viernes, 1 de febrero de 2013

Ricardo Darín: "Somos un país niño"

Por Pablo Perantuono
Producción: Pía Rey


Eran agitados esos días de diciembre del encuentro con Ricardo Darín. El 7D, como una suerte de Y2K -¿se acuerdan del colapso del mundo por el cambio de milenio?-, estaba a la vuelta de la esquina. Nadie sabía demasiado qué consecuencias traería para el hombre común ese día, esa ley, ese cambio, pero la presencia omnímoda de esa fecha les daba a aquellas horas frenéticas un hálito de inminencia inquietante. En ese panorama, posterior al cacerolazo del 28N, Darín se paraba como quien quiere observar y opinar sobre dos ejércitos gritones que van a estrellarse de frente. 
Y no era muy optimista. 
Darín: Están pasando cosas rarísimas. No se nos permite pensar fuera de lo establecido. Te dicen lo que tenés que pensar y en qué dirección, y si no estás de acuerdo, sos un hijo de puta.  
Brando: El que disiente es enemigo.  
Darín: ¡Están todos locos! La locura y el enojo no dejan ver con claridad. El comienzo del camino al fanatismo es este. Creer que todo lo que no se alinea o no está en armonía con su pensamiento se construye casi como el enemigo. No para vencerlo, para eliminarlo. Y eso me asusta.  
A mediados de 2012, Darín fue como invitado al programa televisivo TVR. El espacio, alineado con el Gobierno y cuya temática es la televisión misma, presentó un informe en el que el periodista Jorge Lanata era demonizado, caricaturizado y demás. Sereno y poco complaciente, cuando a Darín le tocó intervenir, dejó bien en claro que lo que había en el aire era una suerte de batalla entre dos grupos de poder (Gobierno y Clarín) y que parecía que todos querían empujarnos a que nos alineáramos con algún sector. "En cuanto a Lanata, bueno. Yo creo que él debe estar muy dolido, debe estar enojado".  


 
Bastó esa frase, y esa equidistancia, para que Darín, el popular Darín, el gran actor, el presidente de jurados de festivales internacionales, el carismático, el benefactor, cayera en la consideración implacable y crítica de algunos comisarios de la verdad oficial. 
"La historia de nuestro país está dividida entre Boca y River", dice Darín mientras hunde su cuchillo en una entraña a punto. En Buenos Aires se acaba de caer el cielo, y como suele ocurrir cuando las tormentas duran horas, Palermo se convierte por un rato en Venecia. "Eso está estrechamente en relación -sigue Darín, desatado- con el pensamiento de que siempre va a haber alguien que nos va a salvar. Somos un país niño: necesitamos un papá. Necesitamos a alguien que nos diga cómo se tienen que hacer las cosas. Cuando vino la democracia en el '83, después de toda esa serie de frustraciones, la esperanza siempre fue con cierta prudencia. Parece que no aprendimos un sorete, porque es tan loco plantear, como planteaban algunas minorías, ciertas actitudes intempestivas y anacrónicas como del otro lado creer que porque te votó el 54%, te la mandé a guardar, bancátela, y te la tenés que fumar".  
Brando: El que no te vota es enemigo.  
Darín: Eso termina en quilombo. En las culturas más civilizadas, cuando detectan a alguien que no te vota, lo primero que hacen es seducirlo. No eliminarlo ni desacreditarlo.  
Brando: Y, en el mejor de los casos, escucharlo.  
Darín: Nooo, para eso falta mucho. Nosotros no nos escuchamos entre nosotros. Yo no sé si van a escuchar lo que pasó el otro día (por el cacerolazo), pero fue una cosa muy grosa. Fue mucha gente, mucha.  
Sentado en un bodegón de la calle Humboldt -de esos pocos que sobreviven con mozos de 75 años, flan casero recargado y mantel de hule-, a punto de ponerse en la piel de un abogado (otro más) para una película que se estrenará a fin de año - Séptimo, de Patxi Amezcua- y con otro film recién estrenado en cartel - Tesis sobre un homicidio, un thriller psicológico en el que también interpreta a un hombre de ley obsesionado con un alumno-, Darín pertenece a una generación de la que no se siente muy orgulloso. Nacido en 1957, el actor no está conforme con el mundo que les deja a sus hijos. 
Darín: Los chicos se llevan la peor parte. Yo no les he dado un buen ejemplo a mis hijos. Mi generación no lo ha dado.  
Brando: ¿La anterior a la tuya sí lo dio?  
Darín: Nuestros padres fueron heroicos.  
Hijo de un actor que además de bohemio y austero también era poeta, Darín está desencantado. Su padre, con una larga trayectoria en radio y teatro, lo trataba de usted y siempre le repetía una frase que para él era inaprensible, tal vez inexplicable, pero que cuando murió, el enorme significado que tenía cayó con todo su peso sobre él: "No tenga nada, porque todo esto es mentira". El día que falleció, Darín y sus hermanas fueron a retirar sus pertenencias de la pieza en la que vivía. Allí, atravesado por el dolor, en medio de un cuarto austero y con aroma a muerte, Darín se dio cuenta de que su padre había tenido para sí esa frase como máxima: "No tenía nada, pero no tenía nada en serio. Dos pares de zapatos, dos sacos, dos camisas. Había sido íntegro hasta las últimas consecuencias. Me quedé sentado en su cama mirando todo. Fue una lección tremenda".  

