jueves, 15 de agosto de 2024

 Los hombres encuentran en las mismas crisis la fuerza para su superación. El ser humano sabe hacer de los obstáculos nuevos caminos porque a la vida le basta el espacio de una grieta para renacer. En esta tarea lo primordial es negarse a asfixiar cuanto de vida podamos alumbrar. No permitir que se nos desperdicie la gracia de los pequeños momentos de libertad que podemos gozar: una mesa compartida con gente que queremos, unas criaturas a las que demos amparo, una caminata entre los árboles, la gratitud de un abrazo. Un acto de arrojo como saltar de una casa en llamas. Éstos no son hechos racionales, pero no es importante que lo sean, nos salvaremos por los afectos. El mundo nada puede contra un hombre que canta en la miseria.


𝙀𝙧𝙣𝙚𝙨𝙩𝙤 𝙎𝙖́𝙗𝙖𝙩𝙤

 ¿NECESITAMOS SER SABIOS Y LÚCIDOS para ser felices? ¿O, por el contrario, el conocimiento y la lucidez son un obstáculo a la felicidad, puesto que cuantos más conocimientos y aspiraciones tengamos, más exigentes seremos, y más conscientes de nuestras imperfecciones, que alguien con unas aspiraciones limitadas? Voltaire planteó esas preguntas partiendo de un breve cuento.2 Es la historia de un anciano indio, muy lúcido y sabio, que se siente infeliz por no hallar respuestas satisfactorias a las preguntas metafísicas que no cesa de plantearse. Cerca de su casa vive una mujer beata e ignorante que «jamás había pensado ni un solo momento de su vida en alguno de los puntos que atormentaban al brahmín», y parecía ser la más dichosa de las mujeres. A la pregunta «¿No le avergüenza ser desgraciado cuando a su puerta hay una vieja autómata que no piensa en nada y vive feliz?» responde el sabio: «Tiene usted razón, me tengo dicho cien veces que sería feliz si fuese tan tonto como mi vecina, y, sin embargo, no querría semejante felicidad». El problema del «imbécil feliz» reside, en efecto, en que estará inmerso en la dicha mientras siga siendo ignorante o la vida no lo abrume. Pero, en cuanto reflexionamos lo más mínimo en la vida o esta ya no responde a nuestras aspiraciones y necesidades inmediatas, perdemos esa felicidad, basada únicamente en las sensaciones y en la falta de distancia reflexiva. Además, negar el pensamiento, el conocimiento, la reflexión, es desterrar una parte esencial de nuestra humanidad. Ya no nos satisface, en cuanto tenemos conciencia de ello, una felicidad basada en el error, la ilusión o la falta total de lucidez. André ComteSponville afirma, con razón, que «la sabiduría indica una dirección: la de la máxima felicidad con la máxima lucidez». Y, a continuación, nos recuerda que, aunque la felicidad es la finalidad de la filosofía, no es su norma.3 La norma de la filosofía es la verdad. Y, pese a que anhele la felicidad, quien se sirve de la razón preferirá siempre una idea verdadera, aunque lo haga infeliz, a una idea falsa que le sea agradable. «Valoramos la felicidad, pero apreciamos aún más la razón», concluye también Voltaire en su cuento

Frederic Lenoir

miércoles, 14 de agosto de 2024


 

 En un pequeño poblado había dos hermanas, dos niñas que vivían con su padre. Eran vivaces, alegres y dicharacheras. Siempre estaban riendo e inventando nuevos juegos. Uno de sus pasatiempos favoritos era hacerles preguntas difíciles a los mayores para ponerlos en aprietos. El padre estaba preocupado, porque las preguntas se hacían cada vez más complicadas y lo ponían en situaciones incómodas frente a los vecinos y parientes. No sabía ya cómo contenerlas. Se acordó entonces de un monje que vivía en el bosque, en las afueras del pueblo. Se alojaba en una pequeña cabaña y la gente iba a menudo a consultarlo, pues tenía fama de sabio. El hombre fue con las niñas a visitarlo. Y mientras las niñas jugaban entre los árboles, el padre le explicó al monje cuál era la situación. Mientras tanto en el bosque, las niñas, muertas de risa, se decían: «Tenemos que hacerle una pregunta muy difícil a este viejo. Una que no pueda responder». En eso estaban cuando de pronto una bella mariposa azul se posó en una rama cercana. Una de las hermanitas la atrapó entre sus manos. —Ya tengo la pregunta —dijo alegremente—. No podrá responderla nunca. Le preguntaremos si esta mariposa está viva o muerta. Si dice que está viva, la apretaré entre mis manos y si dice que está muerta las abriré y la dejaré volar. Entre risas y cuchicheos fueron a encontrarse con el monje. —Maestro, aquí entre mis manos tengo una mariposa. ¿Podrías decirnos si está viva o muerta? El monje respondió: —Está en tus manos, depende de ti. Esta vida aquí ahora está en tus manos y depende de ti.


 

 Según Séneca, Epicuro, un rival filosófico de los estoicos, también practicaba la pobreza. [2] Sin embargo, su objetivo al hacerlo parece distinto al de Séneca. Mientras Séneca quería apreciar lo que tenía, Epicuro pretendía examinar lo que creía que necesitaba a fin de determinar de qué podía prescindir. Se dio cuenta de que en muchos casos trabajamos duro para conseguir algo porque estamos convencidos de que seremos infelices sin ello. El problema es que podemos vivir perfectamente bien sin algunas de estas cosas, pero no sabremos cuáles son si no intentamos vivir sin ellas .

