domingo, 4 de octubre de 2026


«Porque mil años delante de tus ojos son como el día de ayer que pasó, y como una vigilia de la noche.»
— Salmo 90:4

 

1. El contraste es brutal: mil años frente a una noche

El salmista no intenta hacer una equivalencia matemática. Está utilizando una imagen poética para producir una desproporción:

1000 años → un día → unas horas de la noche.

Para nosotros, mil años son una cantidad casi inimaginable. Son civilizaciones enteras: nacimientos, guerras, imperios, generaciones, ciudades que aparecen y desaparecen.

Pero desde la perspectiva divina, ese lapso es presentado como algo fugaz.

La idea no es simplemente «Dios vive mucho tiempo», sino algo más radical:

Dios no experimenta el tiempo como nosotros.

2. «Delante de tus ojos»

Esta expresión es particularmente interesante.

El salmista no dice simplemente «para Dios», sino «delante de tus ojos».

Hay una imagen de alguien contemplando la historia desde fuera de nuestra escala temporal. Nosotros estamos metidos dentro de ella; Dios aparece como quien puede contemplarla en otra dimensión temporal.

Es parecido a la diferencia entre:

  • vivir una película escena por escena, y

  • tener toda la película delante de los ojos.

No significa necesariamente que esa sea una explicación metafísica literal de cómo funciona la percepción divina; es una manera humana de expresar la enorme diferencia entre la temporalidad humana y la divina.

3. Y aquí aparece algo incómodo: nuestra vida es todavía más pequeña

El contexto del Salmo 90 hace que el versículo sea mucho más potente.

Unos versos antes dice:

«Antes que naciesen los montes y formases la tierra y el mundo, desde el siglo y hasta el siglo, tú eres Dios.»

Y poco después aparece la famosa imagen:

«Los días de nuestra edad son setenta años; y si en los más robustos son ochenta años…»

Entonces tenemos tres escalas:

Dios → mil años → vida humana.

Y el efecto es demoledor.

Si mil años son como un día para Dios, ¿qué representa una vida humana de 70 u 80 años?

Una pequeña fracción de ese «día».

4. Pero el mensaje no es simplemente «eres insignificante»

Aquí está lo interesante.

El Salmo 90 no utiliza esta comparación solamente para humillar al ser humano. La utiliza para conducirlo hacia otra pregunta:

¿Qué hacemos con el poco tiempo que tenemos?

Más adelante aparece:

«Enséñanos de tal modo a contar nuestros días, que traigamos al corazón sabiduría.»

Ahí está,  el verdadero centro filosófico del pasaje.

Contar nuestros días no significa obsesionarnos con cuánto tiempo nos queda. Significa aprender a valorar el tiempo que tenemos.

La conciencia de nuestra brevedad puede producir dos respuestas completamente distintas:

«Nada importa porque somos pequeños.»

o:

«Precisamente porque somos temporales, importa lo que hacemos con nuestro tiempo.»

El salmo apuesta por la segunda.

5. Hay una paradoja preciosa

El ser humano sabe que su vida es breve y, sin embargo, vive muchas veces como si fuera interminable.

Planeamos para dentro de 20 años, acumulamos cosas, discutimos por pequeñas ofensas, perseguimos prestigio, nos preocupamos por lo que otros piensan...

Y mientras tanto, el reloj sigue avanzando.

Por eso el versículo puede leerse incluso fuera de la fe religiosa como una reflexión sobre nuestra relación con el tiempo:

Lo que para nosotros parece enorme puede ser insignificante desde una escala temporal mucho mayor.

Una vida humana es brevísima comparada con la historia de la Tierra; la historia de una civilización es brevísima frente a la edad del planeta; y el planeta mismo es brevísimo frente a la escala cósmica.

Y, sin embargo, esa pequeñez no elimina el valor de la experiencia humana.

6. Y aquí conecta con una idea

Hay algo que se parece mucho  sobre vivir con más conciencia y no simplemente acumular años.

El salmo no pide:

«Danos más días.»

Pide:

«Enséñanos a contar nuestros días.»

Es una diferencia enorme.

No necesariamente necesitamos más tiempo para vivir mejor.

Necesitamos comprender mejor el tiempo que tenemos.

Y quizá ahí está la paradoja más hermosa del versículo:

Desde la eternidad, mil años son como ayer.
Desde nuestra existencia limitada, un solo día puede contener una vida entera.

Por eso el Salmo 90 no es solamente un poema sobre la eternidad de Dios. También es, en el fondo, un tratado brevísimo sobre la finitud humana y sobre la necesidad de vivir despiertos.