¿Qué brecha es la que se abre, qué abismo aparece adelante cuando un padre da un ejemplo de vida -y de muerte- como ese y el mundo no solo no le va en saga, sino que viaja a toda velocidad hacia las antípodas de esa heroicidad moral? En algún lugar, Darín cree que hay un agotamiento y un declive inapelables, y que si dentro de un tiempo nadie hace nada, no nos van a reconocer ni por la dentadura. Como si habitáramos un país que nunca pierde la oportunidad de perder una oportunidad. 
Darín: ¿Cómo puede ser que nosotros, que tenemos un país de la gran puta con gente fantástica, salvo algunos diseminados por ahí que son unos boludos o unos mierdas, cómo puede ser que estemos parados sobre este suelo cuando la gente que vino acá -los inmigrantes- pensó que estaba en el paraíso? ¿Cómo puede ser que nosotros no nos pongamos de acuerdo para administrar con corrección? ¿Qué es esto de que yo te gané y me agarro los huevos y me cuelgo del alambrado? Es ridículo. Eso es como desconocer que la bocha siempre está girando: va y viene.  
Brando: Como si el clima de rivalidad no pudiera dejarse de lado nunca.  
Darín: Claro, está planteado con un infantilismo terrorífico. Porque solo los niños pueden ser tan crueles. A mí me preocupa esto de que tenés que ser de uno o de otro. No tener derecho a tener una posición diferente. ¿Pero quién sos? ¿Qué te pasa?  
Brando: En ambos lados son iluminados.  
Darín: Hay que ser muy claros y muy lúcidos para no dejarse engañar. Estamos viviendo un momento bisagra. Creo que este gobierno tiene la oportunidad histórica de decir, porque creo que todavía la sigue teniendo: "Bueno, muchachos, tenemos este país, terminemos con los prejuicios heredados, saquémonos la careta y vamos para adelante". Un plan. Ideas. Tiene la oportunidad histórica de hacer un gobierno de convocatoria. De decir: "Vení".  
Brando: El tema es tolerar lo distinto, ¿no?  
Darín: Mirá, ¿sabés por qué hice doce años ART? Porque, contrariamente a lo que todo el mundo creía -que hablaba de la amistad-, yo siempre fui un convencido de que ART hablaba de algo que nunca va a desaparecer: la intolerancia. No admitir que el otro puede pensar distinto. Es una obra que tiene una vigencia que nunca va a perder.  
Brando: Habla de la condición humana.  
Darín: Como si hubiera gente que quiere una cosa distinta de la que quieren otros. Si todos queremos lo mismo: vivir en paz, trabajo, educación. Todos hablan de Cristina, pero yo no sé si el tema es Cristina. Yo creo que ella tiene un grupo de asesores que están todo el día laburando, o haciendo que, y son los que le llevan la comida predigerida; me parece que a esos hay que hablarles, pero no estoy seguro de que ellos quieran escuchar a nadie.  
Brando: Hay mucho fanatismo ahí también.  
Darín: Desde afuera se ve que estamos en el fondo del mar. Yo quiero que le vaya como los dioses. Yo quiero que timonee, que convoque, que baje la adrenalina, que llame a una reconciliación. ¿Cómo puede ser que entre la gente común haya amigos que no se dirigen la palabra? ¿Sabés hace cuánto que no pasaba eso?  
Brando: Eso también está ocurriendo en las familias.  
Darín: Claro, no se pueden juntar porque se agarran a trompadas.  
Brando: La soberbia del hombre.  
Darín: Diferencias siempre existen. Siempre. Pero lo que hay que preguntarse es cuáles son los otros objetivos. Hay que ponerse de acuerdo con eso, y ahí hay muchas divergencias, porque hay gente a la que le interesa todo un sorete y de verdad le chupa un huevo que haya pibes con los ojos hasta las rodillas a las cuatro de la mañana en las esquinas. Creen que desentendiéndose de eso y atendiendo su casa están protegiendo su quinta. No entendieron que el axioma funciona exactamente al revés. Pero hablás de eso, del amor, y te ponen unas caras. Como que dicen: "Bueno, lo perdimos".  
Aun cuando no es muy afecto a promocionar esas iniciativas, Darín tiene una larga trayectoria de compromiso social y solidaridad. Desde hace ya varios años que estableció una amistad con Juan Carr, líder de Red Solidaria, con quien, al menos una vez al año, organiza festivales para recaudar fondos que sirvan para la ayuda humanitaria. Hilarantes pero no por eso menos efectivas, son ya históricas sus participaciones en el programa Tenis por la vida, en las que empuñaba una raqueta junto a Emilio Disi, José Luis Clerc o Martín Jaite. Hasta no hace mucho, enfrente de su casa, una pintada anunciaba: "Gracias, Ricardo Darín, por ayudar a los wichis". Esa hospitalidad silenciosa es parte indisoluble en la vida de Darín. Todo el tiempo, a toda hora. Enterados de esa sensibilidad, pero sobre todo considerando los altísimos niveles de aceptación y de buena imagen que tiene el actor, no fueron pocos los políticos que se le han querido acercar. Él se sentó con algunos de ellos, pero la mayoría de las veces se levantó espantado. 
Brando: ¿Qué te dicen tus amigos o allegados cuando les hablás de recuperar el amor?  
Darín: Se me cagan de risa en la cara. ¡Obvio! Pero ojo, yo hablo del amor en el sentido más primitivo del término. No quiero odiar al tipo que piensa diferente, que se viste diferente, que hace todo diferente a lo que hago yo. Tengo que intentar entenderlo, porque estoy seguro de que tenemos algo en común, pero no nos lo permiten.  
Brando: Hay un desprecio que estuvo macerándose en la gente, pero también parece que hay algo perverso en la condición humana. El escritor español Juan José Millás dice algo interesante: "Al ser humano no le alcanza con ser feliz, para que su dicha sea completa tiene que ver la desgracia del otro".  
Darín: Es lo mismo que el dicho ese: "Siéntate en la puerta de tu casa y verás pasar el cadáver de tu enemigo". A mí me llama mucho la atención ese fanatismo. ¿Qué pasó con las mentes abiertas?  
Brando: En las redes sociales, eso se exacerba.  
Darín: Hay una estigmatización, con un nivel de violencia increíble. Las redes tienen una condición de anonimato que protege. Una vez, Pedro Almodóvar dijo en una marcha contra la guerra en España: "Tenemos que tener mucho cuidado con el odio. Nosotros no podemos inspirar ni fomentar el odio, porque el odio es la única cosa que nunca se olvida. El amor pasa, todo pasa, pero lo único que no pasa es el odio. Y nosotros, al enviar soldados a una guerra que no es nuestra, estamos fomentando un odio a nuestro país que no nos pertenece". Esto es un poco lo mismo.  
Brando: El dolor es un sentimiento más profundo que la dicha que genera la felicidad.  
Darín: Yo soy esa clase de boludos que, por mi generación, me la pasé esperando que llegara el tan famoso año 2000, porque todos imaginábamos que ese año se iba a cumplir lo que decía Perón: "O unidos o dominados". Yo esperaba en términos de especie humana, dándonos cuenta de todos los errores, que nos iba a ayudar a mirar para adentro, a reflexionar. Yo, con mi espíritu un poco renacentista y un poco hippie, esperaba que nos miráramos y dijéramos basta. No solo no pasó, sino que al haberse desordenado el tablero con la caída del Muro, que en un punto aquel contrabalance era saludable, el 2000 nos agarra más en bolas: no hubo una puta sana idea globalizadora en ninguna dirección. Los países más industrializados, que son los que más aportan a la contaminación, son los que deciden no formar parte de la discusión. ¿Me estás jodiendo? Es ridículo. Ya no es Argentina. La bajada de línea es que la salvación es individual.  
Brando: Sos un iluso.  
Darín: Porque hablo del amor en términos institucionales. Yo, para querer a mi ciudad, tengo que sentir que la ciudad me quiere a mí. Para sentir que yo pertenezco a ella, tengo que estar en sintonía, y así con el país.  
Brando: ¿Es como predicar sobre Jesús en un cabaret?  
Darín: Y sí, pero aun a riesgo de ser considerado un pelotudo, creo en serio que si no bajamos la adrenalina con eso de que soy el más vivo, el que se las sabe todas, y no nos empezamos a escuchar, especialmente a los que piensan distinto, no funciona. Escuchar solo a los que piensan como nosotros es como hacerte la paja. Pero el ejemplo es siempre verticalista: vos tenés que tirar una onda desde arriba. No podés ofrecer confrontación. Un funcionario público que forma parte de un gobierno democrático no puede salir a cagarse en un ciudadano porque piensa distinto, tiene la obligación de coserse el culo con hilo de matambre, tratarlo como si fuera una señorita y dar un ejemplo de cómo se debe hablar en un medio de comunicación. Porque, entonces, para que yo aprenda, que soy una bestia, que a pesar de que existen tipos que opinan todo lo contrario, hay una manera de que la cosa funcione.  
Brando: ¿Qué cosas te irritan?  
Darín: Yo quisiera que alguien me explicara el tema del crecimiento patrimonial de los Kirchner. ¿Cómo no se les cae la cara de vergüenza? ¿Cómo puede ser?  
Brando: Es violento.  
Darín: Eso es violento. Y, además, les estamos pidiendo a los mismos de siempre, o sea, a los pobres, que sigan soportando.  
Brando: Por un lado, un crecimiento patrimonial obsceno y, por otro, viajamos como sardinas en los trenes.  
Darín: El otro día se dieron cuenta de que las llaves que había que cambiar en los rieles eran de 1931. Con cables que están enfundados en tela.  
Brando: Lo curioso es que señalar esto no significa desaprobar otras cosas positivas, pero la reacción, a veces, es tan virulenta que termina desalentando cualquier crítica hecha con buena leche.  
Darín: Claro, lo raro es que probados intelectuales, que en el pasado se dedicaron a investigar el crecimiento patrimonial de muchos funcionarios, hoy en día no estén para medir lo que pasa. Es sospechoso. Igual, me alejo del facilismo de que es por guita.  
Brando: Vos decís que son solamente grupos de poder los que se pelean.  
Darín: Esta es una guerra entre poderes. Yo creo que está bien que haya una ley de medios, yo creo que está bien que no haya un pulpo que se quede con todo. Lo que no comparto tanto es que esté todo direccionado a combatir un aspecto nada más y no se considere el resto del panorama. O que se esté beneficiando a otro sector para convertirlo en el sustituto del monopolio que vos querés combatir. Lo que no me gusta es la demonización, la caza de brujas.  
Brando: Pareciera que el microclima no permite mirar en perspectiva, sino todo lo contrario.  
Darín: ¿Sabés qué pasa? Vos te podés mandar una cagada, se aprende mucho de eso. Pero no te creas nunca el más vivo. Yo me pregunto si no hay nadie que vaya y le diga: "Oiga, no diga esto. Va a herir susceptibilidades, va a dañar a mucha gente. Es mejor decirlo de otra forma". Cobran sueldos monumentales. Tienen secretarios. Son gente que se dedica a asesorar.  
Brando: Bueno, vos pedís amor, pero eso es precisamente lo que son incapaces de dar. El amor solo aparece esporádicamente en situaciones de solidaridad.  
Darín: Sí, y los primeros que salen a ayudar son los tipos que menos tienen. De ellos hay que aprender.      

Original

jueves, 31 de enero de 2013

Proyecto de Declaracion Universal de los Derechos de la Madre Tierra


 

Nosotros, los pueblos de la Tierra:
Considerando que todos somos parte de la Madre Tierra, una comunidad indivisible vital de seres interdependientes e interrelacionados con un destino común;
Reconociendo con gratitud que la Madre Tierra es fuente de vida, alimento, enseñanza, y provee todo lo que necesitamos para vivir bien;
Reconociendo que el sistema capitalista y todas las formas de depredación, explotación, abuso y contaminación han causado gran destrucción, degradación y alteración a la Madre Tierra, colocando en riesgo la vida como hoy la conocemos, producto de fenómenos como el cambio climático;
Convencidos de que en una comunidad de vida interdependiente no es posible reconocer derechos solamente a los seres humanos, sin provocar un desequilibrio en la Madre Tierra;
Afirmando que para garantizar los derechos humanos es necesario reconocer y defender los derechos de la Madre Tierra y de todos los seres que la componen, y que existen culturas, prácticas y leyes que lo hacen;
Conscientes de la urgencia de tomar acciones colectivas decisivas para transformar las estructuras y sistemas que causan el cambio climático y otras amenazas a la Madre Tierra;
Proclamamos esta Declaración Universal de Derechos de la Madre Tierra, y hacemos un llamado a la Asamblea General de las Naciones Unidas para adoptarla, como propósito común para todos los pueblos y naciones del mundo, a fin de que tanto los individuos como las instituciones, se responsabilicen por promover mediante la enseñanza, la educación, y la concientización, el respeto a estos derechos reconocidos en esta Declaración, y asegurar a través de medidas y mecanismos prontos y progresivos de carácter nacional e internacional, su reconocimiento y aplicación universal y efectivos, entre todos los pueblos y los Estados del Mundo.