 Musonio lleva esta técnica un paso más allá: cree que además de vivir como si esas desgracias hubieran sucedido, a veces debemos provocarlas . En concreto, de vez en cuando hemos de obligarnos a experimentar una incomodidad que podríamos evitar con facilidad. Podemos hacerlo vistiendo ropa ligera o caminando descalzos cuando hace frío. O pasar hambre y sed, aunque la comida y la bebida estén a nuestro alcance, y dormir en un lecho duro a pesar de disponer de uno mullido . [3]

 Muchos lectores modernos llegarán a la conclusión de que el estoicismo implica cierto grado de masoquismo. Sin embargo, deberían ser conscientes de que los estoicos no se flagelan. De hecho, las incomodidades a las que se someten son menores. Además, no se las infligen para castigarse a sí mismos; lo hacen para reforzar el placer de vivir. Y, por último, es erróneo decir que los estoicos se infligen a sí mismos estas incomodidades. Esto crea la imagen de alguien en conflicto consigo mismo, alguien que se obliga a hacer algo que no quiere hacer. Sin embargo, los estoicos aceptaban cierto grado de incomodidad en su vida. Lo que los estoicos defienden se define más apropiadamente como un programa de incomodidad voluntaria y no como un programa de incomodidad autoinfligida.

 Incluso esta aclaración de la actitud de los estoicos hacia la incomodidad dejará perplejos a muchos lectores modernos: «¿Por qué deberíamos aceptar ni siquiera la menor de las incomodidades cuando es posible disfrutar de una comodidad perfecta?», se preguntarán. En respuesta a esta pregunta, Musonio señala tres beneficios derivados de los actos de incomodidad voluntaria.

 Para empezar, al realizar actos de incomodidad voluntaria — por ejemplo, pasando frío y hambre cuando podríamos estar calentitos y bien alimentados — , nos endurecemos contra las desgracias que puedan acontecernos en el futuro. Si solo conocemos la comodidad, la experiencia del dolor y las molestias que algún día padeceremos nos traumatizarán. En otras palabras, la incomodidad voluntaria puede entenderse como una especie de vacuna: si ahora nos exponemos a una pequeña cantidad de virus debilitado, crearemos una inmunidad que nos protegerá de una enfermedad incapacitante en el futuro. De forma alternativa, la incomodidad voluntaria se puede concebir como una prima de seguros que, si se paga, nos permitirá recibir beneficios: si más tarde somos víctimas de una desgracia, la incomodidad que experimentamos será sustancialmente menor de lo que sería de otro modo.

 Un segundo beneficio de los actos de incomodidad voluntaria no tiene lugar en el futuro, sino inmediatamente. Una persona que experimenta periódicamente incomodidades menores confiará en soportar grandes incomodidades, por lo que la perspectiva de padecerlas en el futuro no constituirá una fuente de ansiedad para él. Al experimentar incomodidades menores se entrena, según Musonio, en ser valiente. [4] Por el contrario, la persona ajena a la incomodidad, quien nunca ha padecido hambre o frío, puede temer la posibilidad de sufrirlos algún día. Aunque ahora vive con una comodidad física, probablemente experimentará un malestar mental; es decir, una ansiedad respecto a lo que el futuro le depara.

 Un tercer beneficio de asumir actos de incomodidad voluntaria es que nos ayuda a apreciar lo que ya tenemos. En particular, al provocarnos situaciones de incomodidad deliberadamente, apreciaremos mejor nuestras comodidades. Evidentemente, es bueno estar en una habitación cálida cuando fuera hace frío y arrecia la tormenta, pero para disfrutar realmente del calor y de la sensación de cobijo, debemos ir fuera un rato y luego regresar. De un modo análogo, podemos (como observaba Diógenes) mejorar en gran medida nuestro aprecio de cualquier comida esperando a estar hambrientos antes de tomarla y mejorar nuestro aprecio.

William B. Irvine

martes, 13 de agosto de 2024


 

 “Soy quien bebió whisky a su antojo en los céntricos bares de Los Ángeles, el escritor que inyecta sangre y belleza, soy la bestia, soy un hombre de palabras, soy la humedad de la noche; la caída vertiginosa del mundo, el rebelde que rió de su padre cuando le decía que debía ser ingeniero para ganar mucho dinero.


Soy quien, junto a Hemingway, exploró las corrientes subterráneas  del corazón del hombre. Soy Bestiabuk, el poeta que pasó toda la noche mirando la fiesta de graduación a través de la malla metálica de la ventana, soy el de la barra que mira a esa joven hermosa con un trago en la mano susurrando a la oreja de su acompañante.

Soy quien ve a muchos hombres muertos, recibiendo órdenes con una sonrisa imbécil, serviles y encantados de serlo. Soy Charles Bukowski, soy la orilla de un vaso que corta, soy sangre.”

-Charles Bukowski

 1. No soy responsable de haber nacido —ni de haberlo hecho con limitaciones y fallos—. Soy responsable de hacer todo lo que esté en mis manos para manejar mis defectos y talentos. De todos modos, por muy responsable que sea de muchos de mis pensamientos, sentimientos y conductas, la responsabilidad no es algo absolutamente necesario sino sólo preferible. No es que sea un gusano o un inútil por elegir actuar de forma irresponsable, aunque sí es cierto que soy responsable de mi irresponsabilidad y que estoy actuando mal. 

2. Soy un animal social, con muchas ataduras hacia mi familia, grupo y comunidad, por lo que, si quiero compañerismo y ayuda de los demás, lo mejor para todos es que no les hiera y sea justo y responsable con ellos. Tanto yo como ellos viviremos mejor si actuamos de forma responsable los unos con los otros. En determinados momentos, puedo decidir favorecerme por encima de los demás. Sin embargo, si sólo me tengo en cuenta a mí mismo y les hago daño innecesariamente, estaré actuando inmoral e irresponsablemente, provocándoles heridas individuales y colectivas y, probablemente, haciéndome daño también a mí mismo. No tengo que actuar moralmente a cualquier precio pero tenderé a estar mucho mejor si lo hago. Si quiero obtener buenos resultados sociales, tengo que actuar con moralidad y responsabilidad hacia los demás. Es decir que escojo esta imposición de forma condicional más que en términos absolutos. 

