viernes, 11 de noviembre de 2022

Orhan Pamuk

 




«Dos años antes de su muerte, mi padre me entregó una pequeña maleta que contenía sus escritos, manuscritos y cuadernos. Asumiendo su habitual tono jocoso y burlón, me dijo que quería que los leyera después de que él se hubiera ido, es decir, después de que hubiera muerto. “Sólo échales un vistazo”, dijo, mostrándose un poco avergonzado: “Fíjate si adentro hay algo que pueda servir. Tal vez después de que me vaya, puedas hacer una selección y publicarla”.

Estábamos en mi estudio, rodeados de libros. Mi padre buscaba un lugar donde dejar la maleta, yendo y viniendo como un hombre que quiere liberarse de una carga dolorosa. Finalmente, la depositó silenciosamente en un rincón donde no molestaba. Fue un momento de pudor que ninguno de los dos olvidó jamás, pero una vez que hubo pasado y que nosotros volvimos a nuestros roles habituales, a tomar la vida alegremente, nuestros personajes jocosos y burlones se hicieron cargo y nos relajamos. Hablamos como siempre lo hacíamos, sobre las cosas insignificantes de la vida cotidiana, y de los interminables problemas políticos de Turquía, y de los –en su mayoría- fallidos y arriesgados negocios de mi padre, sin sentir demasiado pesar.

Recuerdo que, después de que mi padre se fue, pasé varios días caminando de aquí para allá delante de la maleta sin tocarla ni una sola vez. Ya estaba yo familiarizado con la pequeña maleta de cuero negro, su cerradura y sus ángulos redondeados. Mi padre la llevaba con él en viajes cortos y, a veces, la utilizaba para acarrear documentos al trabajo. Me acordé que cuando era niño y mi padre volvía a casa después de un viaje yo abría su pequeña maleta y hurgaba entre sus cosas, deleitándome con el olor a colonia y a países extranjeros. Esta maleta era una amiga conocida, un poderoso recordatorio de mi infancia, de mi pasado, pero en ese momento no podía tocarla. ¿Por qué? Sin duda, era por el misterioso peso de su contenido.

Voy a hablar ahora del significado de ese peso. Es lo que una persona crea cuando se encierra en un cuarto, se sienta delante de una mesa y se retira a un rincón para expresar sus pensamientos, o sea, del significado de la literatura.

Cuando pude tocar la maleta de mi padre seguí sin poder abrirla mas yo sabía lo que había adentro de algunos de esos cuadernos. Yo había visto a mi padre escribiendo cosas en algunos de ellos. No era ésta la primera vez que había oído sobre la pesada carga de dentro de la maleta. Mi padre tenía una gran biblioteca en su juventud; hacia finales de 1940, él había querido ser un poeta de Estambul y había traducido al turco a Valery, pero no había querido vivir la clase de vida que acompaña el escribir poesía en un país pobre, con pocos lectores. El padre de mi padre, mi abuelo, había sido un acaudalado hombre de negocios; mi padre había llevado una vida holgada de niño y de joven y no tenía el menor deseo de soportar penurias en nombre de la literatura, por el placer de escribir. Amaba la vida con todas sus bellezas; así lo entendía yo.

Lo primero que me mantuvo alejado del contenido de la maleta de mi padre fue, claro está, el temor de que pudiera no gustarme lo que leyese. Debido a que mi padre lo sabía, había tomado la precaución de comportarse como si él no tomara en serio su contenido. Después de trabajar como escritor durante veinticinco años, me dolió comprender esto. Pero no quise enojarme con mi padre por dejar de tomar la literatura con la debida seriedad. Mi verdadero temor, el tema crucial que en verdad no quería conocer ni averiguar, era la posibilidad de que mi padre pudiera ser un buen escritor. No podía abrir la maleta de mi padre porque temía esto. Peor aún, no podía ni siquiera reconocerlo abiertamente ante mí mismo. Si de la maleta de mi padre surgía la auténtica y gran literatura , hubiera tenido que admitir que adentro de mi padre existía un hombre totalmente distinto. Era una posibilidad aterradora. Porque incluso a mi avanzada edad, yo quería que mi padre fuera sólo mi padre, no un escritor.

Un escritor es alguien que pasa años intentando, pacientemente, descubrir al otro ser que hay dentro suyo y al mundo que lo hace ser quien es: cuando hablo de escribir, lo primero que me viene a la mente no es una novela, un poema o la tradición literaria, es la persona que se encierra en un cuarto, se sienta ante una mesa y, solo, se ensimisma; de entre las sombras, construye un mundo nuevo con palabras. Este hombre, o esta mujer, puede usar una máquina de escribir, beneficiarse de las ventajas de la computadora, o escribir con lapicera sobre el papel como lo he hecho yo durante treinta años. Cuando escribe puede tomar té o café, o fumar cigarrillos. Cada tanto puede levantarse de la mesa y contemplar, a través de la ventana, a los niños que juegan en la calle, y si es afortunado, los árboles y el paisaje, o puede clavar la mirada en una pared negra. Puede escribir poemas, obras de teatro o novelas, igual que yo. Todas estas diferencias vienen después del imperioso deber de sentarse a la mesa y, pacientemente, volcarse hacia adentro de uno, ensimismarse. Escribir es volcar en palabras esta mirada introspectiva, es estudiar el mundo en el que esta persona se mueve cuando se recluye en sí misma, y hacerlo con paciencia, con obstinación, con júbilo. Cuando me siento ante mi mesa, durante días, meses, años, incorporando lentamente nuevas palabras a la página en blanco, siento que estoy creando un mundo nuevo, que estoy trayendo a la vida a aquella otra persona que existe dentro mío, de la misma manera en que alguien podría construir un puente o una cúpula, piedra por piedra. Las piedras que usan los escritores son las palabras. Cuando las sostenemos en nuestras manos, intuyendo los caminos por los que cada una de ellas se conecta con las demás, mirándolas a veces de lejos, a veces casi acariciándolas con nuestros dedos y las puntas de nuestras lapiceras, sopesándolas, cambiándolas de lugar, durante años seguidos, con paciencia y con esperanza, estamos creando mundos nuevos.

El secreto del escritor no es la inspiración, ya que nunca se sabe de dónde proviene, es su obstinación, su paciencia. Me parece que ese encantador dicho turco que dice “cavar un manantial con una aguja” ha sido acuñado teniendo a los escritores en mente. Amo la paciencia de Ferhat, que en los relatos antiguos excavaba las montañas por su amor, y también lo entiendo. En mi novela “Me llamo Rojo”, en la que escribí sobre los antiguos miniaturistas persas que habían dibujado, con la misma pasión y memorizando cada trazo, el mismo caballo durante tantos, tantos años que podían volver a crear aquel hermoso caballo incluso con los ojos cerrados, supe que estaba hablando sobre el oficio de escribir y sobre mi propia vida. Si el escritor está para contar su propia fábula, que la cuente lentamente, como si fuera una narración sobre otras personas; si está para percibir que la energía del relato se levanta dentro suyo, si está para sentarse ante una mesa y consagrarse, pacientemente, a este arte, tiene ,en primer lugar, que haber recibido alguna esperanza. El ángel de la inspiración (que visita asiduamente a unos y casi nunca a otros) favorece al que está lleno de esperanzas y al seguro de sí mismo, y cuando el escritor se siente sumamente solo y se siente muy inseguro de sus esfuerzos, de sus sueños, del valor de su escritura, y cuando el escritor cree que su cuento es sólo su historia, es entonces cuando el ángel elige revelarle historias, imágenes y sueños que harán surgir el mundo que él quiere construir. Pienso otra vez en los libros a los que he consagrado mi vida entera y me siento muy sorprendido por esos momentos en los que he sentido que las frases, los sueños y las páginas que me han hecho tan exaltadamente feliz no han salido de mi propia imaginación , que otra fuerza los ha descubierto y, generosamente, me los ha obsequiado.

Tenía miedo de abrir la maleta de mi padre y de leer sus cuadernos porque yo sabía que él no soportaría las dificultades que yo había sobrellevado, sabía que lo que él amaba no era la soledad sino el juntarse con amigos, el gentío, los salones, las bromas, la compañía. Tiempo después, mis pensamientos tomaron otro rumbo. Esos pensamientos, esos sueños de abnegación y paciencia eran prejuicios que yo había inferido de mi propia vida y de mi propia vivencia como escritor. Había un montón de escritores brillantes que escribían rodeados de muchedumbres y de vida familiar, en el fervor de la compañía y de la conversación despreocupada. Además, cuando éramos jóvenes, mi padre se había aburrido de la monotonía de la vida familiar y nos había dejado para irse a París donde, como otros tantos escritores, se había sentado en su cuarto de hotel a llenar cuadernos. Yo sabía, también, que algunos de esos mismos cuadernos estaban en la maleta porque, durante los años anteriores a que me los diera, mi padre había empezado a hablarme, finalmente, de esa etapa de su vida. Hablaba sobre esos años cuando yo era aún niño, pero no decía una palabra de sus vulnerabilidades, de sus sueños de convertirse en escritor o de las dudas de identidad que lo habían atormentado en su cuarto de hotel. Me hablaba, en cambio, de las veces que había visto a Sartre en las veredas de París, de los libros que había leído y las películas que había visto, con la sinceridad entusiasta del que transmite novedades muy importantes. Cuando me transformé en escritor, nunca olvidé que esto había sido posible gracias , en parte , a que tenía un padre que hablaba muchísimo más sobre los escritores del mundo que sobre los bajáes ( N.T: Pashá: título honorario en Turquía. En español, “bajá”) o sobre los grandes líderes religiosos. Por tanto, yo debía leer los cuadernos de mi padre teniendo esto en mente y recordando cuán en deuda estaba yo con su gran biblioteca. Tenía que tener presente que cuando él vivía con nosotros, mi padre, como yo, disfrutaba del hecho de estar solo, con sus libros y sus pensamientos, y tampoco debía yo prestarle demasiada atención a la calidad literaria de sus escritos.

