domingo, 6 de septiembre de 2026


Estar en carne viva significa que algo todavía no ha cicatrizado. Una herida abierta, expuesta, sensible.

Sontag parece rechazar aquí la comodidad de cerrar demasiado pronto las heridas de la experiencia. Hay cosas que, si las convertimos rápidamente en una explicación, una lección o una anécdota del pasado, pierden su capacidad de interpelarnos.

Una experiencia dolorosa puede convertirse en algo muerto: «ya pasó, ya lo superé, ya entendí». Pero también puede permanecer viva, formando parte de nosotros.

La herida, entonces, no es únicamente sufrimiento: es sensibilidad.

 «Que duela»

Esta es quizá la parte más incómoda.

No dice que deje de doler. Dice que duela.

Porque el dolor puede ser una forma de conocimiento. Hay verdades que no comprendemos intelectualmente hasta que algo nos afecta de verdad. El dolor rompe la distancia entre nosotros y aquello que contemplamos.

Y esto encaja muy bien con una preocupación central de Sontag: la necesidad de mirar de frente.

No apartar la mirada de la enfermedad, de la guerra, de la injusticia, de la muerte, del sufrimiento humano. No anestesiarse.

Pero hay una diferencia importante: Sontag no está necesariamente glorificando el sufrimiento. No dice busca el dolor. Dice, más bien: no conviertas el dolor inevitable en indiferencia.

 «Pero que sobreviva»

Aquí está el giro fundamental.

La frase no termina en que duela. Termina en que sobreviva.

La herida puede permanecer, pero nosotros también.

Eso introduce una tensión muy poderosa:

sentir sin destruirse.

Puedes conservar una herida sin convertirte en la herida. Puedes recordar sin quedar atrapado en el pasado. Puedes seguir siendo sensible sin permitir que el sufrimiento te consuma.

Es casi una ética de la resistencia:

que la experiencia te marque, pero que no consiga aniquilarte.

La alternativa: cicatrizar demasiado pronto

Hay una lectura todavía más interesante.

A veces queremos que todo sane inmediatamente porque la herida incomoda. Entonces construimos explicaciones:

«Así tenía que suceder.»
«Todo pasa por algo.»
«Ya lo superé.»
«No vale la pena pensar en eso.»

Son formas de cerrar la herida.

Pero quizá algunas cosas merecen seguir doliendo un poco, porque si dejan de doler completamente también pueden dejar de importarnos.

La muerte de alguien.
Una injusticia.
Una traición.
Una derrota.
Una pérdida.
Una época que terminó.

El dolor puede ser el último vínculo que tenemos con aquello que hemos perdido.

 Y hay algo muy sontaguiano aquí

Sontag desconfiaba de la anestesia intelectual: de convertir la realidad en algo cómodo mediante explicaciones prefabricadas.

Por eso esta frase podría leerse como una pequeña rebelión contra la indiferencia.

No pide felicidad.

No pide resignación.

No pide olvidar.

Pide algo más difícil:

conservar la capacidad de sentir y, al mismo tiempo, continuar viviendo.

En una sola frase podría resumirse así:

No quiero que la herida desaparezca si para curarla tengo que dejar de sentir. Pero tampoco quiero que la herida me mate.

Y ahí aparece una paradoja preciosa: sobrevivir no significa salir intacto. A veces sobrevivir significa seguir adelante llevando las cicatrices, pero sin permitir que se conviertan en una razón para dejar de mirar, de pensar y de sentir.

 

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