cuando nada nos duele.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Archivo del blog

Buscar este blog