 Imagina un hormiguero. Una hormiga puede pasar toda su vida caminando alrededor de una estructura construida por humanos sin tener la menor posibilidad de comprender que existe una ciudad, una economía o una persona que la está observando.

Ahora invierte la situación.

Nosotros somos capaces de estudiar galaxias, detectar planetas a miles de años luz y construir modelos del universo. Pero nuestra inteligencia sigue siendo la de una especie que evolucionó para sobrevivir en un planeta, no para comprender cualquier fenómeno posible.

Podría existir una inteligencia muchísimo más avanzada que nosotros y la diferencia podría ser tan grande que:

  • No reconoceríamos sus actividades como actividades.
  • No tendríamos los sentidos adecuados para detectarla.
  • Sus escalas de tiempo podrían ser incomprensibles para nosotros.
  • Podría comunicarse mediante fenómenos que interpretamos como naturales.
  • Quizá ni siquiera tuviera una forma física semejante a la nuestra.

Es parecido a lo que ocurre con los insectos. Una hormiga no necesita que un humano se esconda deliberadamente para no ser detectado por ella. Simplemente carece del aparato conceptual y sensorial para comprender lo que tiene delante.

Y aquí aparece una idea todavía más inquietante:

Que no hayamos encontrado una inteligencia extraterrestre no significa necesariamente que no exista; podría significar que todavía no sabemos qué sería exactamente "encontrarla".

Incluso podríamos estar buscando algo demasiado parecido a nosotros: señales de radio, naves, estructuras, mensajes, tecnología... cuando una civilización mucho más avanzada quizá no tendría ninguna razón para utilizar algo de eso.

Hay además una vuelta filosófica preciosa: nosotros mismos ya somos prueba de que puede existir una inteligencia que otro organismo no comprende. Una bacteria vive en nuestro cuerpo sin tener la menor representación de que existe un ser humano. Para ella, nosotros no somos "un misterio": simplemente somos parte del entorno.

Entonces quizá la pregunta más profunda no sea:

"¿Dónde están los extraterrestres?"

sino:

"¿Qué cosas existen a nuestro alrededor que nuestra inteligencia todavía no tiene capacidad para reconocer como inteligencia?"

Y eso conecta muy bien con aquella idea  de que nuestra percepción del mundo no es el mundo, sino solamente la porción del mundo que nuestros sentidos y nuestro cerebro son capaces de convertir en experiencia.

 


Jacques Rigaut: el hombre que llevaba la muerte en la solapa

Hablar de Jacques Rigaut es entrar en una habitación donde alguien ha dejado una ventana abierta durante la noche. Hace frío. Las cortinas se mueven apenas. No sabemos quién estuvo allí, pero sabemos que alguien estuvo pensando en la muerte.

Rigaut nació en París en 1898 y murió treinta años después. Entre esas dos fechas vivió como si la existencia fuera una habitación de hotel que nunca pensaba decorar.

Fue soldado, escritor, dandi, bebedor, consumidor de drogas, amigo de los surrealistas y de los dadaístas. Conoció a Breton, Aragon, Tzara, Man Ray. Pero nunca pareció demasiado interesado en construir una carrera literaria.

Quizá porque había comprendido demasiado pronto que una carrera es una forma elegante de decir:

“Mañana seguiré aquí.”

Y Rigaut no estaba dispuesto a hacer esa promesa.

Había algo profundamente moderno en él.

Vivió después de una guerra que había convertido Europa en un enorme cementerio. Su generación había visto morir a millones de hombres en nombre de palabras solemnes: patria, honor, civilización, gloria.

Después de semejante carnicería, era difícil creer demasiado en los discursos.

Los dadaístas respondieron destruyendo el lenguaje.

Rigaut quiso ir un poco más lejos.

Parecía querer destruir la obligación misma de encontrar sentido.

Mientras otros artistas buscaban una nueva manera de pintar, escribir o pensar, Rigaut parecía preguntar:

¿Y si el problema no fuera el arte?
¿Y si el problema fuera estar vivo?


No era una pregunta cómoda.

Tampoco necesitaba serlo.

Rigaut hizo del suicidio una presencia cotidiana.


No lo escondía detrás de las cortinas como hacemos habitualmente con nuestras angustias. Lo sentaba a la mesa.

Hablaba de él.

Escribía sobre él.

Bromeaba con él.

Incluso imaginó una absurda Agencia General del Suicidio, como si la muerte pudiera contratarse en una oficina y alguien pudiera entregarnos un formulario para abandonar la existencia.

La idea tiene algo de cómico.

Y precisamente por eso resulta terrible.