Pero cuando clavé ansiosamente mi mirada en la maleta que mi padre me había legado, supe que ésa era la única cosa que yo no podía hacer. A veces, mi padre se tendía en el sofá frente a sus libros, dejaba caer en sus manos el libro o la publicación y se abandonaba a la deriva como en un sueño, absorto en sus propios pensamientos durante larguísimo tiempo. Cuando vi en su cara una expresión completamente distinta a la que él tenía entre las bromas, las molestias y los altercados de la vida familiar, cuando vi las primeras señales de la mirada introspectiva, especialmente durante mi infancia y primera juventud, comprendí, azorado, que mi padre estaba insatisfecho. Ahora, tantos años después, sé que esa insatisfacción es el rasgo fundamental que convierte a una persona en escritor. No son suficientes la paciencia y el esfuerzo para llegar a ser un escritor: primero debemos sentirnos forzados a huir de las muchedumbres, de la compañía, de las cosas de la vida cotidiana y encerrarnos en un cuarto. Anhelamos paciencia y esperanza para poder crear un mundo intenso en nuestra escritura, pero lo que nos impulsa a ponernos en movimiento es el deseo de recluirnos en un cuarto. El precursor de este tipo de escritor independiente que lee sus libros para satisfacción de su corazón , que al escuchar sólo la voz de su conciencia discute con las palabras de otro, que al entrar en conversación con sus libros desarrolla su propio pensamiento y su propio mundo, fue , con certeza, Montaigne en los tempranos días de la literatura moderna. Montaigne fue un escritor al que mi padre volvía con frecuencia, un escritor que él me recomendó. Me gustaría considerarme como perteneciente a la tradición de escritores que, donde sea que estén en el mundo, en Oriente ú Occidente, se aíslan de la sociedad y se encierran con sus libros en sus cuartos. El punto de partida de la verdadera literatura es el hombre que se recluye en su cuarto con sus libros.

Pero una vez que nos hemos encerrado bajo llave, descubrimos rápidamente que no estamos tan solos como creíamos. Estamos en compañía de las palabras de aquellos que llegaron antes que nosotros, de las relatos de otros pueblos, de los libros de otra gente, de las palabras de otras personas, de eso que llamamos tradición. Creo que la literatura es el más valioso tesoro escondido que la humanidad ha cosechado en esa búsqueda para entenderse a sí misma. Las comunidades, las tribus y los pueblos crecen mas inteligentes, mas ricos y mas desarrollados cuando prestan atención a las afligidas palabras de sus autores y, como todos sabemos, la quema de libros y la denigración de los escritores son señales de que el oscurantismo y las épocas impróvidas están sobre nosotros. Pero la literatura no es nunca sólo un asunto nacional. El escritor que se recluye en su cuarto y, antes que nada, emprende un viaje por el interior de sí mismo descubrirá, con el transcurrir de los años, el poder inmortal de la literatura. Primero debemos viajar a través de los relatos y de los libros de otros pueblos.

Mi padre tenía una buena biblioteca, 1.500 volúmenes en total, más que suficiente para un escritor. Tal vez yo no había leído todos ellos cuando tenía veintidós años, pero estaba familiarizado con cada libro; sabía cuáles eran importantes, cuáles superficiales y fáciles de leer, cuáles eran los clásicos, cuáles una parte fundamental de toda educación, cuáles eran intrascendentes pero maravillosas narraciones de la historia local y cuáles autores franceses tenía mi padre en muy alta estima. A veces, yo miraba la biblioteca desde lejos e imaginaba que , un día, en otra casa, yo edificaría mi propia biblioteca, una biblioteca aún mejor, que me construiría un mundo. Cuando miraba desde lejos la biblioteca de mi padre, me parecía una imagen pequeña del mundo real. Pero era un mundo visto desde nuestro propio ángulo, desde Estambul. La biblioteca era una prueba de esto. Mi padre había levantado su biblioteca desde sus viajes al exterior, en su mayor parte con libros de París y de América, pero también con libros adquiridos en las tiendas que vendían libros en idiomas extranjeros en las décadas del 40 y del 50 y de los libreros de nuevo y de viejo de Estambul, a los que también yo conocía. Mi mundo es una mezcla de lo local, lo nacional con Occidente. En la década del 70 comencé, también y un poco ambiciosamente, a levantar mi propia biblioteca. No tenía totalmente decidido si me convertiría en escritor, como lo conté en “Estambul” , y había llegado a darme cuenta que, después de todo, no llegaría a ser pintor aunque tampoco estaba seguro del rumbo que tomaría mi vida. Había, dentro mío, una curiosidad implacable, un anhelo de esperanza que me llevaba a leer y a aprender pero, al mismo tiempo, sentía que mi vida, de alguna manera, estaba incompleta, y que yo no podría vivir como los demás. Parte de ese sentimiento se relacionaba con lo que yo sentía cuando contemplaba la biblioteca de mi padre: estar viviendo lejos del centro de las cosas y, como todos los que vivíamos en Estambul en esos días estábamos destinados a sentir ese sentimiento de vivir en la periferia, en las provincias. Había otra razón para sentirme perturbado y un tanto incompleto ya que yo sabía, también demasiado bien, que vivía en un país que mostraba poco interés por sus artistas, fueran ellos pintores o escritores, y eso no les daba esperanzas. En la década del 70, cuando tomé el dinero que mi padre me dio y compré con voracidad libros descoloridos, polvorientos, con las puntas dobladas por el uso a los libreros de viejo de Estambul, me sentía tan conmovido por la deplorable condición de estas librerías de segunda mano y por el desesperante desaliño de los pobres, enmugrecidos libreros que desplegaban sus mercancías en la orilla de los caminos, en los atrios de las mezquitas y en los huecos de paredes que se derrumbaban como conmovido estaba por sus libros.

En lo que respecta a mi lugar en el mundo, en la vida como en la literatura mi sentimiento de base era que yo “no estaba en el centro”. En el centro del mundo había una vida más rica y más estimulante que la nuestra, y yo estaba afuera de ella, junto a todo Estambul, a toda Turquía. Hoy creo que comparto ese sentimiento con la mayoría de la personas del mundo. De la misma manera, había una literatura universal y su centro, también, estaba muy, muy lejos de mí. En realidad, lo que yo tenía en mente era la literatura occidental, no la universal, y nosotros los turcos estábamos excluidos de ella. La biblioteca de mi padre lo atestigua. En una punta, estaban los libros de Estambul, nuestra literatura , nuestro mundo limitado con cada amado detalle y , en la otra punta, estaban los libros de ese otro mundo, el occidental, al que el nuestro no se parecía, por el que nuestra falta de semejanza nos daba tanto dolor como esperanza. Escribir, leer, era como abandonar un mundo para encontrar consuelo en la otredad, en lo ajeno y lo maravilloso del otro mundo. Sentí que mi padre había leído novelas para huir de su vida y fugarse hacia Occidente, tal como lo haría yo años después. O , creía , en esos días, que los libros eran objetos que levantábamos para huir de nuestra propia cultura, a la que encontrábamos muy defectuosa. No fue sólo para leer que dejé atrás nuestras vidas en Estambul para viajar a Occidente, fue también para escribir. Para llenar esos cuadernos suyos, mi padre había ido a París, se había encerrado en su cuarto y después había llevado sus escritos de regreso a Turquía. Cuando miré la maleta de mi padre, me pareció que ella era la que me provocaba desasosiego. Después de trabajar durante veinticinco años en un cuarto para sobrevivir en Turquía como escritor, me irritaba ver que mi padre ocultaba dentro de esta maleta sus reflexiones profundas, que se comportaba como si escribir fuese un trabajo que debía hacerse en secreto, lejos de los ojos de la sociedad, del estado, de la gente. Quizá éste fue el motivo principal por el que me enojé con mi padre, por que no tomaba la literatura con la seriedad con que la tomé yo.