Artículo 1: La Madre Tierra

  1. La Madre Tierra es un ser vivo.
  2. La Madre Tierra es una comunidad única, indivisible y auto-regulada, de seres interrelacionados que sostiene, contiene y reproduce a todos los seres que la componen.
  3. Cada ser se define por sus relaciones como parte integrante de la Madre Tierra.
  4. Los derechos inherentes de la Madre Tierra son inalienables en tanto derivan de la misma fuente de existencia.
  5. La Madre Tierra y todos los seres que la componen son titulares de todos los derechos inherentes reconocidos en esta Declaración sin distinción de ningún tipo,  como puede ser entre seres orgánicos e inorgánicos, especies, origen, uso para los seres humanos, o cualquier otro estatus.
  6. Así como los seres humanos tienen derechos humanos, todos los demás seres de la Madre Tierra también tienen derechos que son específicos a su condición y apropiados para su rol y función dentro de las comunidades en los cuales existen.
  7. Los derechos de cada ser están limitados por los derechos de otros seres, y cualquier conflicto entre sus derechos debe resolverse de manera que mantenga la integridad, equilibrio y salud de la Madre Tierra.

Artículo 2: Derechos Inherentes de la Madre Tierra

  1. La Madre Tierra y todos los seres que la componen tienen los siguientes derechos inherentes:
    1. Derecho a la vida y a existir;
    2. Derecho a ser respetada;
    3. Derecho a la regeneración de su biocapacidad y continuación de sus ciclos y procesos vitales libres de alteraciones humanas;
    4. Derecho a mantener su identidad e integridad como seres diferenciados, auto-regulados e interrelacionados;
    5. Derecho al agua como fuente de vida;
    6. Derecho al aire limpio;
    7. Derecho a la salud integral;
    8. Derecho a estar libre de contaminación, polución y desechos tóxicos o radioactivos;
    9. Derecho a no ser alterada genéticamente y modificada en su estructura amenazando su integridad o funcionamiento vital y saludable;
    10. Derecho a una restauración plena y pronta por las violaciones a los derechos reconocidos en esta Declaración causados por las actividades humanas.
  2. Cada ser tiene el derecho a un lugar y a desempeñar su papel en la Madre Tierra para su funcionamiento armónico.
  3. Todos los seres tienen el derecho al bienestar y a vivir libres de tortura o trato cruel por los seres humanos.

Artículo 3: Obligaciones de los seres humanos con la Madre Tierra

Todos los seres humanos son responsables de respetar y vivir en armonía con la Madre Tierra;
  1. Los seres humanos, todos los Estados, y todas las instituciones públicas y privadas deben:
    1. actuar acorde a los derechos y obligaciones reconocidos en esta Declaración;
    2. reconocer y promover la aplicación e implementación plena de los derechos y obligaciones establecidos en esta Declaración;
    3. promover y participar en el aprendizaje, análisis, interpretación y comunicación sobre cómo vivir en armonía con la Madre Tierra de acuerdo con esta Declaración;
    4. asegurar de que la búsqueda del bienestar humano contribuya al bienestar de la Madre Tierra, ahora y en el futuro;
    5. establecer y aplicar efectivamente normas y leyes para la defensa, protección y conservación de los Derechos de la Madre Tierra;
    6. respetar, proteger, conservar, y donde sea necesario restaurar la integridad de los ciclos, procesos y equilibrios vitales de la Madre Tierra;
    7. garantizar que los daños causados por violaciones humanas de los derechos inherentes reconocidos en la presente Declaración se rectifiquen y que los responsables rindan cuentas para restaurar la integridad y salud de la Madre Tierra;
    8. empoderar a los seres humanos y a las instituciones para defender los derechos de la Madre Tierra y todos los seres que la componen;
    9. establecer medidas de precaución y restricción para prevenir que las actividades humanas conduzcan a la extinción de especies, la destrucción de ecosistemas o alteración de los ciclos ecológicos;
    10. garantizar la paz y eliminar las armas nucleares, químicas y biológicas;
    11. promover y apoyar prácticas de respeto a la Madre Tierra y todos los seres que la componen, acorde a sus propias culturas, tradiciones y costumbres;
    12. promover sistemas económicos en armonía con la Madre Tierra y acordes a los derechos reconocidos en esta Declaración.
Artículo 4: Definiciones
  1. El término “ser” incluye los ecosistemas, comunidades naturales, especies y todas las otras entidades naturales que existen como parte de la Madre Tierra.
Nada en esta Declaración podrá restringir el reconocimiento de otros derechos inherentes de todos los seres o de cualquier ser en particular.

Frederick Douglass


  

Author: Carole D. Bos, J.D.

Frederick Augustus Washington Bailey was born in 1818 near the town of Easton, Maryland. Like most slaves, he did not know his birth date. Like many slaves, he had a black mother and a white father. Although he never could be sure, folks said his daddy was the plantation master, Aaron Anthony.
Because his mama, Harriet Bailey, worked as a field hand twelve miles away, little Frederick rarely saw her. His grandma was his primary care giver.
When Fred was about seven, Harriet died. Her son (the fourth of six children) was not allowed to see her when she was sick or when she passed away. Speaking of the few times he actually saw his mother, he later observed:
I do not recollect of ever seeing my mother by the light of day. [She had to walk 12 miles, one way, to visit him.] She was with me in the night. She would lie down with me, and get me to sleep, but long before I waked she was gone. Very little communication ever took place between us.  (Narrative, page 18.)
When he was about six, young Fred went to work. No longer in the care of his grandma, he would serve the needs of others until he ran away. When he found freedom, he also took a new name: Frederick Douglass.


Before the thought of freedom entered his mind, and before he was old enough to work the fields of a southern plantation, Frederick Bailey played with other children near his grandma’s cabin. He could not read or write since most slave owners believed literate slaves were dangerous slaves. School held no place in a slave child’s routine.
Lack of education was not the only factor which distinguished southern black children from southern white children. Where they lived, what they wore, what they ate always depended on the color of their skin. As an adult, in his Narrative of the Life of Frederick Douglass, an American Slave, the now-literate man describes the clothes he wore as a child:
In hottest summer and coldest winter, I was kept almost naked - no shoes, no stockings, no jacket, no trousers, nothing on but a coarse tow linen shirt, reaching only to my knees.
On what kind of bed did he sleep?
I had no bed. I must have perished with cold, but that, the coldest nights, I used to steal a bag which was used for carrying corn to the mill. I would crawl into this bag, and there sleep on the cold, damp, clay floor, with my head in and feet out. My feet have been so cracked with the frost, that the pen with which I am writing might be laid in the gashes.
What of the food he ate? Was there enough to keep him well-nourished?
Our food was coarse corn meal boiled. This was called mush. It was put into a large wooden tray or trough, and set down upon the ground. The children were then called, like so many pigs, and like so many pigs they would come and devour the mush; some with oystershells, others with pieces of shingle, some with naked hands, and none with spoons. He that ate fastest got most; he that was strongest secured the best place; and few left the trough satisfied.
Slave children, like young Fred, saw things children should never see. Beatings of loved ones, for example, were not uncommon. The day Fred saw his master beat his beautiful Aunt Hester, within a breath of her life, was life-changing:
I was so terrified and horror-stricken at the sight, that I hid myself in a closet, and dared not venture out till long after the bloody transaction was over. I expected it would be my turn next. It was all new to me. I had never seen any thing like it before. I had always lived with my grandmother on the outskirts of the plantation, where she was put to raise the children of the younger women. I had therefore been, until now, out of the way of the bloody scenes that often occurred on the plantation. (Narrative, page 21.)
It wasn’t long before Fred himself met the end of the cowskin lash.
  