Porque el humor de Rigaut no pretendía quitarle importancia a la muerte.

Pretendía quitarle solemnidad.

La muerte, pensaba, también podía convertirse en una institución absurda.

Una oficina.

Un trámite.

Una firma.

Un sello.

Gracias por su preferencia. Vuelva pronto.

Pero quizá Rigaut no quería morir tanto como quería escapar de la obligación de encontrar una razón para vivir.

Y ahí comienza el verdadero laberinto.


Porque todos recibimos, desde niños, una pequeña lista de instrucciones:

estudia, trabaja, ama, compra una casa, forma una familia, envejece, jubílate.

Y, mientras tanto, procura no preguntar demasiado.

Rigaut preguntó.

Y las preguntas, cuando uno las hace de verdad, tienen la mala costumbre de quitarle pintura a las paredes.

¿Qué sentido tiene todo esto?

¿Por qué debo continuar?

¿Quién decidió que vivir es preferible a morir?

¿Y si no encuentro una respuesta?

El problema de Rigaut no fue que no tuviera respuestas.

Fue que no aceptaba respuestas prestadas.


Hay personas que atraviesan una crisis y buscan inmediatamente una solución.

Rigaut parecía hacer lo contrario.

Se sentaba dentro de la crisis.

La contemplaba.

La convertía en literatura.

La convertía en personaje.

La convertía en una forma de elegancia.

Ahí está su peligro.

Porque el nihilismo puede ser seductor.

Tiene una estética impecable.

Nada importa.

Todo es absurdo.

La existencia no tiene sentido.

¿Por qué preocuparse?

Parece una liberación.

Hasta que uno descubre que, si nada importa, tampoco importa levantarse de la cama.

El nihilismo puede comenzar como una rebelión contra las mentiras y terminar convertido en una cárcel construida con las propias preguntas.

Rigaut tenía treinta años cuando murió.

Treinta.

La edad en que muchos todavía están descubriendo quiénes son.

Él ya había convertido su propia desaparición en una especie de personaje literario.

Pero hay algo que me interesa más que su muerte.

Su vida.

Porque entre una idea y su cumplimiento existe un territorio enorme.

El territorio donde uno bebe café.

Camina por París.

Se enamora.

Discute.

Lee.

Se aburre.

Ríe.

Mira una ventana.

Escucha una canción.

Se encuentra con un amigo.

Se despierta una mañana y, por alguna razón inexplicable, decide quedarse.

La vida está hecha de esas pequeñas traiciones a nuestras grandes teorías.

Quizá esa sea la ironía definitiva de Rigaut.

Quiso convertir la muerte en una certeza.

Pero la vida se le escapaba continuamente por pequeñas grietas.

En una conversación.

En una amistad.

En una botella.

En una página.

En una calle de París.

Porque vivir no siempre necesita una gran razón.

A veces basta con una pequeña interrupción.


Un café.

Un perro cruzando la calle.

La lluvia contra una ventana.

La mano de alguien sobre nuestro hombro.

Una frase que todavía no hemos leído.

Un libro que todavía no hemos abierto.

La llamada de alguien que no esperábamos.

No son respuestas filosóficas.

Son cosas mucho más humildes.

Y quizá por eso funcionan.

Rigaut dejó pocas páginas.

Pero dejó una pregunta enorme.


¿Tenemos que encontrar un sentido para justificar nuestra existencia?

Tal vez no.

Tal vez la vida no sea un problema matemático que debamos resolver antes de poder continuar.

Tal vez sea más parecida a una novela que se escribe mientras la estamos leyendo.

Y una novela no necesita saber cómo terminará para que pasemos la página.

Rigaut convirtió su muerte en literatura.

Nosotros podemos cometer la operación inversa:

convertir nuestra vida en literatura.

No porque todo tenga sentido.

Sino precisamente porque no lo tiene.

Porque hay algo profundamente humano en continuar sin garantías.

Caminar sin mapa.

Amar sabiendo que perderemos.

Correr sabiendo que algún día las piernas dejarán de responder.

Leer sabiendo que nunca alcanzaremos todos los libros.

Despertar sabiendo que algún día no despertaremos.

Y aun así abrir los ojos.

Quizá vivir sea eso.

No derrotar a la muerte.

Eso es imposible.

Sino mirarla de vez en cuando, reconocer que está ahí, y después volver la cabeza hacia la ventana.

Porque todavía llueve.

Porque todavía queda café.

Porque alguien nos espera.

Porque hay un libro sobre la mesa.

Porque la tarde todavía no termina.

Y porque, contra toda lógica, todavía estamos aquí. 

Archivo del blog

Buscar este blog