En realidad, yo estaba enojado con mi padre porque él no había llevado una vida como la mía, porque él nunca se había conflictuado con su vida y había pasado su existencia riendo alegremente con sus amigos y sus seres queridos. Pero una parte de mí sabía que yo podría haber dicho también que no estaba tan enojado cuanto celoso, que el segundo adjetivo era más preciso, y también esto me ponía incómodo. Así estaba cuándo me pregunté a mí mismo, con mi voz habitual, despectiva é irritada: “¿Qué es la felicidad? ¿Creía la felicidad que yo llevaba una vida intensa en ese cuarto solitario? ó ¿Llevaba la felicidad una existencia cómoda en la sociedad, creía en las mismas cosas en las que creía cualquier otro, o se comportaba como lo harías tú? El ir por la vida escribiendo a escondidas, aparentando estar en armonía con todos los demás, ¿era una suerte o una desgracia?” Pero preguntas demasiado punzantes. ¿De dónde había sacado yo la idea de que la felicidad era la medida de una buena vida? La gente, los escritos, todo el mundo actuaba como si el parámetro más importante de la vida fuera la felicidad. Esto sólo, ¿no insinuaba ya que podía valer la pena tratar de averiguar si la verdad estaba, precisamente, en lo opuesto? Después de todo, mi padre se había escapado de su familia tantas veces que ¿hasta donde lo conocía yo bien? ¿hasta dónde podía yo decir que yo entendía su desasosiego?

Esto era lo que impulsó a abrir la maleta de mi padre por primera vez. ¿Tenía mi padre un secreto, una desgracia en su vida sobre la que yo nada sabía , algo que sólo podía soportar volcándolo en la escritura? En cuanto abrí la maleta, recordé su fragancia a viaje, reconocí varios cuadernos y advertí que mi padre me los había enseñado años antes, pero sin explayarse mucho sobre ellos. La mayoría de los cuadernos que en ese momento tenía en mis manos, los había llenado cuando nos había dejado y había marchado a París cuando era joven. Por cierto yo, como muchos escritores que admiraba, escritores cuyas biografías había leído, quería conocer lo que mi padre había escrito, y lo que había pensado, cuando tenía la edad que yo tenía en ese momento. No tardé en darme cuenta que no encontraría nada de eso allí. Lo que me causó mayor inquietud fue que, en distintas partes de los escritos de mi padre, aquí y allá, me encontré con una voz impostada. Me dije a mí mismo que ésa no era la voz de mi padre; que no era auténtica ó, al menos, no pertenecía al hombre que yo había conocido como mi padre. Debajo del temor de que mi padre no hubiera sido mi padre cuando escribía, había un miedo más profundo: miedo a no ser auténtico en lo profundo de mi interior, miedo a no encontrar nada bueno en los escritos de mi padre, miedo a descubrir que mi padre estuviera demasiado influenciado por otros escritores y que me hubiera empujado a la desesperación que me había angustiado tan cruelmente cuando yo era joven, poniendo en duda mi vida, mi propia persona, mi deseo de escribir y mi trabajo. Durante mis primeros diez años de escritor , sentí esas angustias con mayor intensidad: incluso cuando las rechazaba, yo tenia miedo de que, algún día, tuviera que admitir la derrota, tal como había pasado con la pintura y, rindiéndome al desasosiego, dejar también de escribir novelas.

He mencionado ya los dos elementos esenciales que se agitaban dentro mío cuándo cerré la maleta de mi padre y la puse en un rincón: la sensación de estar abandonado en la periferia y el temor a que me faltara autenticidad. Por cierto, no era ésta la primera vez que ellos se hacían sentir. Durante años, en mi lectura y en mi escritura, yo había estado estudiando, averiguando, profundizando estas emociones en toda su diversidad e impensadas consecuencias, sus terminales nerviosas, sus disparadores y sus muchos matices. Ciertamente, mis espectros habían sido sacudidos por las confusiones, las susceptibilidades y los dolores pasajeros que la vida y los libros iban lanzando sobre mí, más frecuentemente cuando yo era joven. Pero no fue sólo escribiendo libros que llegué a una más plena comprensión de los problemas de autenticidad (como en “Me llamo Rojo” y “El libro negro”), que llegué a un mayor entendimiento de los problemas de la vida en la periferia (como en “Nieve” y “Estambul”). Para mí, ser escritor es reconocer las heridas secretas que llevamos dentro de nosotros, heridas tan secretas que aún nosotros mismos tenemos escasa conciencia de ellas, y , con paciencia , examinarlas, conocerlas, esclarecerlas, adueñarnos de estos dolores y heridas y hacer de ellos una parte consciente de nuestros espíritus y nuestra escritura.

Un escritor habla de cosas que todo el mundo conoce pero que no sabe que conoce. Explorar ese conocimiento, verlo crecer es una cosa agradable. El lector visita un mundo , al mismo tiempo, conocido y milagroso. Cuando el escritor se recluye en un cuarto durante años ininterrumpidos para pulir su arte: crear un mundo , cuando usa sus heridas secretas como punto de partida , él ,lo sepa o no lo sepa, está depositando gran fé en la humanidad. Mi confianza deriva de la creencia en que todos los seres humanos se parecen entre sí, en que los demás cargan con heridas como las mías y en que, en consecuencia, ellos comprenderán. Toda verdadera literatura surge de esta certeza pueril y esperanzada de que todas las personas se parecen entre sí. Cuando un escritor se encierra en un cuarto durante años, sin interrupciones, está proponiendo con su postura una humanidad única, un mundo sin un centro.

Pero como puede verse con la maleta de mi padre y con los pálidos matices de nuestras vidas en Estambul, el mundo sí tenía un centro, y el centro estaba lejos de nosotros. En mis libros he descripto con bastante detalle cómo este hecho fundamental evocaba la sensación checa de provincialismo y cómo, por otro camino, el provincialismo me llevaba a cuestionar mi autenticidad. Sé por experiencia que la gran mayoría de la gente en esta tierra vive con estos mismos sentimientos y sé que muchos sufren más que yo de, incluso más profundos, sentimientos de inferioridad, de falta de seguridad, de una sensación de humillación . Sí: las mayores disyuntivas que enfrenta la humanidad siguen siendo los sin tierra, los sin hogar, el hambre… Pero hoy nuestros televisores y periódicos nos hablan de estos problemas con mayor velocidad y de una manera más simple que lo que la Literatura podría hacerlo jamás. Lo que la literatura más necesita en esta época es hablar e indagar sobre los miedos esenciales de los hombres: el temor de quedar marginado, el miedo a no valer nada y los sentimientos de inutilidad que acompañan a tales temores; las humillaciones, vulnerabilidades, menosprecios, resentimientos y susceptibilidades colectivas y los imaginados agravios, bravatas nacionalistas y la inflación monetaria que son sus herederos más directos… dondequiera que me enfrento a tales opiniones y al lenguaje exagerado e irracional con el que habitualmente se expresan, sé que ellos rozan las tinieblas que hay en mi interior. Con frecuencia hemos visto pueblos, comunidades y naciones que no forman parte del mundo occidental, con los que puedo identificarme fácilmente, sucumbir ante los miedos que a veces los llevan a cometer estupideces, provocadas por su temor a la humillación y por sus susceptibilidades. Sé también que en Occidente, mundo con el que puedo identificarme con igual naturalidad, pueblos y naciones que asumen un orgullo desmedido por su opulencia, por su habernos traído el Renacimiento, la Ilustración, la Modernidad, han sucumbido, cada tanto, bajo un engreimiento que es casi idiota.

Esto significa que mi padre no era el único, que todos nosotros le damos demasiada importancia a la idea de un mundo con un centro. Mientras que aquello que nos obliga a encerrarnos a escribir en nuestros cuartos durante años ininterrumpidos significa fé en lo opuesto: en el convencimiento de que un día nuestros escritos serán leídos y comprendidos, porque, en todo el mundo, las personas se parecen las unas a las otras. Pero esto, que conozco por mi propia escritura y la de mi padre, es un optimismo atribulado, herido profundamente por la furia de quedar marginado, de ser dejado afuera. El amor y el odio que Dostoievski sentía hacia Occidente lo he sentido también yo en varias oportunidades. Pero si yo he entendido una verdad esencial, si tengo motivos para el optimismo, es porque he viajado junto a ese gran escritor a través de relación de amor-odio con Occidente, a fin de contemplar el otro mundo que él ha construido al otro lado.

Todos los escritores que han consagrado su vida a esta tarea conocen esta realidad: cualquiera sea nuestra primera intención, el mundo que creamos después de años y años de escritura esperanzada se moverá, a la larga, a otros lugares completamente distintos. Nos sorprenderá muy lejos de la mesa en la que hemos trabajado con tristeza o ira, nos encontrará del otro lado de esa tristeza y de esa cólera, en otro mundo. ¿Pudo mi padre no haber alcanzado él mismo tal mundo? Como la tierra que gradualmente comienza a tomar forma, elevándose lentamente de la bruma, con todos sus matices como una isla después de un largo viaje por mar, ese otro mundo nos hechiza. Estamos tan ilusionados como los viajeros occidentales que viajaban desde el sur para contemplar Estambul surgiendo de la niebla. Al término del viaje, emprendido con esperanza y curiosidad, se despliega ante ellos una ciudad de mezquitas y minaretes, un collage de casas, calles, montañas, puentes y declives, un universo entero. Al verlo, queremos entrar en ese universo y perdernos en él, tal como lo haríamos con un libro. Después de sentarnos a la mesa porque nos sentíamos provincianos, excluidos, marginales, furiosos o profundamente melancólicos, hemos encontrado un mundo entero más allá de esos sentimientos.