3. Aunque a veces dependa de que otras personas me hieran o me priven de algo que deseo, gran parte de mis sentimientos son responsabilidad mía. Cuando alguien es injusto conmigo, puedo elegir tener sanos sentimientos de pesar y frustración, o escoger sentirme ansioso, deprimido y rabioso. Mis emociones dependen sólo parcialmente del trato que recibo de los demás; en gran parte dependen de mi actitud ante dicho trato. Es decir, que tengo una gran responsabilidad —y un gran control— sobre mis emociones. Por mucho que biológicamente tienda a reaccionar con emociones malsanas ante las personas y las cosas, si pienso, me esfuerzo mucho y practico, tengo muchas posibilidades de reprogramarme y reaccionar de manera más sana.

Albert Ellis


 

lunes, 12 de agosto de 2024

 ¿Sabes cuál es la única obligación que tenemos en esta vida? Pues no ser imbéciles. La palabra «imbécil» es más sustanciosa de lo que parece, no te vayas a creer. Viene del latín baculus que significa «bastón»: el imbécil es el que necesita bastón para caminar. Que no se enfaden con nosotros los cojos ni los ancianitos, porque el bastón al que nos referimos no es el que se usa muy legítimamente para ayudar a sostenerse y dar pasitos a un cuerpo quebrantado por algún accidente o por la edad. El imbécil puede ser todo lo ágil que se quiera y dar brincos como una gacela olímpica, no se trata de eso. Si el imbécil cojea no es de los pies, sino del ánimo: es su espíritu el debilucho y cojitranco, aunque su cuerpo pegue unas volteretas de órdago. Hay imbéciles de varios modelos, a elegir: a) El que cree que no quiere nada, elque dice que todo le da igual, el que vive en un perpetuo bostezo o en siesta permanente, aunque tenga los ojos abiertos y no ronque. b) El que cree que lo quiere todo, lo primero que se le presenta y lo contrario de lo que se le presenta: marcharse y quedarse, bailar y estar sentado, masticar ajos y dar besos sublimes, todo a la vez. c) El que no sabe lo que quiere ni se molesta en averiguarlo. Imita los quereres de sus vecinos o les lleva la contraria porque sí, todo lo que hace está dictado por la opinión mayoritaria de los que le rodean: es conformista sin reflexión o rebelde sin causa.  d) El que sabe que quiere y sabe lo que quiere y, más o menos, sabe por qué lo quiere pero lo quiere flojito, con miedo o con poca fuerza. A fin de cuentas, termina siempre haciendo lo que no quiere y dejando lo que quiere para mañana, a ver si entonces se encuentra más entonado. e) El que quiere con fuerza y ferocidad, en plan bárbaro, pero se ha engañado a sí mismo sobre lo que es la realidad, se despista enormemente y termina confundiendo la buena vida con aquello que va a hacerle polvo. Todos estos tipos de imbecilidad necesitan bastón, es decir, necesitan apoyarse en cosas de fuera, ajenas, que no tienen nada que ver con la libertad y la reflexión propias. Siento decirte que los imbéciles suelen acabar bastante mal, crea lo que crea la opinión vulgar. Cuando digo que «acaban mal» no me refiero a que terminen en la cárcel o fulminados por un rayo (eso sólo suele pasar en las películas), sino que te aviso de que suelen fastidiarse a sí mismos y nunca logran vivir la buena vida esa que tanto nos apetece a ti y a mí. Y todavía siento más tener que informarte qué síntomas de imbecilidad solemos tener casi todos; vamos, por lo menos yo me los encuentro un día sí y otro también, ojalá a ti te vaya mejor en el invento... Conclusión: ¡alerta!, ¡en guardia!, ¡la imbecilidad acecha y no perdona! Por favor, no vayas a confundir la imbecilidad de la que te hablo con lo que a menudo se llama ser «imbécil», es decir, ser tonto, saber pocas cosas, no entender la trigonometría o ser incapaz de aprenderse el subjuntivo del verbo francés aimer.

Fernando Savater


 

 Martin Heidegger fue un hombre extraño.

Dueño de una mente brillante, se transformó en uno de los filósofos más importantes del siglo XX. Creó el concepto de Dassein, término que surge de la combinación de las palabras sein (ser) y da (ahí). Es decir, el ser ahí. Ahí, ¿dónde? En el mundo.
Esos somos nosotros, un ser aquí, arrojado a un mundo de posibilidades. Pero hay algo en su pensamiento que resulta inquietante.
Según él, somos apenas un ser para la muerte. Porque no importa lo que hagamos con nuestra vida, si estudiamos o no, si convivimos con alguien o elegimos la soledad, si nos atrae un hombre, una mujer o ambos, de todos modos vamos a morir. Es la única posibilidad cierta de la que no podremos escapar.
Cada uno de nosotros es apenas un muriente.
Y esa muerte que está allí, o aquí, no importa, condiciona nuestra vida y nos convierte en seres en falta. ¿Por qué en falta? Porque, en principio, nos falta la eternidad. Podemos negarlo o asumirlo, pero algo en lo profundo de nosotros lo sabe. Más que saberlo, lo siente.
Nos faltan, además, las palabras que podrían calmar un poco esa angustia existencial de sabernos mortales. Y quedan apenas las preguntas.
¿Qué es esto de morirse?
¿Adónde van los que mueren?
¿Adónde iremos nosotros?
¿Qué significa duelar?
Preguntas sin respuestas que caen en el vacío, en una ausencia de saber que la cultura ha tratado de llenar como pudo. ¿Qué otra cosa son la mitología o las religiones más que el intento de hallar alguna respuesta que mitigue nuestra incertidumbre y nos defienda de la angustia que genera lo imposible de nombrar?

