domingo, 4 de octubre de 2026

 


Jacques Rigaut: el hombre que llevaba la muerte en la solapa

Hablar de Jacques Rigaut es entrar en una habitación donde alguien ha dejado una ventana abierta durante la noche. Hace frío. Las cortinas se mueven apenas. No sabemos quién estuvo allí, pero sabemos que alguien estuvo pensando en la muerte.

Rigaut nació en París en 1898 y murió treinta años después. Entre esas dos fechas vivió como si la existencia fuera una habitación de hotel que nunca pensaba decorar.

Fue soldado, escritor, dandi, bebedor, consumidor de drogas, amigo de los surrealistas y de los dadaístas. Conoció a Breton, Aragon, Tzara, Man Ray. Pero nunca pareció demasiado interesado en construir una carrera literaria.

Quizá porque había comprendido demasiado pronto que una carrera es una forma elegante de decir:

“Mañana seguiré aquí.”

Y Rigaut no estaba dispuesto a hacer esa promesa.

Había algo profundamente moderno en él.

Vivió después de una guerra que había convertido Europa en un enorme cementerio. Su generación había visto morir a millones de hombres en nombre de palabras solemnes: patria, honor, civilización, gloria.

Después de semejante carnicería, era difícil creer demasiado en los discursos.

Los dadaístas respondieron destruyendo el lenguaje.

Rigaut quiso ir un poco más lejos.

Parecía querer destruir la obligación misma de encontrar sentido.

Mientras otros artistas buscaban una nueva manera de pintar, escribir o pensar, Rigaut parecía preguntar:

¿Y si el problema no fuera el arte?
¿Y si el problema fuera estar vivo?


No era una pregunta cómoda.

Tampoco necesitaba serlo.

Rigaut hizo del suicidio una presencia cotidiana.


No lo escondía detrás de las cortinas como hacemos habitualmente con nuestras angustias. Lo sentaba a la mesa.

Hablaba de él.

Escribía sobre él.

Bromeaba con él.

Incluso imaginó una absurda Agencia General del Suicidio, como si la muerte pudiera contratarse en una oficina y alguien pudiera entregarnos un formulario para abandonar la existencia.

La idea tiene algo de cómico.

Y precisamente por eso resulta terrible.

Porque el humor de Rigaut no pretendía quitarle importancia a la muerte.

Pretendía quitarle solemnidad.

La muerte, pensaba, también podía convertirse en una institución absurda.

Una oficina.

Un trámite.

Una firma.

Un sello.

Gracias por su preferencia. Vuelva pronto.

Pero quizá Rigaut no quería morir tanto como quería escapar de la obligación de encontrar una razón para vivir.

Y ahí comienza el verdadero laberinto.


Porque todos recibimos, desde niños, una pequeña lista de instrucciones:

estudia, trabaja, ama, compra una casa, forma una familia, envejece, jubílate.

Y, mientras tanto, procura no preguntar demasiado.

Rigaut preguntó.

Y las preguntas, cuando uno las hace de verdad, tienen la mala costumbre de quitarle pintura a las paredes.

¿Qué sentido tiene todo esto?

¿Por qué debo continuar?

¿Quién decidió que vivir es preferible a morir?

¿Y si no encuentro una respuesta?

El problema de Rigaut no fue que no tuviera respuestas.

Fue que no aceptaba respuestas prestadas.


Hay personas que atraviesan una crisis y buscan inmediatamente una solución.

Rigaut parecía hacer lo contrario.

Se sentaba dentro de la crisis.

La contemplaba.

La convertía en literatura.

La convertía en personaje.

La convertía en una forma de elegancia.

Ahí está su peligro.

Porque el nihilismo puede ser seductor.

Tiene una estética impecable.

Nada importa.

Todo es absurdo.

La existencia no tiene sentido.

¿Por qué preocuparse?

Parece una liberación.

Hasta que uno descubre que, si nada importa, tampoco importa levantarse de la cama.

El nihilismo puede comenzar como una rebelión contra las mentiras y terminar convertido en una cárcel construida con las propias preguntas.

Rigaut tenía treinta años cuando murió.

Treinta.

La edad en que muchos todavía están descubriendo quiénes son.

Él ya había convertido su propia desaparición en una especie de personaje literario.

Pero hay algo que me interesa más que su muerte.

Su vida.

Porque entre una idea y su cumplimiento existe un territorio enorme.

El territorio donde uno bebe café.

Camina por París.

Se enamora.

Discute.

Lee.

Se aburre.

Ríe.

Mira una ventana.

Escucha una canción.

Se encuentra con un amigo.

Se despierta una mañana y, por alguna razón inexplicable, decide quedarse.

La vida está hecha de esas pequeñas traiciones a nuestras grandes teorías.

Quizá esa sea la ironía definitiva de Rigaut.

Quiso convertir la muerte en una certeza.

Pero la vida se le escapaba continuamente por pequeñas grietas.

En una conversación.

En una amistad.

En una botella.

En una página.

En una calle de París.

Porque vivir no siempre necesita una gran razón.

A veces basta con una pequeña interrupción.


Un café.

Un perro cruzando la calle.

La lluvia contra una ventana.

La mano de alguien sobre nuestro hombro.

Una frase que todavía no hemos leído.

Un libro que todavía no hemos abierto.

La llamada de alguien que no esperábamos.

No son respuestas filosóficas.

Son cosas mucho más humildes.

Y quizá por eso funcionan.

Rigaut dejó pocas páginas.

Pero dejó una pregunta enorme.


¿Tenemos que encontrar un sentido para justificar nuestra existencia?

Tal vez no.

Tal vez la vida no sea un problema matemático que debamos resolver antes de poder continuar.

Tal vez sea más parecida a una novela que se escribe mientras la estamos leyendo.

Y una novela no necesita saber cómo terminará para que pasemos la página.

Rigaut convirtió su muerte en literatura.

Nosotros podemos cometer la operación inversa:

convertir nuestra vida en literatura.

No porque todo tenga sentido.

Sino precisamente porque no lo tiene.

Porque hay algo profundamente humano en continuar sin garantías.

Caminar sin mapa.

Amar sabiendo que perderemos.

Correr sabiendo que algún día las piernas dejarán de responder.

Leer sabiendo que nunca alcanzaremos todos los libros.

Despertar sabiendo que algún día no despertaremos.

Y aun así abrir los ojos.

Quizá vivir sea eso.

No derrotar a la muerte.

Eso es imposible.

Sino mirarla de vez en cuando, reconocer que está ahí, y después volver la cabeza hacia la ventana.

Porque todavía llueve.

Porque todavía queda café.

Porque alguien nos espera.

Porque hay un libro sobre la mesa.

Porque la tarde todavía no termina.

Y porque, contra toda lógica, todavía estamos aquí. 

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