Lo que siento ahora es lo contrario de lo que sentí cuando niño y cuando joven: para mí, el centro del universo es Estambul, no sólo porque he vivido allí toda mi sino porque, a lo largo de los últimos treinta y tres años, he venido narrando sus calles, sus puentes, su gente, sus perros, sus casas, sus mezquitas, sus fuentes, sus héroes extraordinarios, sus almacenes, sus personajes famosos relatando sus calles , hablando de sus calles, sus lugares obscuros, sus días y sus noches, haciéndolos parte de mí, abrazándolos a todos. Llegó un punto en el que ese mundo que yo había construido con mis propias manos, ese mundo que existía sólo en mi cabeza, fue más real que la ciudad en la que yo vivía en realidad. Esto sucedió cuando toda esa gente y esas calles, esos objetos y esos edificios parecieron empezar a hablar entre ellos, y empezaron a interactuar de maneras que yo no había previsto, como si ellos no existieran sólo en mi imaginación y en mis libros sino como si tuviesen vida propia. Ese mundo que yo había creado como un hombre que cava un manantial con una aguja parecía entonces más verdadero que todo lo demás.

Mi padre pudo también haber descubierto esta clase de felicidad durante los años que pasó escribiendo, pensé cuando contemplaba la maleta de mi padre: yo no debía prejuzgarlo. ¡Le estaba tan agradecido!, después de todo, el nunca había sido un padre común, autoritario, intimidante, opresivo, golpeador, sino un padre que siempre me dejó libre, que siempre me mostró el mayor respeto. A menudo yo había pensado que si yo era capaz, cada tanto, de escribir desde mi imaginación, sea por libertad o por irresponsabilidad, fue porque, a diferencia de tantos de mis amigos de infancia y juventud, yo no sentía temor de mi padre y en ocasiones, y muy intensamente, yo había creído que yo había llegado a convertirme en escritor porque mi padre, en su juventud, también había querido serlo. Debía leerlo con tolerancia, tratar de entender lo que él había escrito en aquellos cuartos de hotel.

Con estos pensamientos esperanzadores caminé hasta la maleta de mi padre, que todavía estaba apoyada en el mismo lugar en el que mi padre la había dejado. Recurriendo a toda mi fuerza de voluntad, leí desde el principio hasta el final algunos manuscritos y cuadernos. ¿Sobre qué había escrito mi padre? Recuerdo algunos paisajes desde las ventanas de los hoteles de París, unos pocos poemas, paradojas, análisis… Mientras escribo me siento como alguien que acaba de estar en un accidente de tránsito, y está luchando por recordar como sucedió mientras, al mismo tiempo, está atemorizado ante la perspectiva de recordar demasiado. Cuando yo era niño, y mi padre y mi madre estaban a punto de empezar una pelea, en la que caían en uno de esos silencios de muerte, mi padre prendía inmediatamente la radio para cambiar la disposición de ánimo y la música nos ayudaba a olvidar todo más rápido.

Permítanme cambiar de ánimo con algunas palabras agradables que, espero, servirán tanto como aquella música. Como Ustedes saben, la pregunta que se nos hace a nosotros los escritores, la pregunta predilecta, es ¿Por qué escribe? Yo escribo porque tengo la innata necesidad de escribir. Escribo porque no puedo hacer un trabajo normal como otras personas. Escribo porque quiero leer libros como los que escribo. Escribo porque estoy enojado con todos ustedes, enojado con todo el mundo. Escribo porque amo sentarme a escribir en un cuarto, todo el día. Escribo porque sólo puedo tomar parte de la vida real cambiándola. Escribo porque quiero que todos los demás, todos nosotros, el mundo entero, sepan que clase de vida vivíamos y todavía seguimos viviendo en Estambul, en Turquía. Escribo porque amo el olor del papel, de la lapicera, de la tinta. Escribo porque, más que en cualquier otra cosa, creo en la literatura, en el arte de la novela. Escribo porque es un vicio, una pasión. Escribo porque tengo miedo de ser olvidado. Escribo porque me gusta la gloria y el provecho que conlleva el escribir. Escribo para estar solo. Escribo, tal vez, porque tengo la esperanza de entender por qué estoy tan, pero tan enojado con todos ustedes, tan, pero tan enojado con todo el mundo. Escribo porque me gusta que me lean. Escribo porque una vez que he comenzado una novela, un ensayo, una página, quiero terminarlos. Quiero terminar con esto. Escribo porque todo el mundo espera que yo escriba. Escribo porque tengo una devoción infantil por la inmortalidad de las bibliotecas y por la manera en que mis libros se asentarán en los estantes. Escribo porque es emocionante verter en palabras todas las bellezas y riquezas de la vida. Escribo porque quiero escapar del presentimiento de que hay un lugar al que debo ir, tal como en un sueño, y no puedo llegar allí del todo. Escribo porque nunca he sabido ingeniármelas para ser feliz. Y escribo para ser feliz.

Una semana después de que vino a mi estudio y me dejó su maleta, mi padre volvió de visita. Como siempre, me llevó una tableta de chocolate (había olvidado que yo tenía 48 años). Como siempre, conversamos, y reímos, de la vida, de política, y de los chismes de familia. En algún momento, los ojos de mi padre se posaron en el rincón donde había dejado su maleta y vio que yo la había cambiado de lugar. Nos miramos a los ojos. Siguió un silencio apremiante. Yo no le dije que había abierto la maleta y había tratado de leer su contenido: en lugar de eso, miré hacia fuera. Pero él comprendió. En el preciso momento en que yo entendí que él había comprendido. En el preciso momento en que él entendió que yo había comprendido que él había entendido. Pero todo ese entendimiento sólo duró lo que puede durar lo que cabe en unos segundos. Porque mi padre era un hombre alegre, sereno, que tenía confianza en sí mismo; me sonrió de la forma en que siempre lo hacía. Cuando él dejó la casa, repitió todas las cosas cariñosas y alentadoras que él siempre me decía, como un padre.

Como siempre, lo miré partir, envidiando su felicidad, su temperamento despreocupado e imperturbable. Pero recuerdo también que ese día hubo también una chispa de júbilo dentro mío que me hizo avergonzar. Fue impulsada por el pensamiento de que, tal vez, yo no estaba tan cómodo en la vida como lo estaba él, que quizá yo no había llevado una vida tan feliz o tan libre de conflictos como la que él tenía, pero yo sí había consagrado mi vida a la escritura…han entendido?…yo sentía vergüenza de pensar tales cosas a costa de mi padre… de todas las personas, mi padre… que jamás había sido una fuente de dolor para mí, que me había dejado libre. Todo esto debe recordarnos que la escritura y la literatura están íntimamente vinculadas a la falta de un centro en nuestras vidas y a nuestros sentimientos de felicidad y culpa.

Pero mi historia tiene una simetría que inmediatamente me hace acordar de algo que sucedió ese día y que me trae un sentimiento de culpa aún más profundo. Veintitrés años antes de que mi padre me dejara su maleta y cuatro años después de que hubiera decidido convertirme en novelista, a los veintidós años y abandonando todo lo demás y encerrado en mi cuarto, terminé mi primera novela, “Cevdet Bey y sus hijos”; con manos temblorosas le entregué a mi padre el texto mecanografiado de la todavía no publicada novela para que pudiera leerla y comentarme lo que opinaba. No lo hice solamente porque tenía confianza en su gusto y en su inteligencia: su opinión era muy importante para mí porque él, a diferencia de mi madre, no se había opuesto a mi deseo de convertirme en escritor. En ese momento mi padre no estaba con nosotros sino muy lejos. Esperé impacientemente su regreso. Cuando volvió dos semanas después, yo corrí a abrir la puerta. Mi padre no dijo nada, pero en el acto estiró sus brazos alrededor mío, de una manera con la que me decía que le había gustado mucho. Por un instante, estuvimos inmersos en el tipo de silencio embarazoso que tan a menudo acompaña los momentos de gran emoción. Después, cuando ya nos habíamos tranquilizado y empezamos a hablar, mi padre recurrió a un lenguaje muy intenso y exagerado para manifestar su confianza en mí o en mi primera novela: me dijo que, algún día, yo ganaría el premio que hoy, con inmensa alegría, voy a recibir aquí

Dijo eso no porque estuviera tratando de convencerme de su buena opinión, ni para establecer este premio como objetivo; lo dijo como un padre turco que brinda apoyo a su hijo, alentándolo y diciéndole “Algún día, tú llegarás a ser un pashá”. Durante años, cada vez que me veía, me daba aliento con esas mismas palabras.

Mi padre murió en diciembre de 2002.

 Para adueñarte de tus proyecciones, debes descubrir y reconocer las partes de ti mismo que te has negado a ver. Resulta que todo lo que crees que es verdad sobre la gente que te rodea, o sobre las situaciones en que te encuentras, refleja una historia que tienes sobre la forma en que funciona el universo. Cuando comprendes esto, examinas detenidamente cada situación difícil de tu vida y luego la cambias desde dentro.