Gabriel Rolón

domingo, 11 de agosto de 2024


 Thomas Hobbes


 


 

 Es fácil que los lectores modernos malinterpreten lo que los estoicos tenían en mente cuando hablaban de una buena vida . De hecho, muchos lectores equipararán vivir una buena vida con ganarse bien la vida, es decir, disfrutar de un trabajo bien remunerado. Sin embargo, los estoicos creían que uno podía llevar una mala vida a pesar de ganarse bien la vida. Imaginemos, por ejemplo, que un empleado odia su trabajo bien pagado, o que ese empleo crea un conflicto en su interior al obligarle a hacer algo que sabe que está mal.

 Por lo tanto, ¿qué debe hacer una persona para disfrutar de lo que los estoicos llamarían una buena vida? ¡Ser virtuosa! Y, sin embargo, una vez más, la palabra virtud puede llamar a engaño. Digámosle a una lectora moderna que los estoicos le piden que viva de forma virtuosa y tal vez ella entornará los ojos; para la lectora, las monjas serían ejemplos primordiales de individuos virtuosos, y lo que define su virtud es su castidad, humildad y bondad. ¿Acaso los estoicos nos están pidiendo que vivamos como monjas?

 En realidad, los estoicos no tienen esto en mente al hablar de virtud. Para ellos, la virtud de una persona no depende, por ejemplo, de su historia sexual. Por el contrario, depende de su excelencia como ser humano: hasta qué punto encarna la función para la que los seres humanos fueron concebidos. Así como un martillo virtuoso (o excelente) es aquel que cumple a la perfección la función para la que fue diseñado — clavar clavos — , un individuo virtuoso es aquel que cumple estrictamente la función que corresponde a los seres humanos. Ser virtuoso, entonces, es vivir tal como se ha concebido que vivamos; en palabras de Zenón, consiste en vivir de acuerdo con la naturaleza.  Los estoicos añadirían que, si actuamos así, viviremos una buena vida.

 ¿Y para qué función ha sido diseñada la gente? Los estoicos creían que para responder a esta pregunta solo tenemos que examinarnos a nosotros mismos. Así descubriremos que todos tenemos ciertos instintos, como los animales. Experimentamos hambre; es la forma que tiene la naturaleza para que nos alimentemos. Experimentamos deseo sexual; es la forma mediante la que la naturaleza logra que nos reproduzcamos. Pero nos alejamos de los animales en un aspecto importante: tenemos la capacidad de razonar. A partir de ahí podemos concluir, asegura Zenón, que hemos sido diseñados para ser razonables.

 Y si usamos la razón, concluiremos que hemos sido concebidos para hacer ciertas cosas, que tenemos ciertos deberes. De forma significativa, como la naturaleza ha querido que seamos criaturas sociales, tenemos deberes hacia el resto de los seres humanos. Por ejemplo, deberíamos honrar a nuestros padres, ser agradables con nuestros amigos y preocuparnos por los intereses de nuestros compatriotas.  Este sentido del deber social llevó al estoico Catón a ser un actor esencial en la política romana, aunque esto le costara la vida.

William B. Irvine

sábado, 10 de agosto de 2024



Albert Ellis
 

 


Durante los veintiún años que viví en mi pueblo natal, el viaje más largo que realicé fue una excursión en tren a Qingtao. En aquel viaje, casi me pierdo entre los grandes trozos de madera de una serrería. Cuando mi madre me preguntó sobre el paisaje de Qingtao, le contesté que por desgracia allí no había nada excepto grandes trozos de madera. Pero gracias a este viaje a Qingtao, tuve muy claro que debía salir de mi pueblo natal y ver el mundo de fuera.

En febrero de 1976 cumplí todos los requisitos del reclutamiento militar, me llevé los cuatro volúmenes de la Breve historia de China que mi madre me había comprado con el dinero de unas joyas suyas que vendió, salí del distrito Dongbei de Gaomi, un lugar plagado de todos mis sentimientos, tanto positivos como negativos, y empecé una importante época de mi vida. Tengo que confesar que si no hubiera sido por los grandes progresos y el desarrollo de la sociedad china durante estos treinta años, por la apertura y la reforma, no existiría un escritor como yo.

Debido al aburrimiento de la vida militar, entré en una nueva oleada literaria y en la apertura de pensamiento de los años 80 del siglo pasado. Pero entonces, no era más que un chico a quien le gustaba escuchar cuentos y recitar lo que había escuchado, así que decidí empezar a contar cuentos con el bolígrafo. Sin embargo al principio este camino fue muy difícil porque no me daba cuenta de que mi experiencia de vivir en el campo durante más de veinte años era una riqueza. Pensaba que la literatura era anotar las cosas buenas y recordar a personas notables, creía que era simplemente describir a los héroes y modelos sociales, así que aunque publiqué algunas obras, no tenían mucha calidad.

En el otoño de 1984 aprobé el examen de ingreso y me incorporé a la Facultad de Literatura de la Academia de Artes del EPL (Ejército Popular de Liberación). Gracias a las indicaciones y a la ayuda de mi apreciado profesor, el famoso escritor Huaizhong Xu, conseguí elaborar algunos relatos y novelas cortas, tales como秋水 (El agua otoñal), 枯河 (Río seco), 透明的红萝卜(El rábano rojo invisible), Sorgo rojo, etc. En El agua otoñal, apareció por primera vez el nombre de mi pueblo natal: El distrito Dongbei de Gaomi, y a partir de ese momento, me sentí un campesino vagabundo que por fin ha encontrado el campo que buscaba, un escritor perdido que ha encontrado su propia fuente de inspiración. Tengo que confesar que en el proceso de creación del distrito Dongbei de Gaomi en mis obras, William Faulkner, el escritor estadounidense, y García Márquez, el escritor colombiano, me han inspirado mucho. Entonces no había leído sus obras minuciosamente, pero su espíritu creador y su generosidad me animaron mucho. Me hicieron entender que cada escritor debía tener una especialidad. Una persona tiene que ser modesta en su día a día, sin embargo, debe ser altiva y decidida en su producción literaria. Durante dos años seguí los pasos de estos dos maestros, pero luego me di cuenta de que tenía que alejarme de ellos. Esto lo expresé en un artículo: “Estos dos maestros son como dos hornos al rojo vivo y yo como un trozo de hielo, por lo que si me acercase mucho a ellos me evaporaría”. A mi juicio, la influencia que se recibe de otro escritor se debe a la semejanza espiritual que escondemos en el fondo del corazón, como lo que se dice en China: dos espíritus similares se entienden enseguida. Por tanto, aunque no les hubiera leído muy atentamente, con solo unas páginas podía entender lo que habían hecho, podía entender cómo lo habían hecho y a continuación me quedaba claro lo que debía hacer y la forma de hacerlo.