America’s system of chattel slavery meant that slaves were the property of slave holders. Put differently, people legally owned other people.
When slave owners died, their slaves were processed - often at auction - just like other items owned by the decedent. It is impossible to comprehend how human beings felt as they were valued along with horses and plows, silverware and table linens. When he was between the ages of ten and eleven, Frederick Bailey went through the humiliating experience:
We were all ranked together at the valuation. Men and women, old and young, married and single, were ranked with horses, sheep, and swine. There were horses and men, cattle and women, pigs and children, all holding the same rank in the scale of being, and were all subjected to the same narrow examination. Silvery-headed age and sprightly youth, maids and matrons, had to undergo the same indelicate inspection. At the moment, I saw more clearly than ever the brutalizing effects of slavery upon both slave and slaveholder. (Narrative of the Life, [at page 45] of Frederick Douglass, an American Slave, Written by Himself.)
How was it that slaves, en masse, did not routinely revolt? Why did they not band together to throw off the yoke of chattel slavery? Young Frederick learned the answers to those questions early in life when he was sent to Baltimore to serve as a house slave. Having the good fortune to live with a kindly mistress, who had never before controlled a slave, Frederick was given a rare opportunity: She would teach him to read. The lessons didn’t last:
Very soon after I went to live with Mr. And Mrs. Auld, she very kindly commenced to teach me the A, B, C. After I had learned this, she assisted me in learning to spell words of three or four letters. Just at this point of my progress, Mr. Auld found out what was going on, and at once forbade Mrs. Auld to instruct me further, telling her, among other things, that it was unlawful, as well as unsafe, to teach a slave to read. (Narrative, page 33.)
How could learning a basic skill - like reading - be so detrimental? Frederick answers that question, using Mr. Auld’s own words:
It would forever unfit him to be a slave. He would at once become unmanageable, and of no value to his master. As to himself, it could do him no good, but a great deal of harm. It would make him discontented and unhappy.” These words sank deep into my heart, stirred up sentiments within that lay slumbering, and called into existence an entirely new train of thought.
More importantly, the young slave began to understand the source of the master’s power over his people:
I now understood what had been to me a most perplexing difficulty - to wit, the white man’s power to enslave the black man. It was a grand achievement, and I prized it highly. From that moment, I understood the pathway from slavery to freedom.
That "pathway" was education. And education began with learning to read and write.
Although she had been kind to Frederick when he first arrived, Mrs. Auld soon followed her husband’s directive. Not only were the reading lessons over, so were her endearing ways:
Slavery proved as injurious to her as it did to me...The first step in her downward course was in her ceasing to instruct me. She now commenced to practise her husband’s precepts. She finally became even more violent in her opposition than her husband himself...Nothing seemed to make her more angry than to see me with a newspaper...She was an apt woman; and a little experience soon demonstrated, to her satisfaction, that education and slavery were incompatible with each other. (Narrative, page 37.)
Undeterred in his quest to read, Frederick befriended white children in his Baltimore neighborhood. He developed a good barter system - he would give them food if they would give him lessons:
The plan which I adopted, and the one by which I was most successful, was that of making friends of all the little white boys whom I met in the street. As many of these as I could, I converted into teachers. With their kindly aid, obtained at different times and in different places, I finally succeeded in learning to read...I used also to carry bread with me...This bread I used to bestow upon the hungry little urchins, who, in return, would give me that more valuable bread of knowledge. (Narrative, page 38.)
The more he read, the more upset he became with the whole concept of slavery. This passage of his Narrative, recited here (scroll to the bottom) by his great-great grandson, Frederick Douglass IV, emotionally makes the point:
The more I read, the more I was led to abhor and detest my enslavers. I could regard them in no other light than a band of successful robbers, who had left their homes, and gone to Africa, and stolen us from our homes, and in a strange land reduced us to slavery. (Narrative, page 40.)
There was nothing for Frederick to do but escape.

As he grew older, and was hired out as an employee who worked for others, Frederick Douglass was forced to give all the money he earned to his master. Not only was he outraged about this unacceptable predicament, his plight caused the now-literate slave to think about escaping from his unchanging environment.
I was now getting...one dollar and fifty cents per day. ($26.37 per day in 2003 dollars.) I contracted for it; I earned it; it was paid to me; it was rightfully my own; yet, upon each returning Saturday night, I was compelled to deliver every cent of that money to Master Hugh. And why? Not because he earned it, - not because he had any hand in earning it, - not because I owed it to him, - nor because he possessed the slightest shadow of a right to it; but solely because he had the power to compel me to give it up. (Narrative, page 99.)
 

The first time Frederick Douglass tried to escape, he was caught and spent months in jail. By 1838, he was working as a caulker in a Baltimore shipyard and had many good friends in the city. One of those friends was a black free-woman named Anna Murray.
Increasingly weary of turning over income to his master, and of his bondage in general, Frederick picked Monday, September 3, 1838, as his escape day. By this time, he and Anna Murray had fallen in love; she gave him some of her savings to help him as he made his way north to a non-slave state.
To protect those who assisted him, Frederick did not provide details of his escape in his first two autobiographies. Only from his third book, Life and Times of Frederick Douglass, written much later in life, do we know those details.
Frederick had obtained a Seaman’s Protection Certificate from a free black free sailor (such as this 1854 document held by the Library of Congress) to help him get past railroad conductors, and others, who would check his identity papers. The documents he held did NOT match his physical description. If anyone scrutinized the Certificate, Frederick would be "found out."
Dressed as a sailor, Frederick left Baltimore bound for New York City:
In my clothing I was rigged out in sailor style. I had on a red shirt and a tarpaulin hat and black cravat, tied in sailor fashion, carelessly and loosely about my neck. My knowledge of ships and sailor's talk came much to my assistance, for I knew a ship from stern to stern, and from keelson to cross-trees, and could talk sailor like an "old salt." On sped the train, and I was well on the way, to Havre de Grace [in Maryland, his home state] before the conductor came into the negro car to collect tickets and examine the papers of his black passengers. This was a critical moment in the drama. My whole future depended upon the decision of this conductor. (Life and Times of Frederick Douglass, page 198.)
For some reason, the conductor (who had been harsh with other passengers) was surprisingly calm with Frederick:
"I suppose you have your free papers?" To which I answered: "No, sir; I never carry my free papers to sea with me." "But you have something to show that you are a free man, have you not?" "Yes, sir," I answered; "I have a paper with the American eagle on it, and that will carry me round the world." With this I drew from my deep sailor's pocket my seaman's protection, as before described. The merest glance at the paper satisfied him, and he took my fare and went on about his business. This moment of time was one of the most anxious I ever experienced. Had the conductor looked closely at the paper, be could not have failed to discover that it called for a very different looking person from myself, and in that case it would have been his duty to arrest me on the instant, and send me back to Baltimore from the first station. (Life and Times, page 199.)
Onboard the train, Frederick saw people who would have recognized him had he not been wearing sailor clothes. But when he left the train at Wilmington, Delaware (the "last point of imminent danger"), to catch a ship for Philadelphia, no one suspected he was a runaway.
Within twenty-four hours of his Baltimore departure, "Fred" reached the free soil of New York City. (Later, his escapade was memorialized - and fictionalized - in song and verse.)
On September 15, 1838, days after his escape, he and Anna were married in New York. Frederick changed his last name from Bailey to Douglass, after the lead character in Sir Walter Scott’s poem The Lady of the Lake.


Bertrand Russell

martes, 22 de enero de 2013

Charles Baudelaire




Embriáguense 
Hay que estar ebrio siempre. Todo reside en eso: ésta es la única cuestión. Para no sentir el horrible peso del Tiempo que nos rompe las espaldas y nos hace inclinar hacia la tierra, hay que embriagarse sin descanso.

Pero, ¿de qué? De vino, de poesía o de virtud, como mejor les parezca. Pero embriáguense.

Y si a veces, sobre las gradas de un palacio, sobre la verde hierba de una zanja, en la soledad huraña de su cuarto, la ebriedad ya atenuada o desaparecida ustedes se despiertan pregunten al viento, a la ola, a la estrella, al pájaro, al reloj, a todo lo que huye, a todo lo que gime, a todo lo que rueda, a todo lo que canta, a todo lo que habla, pregúntenle qué hora es; y el viento, la ola, la estrella, el pájaro, el reloj, contestarán: 
“¡Es hora de embriagarse! 
Para no ser los esclavos martirizados del Tiempo, 
¡embriáguense, embriáguense sin cesar! 
De vino, de poesía o de virtud, como mejor les parezca.

domingo, 20 de enero de 2013

Galileo Galilei





  • Galileo Galilei taught geometry, mechanics and astronomy at the University of Padua from 1592 to 1610.
  • Galileo built his first telescope in 1609, which featured three times magnification. Later, he developed models that could see up to 30 times magnification.
  • He published his first astronomical observations in 1610. The collection was called “Starry Messenger.”
  • In January of 1610, Galileo discovered four satellites in orbit around JupiterIo,Europa, Callisto and Ganymede. Initially, he named these Medicean stars after one of his patrons.
  • In September of that same year, he made a number of observations about Venus. He was able to develop a full set of phases of the planet. This helped prove the heliocentric concept of the solar system first developed by Copernicus.
  • While observing Saturn, he identified the rings as planets in their own right. Thinking it was a triple-planetary system, he noticed that the rings would appear and disappear depending on the time in which he was observing them.
  • Galileo also was one of the first people to observe sunspots, which helped develop the predictions that would help identify the annual patterns.
  • Using his telescopes, he was able to identify that the Moon had mountains and craters, dispelling the belief that it was a perfect sphere.
  • Galileo also found that the Milky Way was actually close-packed stars rather than some sort of nebula. He was able to locate a number of stars previously unseen with the naked eye.
  • According to his notes, he observed the planet Neptune in 1612, but did not recognize it as a planet. He thought it was simply another dim star.
  • As one of his final works, he published a manuscript entitled “Two New Sciences,” in which he examined the movement of objects called kinetics and the strength of materials to certain stresses.