    Lo que Heisenberg observó acerca del mundo subatómico también es cierto en nuestra dimensión —es decir, alteramos cualquier cosa que veamos por el mero hecho de observarla—. Pero para cambiarla primero debemos reconocer que estamos viendo en los demás un reflejo de nuestros yoes escondidos.
    El psicólogo Carl Jung denominó la sombra a estas partes escondidas, y encontró que la metáfora le servía para comprender los aspectos ocultos de la humanidad. ¿En qué grado eres consciente de tu sombra física? Haz una pausa y búscala ahora mismo, en el suelo o sobre la mesa. Siempre está ahí, siguiéndote adondequiera que vayas, y, sin embargo, casi nunca eres consciente de ella. A veces proyectamos una sombra muy larga, como cuando se pone el sol, y en ocasiones es muy pequeña, como cuando el sol está en su cenit. Cuando te adueñas de las partes de ti mismo que te hacen sentir incómodo, ya no culpas a nadie por tu dolor o infelicidad. Entonces brillas con luz propia, como el sol, que es el único objeto que no proyecta una sombra.
    Nuestras sombras son aquellas partes de nosotros mismos que nos hacen sentir que no somos lo suficientemente buenos, que no nos quieren o que somos un fracaso y nunca seremos felices; y la
proyección es el mecanismo mediante el cual estas características negativas son asignadas a otras personas. Los individuos tienen sombras, pero también los grupos. El político que es un homosexual encubierto y que pide públicamente que se limiten los derechos de los homosexuales es un claro ejemplo de cómo un individuo puede proyectar una sombra negativa sobre los demás. Hasta que pueda resolver su problema interior, seguirá proyectando sobre los demás el odio que siente por sí mismo. Otro ejemplo es cuando alguien culpa a los republicanos (o a los demócratas) de todos los problemas que existen en los Estados Unidos.
    Un buen ejemplo de sombra colectiva lo constituyen los nazis. En la década de los treinta del siglo pasado, Alemania sufría una depresión. Sin embargo, muchos judíos prosperaban, convirtiéndose en exitosos científicos, intelectuales, músicos y empresarios. Los nazis proyectaron su sombra colectiva sobre ellos, culpándolos de todos los problemas de su país. No podían soportar la idea de que su incapacidad para crear grandes obras de arte o para prosperar económicamente pudiese deberse a sus propias carencias, así que se pusieron a buscar un chivo expiatorio. Esto fue una opción mucho más popular que enfrentarse a la realidad y esforzarse por superar sus propias carencias o resolver los problemas de su cultura. La proyección es el mecanismo que nos dice: «
Ellos son el problema».
    Por otro lado, también proyectamos sombras positivas. Por ejemplo, mucha gente que se siente poco atractiva y tiene problemas para aceptar su propia belleza la proyecta sobre las estrellas de cine. Estas personas sienten fascinación por las hermosas criaturas del Olimpo de Hollywood y están incluso dispuestas a someterse a una cirugía plástica con tal de ser tan atractivas como sus ídolos. Pero ninguna cantidad de implantes o de operaciones va a ser suficiente para hacer que se sientan atractivas. Marianne Williamson dijo una vez que no es a nuestra oscuridad a la que le tenemos miedo, sino a nuestra luz. Ella se refería a cómo la mayoría de nosotros desechamos nuestra propia belleza y nuestro gran talento, menospreciándonos y empequeñeciéndonos.
    Proyectas cada aspecto de tu sombra sobre el mundo, sea éste positivo o negativo. Y el universo es tan fluido que se organizará para dar cabida a tus proyecciones y darte la razón cada vez. Si en lo más profundo de ti mismo crees no tener ningún poder, ningún talento, ningún atractivo, el universo te va a dar la razón. Del mismo modo, si no tienes ninguna duda de que existe una gran bondad, gracia y poesía en tu interior, el universo te ofrecerá la oportunidad de manifestar estos atributos. Esto no quiere decir que Hollywood vaya a precipitarse a tu puerta o que tu libro se vaya a disparar a lo más alto de la lista de
bestsellers
—pero sí quiere decir que podrás sacar a relucir tu creatividad y tu talento.
    Cuando te das cuenta de que todo lo que experimentas como «no tú» es una proyección de tu sombra, puedes cambiar el mundo adueñándote de tus proyecciones. Observa que no he mencionado el «adueñarte de tu sombra» —un concepto de la psicología popular en Occidente. Los laikas comprenden que la proyección es simplemente un tipo inferior de sueño y que lo importante es descubrir el mecanismo a fin de que podamos emplearlo para soñar de una forma superior.
    Desgraciadamente, con la psicología, cuanto más te adueñas de tu sombra, mayor puede ser la oscuridad. Esto ocurre porque intentas reescribir el guión en lugar de hacer uno nuevo. En lugar de eso, practica adueñarte de tus proyecciones, porque cuando lo hagas, la sombra se hará muy pequeña. Puedes comenzar por convertir una historia como «mi pareja me está haciendo infeliz» en «me estoy haciendo infeliz a mí mismo». Tu pareja está simplemente procediendo como suele proceder, pero no te está haciendo infeliz —sólo tú puedes hacer eso—. Cuando te adueñas de la proyección, dejas de interpretar el papel de víctima. Por supuesto, esto no quiere decir que te tienen que gustar comportamientos que encuentras inaceptables. Tu pareja va a tener que mejorar su capacidad de comunicación, pero tu felicidad ya no dependerá de si lo hace o no.
    Sin embargo, adueñarte de tus proyecciones no es suficiente. Si vas a soñar el mundo de otra manera, tienes que convertir tu proyección en una historia de gracia y poder, a la que llamaremos una
declaración de viaje
. Por ejemplo, podrías decir: «Cuando me hago feliz a mí mismo, todos los que me rodean me devuelven el reflejo de este sentimiento». De este modo, reafirmas tu poder sobre tu propia felicidad y puedes buscar en tu interior los recursos necesarios. Esto invitará al siempre complaciente universo a que te apoye.
    Digamos que una madre divorciada descubre que cuando sus hijos estuvieron con su ex marido durante el fin de semana, él les permitió hacer cosas que ella les había prohibido. Ella podría adueñarse de la proyección: «Mi ex marido está intentando hacerme daño a través de mis hijos» diciéndose a sí misma: «Estoy haciéndome daño a mí misma y a mis hijos». Como puedes ver, su ex marido ya no está haciendo nada para herirla —simplemente está actuando como suele hacer (que es probablemente la razón por la cual ella se divorció de él)—. No necesita castigar a sus hijos por no obedecerla cuando están en casa de su padre.
    Luego puede convertir su proyección en una declaración de viaje, diciendo: «Como me amo a mí misma, puedo amar plenamente a mis hijos y enseñarles cómo amar». Entonces su mente no echará mano del pensamiento de que ella está siendo la noble salvadora, protegiendo a sus hijos de su ex, y ya no necesitará escribir una historia en que él es el malo de la película. Ella y sus hijos serán más felices gracias a eso. (Por supuesto, no va a tolerar ningún comportamiento peligroso o impropio, pero ya no necesita afirmar que ella es la que tiene razón y que su ex marido es el que está equivocado.)
    Ten en cuenta que una declaración de viaje es algo distinto a una afirmación positiva, que en el ejemplo anterior sería
me amo a mí misma, y amo plenamente a mis hijos
. Las afirmaciones positivas funcionan, pero a menudo son una mezcla de deseos e ilusiones. Por ejemplo, esa afirmación positiva sugiere que en el fondo no te amas realmente a ti misma —después de todo, cuando es así, no necesitas afirmarlo.
    Una declaración de viaje es una orden dirigida a tu subconsciente que te hace emprender un cierto camino, diciéndole al Espíritu la dirección que quieres seguir. Esta declaración te recuerda que la elección y el poder son tuyos, y deja muy clara cuál es la recompensa: «Cuando me amo a mí misma, puedo amar plenamente a mis hijos». Esta declaración ayuda a que la mujer del ejemplo pueda escapar del triángulo de los arquetipos de tres relaciones: ya no es la víctima de la negativa de su ex marido a educar a los hijos como a ella le gustaría, ya no es el verdugo que exige ser obedecido en todo momento por su marido y por sus hijos, y ya no es la noble salvadora, enfrentándose a su marido para proteger a sus hijos de lo que ella considera una muy mala manera de educarlos.
    Esta revelación te dice que o bien puedes tener lo que quieres o bien las razones por las cuales no puedes conseguir lo que quieres. Puedes darle muchas vueltas a aquello que parece estar impidiendo que sientas alegría, paz y esperanza, y pasarte innumerables horas siguiendo un tratamiento de psicoterapia para intentar comprenderlo; o, por otro lado, puedes sentir alegría, paz y esperanza. Cuando tomas conciencia del hecho de estar soñando un mundo sin paz ni alegría, puedes elegir tu estado de felicidad. Cuando te quedas atrapado en la creencia de que la proyección es real, acabas culpando a las circunstancias por haberte dado lo que querías.

jueves, 10 de noviembre de 2022


 

