Hay preguntas que no buscan una respuesta. Buscan un eco.
"Escriba una letra O. ¿Quién quedó adentro y quién afuera?"
La mano dibuja un círculo y, en ese instante, inventa dos universos. El vacío del centro recibe el prestigioso título de "adentro". El papel que lo rodea acepta resignado llamarse "afuera". Pero ambos nacieron en el mismo segundo. Antes de la tinta no existía ni el uno ni el otro.
Quizá el que quedó adentro fue el silencio.
Quizá el que quedó afuera fue todo el ruido del mundo.
O tal vez ocurrió lo contrario: el universo entero quedó encerrado en la O y nosotros, convencidos de habitar galaxias infinitas, somos apenas una nota al margen del papel.
La O es una frontera que no separa territorios. Separa ideas. Basta una línea delgada para que el vacío cambie de nombre. Lo que hace un instante era simplemente aire, ahora posee domicilio.
Los niños entienden esto mejor que los filósofos. Ellos dibujan un círculo y dicen: "Aquí vive un dragón". Y el dragón aparece. Los adultos dibujamos fronteras y decimos: "Aquí termina mi país". Y aparecen ejércitos.
¿Quién quedó adentro?
La pregunta.
¿Quién quedó afuera?
La respuesta.
Porque toda respuesta rompe el círculo. Toda explicación abre una grieta por donde escapa el misterio. En cambio la pregunta permanece intacta, redonda, girando sobre sí misma como un planeta que jamás toca el suelo.
Tal vez la letra O no sea una vocal.
Tal vez sea el ojo del universo mirándose desde dentro.
Y nosotros, creyendo escribirla, fuimos escritos por ella.
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