José Saramago


 

(Mongane Wally Serote)

Un día de las navidades de 2007, José Saramago se fijó en sus ojos. Eran enormes. Se habían expandido como círculos concéntricos en su rostro. Y los ojos lo miraban a él. Con extrañeza. Con curiosidad. Con asombro. Parecían decirle: "Así que sigues por aquí, todavía aquí".
No es un episodio de El hombre duplicado (2002), una de sus novelas. Pero durante un tiempo sí que había un doble, otro Saramago, testigo de su lucha por salir con vida. El doble era un tipo sereno. Le corrigió. No, no han sido los ojos los que han crecido. Es la carne, la musculatura que ha desaparecido. Por eso con tu piel ocurre lo que con las momias, que se ha replegado y se ciñe a los huesos. Es eso lo que agranda los ojos. Siguen siendo lo que eran, pero el entorno ha cambiado. El doble lo conocía bien. Iba a añadir: son como astros resplandecientes en la ruina. Pero se atuvo al estilo más conciso, poético, sí, pero menos barroco del Saramago que volvió a abanear la narrativa contemporánea, no sólo la portuguesa, cuando publicó Ensayo sobre la ceguera (1995). La primera revolución en la forma de narrar había sido en 1980 con Levantado do chão (Levantado del suelo).
-Has perdido 20 kilos, Zé. Siempre has sido delgado, enjuto. Como el abuelo Jerónimo. Pero 20 kilos son muchos kilos. Mides 1,80. Tenías 71 kilos y ahora tienes 51. Piensa en las manzanas asadas. Y en lo que dijo Josefa.
El doble lo sabía todo. Sabía que el abuelo Jerónimo Merlinho, el de la aldea natal de Azinhaga, el marido de Josefa Caixinha, se había despedido de la vida abrazando cada uno de los árboles de la huerta. Jerónimo, el que enseñó al nieto a contar historias durmiendo en el verano bajo la higuera, será recordado como un clásico en toda la historia de los discursos de entrega de los Nobel. Así comenzó la intervención de Saramago: "El hombre más sabio que conocí en toda mi vida no sabía leer ni escribir". Sí, el doble lo conocía bien. ¿Qué había dicho Josefa? "El mundo es tan bonito y yo tengo tanta pena de morir".
José llevaba tiempo, unos años ya, con malestar físico. Un hipo interminable lo había debilitado. Pero lo ayudaban mucho las manzanas asadas. No había dejado de escribir como un titán. Ni de moverse por el mundo denunciando la globalización como "un nuevo totalitarismo" o con su cita preferida, la de La sagrada familia (la de Karl Marx): "Si el hombre es formado por las circunstancias, entonces es necesario formar las circunstancias humanamente". Las cosas de Saramago, decían los cínicos. En 2005 había escrito Las intermitencias de la muerte. No era tampoco una abstracción. La muerte era una presencia física, tangible. "Uno es creador de sus personajes", había escrito, "y al mismo tiempo, criatura de ellos". El personaje de la muerte pasó de lo invisible a lo visible. No era un juego. Venía para llevárselo. José Saramago lo recuerda bien. Pero él no estaba conforme. Una parte de su cuerpo sí parecía resignada. Aceptaba la crisis. Llegó a pararse de tal forma, que casi era imperceptible eso que llaman el hilo de la vida. Al principio, en la clínica de Lanzarote, llegaron a dudar de la conveniencia del ingreso.
-Supongo que no querían que aquél fuese el lugar del fin de Saramago. Les estoy muy agradecido. La muerte no me ha llevado. Era consciente, sabía, veía, sentía, que estaba al borde de pasar al otro lado. Más tarde decía: 'No me hablen de la muerte porque ya la conozco. De alguna forma ya la conozco'.
Había otras partes de su cuerpo que no estaban conformes. Ni el corazón, ni la cabeza. El corazón siguió latiendo con fuerza. La mente, durante un tiempo, dos días después de salir de la UCI, estableció unas coordenadas que ahora Saramago recuerda como un entrañable autorretrato vanguardista. "En aquel momento, que fue de los peores, se plantaba en mi cabeza algo que era un fondo negro con cuatro puntos luminosos que formaban un cuadrilátero irregular. Y yo tenía muy claro que ese cuadrilátero era yo".
Uno tiene una memoria corporal. ¿Qué relación ha tenido con su cuerpo José Saramago? Yo he aceptado mi cuerpo. No ha sido nunca el cuerpo de un Adonis. He tenido con la edad un cierto declive. No he sido nunca un hombre de músculos. Tengo un esqueleto estrecho. Lo acepté. Con una cierta vanidad, quizás sí, quizás no, me gusta que después de los cambios, y en este caso último la enfermedad, mi cuerpo siga presentando una cierta...armonía. Una buena apariencia física. En el fondo no estoy descontento. Pero pasar de ahí a una especie de adoración de mi propio cuerpo, cuidándolo mucho, nunca he caído en esa tentación. Ni siquiera puedo utilizar la palabra tentación porque nunca la he tenido.
Los ojos de Saramago, definitivamente, y al margen de la encarnadura de la cara, son enormes. Ojos que contienen ojos. Sus pausas al hablar no parecen destinadas al descanso, sino que ceden el lugar a la mirada como una avanzadilla del lenguaje. Esa clase de silencio con que las raíces avanzan en la tierra.
Capítulo II
Mi propia voz me animaba
(William Wordsworth)
Un día, a comienzos de 2008, José Saramago oyó de la boca de un médico la palabra "milagro". No suena mal en boca de la ciencia, pero él nunca se conforma con lo inexplicable. Él identificó el milagro con la profesionalidad del cuerpo médico, con los cuidados de su mujer, Pilar del Río ("Ganaremos la primavera"), con la lealtad del corazón ("un corazón estupendo") y con la emersión de una energía en principio extraña a su carácter. El humor. Un humor expansivo, impelente, incesante. Un humor que impresionó al doble, a aquel otro Saramago que permanecía sereno, algo perplejo, sí, observándolo todo. Nunca se había visto a sí mismo contando chistes.
-Me gustaría que hubieras estado en el hospital durante la visita de los médicos y que escucharas los diálogos. Yo, que estaba en una situación de riesgo, mal, muy mal, pero me sentía con una libertad de expresión exultante. El humor con el que yo me comunicaba en el diálogo con ellos me sorprendía, me emocionaba. Oía a ese que hablaba, el enfermo que yo era, y pensaba como un ser redoblado: ¿Cómo es que estoy hablando así con esta gente? No soy capaz de reproducir ningún diálogo. Era el tono. Mi tono era ése. Ellos se miraban. Sonreían. Yo seguía... No era algo premeditado. Yo no pensaba: tengo que demostrar a esta gente que estoy bien. Era todo lo contrario de lo que se pudiera esperar de una persona en mi estado.
Saramago, el hombre silencioso, el hombre serio, al que algún cáustico atribuyó una "gravedad 'cachimbal". [Sonríe] ¡Eso era cuando fumaba en pipa! Es verdad. Yo he sido, desde muy niño, callado, reservado, melancólico. Nunca he tenido la risa fácil. Incluso la sonrisa, para mí es algo que me cuesta trabajo. Y las alegrías o las tristezas en mí son interiores, no las manifiesto. Ya de niño era así.
Sin embargo, si hay una constante en su obra es la ironía, un tipo de humor muy profundo. El humor llega más tarde. En lo que escribía a los 23 años no había humor ninguno. El conocimiento propio, el conocimiento de los demás, ésa es la base del humor. El humor es una creación muy laboriosa.
Después de publicar 'Levantado del suelo', dijo: "No escribo para satisfacer dictámenes. Escribo un poco como quien respira, como quien habla". Tal vez el lenguaje acudió ahora en ayuda del cuerpo. Sin duda. Era como si me transportara, como si me apoyase en el lenguaje. Yo mal podía moverme en la cama, pero me sentía llevado por el lenguaje. Una mente que era consciente de la realidad de mi estado, de la situación límite, que a la vez era capaz de desdoblarse y funcionar como si no pasara nada, como si la libertad de la mente, del argumento irónico, no estuviera bajo la presencia constante de la enfermedad, eso ha contribuido muchísimo para salvarme. El humor, una capacidad de animación oral extraordinaria, ese funcionamiento de la mente. Y curiosamente, de todo esto yo he salido con un espíritu totalmente sereno, de una serenidad impresionante. No es como si no hubiese pasado nada, porque creo que esa sensación de serenidad total es también una consecuencia de la enfermedad. No porque yo hubiera aprovechado para hacer un examen de conciencia. Yo no he hecho ningún examen de conciencia. Quizá por la proximidad, por una proximidad casi tangible de la muerte, he salido con una serenidad que se mantiene hoy. Comparada con el centro del huracán, donde no pasa nada, donde el aire no sopla.
-Lo convencional es pensar que uno, en esas circunstancias, hace balance de la vida. De lo bueno y de lo malo. Calcular el peso del alma. Es cuando pronuncia una de esas grandes frases, como el Borges que decía: "He cometido el más grande pecado que un hombre puede cometer...No he sido feliz".
-Eso es una operación mental, que fabricas luego. Conmigo no ha ocurrido eso. Yo he regresado a la vida. He regresado con naturalidad y con esa serenidad total de la que hablaba. No podía moverme y no me movía. Quizá llegase el día... Y llegó. Un médico me ha dicho: usted necesita por lo menos un año para recuperar algo que se parezca a la normalidad. Bueno, ha sido todo más rápido, sorprendentemente rápido, pero, al mismo tiempo, duro. Ya que hablamos de humor, tal vez la frase apropiada para el momento sea una expresión francesa: Reculer por mieux sauter (Esperar el mejor momento).
En 'El viaje del elefante', el humor es gozoso. De la estirpe de Cervantes y Fellini. Después de la enfermedad, ¿podríamos hablar de un tercer Saramago, de una especie de catarsis? Quizá se pueda decir eso. Salí del hospital y me senté a trabajar. No podía con mi alma. Y los dos primeros días después de salir me dediqué a la corrección de lo que había escrito antes, unas cuarenta páginas. Y al tercer día ya estaba avanzando en El viaje del elefante. Ésa es una situación en la que tiene cierta lógica que uno se pregunte: ¿quién está haciendo esto por mí? Porque en principio no podrías. ¿Cómo vas a poder escribir en esas condiciones? Lo hacemos, pero nos parece tan sorprendente que hayamos podido hacerlo. Mi relación con este libro es ésta: ¿cómo es posible que lo haya podido hacer?
Samuel Beckett hablaba de una "extraña obligación" en ese seguir adelante... Yo había escrito 40 páginas de El viaje del elefante en 2007. La pauta ya estaba marcada. Tenía un punto de partida, unos datos históricos mínimos. El empeño del rey portugués João III de regalar a su primo el archiduque de Austria un elefante hindú que llevaba dos años en Lisboa, y la aventura que supone trasladar en comitiva ese animal hasta Viena. Hay una frase en el pórtico de la novela que pertenece al Libro de los itinerarios: "Siempre llegamos al sitio donde nos esperan". Tal vez ése es el secreto. Para mí escribir es también una función vital. También para mí es un viaje. Bueno, el caso es que sale algo que es, pero podría no ser. La composición de este libro es extraña. En el fondo yo no sé nada de este libro.
Si lo dijese otro autor me parecería una 'boutade'. A usted le creo. ¿Quién, en realidad, está narrando? No tengo ninguna respuesta. La asociación de ideas tiene para mi trabajo una importancia que no he podido calibrar. Me fío mucho de la asociación de ideas. Yo siempre he negado la existencia del narrador. Los estudiosos me decían: "¡Usted está equivocado!". Y yo les ponía un ejemplo: ¿dónde está el narrador en una obra de teatro? Cuando me puse a escribir esta historia, me dije: ¿queréis un narrador?, ¡pues aquí estoy! Así que estoy contando la historia como quien está sentado en la cocina de mi pueblo contando una historia. Y aquí podríamos decir el refrán: "A quien cuenta un cuento siempre le crece el cuento". Por lo demás, el libro es un homenaje a la lengua portuguesa.
Capítulo III
"Siempre he intentado vivir en una