 Si estás alerta, muchas cosas simplemente desaparecen; no necesitas deshacerte de ellas. En estado consciente, ciertas cosas no son posibles; Y esta es mi definición, no existe otro criterio. Si estás consciente no puedes enamorarte; por lo tanto, caer enamorado es un pecado. Puedes amar, pero eso no es como una caída, es como una ascensión. ¿Por qué [en inglés] se usa la expresión «caer enamorado» (falling in love)? Es una caída; estás cayendo, no estás ascendiendo. Cuando estás consciente, no es posible caer... ni siquiera en el amor. No es posible, simplemente no lo es. Con la conciencia no es posible; asciendes en el amor. Y ascender en el amor es un fenómeno totalmente diferente del enamoramiento. Estar enamorado es un estado onírico. Por eso a la gente que está enamorada se le nota en los ojos; es como si estuvieran más dormidos que los demás, intoxicados, soñando. Se les nota en los ojos porque sus ojos tienen una ensoñación. Las personas que ascienden en el amor son totalmente diferentes. Se nota que ya no están soñando, que están afrontando la realidad y eso las hace crecer. Al enamorarte sigues siendo un niño; al ascender en el amor, maduras y en poco tiempo, el amor deja de ser una relación; se convierte en un estado de tu ser. Entonces ya no se-puede decir que ames a este y no ames a aquel, no; simplemente, amas. Es algo que compartes con cualquiera que se acerque a ti. Ocurra lo que ocurra, tú das tu amor. Tocas una piedra y la tocas como si estuvieras tocando el cuerpo de tu persona amada. Miras un árbol y lo miras como si miraras el rostro de tu amado. Se convierte en un estado del ser. No es que estés enamorado, es que eres amor. Esto es ascender, no caer. El amor es hermoso cuando asciendes por él, y se convierte en algo sucio y feo cuando desciendes por él. Y tarde o temprano descubrirás que resulta venenoso, que se convierte en un cautiverio. Has quedado atrapado, tu libertad ha sido aplastada; te han cortado las alas, ya no eres libre. Al caer enamorado te conviertes en una posesión; tú posees y permites que alguien te posea a ti. Te conviertes en un objeto, y tratas de convertir en un objeto a la persona de la que te has enamorado. Mira una pareja de marido y mujer. Los dos se han convertido en objetos, ya no son personas. Los dos intentan poseer al otro. Solo las cosas se pueden poseer, no las personas. ¿Cómo puedes poseer una persona? ¿Cómo puedes dominar a una persona? ¿Cómo puedes convertir a una persona en una posesión? ¡Imposible! Pero el marido está intentando poseer a la esposa; la esposa intenta lo mismo. Se produce un choque, y los dos acaban por convertirse básicamente en enemigos. Son destructivos el uno para el otro. Sucedió que el mulá Nasruddin entró en la oficina de un ce menterio y se quejó al encargado: -Sé que mi esposa está enterrada en este cementerio, pero no encuentro su tumba. El encargado consultó su registro y preguntó: -¿Cómo se llama? -Señora del mulá Nasruddin -dijo el mulá. El encargado volvió a mirar y dijo: -No hay ninguna señora del mulá Nasruddin, pero sí que hay un mulá Nasruddin. Lo siento, parece que ha habido un error en el registro. -No hay ningún error-dijo Nasruddin-. ¿Dónde está la tum ba del mulá Nasruddin? Porque todo está a mi nombre. ¡Incluso la tumba de su mujer! Posesión... todos se empeñan en poseer al ser amado, al amante. Ya no hay amor. De hecho, cuando posees a una persona, odias, destruyes, matas; eres un asesino. El amor debería dar libertad; el amor es libertad. El amor hace al ser amado cada vez más libre, el amor da alas, el amor abre la inmensidad del cielo. No puede convertirse en una prisión, en un encierro. Pero ese amor tú no lo conoces, porque solo se da cuando estás despierto; esa calidad de amor solo aparece cuando hay conciencia. El amor que tú conoces es un pecado, porque se genera en el sueño.

Ramón Gener

 


Hoy, más de veinte años después de aquel encuentro con Victoria, puedo asegurar que, como dice la canción de Elton John, esa mujer me salvó la vida. No literalmente, claro. Pero, si no la hubiera conocido, todo hubiera sido diferente. Mi vida hubiera sido otra. Y, así, como Claudius vertió veneno en la oreja del padre de Hamlet para asesinarlo, Victoria susurró en la mía el veneno de la música. Me susurró al oído el regalo de la dulce libertad. Me enseñó que la libertad era escoger. Me enseñó que la libertad era, sobre todo, un ejercicio de responsabilidad. Me susurró que yo era una mariposa, y que las mariposas habían nacido para volar alto y muy lejos. Conocerla me descubrió un universo interior que tenía adormecido y que, incluso ahora, mientras escribo estas líneas, es el mío: la música. Ella me hizo creer que podía dedicar mi vida a la música y esa fue la más grande de todas mis fortunas, porque, como dijo Luciano Pavarotti, uno de los mejores Rodolfos de la historia: «Creo que una vida dedicada a la música es una vida bien aprovechada».

miércoles, 9 de noviembre de 2022

 En una sociedad en la cual los grandes hacendados ejercían el derecho de pernada, se azotaba a los “infractores”, se robaban las tierras de las comunidades mediante falsos deslindes, se arrancaban los derechos históricos de pastos y agua; en la cual los rurales y la Acordada eran un grupo de pistoleros con casi menos ley que la de los hombres a los que enfrentaban; en la cual por deudas un hombre era condenado a ser arrancado de su tierra y a servir en el ejército en guerras de exterminio contra las últimas rebeliones indígenas; en la cual la legalidad republicana la presidía un dictador que se reelegía fraudulentamente, ¿quiénes eran los bandoleros? O más bien: ¿por qué tiene que ser más amable y socialmente aceptable el bandolerismo burgués que el de los pobres del campo?

En 1910 la familia Terrazas y sus parientes y socios en Chihuahua poseían millón y medio de vacas, caballos, borregos y chivos, mientras que el 95.5% de los habitantes de Chihuahua no tenía propiedad alguna. Revisando el catálogo del bandidaje de estado porfiriano que registra Carleton Beals, llega uno a la conclusión de que también en esto del bandidaje hay clases:
bandidos burgueses y bandidos pobres.
Pancho Villa, ese “tipo alto, vigoroso, vestido ordinariamente de charro”, era sencillamente, a mediados de 1910, un superviviente, un bandido pobre y no demasiado afortunado.

Miguel Delibes

 


“Me percaté entonces de que la alegría es un estado del alma y no una cualidad de las cosas; que las cosas en sí mismas no son alegres ni tristes, sino que se limitan a reflejar el tono con que nosotros las envolvemos”.


 Y cuando describe el comportamiento caprichoso de un ricacho que teme ir a dar en la pobreza, da la sensación de que está retratando lo que vivió en la casa de Epafrodito: «A ti no es que te aterre el hambre, sino que temes no tener un cocinero, no tener otro que haga la compra, otro que te calce, otro que te vista, otros que te den masaje, otros que te acompañen para que te den masaje aquí y allá en el baño, después de desnudarte y ponerte estirado como un crucificado; y que luego, el que va a ungirte con aceites, poniéndose a tu lado diga: “Date la vuelta”, “Trae el costado”, “Cógele la cabeza”, “A ver el hombro”. Y luego, al llegar del baño a casa grites: “¿Nadie trae de comer?”; y luego, “Quita las mesas, pasa la esponja”. Eso te aterra, el no poder llevar una vida de enfermo».

Manfred Max Neef


 

martes, 8 de noviembre de 2022


















 

Ramon Gener



 Mucho más que unos minutos: veintisiete años, seis meses y seis días. Este es el tiempo que Nelson Mandela pasó en prisión privado de libertad por el color de su piel.
    Miembro del African National Congress (Congreso Nacional Africano), un movimiento de lucha contra la opresión y la segregación racial que sufrían los sudafricanos de raza negra bajo el régimen del Apartheid, fue detenido el 5 de agosto de 1962. Condenado a cadena perpetua en el famoso proceso de Rivonia por liderar algunos actos de sabotaje para derrocar al régimen opresor, Mandela fue trasladado a una minúscula celda de seis metros cuadrados de la prisión de Robben Island donde pasó dieciocho años en condiciones penosas. En una prisión en la que los negros estaban separados de los blancos y recibían raciones de comida menores, era obligatorio trabajar en la cantera de cal, donde, por culpa del polvo y la luz, sufría constantes inflamaciones e infecciones en las córneas. Considerado un preso de clase D, la más baja que existía, solo podía recibir una visita y una carta, muchas veces censurada, cada seis meses.
    Una adversidad mayúscula, casi insuperable. Pero algo ayudó a Mandela a mirar adelante, a no desfallecer, a no hundirse y seguir luchando. Un poema, claro. Un poema de William Ernest Henley:

Out of the night that covers me,

Black as the pit from pole to pole,
I thank whatever gods may be
For my unconquerable soul.

In the fell clutch of circumstance
I have not winced nor cried aloud.
Under the bludgeonings of chance
My head is bloody, but unbowed.

Beyond this place of wrath and tears
Looms but the horror of the shade,
And yet the menace of the years
Finds and shall find me unafraid.

It matters not how strait the gate,
How charged with punishments the scroll,
I am the master of my fate:
I am the captain of my soul


En la noche que me envuelve,
negra, como un pozo insondable,
le doy gracias al dios que fuere,
por mi alma inconquistable.