Lo que hice fue muy sencillo: contar mis cuentos a mi manera. Mi manera es la misma de los cuentacuentos del mercado de mi pueblo, a quienes conocía muy bien; es también la manera de mis abuelos y los ancianos de mi pueblo natal. Sinceramente, cuando cuento mis cuentos, no puedo imaginar quiénes serán mis lectores. A lo mejor, es alguien como mi madre, o alguien como yo. Mis cuentos son mis experiencias del pasado, como por ejemplo lo es, en Río seco, aquel chico al que pegan de manera horrible; en (El rábano rojo invisible) lo es aquel chico que no habla nada desde el principio hasta el final de la obra. Igual que a él, mi padre una vez me pegó terriblemente debido a un error que cometí. Y yo también tuve que encargarme de un fuelle durante la construcción de un puente. Por supuesto, cuanto más singulares sean las experiencias personales, más se incluirán en las novelas, pero las novelas deben ser imaginarias y fabulosas, no pueden incluir experiencias sin más. Muchos amigos míos me han dicho que El rábano rojo invisible es mi mejor novela. Respecto a esta opinión, no la contradigo, tampoco la admito, pero, de todas formas El rábano rojo invisible es la más emblemática de mis obras y destaca por su profundo significado. Ese chico de piel oscura que tiene una capacidad incomparable para aguantar toda clase de sufrimientos y otra capacidad sobresaliente para percibir los pequeños cambios de la vida es el espíritu de esta novela. Aunque he creado muchos personajes después de este, ninguno puede compararse con él porque prácticamente es el entero reflejo de mi espíritu. O mejor dicho, entre todos los personajes creados por el mismo escritor siempre habrá uno superior a los demás; este chico callado es de ese tipo, que no habla nada pero que es capaz de dirigir al resto de personajes y observar las maravillosas actuaciones de los demás en un escenario como el distrito Dongbei de Gaomi.

Mo Yan


 


 

viernes, 9 de agosto de 2024


 

 PODEMOS RENUNCIAR A LA BÚSQUEDA voluntaria de la felicidad, situando otros valores éticos por encima de esta –la libertad, el amor, la justicia– o morales, es decir, unas normas de comportamiento justo. Esa es la opción del gran filósofo alemán de la Ilustración, Immanuel Kant, para quien la felicidad no se debe buscar como tal, sino derivada de una moral: «Haz aquello que te vuelve digno de ser feliz». Lo más importante es observar una línea de conducta recta, conforme a la razón, cumplir con el deber. El hombre que tiene la conciencia tranquila puede considerarse relativamente feliz, sean cuales sean las dificultades con las que tropiece, pues sabe cómo actuar de manera justa. De hecho, las encuestas contemporáneas muestran que la conciencia de llevar una vida moral o religiosa marcada por la rectitud moral es un índice importante de felicidad. Parece ser que el propio Kant fue bastante feliz por llevar una vida sobria, virtuosa, ordenada, que desespera a los biógrafos aficionados a las anécdotas y detalles escabrosos. Se mantuvo soltero y casi nunca salió de su pequeña ciudad natal, Königsberg, donde fue durante mucho tiempo preceptor, antes de enseñar en la universidad. De modo bastante paradójico, Kant señala además que es un deber para el hombre ser lo más feliz posible, pues con ello evita sucumbir a la «tentación de incumplir sus deberes».2 Invierte, pues, el sentido de la problemática griega, según la cual la ética está al servicio de la felicidad. Para él, la felicidad es la que está al servicio de la moral; la felicidad plena y completa no existe en este mundo, sólo es un «ideal de la imaginación».3 Concluye, entonces, que sólo alcanzaremos razonablemente la auténtica felicidad después de la muerte (beatitud eterna), como recompensa concedida por Dios a quienes han sabido llevar una existencia moral justa. En ello coincide con la doctrina de numerosas religiones que predican que la felicidad profunda, estable y duradera sólo existe en el más allá, y está determinada por la calidad de la vida religiosa y moral que se haya llevado aquí en la Tierra. Esta creencia ya estaba vigente en la antigua Grecia, donde a los héroes y a los hombres virtuosos se les prometía una vida feliz en los Campos Elíseos. También existía en el antiguo Egipto y en el judaísmo tardío, antes de experimentar un auge considerable con el cristianismo y el islam, que dan prioridad al ideal de la santidad sobre el de la sabiduría

Frederic Lenoir

 Si la muerte pálida, con un terror agudo,

hiciera de las cuevas del océano nuestro lecho, 
Dios que escucha las olas rodar, se digne a salvar nuestra alma suplicante. 
Si la muerte se vuelve negra y el mar ahoga los lamentos, ni Dios ni los rezos nos sacarán de este infierno. 
Si las almas marineras no extienden sus blancas alas de gaviota, deje la muerte paso a la sirena, que a ella encomiendo mi cuerpo. 
El alma, acurrucada tras la luz del faro, guiará cada paso en falso y dejará que el tiempo derrumbe cada piedra que en forma de flecha apunta al mar.