torre de marfil, pero una marea
de mierda no deja de golpear sus
muros y amenaza con tirarla abajo"
(Gustavo Flaubert)
García Márquez decía recientemente que "sufría como un perro" cuando leía la prensa. ¿Usted también está enojado con el periodismo de hoy? Creo que Gabo dramatiza y yo ya no dramatizo nada. Tal vez es verdad que hay una cierta rebaja en la calidad de los escritos. Pero depende. ¿Cómo podemos decir que el periodismo de ahora es peor que el de antes? Pienso en Portugal, en España, con las dictaduras, cuando la información era intoxicación, y entonces, ya no sufro. Ni como un perro ni como nada.
No hace periodismo de redacción, pero vuelve a estar en primera línea. Un premio Nobel, un autor célebre, va y abre un sencillo 'blog' en la Red, 'Cuaderno de Saramago' (en portugués y castellano), como un aprendiz. Sus libros obtienen las mejores críticas en los principales medios de Estados Unidos, como 'The Washington Post' o 'New Yorker', sin importarles su posición política. Están en las librerías de todos los continentes. Podría publicar en los grandes medios de opinión. ¿Por qué ese 'blog'? ¿Por disidencia? Quizás es esa novedad de volver a empezar. Escribir sin ningún condicionamiento. Los medios te pagarían, claro está. Pero mira, ha ganado Obama, me felicito, y a continuación escribo un artículo en el que pido sin medias tintas el cierre de Guantánamo y el cese del bloqueo económico a Cuba. Y así, sobre lo que se me ocurre. En realidad, el sistema acaba por integrarte. En el fondo no eres más que una guinda en el pastel. Te toleran. Se ríen de ti. ¡Cosas de Saramago!
Lo que usted llama guindas pueden ser espacios de resistencia. Por lo que parece, el ridículo lo está haciendo el sistema. En un texto sobre Marcos Ana (en prisión franquista desde 1939 a 1961) usted hablaba de derrotar el cinismo, la indiferencia y la cobardía. Por supuesto. Para nada soy cínico. Lo que digo es que soy por definición muy escéptico. No es bueno, ya lo sé. Me gustaría entusiasmarme, pero no lo consigo. Hay una grave crisis, pero los ciudadanos no tenemos mecanismos para influir. Pero, por lo menos, deberían decir la verdad. Fíjese usted, António Guterres, cuando era primer ministro, declaró en una entrevista: "La política es el arte de no decir la verdad". ¡Y nadie se levantó para protestar! Aunque no queramos, a los ciudadanos nos arrastra la corriente. O la estampida. Ahora bien, hay que decir: no estoy de acuerdo. El escepticismo no es resignación. Yo nunca me resignaré. Cada vez me siento más como un comunista libertario. Hay tres preguntas que no podemos dejar de hacernos en la vida: ¿por qué?, ¿para qué?, ¿para quién?
¿Usted nunca se vendió? Quiero decir, ¿no tiene la sensación de haberse vendido nunca, por ejemplo, para un premio? No. Nunca me he vendido. No me he vendido. Ni material, ni simbólicamente. El Premio Nobel consagra algo que ya estaba ahí. En la, digamos, clase literaria hay una serie de gente que no me soporta.
¿Por qué existen estos odios entre escritores, a veces más intensos cuanto más vecinos? Eso que decía Jean Chapelain: "El escritor no lee a sus colegas, los vigila". Para mí resultan inexplicables. No sé. No creo que se trate de la persona, no creo haber dado motivos. Tal vez no se soporta eso que llaman el éxito, o la fama, el Nobel... Cuando yo aparecí en los años ochenta, el panorama literario estaba organizado, completo, cada uno en su
lugar. Y si había envidias, pues también estaban en su lugar. Yo no estaba previsto.
Manuel Vicent dice que en la cultura habita lo mejor y lo peor de la humanidad. En mi caso, creo que algunos simplemente se sintieron amenazados en su lugar. Pero lo que nadie puede decir es que haya escrito un libro malo.
Con odios o sin odios, no creo que tenga que preocuparse ya por los duelos en los salones literarios. Cuando me dieron la noticia del Premio Nobel estaba en la feria de Francfort. Di una rueda de prensa y dije: "Yo no he nacido para esto, pero esto me fue dado". Es verdad. No he nacido para esto. No nací para esto ni para aquello. Nadie puede decir que nadie nació para esto. [Al fin, sonríe] Tampoco Obama nació para ser presidente.
En sus obras hay personajes inolvidables, fascinantes, que pertenecen a la realidad inteligente. ¿No me diga que no se enamoró de Blimunda, la de 'Memorial del convento'? Blimunda... ¡Sería mucha mujer para mí! Aunque es sencilla. Tal vez la mujer del médico de Ensayo sobre la ceguera... Sí, tal vez ella.
Da la impresión de que, en la realidad, ha sido más amigo de las mujeres que de los hombres. Sí. Eso es verdad.
Hubo un tiempo en que se propagó que había elegido el exilio. Un exilio español. Y es verdad que tiene un hogar en la isla, en Lanzarote. Pero no parece usted un autoexiliado. Cuando estoy allá, también estoy aquí. Nunca me he ido. Expresé mi protesta a un Gobierno conservador por la actitud censora que tuvo con El Evangelio según Jesucristo. Y he criticado otras cosas de Portugal. Y de España también. Y de este mundo, que para tantos tiene la forma del infierno. Pero, ¿qué sería de un escritor sin la libertad de palabra?
Da la impresión de que su imagen en Portugal ha cambiado mucho en los últimos tiempos, de que es más querido, menos polémico, incluso para aquellos que mantienen opiniones políticas contrapuestas. Ya sé que no le gustan las grandilocuencias, pero digamos que es respetado por todos como un héroe portugués. Es verdad. Noto menos rechazo. Y un proceso de reencuentro, después de malentendidos. En fin. También hay gente que antes decía: "Es bueno, pero es comunista". Y ahora dice: "Es comunista, pero es bueno".
Pronto habrá una gran sede de la Fundación Saramago. Y en un lugar muy especial de Lisboa. La Casa dos Bicos, al pie de la Alfama. Eso sí que es un reencuentro. Sí. Es un edificio que cede la cámara municipal por 10 años. Constituye un gran reto. Tiene que ser una factoría creativa. La Casa dos Bicos fue construida en el siglo XVI, inspirada en el italiano Palacio de los Diamantes. En el siglo XX fue almacén de bacalao. La zona, en la Ribeira Velha, es muy popular. Una maravilla. Te voy a decir algo muy importante para mí. Llega un momento en que te crees que tal vez no es una utopía que te den el Nobel. Tu nombre empieza a ser barajado, junto a otros. Van pasando los años. El nombre se repite. Y piensas: bueno, pues, ¿por qué no? Tal vez me den el Nobel. Pero nunca, nunca, jamás soñé que la Casa dos Bicos pudiese ser sede de una fundación llamada José Saramago. ¡Las veces que pasé por delante desde niño! Soy poco expresivo, pero, a veces, sólo con pensarlo tiemblo de emoción con todo el cuerpo, de arriba abajo.
Capítulo IV
"El instante en que ya no sea
más que un escritor habré
dejado de ser un escritor"
(Albert Camus)
Eduardo Lorenço habla de Saramago como "la mano izquierda de Dios". Es ateo, pero crece empapado de cultura cristiana. ¿Para el erotismo, para el amor, ha tenido que luchar mucho contra el pecado? No. Cuando escribí El Evangelio según Jesucristo, que tuvo las consecuencias que sabemos, en el discurso de agradecimiento al jurado le puse un título que era El derecho al pecado. Uno de los grandes inventos de la Iglesia católica ha sido inventar el pecado, y después de inventar el pecado, inventar un instrumento de control de la gente. ¿Quién ha decidido lo que es pecado y lo que no lo es? Gran parte de la historia es un absurdo. Y la historia oficial, en la que la Iglesia ha tenido tanto que ver, es una sucesión de disparates. Pensemos en los muertos por la Inquisición. Incluso, en un grado menor, lo que ocurrió con el gran Camões. Tuvo que defender cada uno de sus versos para obtener el plácet del Santo Oficio. Escribí una obra de teatro sobre ese caso, Que farei com este livro?, que refleja el estado de permanente vigilia, peligro y prohibición en que ha vivido la literatura en nuestros países.
¿Qué ha significado para José Saramago su compromiso como comunista? Actualmente no tengo otra militancia que no sea la militancia indirecta de lo que escribo. Pero la participación política me ha dado algo muy importante. Un sentimiento solidario muy fuerte, la conciencia de tomar parte en una lucha por la humanidad, con todas las sombras históricas que esa lucha ha tenido. En estos asuntos es muy importante la memoria colectiva, pero también la personal. Recuerdo siempre a un camarada con el que yo trabajaba y que fue preso por la policía política. Lo sometieron a la tortura del sueño, la privación del sueño, durante dos semanas. En ese estado no me denunció, no habló, no dijo de mí ni una palabra. Asoció eso a la integridad humana. Ha habido mucha gente así sin esperar nada a cambio. No puedo imaginarme fuera del partido. Hace unos años, después de la revolución, Álvaro Cunhal (líder comunista portugués) tuvo que someterse a una grave operación y antes escribió unas cuantas cartas dirigidas a militantes del partido, cartas que podían ser entregadas a los destinatarios en el caso de que muriesen. No se murió entonces, las cartas han sido destruidas, pero yo sé que en la carta que me estaba destinada, Cunhal decía que estaba seguro de que yo no abandonaría el partido. Y tenía razón. Y la va a tener mientras yo viva.
Pero los partidos comunistas en Europa son una especie en extinción... En Portugal creo que no existe ese riesgo que menciona. El PCP tiene una base real. Todos lo demás han pasado por operaciones de cosmética, de nombre, de siglas. Y lo peor para ellos es que no están mejor por eso, por haber tratado de hacer ese transformismo.
Ha habido gente que le ha descalificado por esa fidelidad, interpretándolo como un rasgo estalinista. ¿Quién sería Saramago en la Rusia estalinista? Un hombre que tendría todos los problemas. Un régimen que había hecho de la subordinación del ciudadano un principio, pues estaba condenado a lo que ocurrió. La decadencia en todos los aspectos de la Unión Soviética fue debida a la separación entre el partido y el pueblo.
¿Por qué cree que es tan criticado, tanto en España como en Portugal, cuando habla de iberismo? Es delicado tocar ese asunto porque nos lleva al campo de los instintos, de las pasiones, y ahí no nos ponemos de acuerdo. Hay patriotas que no pueden ni oír la palabra España, porque tienen esa idea, esa experiencia histórica, de que de España siempre va a venir algo malo. Portugal está ahogado. Y España también, enredada en su propia noria, con asuntos que parecen eternizarse y que no se resuelven. Pero España tiene ya una experiencia de diversidad, con las autonomías, que puede servir para llegar con serenidad a fórmulas unitarias entre los dos Estados. España y Portugal necesitan ambas una convulsión positiva. Sé que esta opinión levanta ampollas, pero lo planteo con honestidad intelectual. Contribuiría a un multilateralismo ibérico. Por supuesto, respetando las culturas y las lenguas. Se enriquecería la situación de Iberia. Y también tendría un efecto positivo en Europa.
¿Significa algo que España y Portugal tengan un Gobierno de izquierda? No nos engañemos. Es cierto que tenemos en un lado y otro Gobiernos de izquierda, pero de una izquierda que no se nota mucho. A lo mejor no pueden hacer otra cosa. ¿Qué pasaría en Europa si se decantaran más hacia la izquierda? Hombre, no tenemos un Arias Navarro para decir: ¡Vamos a invadir Portugal! Hay que arrumbar de una vez esa idea, que tuvo justificación con Franco, una dictadura mucho más cruel que la nuestra, que hasta le hizo decir a los integristas portugueses: "Espanha, terra perigosa". El problema es que las izquierdas en Europa están casi desaparecidas. Por ejemplo, ¿qué hay en España con referencias intelectuales? Medianías. Están dejando solo al juez Garzón. Yo lo que veo son medianías.