En las garras de las circunstancias,
no he gemido, ni he llorado.
Bajo los golpes del destino,
mi cabeza ensangrentada jamás se ha postrado.

Más allá de este lugar de ira y llantos,
acecha la oscuridad con su horror,
Y sin embargo la amenaza de los años me halla ,
y me hallará sin temor.

No importa cuán estrecha sea la puerta,
ni cuán cargado con castigos el pergamino,
Soy el amo de mi destino,
Soy el capitán de mi alma.


Charles M Schulz



 – “Mi vida no tiene dirección, tampoco objetivos y aun así soy feliz. ¡No sé por qué! ¿Qué estoy haciendo bien?” –

 Snoopy

lunes, 7 de noviembre de 2022


 

Mario Benedetti



 "Bueno, ¿y qué era? Todavía no lo sé. Me atraían sus ojos, su voz, su cintura, su boca, sus manos, su risa, su cansancio, su timidez, su llanto, su franqueza, su pena, su confianza, su ternura, su sueño, su paso, sus suspiros. Pero ninguno de estos rasgos bastaba para atraerme compulsiva, totalmente. Cada atractivo se apoyaba en otro. Ella me atraía como un todo, como una suma insustituible de atractivos, acaso sustituibles".


Buda



 "Miles de velas pueden ser encendidas a partir de una sola, y la vida de esa vela no se acortará. La felicidad nunca disminuirá por ser compartida".



 Todo en la vida es una técnica. Por eso Bokuju dijo: «Sería mejor que te quedaras a mi lado y, me miraras. No preguntes por un método, solo mírame y llegarás a saber. » El pobre hombre le observó durante siete días. Cada vez estaba más perplejo. Al cabo de los siete días, dijo: -Cuando llegué, estaba menos confuso. Ahora estoy más confuso. Te he mirado constantemente durante siete días. ¿Qué es lo que tengo que mirar? y Bokuju dijo: -Entonces es que no has mirado. Cuando ando... ¿has visto? Simplemente ando. Cuando me traes té por la mañana, ¿has mirado bien? Simplemente cojo el té y me lo bebo. Es solo beber. No hay Bokuju, solo beber. No hay, Bokuju, solo tomar té. ¿Has mirado bien? Si has mirado, tienes que haber notado que Bokuju ya no existe. Este es un aspecto muy sutil. Porque si el pensador está ahí, ahí está el ego. Y entonces eres Bokuju o algún otro. Pero si solo hay acción sin nada de verbalización, sin pensamiento no hay ego. Por eso Bokuju dice: «¿Has mirado de verdad? Entonces no había Bokuju: Solo beber té, pasear por el jardín, cavar un hoyo en la tierra.» Por eso Buda ha dicho que no hay alma. Como no has mirado bien, sigues pensando constantemente que tienes un alma. ¡Tú no existes! Si eres testigo, no existes. El «yo» se forma por medio de pensamientos. Una cosa más: los pensamientos acumulados, los recuerdos amontonados, crean la sensación de ego, de que eres. Intenta este experimento: deslígate de todo tu pasado. No tienes ningún recuerdo. No sabes quiénes son tus padres, no sabes a quién perteneces: a qué país, a qué religión, a qué raza. No sabes dónde te educaron, ni si recibiste educación o no. Corta con todo tu pasado.....y recuerda quién eres. ¡No puedes recordar quien eres! Evidentemente; eres. Eres, pero ¿quién? En ese momento no puedes sentir un «yo». El ego no es más que pasado acumulado. El ego es tu pensamiento condensado, cristalizado. Por eso Bokuju dice: «Si me has mirado bien, yo no estaba. Había beber té, pero no bebedor. Había pasear en el jardín, pero no paseante. Había acción, pero no actor.» Cuando se es testigo, no hay sensación de «yo». Al pensar, sí la hay. No es simple coincidencia que los llamados pensadores estén tan profundamente enraizados en sus egos. Artistas, pensadores filósofos, personas ilustradas... no es coincidencia que sean tan egoístas. Cuantos más pensamientos tengas, mayor ego tendrás. Cuando se es testigo, no hay ego. Pero esto solo ocurre si se consigue trascender el lenguaje. El lenguaje es la barrera. El lenguaje es necesario para comunicarse con otros; no es necesario para comunicarse con uno mismo. Es un instrumento útil..... podría decirse que el instrumento más útil. El hombre ha podido crear una sociedad, un mundo, solo gracias al lenguaje. Pero a causa del lenguaje, el hombre se ha olvidado de sí mismo. El lenguaje es nuestro mundo. Si el hombre olvida su lenguaje, aunque sola sea por un instante, ¿qué le queda? La cultura, la sociedad, el hinduismo, el cristianismo.....¡Qué queda? No queda nada. Con solo suprimir el lenguaje, desaparece toda la humanidad con su cultura, su civilización, su ciencia; Su religión su filosofía. El lenguaje es comunicación con los otros; es la única comunicación. Es útil, pero peligroso. Siempre que un instrumento es útil es también peligroso en la misma proporción. El peligro está en que cuanto más se sumerge la mente en el lenguaje, más se aleja del centro. Por eso se necesita un equilibrio sutil y un dominio sutil para ser capaz de penetrar en el lenguaje y ser también capaz: de abandonar el lenguaje, de salir del lenguaje. Ser testigo significa salirse del lenguaje, de la verbalización, de la mente. Ser testigo significa un estado sin mente, sin pensamiento. ¡Inténtalo! Será un esfuerzo largo, y no hay nada garantizado... pero inténtalo, y con el esfuerzo lograrás algunos momentos en los que el lenguaje desaparece de pronto. Y entonces se abre una nueva dimensión. Te haces consciente de un mundo diferente: el mundo de la simultaneidad, el mundo del aquí y ahora, el mundo sin mente, el mundo de la realidad. El lenguaje debe evaporarse. Intenta hacer actos corrientes, movimientos corporales, sin lenguaje. Buda utilizaba esta técnica para observar la respiración. Les decía a sus discípulos: «Seguid observando vuestra respiración, No hagáis nada más que observar el aliento que entra, el aliento que sale, el aliento que entra, el aliento que sale...» Pero no se trata de decirlo así, hay que sentirlo: el aliento que entra, sin palabras. Siente el aliento que entra, muévete con el aliento, deja que tu conciencia se sumerja juntó con el aliento, Y después, muévete hacia fuera, sigue moviéndote con tu aliento. ¡Mantente alerta! Se dice que Buda dijo: «No te pierdas ni una sola respiración. Si fisiológicamente perdieras una sola respiración, morirías, y si tu conciencia pierde una sola respiración, te alejarás del centro, estarás muerto por dentro.» Por eso Buda decía: «La respiración es imprescindible para la vida del cuerpo, y la conciencia de la respiración es imprescindible para la vida del centro interior.» Respira, sé consciente. Y si estás intentando ser consciente de tu respiración, no puedes pensar, parque la mente no puede hacer dos cosas al misma tiempo: pensar y ser testigo. El fenómeno de ser testigo, en sí misma, es absoluta y diametralmente apuesta al pensamiento', así que no puedes hacer las dos cosas a la vez. Así cama no puedes estar viva y muerta a la vez, ni dormida y despierta a la vez, no puedes pensar y ser testigo a la vez. Si eres testigo de algo, el pensamiento se detiene. Si aparece el pensamiento, desaparece el testigo. Ser testigo es una conciencia pasiva, sin acción en su interior. La conciencia misma no es una acción..

domingo, 6 de noviembre de 2022

Tal Ben Shanar

 


La vida de Alasdaire Clayre parecía perfecta. Había sido un alumno brillante de la Universidad de Oxford y, posteriormente, se había convertido en uno de sus profesores más prestigiosos, recibiendo galardones, premios y becas de investigación. Además, había publicado una novela y una colección de poemas y había grabado dos discos que incluían algunas de sus propias composiciones. También había escrito, dirigido, producido y presentado «The heart of the dragon», una serie de televisión de doce capítulos sobre China. La serie había recibido un premio Emmy, pero Clayre ya no estaba allí para recogerlo. A los cuarenta y ocho años, poco después de finalizar la serie, Clayre se suicidó tirándose de un tren en marcha. ¿Hubiera servido de algo haber sabido que iban a concederle el premio Emmy? Su ex mujer afirma que «el Emmy era un símbolo de éxito que habría significado mucho para él, que le habría hecho recuperar la autoestima»; pero añade que «había muchos símbolos de éxito mucho más importantes que el Emmy», y a Clayre no le satisfacía ninguno: cada vez que hacía algo, necesitaba uno de estos símbolos.1 En realidad, Clayre nunca consideró suficiente nada de lo que realizaba. Aunque quedaba patente su capacidad para el éxito, él era incapaz de verlo. De hecho, rechazaba el éxito. En primer lugar, siempre se medía con estándares que resultaban casi imposibles de superar. En segundo lugar, incluso cuando conseguía lo casi imposible, en seguida restaba importancia a su éxito, lo trivializaba y pasaba al próximo sueño casi imposible de materializar. El deseo de éxito forma parte de nuestra naturaleza, y muchos vamos subiendo los peldaños que pueden conducirnos hacia el éxito personal y el progreso en la sociedad. Las grandes expectativas pueden obtener grandes recompensas. No obstante, para vivir una vida exitosa y gratificante, nuestros estándares de éxito deben ser realistas, y tenemos que ser capaces de disfrutar de nuestros éxitos y de estar agradecidos por ellos. Tenemos que tocar de pies a tierra y reconocer y apreciar nuestros éxitos.