The Lighthouse

jueves, 8 de agosto de 2024



 - Jesús Quintero: "Señor Gala, ¿qué es lo más inteligente que se puede hacer en esta vida?"

- Antonio Gala: "En principio yo le diría: irse a una playa. Pero en el fondo, de verdad, tengo que decirle que salir de esta especie de laberinto en que nos han metido, una vida que no es la nuestra y que no es la mandada. Que es una organización que necesita esclavos para seguir manteniendo la pura organización que necesita esclavos, y así hasta el final. Salirse de esa cadena terrible, desencadenarse. A riesgo de la soledad, a riesgo de la falta de comprensión, pero irse un poco al campo, en el mejor de los sentidos. Salir de esa extraña y monótona esclavitud de cada día. Darle a cada día su propio afán, pero también su propia sonrisa, su propio gozo, su propio color, su propio aroma. Eso es la inteligencia. Porque una inteligencia que no nos ayude a vivir, no la quiero. No me sirve para nada. No creo que le sirva para nada a nadie".

 La realidad, lejos de ser algo natural, impone al sujeto un trabajo de adecuación. Influye sobre él y de algún modo determina si lo que hace está bien o está mal.

Michel Foucault dijo que la verdad era la verdad del poder. Así, desde los medios de comunicación se instalan las ideas que después la gente creerá ciertas y se las convoca a vivir esa vida inauténtica de la que habló Heidegger. Otras veces, se optó por la fuerza. De una u otra forma, el poder decidió cuál era la verdad.

Gabriel Rolón 


 

miércoles, 7 de agosto de 2024


 


La muerte, ¿entiendes, colega?... pero ¿qué muerte? ¿Esa de la que se habla, la muerte dulce que viene durante el sueño, o la otra, la m uerte y sanseacabó?
Durante un periodo de mi vida, a los seis o siete años, tenía cada noche la misma pesadilla: veía a una señora vestida de ne­ gro que se acercaba a mi cama. Yo tenía mucho miedo. Entonces me despertaba, y ya no quería volver a dormirme. Una noche mi hermano me prestó su fusil de aire comprimido, diciéndome que si volvía a aparecer sólo tenía que dispararle. Ella nunca re­ gresó. Pero lo que más me asombra, lo recuerdo bien, es que el fusil (real) ni siquiera estaba cargado.
Esta historia se desarrolla en dos partes. Del lado izquierdo del escenario —la parte del significado— está mi tía Emilia (la hermana de mi padre): con su nombre fúnebre, sus ropas ne­ gras, su manía de entrometerse en todo... Del lado derecho —la parte del significante— se encuentra el armario, el armario con espejo que estaba enfrente de mi cama, en casa de mis padres. 
¡Sí, sí! El arma desarmada, el armario, la dama del sudario, las armas de mi yo precario, la señora-negro-de-misa, la artemisa, la miseria de los años treinta, mi padre, que había fracasado en su intento de criar conejos de angora con la ayuda de la tía Emilia: 
con la crisis y después de tener que malvender el negocio ¡acaba­ mos comiéndonos los conejos! Papá estaba al borde del suicidio, pero pensó en sus hijos...
La muerte, el espejo. Yo, que estoy allí, pero que también podría no estar. Yo, todo sí. Yo, todo no. Yo, todo o nada.

 Guattari


 

 Claro que sí


+ que Huidobro

+ que el propio Neruda posiblemente

basta abrir al azar un libro mío cualquiera

para ver que sin ella no soy nada

Cuando se trata de poesía chilena

sólo Pezoa Veliz resiste la comparación

y no siempre

puede que haya otros + geniales

pero ninguno + honesto que la Mistral

es su sinceridad lo que conmueve

He dicho varias veces

y lo repito con muchísimo gusto

que este país debiera llamarse Lucila

De lo contrario que se llame Gabriela

Se la debería volver a querer

a releer

a ver

a compadecer

Es una novia abierta al infinito

una viuda perpetua

una mamá que no se olvida nunca.

Nicanor Parra

martes, 6 de agosto de 2024


 

  Amigas y amigos, aunque estemos rodeados de resistencias eclesiásticas, de torpezas políticas y de mediocridades personales no nos dejemos invadir por la impotencia y del desasosiego. Dejémonos herir por la aventura de la vida, que crece por cualquier grieta, y por los gritos de las vidas desahuciadas, que llaman a nuestra puerta. Y si un día descubren que esta aventura no es posible pese a ser lo único importante, díganse con el poeta José Ángel Valente (FULGOR):

    A partir de ahora/Viviré más alerta todavía,
    Seré madrugador/Empedernido
    Para evitar que nadie/Os ate en el siempre
    O en el nunca…/Para que cada nuevo día
    Amanezcáis/Dispuestos a hallar
    Nuevos caminos/Y a inventarlos.

 Anda libre en el surco, bate el ala en el viento,

late vivo en el sol y se prende al pinar.
No te vale olvidarlo como al mal pensamiento:
¡lo tendrás que escuchar!

Habla lengua de bronce y habla lengua de ave,
ruegos tímidos, imperativos de amar.
No te vale ponerle gesto audaz, ceño grave:
¡lo tendrás que hospedar!

Gasta trazas de dueño; no le ablandan excusas.
Rasga vasos de flor, hiende el hondo glaciar.
No te vale decirle que albergarlo rehúsas:
¡lo tendrás que hospedar!

Tiene argucias sutiles en la réplica fina,
argumentos de sabio, pero en voz de mujer.
Ciencia humana te salva, menos ciencia divina:
¡le tendrás que creer!

Te echa venda de lino; tú la venda toleras;
te ofrece el brazo cálido, no le sabes huir.
Echa a andar, tú le sigues hechizada aunque vieras
¡que eso para en morir!"