Why in the World Are They Spraying?


sábado, 19 de enero de 2013

Matilde Zapata




 Escrito por  J.R. Sáinz Viadero 

Al amenecer del 28 de mayo de 1938 era fusilada frente a las tapias del cementerio santanderino de Ciriego la periodista Matilde Zapata Borrego, la propietaria del diario izquierdista ‘La Región’, un rotativo que había sido definitivamente prohibido una vez que las fuerzas sublevadas entraron en la capital de la entonces denominada provincia de Santander.
Con la consecución de este asesinato legalizado por la justicia franquista se colocaban los primeros materiales para la forja de una leyenda que comenzaría a funcionar alrededor de la figura de una mujer que contaba con poco más de 30 años cuando fue conducida al piquete de ejecución, en compañía de seis varones que también habrían de perecer esa misma madrugada bajo el fuego de las descargas de fusilería.
Matilde Zapata figura como una más de las cuarenta mujeres que fueron condenadas a muerte y ejecutadas en Santander y Reinosa durante el periodo comprendido entre el mes de septiembre de 1937 y el año 1942. Sus edades oscilan entre los 18 y 69 años, y dos de ellas, debido a su avanzado estado de gravidez, hubieron de esperar hasta dar a luz para el cumplimiento de las sentencias. No fue la primera en cruzar obligada el umbral que separa la vida de la muerte, ni tampoco, como se puede comprobar, sería la última, puesto que todavía hasta mediados de los años 50 del siglo XX estuvieron funcionando en Santander los tribunales militares que dictaron la última pena a los prisioneros de ideología republicana, entre ellos a diversas mujeres.
La que sería conocida como La Pasionaria de la Montaña por su verbo encendido, pero también por su decidida defensa de los derechos de las mujeres desde la tribuna de su periódico, había vivido la caída del Frente Norte estando en el puerto de Gijón, cuando trataba de huir de la represión que se avecinaba ante la llegada de las tropas nacionales, intentando con otros miles de fugitivos hacerse un sitio en alguno de los barcos que todavía aguardaban a una población desesperada. Consiguió subir a bordo de uno, pero su mala suerte, como la de tantos otros fugitivos, quiso que la embarcación elegida fuera interceptado en alta mar por la Marina franquista, obligándola  a dirigirse al puerto gallego de El Ferrol, desde donde algún tiempo después sería enviada a Santander a la espera del correspondiente juicio.
Una vez fue internada en el Grupo Escolar Ramón Pelayo, situado muy cerca de la entonces nueva Prisión Provincial, allí se encontraba con centenares de otras mujeres que también aguardaban el incierto discurrir de sus propias vidas. Por ello, Matilde fue testigo de los sufrimientos padecidos por aquellas que habían visto primero como los hombres marchaban a los frentes de batalla, y después, como huían en desbandada, mientras ellas quedaban en la retaguardia y sujetas al rigor de unas leyes que se disponían a castigar cuanto tuviera alguna huella de signo republicano, sin distinguir de sexos, edades ni estados.

