sábado, 30 de octubre de 2021

 Ya señaló Wittgenstein que, como nuestros objetivos no son elevados, sino ilusorios, nuestros problemas no son difíciles sino absurdos.


Esta frase de Ludwig Wittgenstein es una crítica demoledora a la manera en que los seres humanos fabricamos muchos de nuestros propios conflictos.

Hay dos ideas centrales.

1. La diferencia entre "elevado" e "ilusorio"

Un objetivo elevado puede ser buscar la verdad, la justicia, la belleza, el conocimiento o el amor. Son metas difíciles, pero reales. Nunca se alcanzan por completo, pero orientan la vida.

Un objetivo ilusorio, en cambio, es perseguir algo que en realidad no puede satisfacer lo que promete:

  • querer controlar completamente el futuro;

  • aspirar a la aprobación universal;

  • desear una felicidad permanente;

  • creer que el éxito eliminará toda angustia;

  • pensar que existe una respuesta definitiva para todas las dudas.

No son metas altas; son espejismos.

2. Los problemas absurdos

Si uno persigue una ilusión, inevitablemente aparecen problemas insolubles.

Por ejemplo:

  • "¿Cómo hago para que nadie me critique jamás?"

  • "¿Cómo consigo estar siempre seguro de que tomé la decisión correcta?"

  • "¿Cómo elimino toda posibilidad de fracaso?"

Estos problemas parecen enormes, pero nacen de un supuesto equivocado. Son absurdos porque intentan resolver algo imposible.

Aquí se ve la influencia del pensamiento de Wittgenstein: muchas dificultades filosóficas desaparecen cuando advertimos que la pregunta misma estaba mal planteada.

Un ejemplo cotidiano

Imagina a alguien obsesionado con ser perfecto.

Cada error se convierte en una tragedia.

Cada comparación con otros produce ansiedad.

Cada crítica parece una amenaza.

El problema no es que la perfección sea difícil de alcanzar.

El problema es que la perfección absoluta es una ficción. Toda la angustia descansa sobre un objetivo ilusorio.

Relación con la filosofía de Wittgenstein

En obras como Investigaciones filosóficas, Wittgenstein sostenía que muchos problemas filosóficos no se resuelven encontrando una respuesta más ingeniosa, sino mostrando que surgieron por un mal uso del lenguaje o por una confusión conceptual. La tarea del filósofo es, en cierto sentido, disolver el problema, no resolverlo.

Esta frase aplica esa intuición al terreno de la vida: quizá no necesitamos más inteligencia para resolver ciertos conflictos; necesitamos examinar si la meta que perseguimos tiene sentido.

Una reflexión final

La frase encierra una invitación exigente: antes de preguntarnos "¿cómo logro esto?", conviene preguntarnos "¿vale la pena querer esto?".

A veces creemos estar enfrentando el desafío más difícil de nuestra vida, cuando en realidad estamos intentando satisfacer una ilusión. Si abandonamos esa ilusión, no es que el problema se vuelva fácil: simplemente deja de existir. Esa es una de las lecciones más profundas que puede extraerse del espíritu de Wittgenstein.

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