Gabriela Mistral

lunes, 5 de agosto de 2024



 

 "Cuando el hombre se extinga,

cuando la estirpe humana al fin se acabe,
todo lo que ha creado
comenzará a agitarse,
a ser de nuevo,
a comportarse libremente
—como
los niños que se quedan
solos en casa
cuando sus padres salen por la noche.

Héctor conseguirá humillar a Aquiles,
Luzbel volverá a ser lo que era antes,
fornicará Susana con los viejos,
avanzará un gran monte hacia Mahoma.

Cuando el hombre se acabe
—cualquier día—,
un crepitar de polvo y de papeles
proclamará al silencio
la frágil realidad de sus mentiras."

Ángel González


 

sábado, 3 de agosto de 2024


 

 Aristóteles fue algún tiempo preceptor de Alejandro Magno y discípulo de Platón durante veinte años. En el 335 a.C., a la edad de cuarenta y nueve años, deja la Academia de su maestro y funda en Atenas su propia escuela: el Liceo. Dotado de una mente curiosa, era un observador extraordinario: se interesaba tanto por la biología como por la física, por la trayectoria de los astros como por la organización de la vida política, por la lógica como por la gramática, por la educación como por las artes. Escribió una de las obras más logradas sobre la cuestión de la felicidad, Ética a Nicómaco, dedicada a su hijo, citada anteriormente. En ella subraya que «la felicidad es el único objetivo que buscamos siempre por sí mismo y no con otro fin».2 Consideraba la felicidad como el «bien supremo». Ambicionamos el dinero por el confort que procura, o el poder por el reconocimiento de los demás, mientras que la felicidad es un anhelo en sí. Se trata, pues, de saber su naturaleza: ¿qué es lo que nos hace global y duraderamente felices? Los filósofos griegos elaboraron la noción de felicidad principalmente a partir de la reflexión sobre el placer. Una vida feliz es ante todo una vida que nos da placer. El placer es una emoción agradable asociada a la satisfacción de una necesidad o de un deseo. Beber me procura placer porque sacio así mi sed; dormir, porque estoy cansado; aprender, porque estoy ávido de conocimiento; o comprar un objeto, porque lo deseo. La búsqueda del placer es innata al ser humano, y no es exagerado afirmar que es el principal motor de nuestras acciones. La emoción nos lleva a la moción: porque sentimos (o esperamos sentir) emociones agradables, nos movemos, estamos motivados para actuar. El placer cumple un papel esencial en nuestra vida biológica, psíquica, afectiva o intelectual. Desde Darwin, los biólogos señalan la importancia de la función adaptativa del placer: al parecer, los mecanismos asociados a este habrían sido seleccionados y conservados debido al papel central que cumplen en la evolución. De igual modo, para Freud, «el programa del principio del placer es el que fija la finalidad de la vida»

Frederic Lenoir


 

viernes, 2 de agosto de 2024


 


 

 


Recordar lo que uno realmente quiere. La conciencia del tiempo limitado y fugaz, como fuente de energía para oponerse tenazmente a los propios hábitos y expectativas, pero mucho más a los hábitos y las amenazas de los otros. Como algo que abre el futuro, no que lo cierra. Así entendido, el memento es un peligro para los poderosos, los opresores que intentan instituirlo de manera tal que nadie escuche los deseos de los oprimidos, ni siquiera ellos mismos. ¿Por qué debo pensar que el fin es el fin, que llega cuando llega? ¿Por qué me dicen eso, que no cambia nada en lo más mínimo? ¿Cuál es la respuesta? No desperdicies tu tiempo, haz de él algo gratificante. ¿Pero qué quiere decir gratificante? Ponerse finalmente a la tarea de concretar deseos largamente acariciados. Combatir el error de que siempre habrá tiempo para hacerlo más adelante. El memento como instrumento de lucha contra la comodidad, el autoengaño y el miedo que siempre se asocia a todo cambio necesario. Hacer el viaje tan soñado, aprender ese idioma, leer aquel libro, comprarse esa joya, pasar una noche en ese hotel famoso. No fallarse a sí mismo. Hay cosas todavía más grandes que integran este grupo: abandonar la profesión que no amamos, alejarnos de un grupo social que odiamos. Realizar aquello que contribuya a hacernos más auténticos, a estar más cerca de nosotros mismos. Pasarse todo el día en la playa o sentado en un café; eso también puede ser la respuesta al memento, la respuesta de quien hasta ahora sólo ha vivido trabajando. Recuerda que algún día vas a morir, quizás mañana mismo. Pienso en eso todo el tiempo, por eso me escapo de la oficina y disfruto del sol. Esa admonición aparentemente sombría no nos encierra en el jardín nevado del claustro. Nos abre el camino hacia el exterior y despierta en nosotros el presente. Pensando en la muerte, corregir las relaciones que tenemos con los otros. Poner fin a una enemistad, disculparse por una injusticia cometida, expresar un reconocimiento que, por pura mezquindad, no estábamos dispuestos a dar. No tomarse tan en serio algunas cosas que nos habíamos tomado demasiado en serio: las burlas de los otros, sus aires de importancia, especialmente la opinión arbitraria que tienen de nosotros. El memento como la exhortación a sentir de otra manera. El peligro: las relaciones ya no son auténticas y vitales porque les falta esa seriedad pasajera que presupone una cercanía excesiva. Además: lo que define mucho de lo que experimentamos no está tan asociado al pensamiento de la finitud como al sentimiento de que todavía tenemos mucho futuro por delante. Habría que cortar de raíz esa vivencia si invadiera la conciencia de la inminencia de la muerte.