Mucho tuvo que vivir en aquella compañía y mucho fue lo que ayudó a que los ánimos no decayeran en mujeres sobre las cuales en su mayoría pesaban acusaciones bastante menores que las que ella arrostraba o, por lo menos, que no se habían significado tanto durante los años de República como Matilde lo había hecho a través de la prensa, de los mítines y de su condición de mujer y socialista, y de comunista ya durante los meses de guerra civil. Demasiada carga para una mujer tan joven, aún cuando estuviera acosumbrada al sufrimiento desde que el asesinato de su marido, el periodista Luciano Malumbres, por un pistolero falangista, la dejara viuda mes y medio antes de producirse la sublevación militar que conduciría al país entero al desastre y a ella a una tragedia personal. Tras las paredes de la escuela, como en los conventos de las Salesas o en las Oblatas, se hallaban bastantes jóvenes menores de edad cuya inexperiencia en casos como el que estaban padeciendo les hacía aparecer anodadas; algunas habrían de dar a luz en un colegio-modelo transoformado en prisión, y otras llegaron a las tapias del cementerio dejando a sus compañeras el fruto de un vientre recién vaciado.
El juicio, celebrado en el claustro del Instituto de Santa Clara no era más que una representación teatral de un drama del que ya se conocía el final escrito de antemano: dos penas de muerte, lo que hizo que la periodista hiciera gala de su sangre fría y dijera al fiscal solicitante que con una era suficiente y la otra podía guardársela por si algún día él la necesitaba. No arregló para nada la situación este alegato final; tampoco el final hubiera sido otro sin este alegato. Matilde estaba condenada, no de antemano, sino desde hacía bastantes años antes, por las fuerzas más reaccionarias de la ciudad, que solamente esperaban a que llegara el momento oportuno para pasarle la factura, con propina incluida.
Esta frase suya que pudieron escuchar las decenas de mujeres que acudían diariamente a los juicios para así solidarizarse con los presos que subían las escalinatas de un centro educativo, que la mayor parte de ellos –y de ellas- no habían llegado a conocer nunca, fue un eslabón más de la leyenda creada. El último lo constituyó la especie de que la pena de muerte dictada sería mediante la aplicación de garrote vil, un método que en aquellos tiempos contaba para su práctica con el viaje del verdugo de Burgos a la capital de la Montaña. No fue así, pero tal versión circularía años después por los campos de internamiento franceses, donde se hallaban recluidos centenares de miles de soldados republicanos que habían conseguido salir de España por la frontera poco antes de caer Cataluña en manos de los sublevados.
  
Las últimas horas de la condenada no transcurrieron en el Grupo Ramón Pelayo, donde durante semanas había repartido ánimos entre sus compañeras, sino en la celda de la Prisión Provincial, en la que se instalaba la capilla para los condenados a la pena capital. De aquellos momentos se han recogido algunos testimonios de parte de quienes vivieron la cercanía de las celdas, pudiendo escuchar los golpes y lamentos de los presos cuando recibían la visita de algunos falangistas que querían que los condenados no se fueran de este mundo sin llevarse en su cuerpo algún recuerdo de sus personales venganzas. Matilde salió con el pelo rapado al cero, aunque cubierta por un sombrero y vistiendo un abrigo que había recibido de su familia, y el último renglón de la incipiente leyenda asegura que la hicieron desfilar desnuda ante unos presos obligados a contemplar esta escena, mientras ellos bajaban los ojos en señal de respeto.
Después Ciriego: las descargas repartidas con unos hombres a los que no conocía de nada y con los que había de compartir sus últimos instantes. Y la fosa común utilizada para dar tierra a los que no creen en Dios ni tampoco en las leyes utilizadas como castigo para quienes se manifiestan contrarios a una visión totalitaria de la existencia. Allí estarán sus restos, junto a los de más de un millar de víctimas de una terrible represión efectuada en los primeros años triunfales de la victoria de las tropas sublevadas por Francisco Franco.

jueves, 17 de enero de 2013

Lao Tsé


Eighty percent of Lao-Tse's teachings are devoted to man's function and his role in society by means of virtue. He finds courage, generosity, and leadership to be three virtues involved in all ethical systems. However, he wants the truly virtuous man to spontaneously do good out of what he genuinely feels without being aware and concerned of other people's approval. He believes people should "act without acting" by spontaneously saying and doing what is genuinely felt rather than putting on a show for others. This is to avoid hypocrisy, the result of people acting in ways they think others will approve of and value.
From the Taoist point of view, Confucian virtues of humanity, righteousness, knowledge, and wisdom are seen as bridges to hypocrisy. This is because these virtues make distinctions between right and wrong, a concept which is absent and unnecessary in Taoism. In further comparison with the teachings of Confucius, Lao-Tse emphasizes peace of mind and tranquility of the spirit, whereas Confucius emphasizes moral perfection and social adjustment. In addition, Lao-Tse nourishes a person's nature, while Confucius fully develops it. Therefore, Confucius hopes for his followers to become one with heaven, and Lao-Tse opens himself to become one with the nature of the universe. However, both teachers share a common interest to avoid extremes and to live by the Golden Rule.
Moreover, Lao-Tse stresses how important it is to be one with nature because it provides positive character. He regards genuineness, sincerity, and spontaneity to be "natural" characteristics which people are born with and possess. Yet, he claims these qualities are destroyed through education and cultural influences. In addition, he explains how a person is able to dismiss all authority except for the authority of self and a personal God. In this case, God is understood to be everything in nature. Thus, people who know and respect the authority of their inner nature know where they belong.
Consequently, Lao-Tse longs for life to take place in a small, united community where deceit, selfishness, and evil are non-existent in order to pursue a life of single and simple community. He glorifies simplicity by encouraging people to live without desires, knowledge, competition, and things of the senses. Therefore, he also teaches how to live the simple life, the one which is free from cunning and cleverness and not devoted to the pursuit of profit. As a result, Lao-Tse opens himself up to the universe and demonstrates how to live a life full of the beauty of nature, which allows people to follow in his path and take his teachings to heart.

martes, 15 de enero de 2013

José Martí


 


De niño sufrió privaciones; de adolescente, los horrores del presidio político, la deportación de su amada tierra natal; de hombre, las angustias de la incomprensión, los desengaños y hasta la hostilidad de muchos, en su incansable lucha por plasmar la nueva revolución redentora. Conoció a fondo las entrañas humanas. Los cardos y las orugas.
Pero, sin embargo, el jardinero de la rosa blanca, cuando se encontraba rodeado de seres amados, sostenía convencido:
-No hay quien no tenga algo bueno, falta saberlo descubrir.

Debido a las gestiones de José María Sardá, rico contratista catalán y amigo de la familia de Martí, el joven rebelde fue indultado en septiembre de 1870, debiendo ser confinado en Isla de Pinos.
Al llegar a la finca “El Abra” de Sardá, en Nueva Gerona, donde residió hasta su deportación a España, lo primero que hizo el catalán fue librarlo de los dolorosos grillos. Martí le expresó emocionado su agradecimiento, y le pidió que se los entregara como el obsequio más valioso que podía hacerle.
Cuando Martí se paseaba por las habitaciones de la casa, llevaba los anillos en los bolsillos del pantalón y hundía en ellos las manos como para sentir mejor los hierros que habían macerado su carne. Y de noche los colocaba bajo su almohada para no olvidar el dolor de los cubanos oprimidos y torturados en el presidio político.




En cierta ocasión el propietario de un restaurante cubano de Nueva York ofreció un almuerzo en honor de Martí. Aunque la comida era frugal, el dueño pidió prestada una magnífica vajilla que incluía hasta enjuagatorios.
Al final de la fiesta, uno de los comensales al encontrar un pedazo de limón en su enjuagatorio y no estando acostumbrado a tal práctica, pensó que se trataba de una limonada y se la bebió. Sus vecinos comenzaron a sonreírse, pero Martí, percibiendo la ofuscación del hombre, con toda seriedad alzó su enjuagatorio y se bebió el contenido.

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