Pascal Mercier




 

jueves, 1 de agosto de 2024

 EL 27 DE JULIO DE 1656 TIENE LUGAR en la sinagoga de Ámsterdam una ceremonia de una violencia inusitada: los mayores pronuncian un jerem, acto solemne de excomunión, contra un joven de veintitrés años, acusado de herejía: «Con el juicio de los ángeles y de los santos, execramos, excluimos, maldecimos y anatemizamos a Baruch de Espinosa. […] Maldito sea durante el día, y maldito durante la noche. Maldito sea en su sueño y maldito en su vigilia. Maldito sea dentro y maldito fuera. Que el Señor no lo perdone. Que la ira y el furor del Señor caigan en adelante sobre este hombre y hagan recaer sobre él todas las maldiciones que están escritas en el libro de la Ley. Que el Señor destruya su nombre bajo el sol».2 Sobre el joven Baruch Spinoza no sólo no cayó maldición celeste alguna, sino que su nombre brilla hoy en el firmamento del pensamiento humano: «Todo filósofo tiene dos filosofías: la suya y la de Spinoza», dirá Bergson tres siglos después. No por ello deja de equivaler esa terrible sanción a un destierro para este joven, hijo de un mercader portugués cuya familia tuvo que huir de la Inquisición y hallar refugio en Ámsterdam, en una pequeña república calvinista que toleraba la presencia de una importante comunidad judía. El joven Bento, cuyo nombre había sido judaizado como Baruch, lo cambia de nuevo tras su exclusión: adopta el nombre cristiano de Benedictus. No se convierte al cristianismo, aunque admire a Cristo y la mayoría de sus amigos sean fieles abiertos a las «nuevas ideas», las de Descartes, Galileo, Locke, que están transformando el mundo antiguo basado en la verdad de la Biblia y la escolástica tomista. Elige a partir de entonces la lengua latina para componer una obra filosófica orientada hacia la beatitud, la felicidad suprema. ¿Acaso no significan sus tres nombres «bienaventurado»? Spinoza basa esa búsqueda de la felicidad en un modo de vida muy sobrio. No sólo renuncia a la herencia paterna, sino que se niega también a heredar de amigos ricos, aceptando sólo una modesta renta para completar sus ingresos como fabricante de lentes para instrumentos ópticos. ¡Resulta curioso pensar que alguien que intentaba agudizar al máximo el discernimiento de la mente hubiera elegido un oficio que consiste en mejorar las facultades visuales! El filósofo optó también por no fundar una familia y vivió hasta su muerte rodeado de amigos y discípulos, en cuartos alquilados en diversas ciudades holandesas. En una sola habitación, a veces en dos pequeñas, están sus libros, su escritorio, su taller de óptica y el único objeto al que tiene apego: la cama de baldaquino en la que fue concebido, en la que morirá y donde durmió toda su vida tras la muerte de sus padres. Esta cama constituyó sin duda un símbolo de continuidad en el seno de una existencia desgarrada, amenazada constantemente. Incluso publicados de modo anónimo, sus libros estaban prohibidos por la censura. Todo el mundo sabía, sin embargo, quién era el autor del famoso Tractatus theologico-politicus, que había efectuado una radical deconstrucción racionalista de la Biblia y preconizaba la edificación de un Estado laico que garantizase la libertad de expresión religiosa y política.

Frederic Lenoir


 

 "Una chica excelente. Bastante loca de a ratos. A veces tan triste. A veces tan muerta de risa. A veces mala " 


–Julio Cortázar

 -La idea equivocada y funesta de que el hombre sea una unidad permanente, le es a usted conocida. También sabe que el hombre consta de una multitud de almas, de muchísimos yos. Descomponer en estas numerosas figuras la aparente unidad de la persona se tiene por locura, la ciencia ha inventado para ello el nombre de esquizofrenia. La ciencia tiene en esto razón en cuanto es natural que ninguna multiplicidad puede dominarse sin dirección, sin un cierto orden y agrupamiento. En cambio, no tiene razón en creer que sólo es posible un orden único, férreo y para toda la vida, de los muchos sub-yos. Este error de la ciencia trae no pocas consecuencias desagradables; su valor está exclusivamente en que los maestros y educadores puestos por el Estado ven su trabajo simplificado y se evitan el pensar y la experimentación. Como consecuencia de aquel error pasan muchos hombres por «normales», y hasta por representar un gran valor social, que están irremisiblemente locos, y a la inversa, tienen a muchos por locos, que son genios. Nosotros completamos por eso la psicología defectuosa de la ciencia con el concepto de lo que llamamos arte reconstructivo. Al que ha experimentado la descomposición de su yo> le enseñamos que los trozos pueden acoplarse siempre en el orden que se quiera, y que con ellos se logra una ilimitada diversidad del juego de la vida. Lo mismo que los poetas crean un drama con un puñado de figuras, así construimos nosotros con las figuras de nuestros yos separados constantemente grupos nuevos, con distintos juegos y perspectivas, con situaciones eternamente renovadas.

Así como la locura, en un grado superior, es el principio de toda ciencia, así es la esquizofrenia el principio de todo arte, de toda fantasía. Hay sabios que se han dado cuenta ya de esto a medias, como puede comprobarse, por ejemplo, en El cuerno maravilloso del príncipe, aquel libro encantador, en el cual el trabajo penoso y aplicado de un sabio es ennoblecido por la cooperación genial de una multitud de artistas locos y encerrados en manicomios.

Hermann Hesse

  Si no conviene, no lo hagas; si no es cierto, no lo digas; provenga de ti este impulso.

 En todo ver siempre qué es lo que hace brotar en ti esa tal imagen y tratar de desarrollarla, analizándola en su causa, en su materia, en su finalidad, en su duración temporal, en el transcurso de la cual será preciso que tenga su fin. 

 Date cuenta de una vez que algo más poderoso y más divino posees en tu propio interior que lo que provoca las pasiones y que lo que, en suma, te agita a modo de marioneta. ¿Cuál es ahora mi pensamiento? ¿Es el temor? ¿Es el recelo? ¿Es la ambición? ¿Es otra pasión semejante?

Marco Aurelio

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