Orhan Pamuk



Leer bien no consiste en pasar despacio y cuidadosamente la mirada y la lógica sobre un texto, sino en sumergir el alma en su interior. Es por eso por lo que nos enamoramos de un número tan reducido de libros a lo largo de nuestra vida. Y la mejor biblioteca personal debería ser la compuesta por ese número de libros reales que sienten celos unos de otros. Los celos entre esos libros alimentan al autor creativo con una especia de tensión. Muy razonablemente, Flaubert nos dice que si uno lee con atención diez libros será un gran sabio. Como por lo general la gente es incapaz de hacer ni siquiera eso, reúne libros y presume de su biblioteca.


sábado, 5 de noviembre de 2022

Max Neef


 

 Esperanza, 16 años, presidenta del centro de alumnos de su colegio: «Los niños de ahora están más solos. Antes, la mamá estaba en la casa y el papá trabajaba jornada completa. Eso era muy desigual y hacía que las mujeres fueran más dependientes y por lo mismo más sumisas. Bacán que ahora trabaje la mamá, también es mi proyecto, pero resulta que el papá sigue trabajando lo mismo, los dos trabajan jornada completa para comprar el auto del año o la tele plasma último modelo, y los hijos pasan demasiado tiempo en el colegio, con esa televisión ultra moderna o con la nana. Si antes se podía con una sola jornada de trabajo (y las familias eran más numerosas), lo ideal sería que los dos papás trabajaran media jornada cada uno y el resto pudieran estar con sus hijos. Este sistema capitalista centrado en la plata enferma a la familia. ¿Quién dijo que tener más cosas pero menos tiempo nos vuelve más felices?».

Voltaire



 “…quise suicidarme cientos de veces, pero a pesar de todo amaba la vida. Quizás sea esta absurda debilidad una de nuestras peores inclinaciones: porque ¿hay algo más estúpido que soportar un peso que en todo momento se quiere dejar en el suelo?, ¿odiar la existencia y al mismo tiempo aferrarse a ella?, y en fin, ¿acariciar la serpiente que nos muerde hasta que nos devora el corazón?”



jueves, 3 de noviembre de 2022

 La poesía no es otra cosa que el último horizonte, que es, a su vez, la arista en donde los extremos se tocan, en donde no hay contradicción ni duda. Al llegar a ese lindero final, el encadenamiento habitual de los fenómenos rompe su lógica, y al otro lado, en donde empiezan las tierras del poeta, la cadena se rehace en una lógica nueva. El poeta os tiende la mano para conduciros más allá del último horizonte, más arriba de la punta de la pirámide, en ese campo que se extiende más allá de lo verdadero y lo falso, más allá de la vida y de la muerte, más allá del espacio y del tiempo, más allá de la razón y la fantasía, más allá del espíritu y la materia... Hay en su garganta un incendio inextinguible.

 «No soy un borracho, pero tampoco soy un santo. Un hechicero no debería ser un "santo"... Debería poder descender tan bajo como un piojo y elevarse tan alto como un águila... Debes ser dios y diablo a la vez. Ser un buen hechicero significa estar en medio de la tormenta y no guarecerse. Quiere decir experimentar la vida en todas sus fases. Quiere decir hacer el loco de vez en cuando. Eso también es sagrado.» Corzo Cojo (brujo siux de la tribu Lakota)

lunes, 31 de octubre de 2022

 "Ser el eterno forastero, el eterno aprendiz, el eterno postulante: he allí una forma para ser feliz".


Julio Ramón Ribeyro

 En la mayor parte del mundo, son conocidos como neoliberales, pero a menudo se utilizan los términos «libre mercado» o, sencillamente, «globalización». Únicamente desde mediados de los años noventa, este movimiento intelectual dirigido por los think tanks de extrema derecha con los que Friedman trabajó durante varios años —como Heritage Foundation, Cato Institute o American Enterprise Institute— empezó a autodenominarse «neoconservador», un enfoque que ha enrolado toda la potencia del ejército y de la maquinaria militar al servicio de los propósitos del conglomerado empresarial.

    Todas estas reencarnaciones comparten un compromiso para con una trinidad política: la eliminación del rol público del Estado, la absoluta libertad de movimientos de las empresas y un gasto social prácticamente nulo. Pero ninguna de las múltiples nomenclaturas que esta ideología ha recibido parece suficientemente adecuada. Friedman declaró que su propuesta era un intento de liberar al mercado de la tenaza estatal, pero el historial de los distintos experimentos económicos que se han llevado a cabo nos muestra una realización muy distinta de su visión de purista. En todos los países en que se han aplicado las recetas económicas de la Escuela de Chicago durante las tres últimas décadas, se detecta la emergencia de una alianza entre unas pocas multinacionales y una clase política compuesta por miembros enriquecidos; una combinación que acumula un inmenso poder, con líneas divisorias confusas entre ambos grupos. En Rusia, los empresarios multimillonarios que forman parte del juego de alianzas reciben el nombre de «oligarcas»; en China, los «príncipes»; en Chile, «los pirañas»; y en Estados Unidos, los «pioneros» de la campaña Bush-Cheney. En lugar de liberar al mercado del Estado, estas élites políticas y empresariales sencillamente se han fusionado, intercambiando favores para garantizar su derecho a apropiarse de los preciados recursos que anteriormente eran públicos, desde los campos petrolíferos de Rusia, pasando por las tierras colectivas chinas, hasta los contratos de reconstrucción otorgados para Irak.
    El término más preciso para definir un sistema que elimina los límites en el gobierno y el sector empresarial no es liberal, conservador o capitalista sino corporativista. 

 En una ocasión, un matrimonio de campesinos fue a la Universidad de Harvard. Ambos se sentaron frente al rectory le dijeron:

    —Queremos poner una placa con el nombre de nuestro hijo que ha muerto.
    —¡Señores! —respondió el rector—. ¿Ustedes creen que yo tengo tiempo para poner una placa para su hijo muerto? Si yo pusiera la placa de todos los hijos muertos que pasaron por esta universidad, esto sería un cementerio.
    Pero ellos volvieron otro día para explicarle:
    —No queremos una placa, nos gustaría levantar un edificio.
    —¡Ustedes están locos! —replicó el rector—. Eso valdría diez millones de dólares. —Y los echó de su oficina.
    Según la historia, ese matrimonio de campesinos de apellido Stanford fue el fundador de la Universidad de Stanford. Si ese director hubiese sabido negociar y desarrollar la conversación en una atmósfera de paz, todo ese dinero hubiese sido invertido en Harvard.
    

viernes, 28 de octubre de 2022

 


«¿Por qué tenemos que quedarnos todos tan solos? Pensé. ¿Qué necesidad hay? Hay tantísimas personas en este mundo que esperan, todas y cada una de ellas, algo de los demás, y que, no obstante, se aíslan tanto las unas de las otras. ¿Para qué? ¿Se nutre acaso el planeta de la soledad de los seres humanos para seguir rotando? Me tumbé de espaldas sobre una piedra plana, alcé la vista hacia el cielo y pensé en la multitud de satélites artificiales que debían de estar girando alrededor de la tierra. El horizonte aún estaba ribeteado de una pálida luz, pero en aquel cielo teñido de un profundo color vino empezaban a brillar ya las estrellas. Busqué en él la luz de los satélites. Pero aún había demasiada claridad para que pudieran apreciarse a simple vista. Las estrellas visibles permanecían inmóviles, cada una en su lugar, como clavadas en el cielo. Cerré los ojos, agucé el oído y pensé en los descendientes del Sputnik que cruzaban el firmamento teniendo como único vínculo la gravedad de la tierra. Unos solitarios pedazos de metal en la negrura del espacio infinito que de repente se encontraban, se cruzaban y se separaban para siempre. Sin una palabra, sin una promesa.»


—Haruki Murakami

 Hay dos maneras de ser engañados. Una es creer en algo que está mal y la otra negarse a creer en lo que es verdadero. 

Soren Kierkegaard (1813-1855)

jueves, 27 de octubre de 2022


 

"...El dolor es extraño.

Un gato que mata a un pájaro,
un coche accidentado,
un incendio... llega el dolor,
BANG, y allí está,
se introduce en ti. Es real.
Y para cualquiera que te vea, parecerás un imbécil.
Como si te hubiese caído una
idiotez repentina.
No hay cura para ello
mientras no encuentres a alguien que
comprenda cómo te sientes 
y sepa cómo ayudarte".

~ Charles Bukowski.

 El espacio, dejadme que lo repita, es enorme. La distancia media entre estrellas  es ahí fuera de más de 30 millones de millones de kilómetros. Son distancias fantásticas y descomunales para cualquier viajero individual, incluso a velocidades próximas a la de la luz. Por supuesto, es posible que seres alienígenas viajen miles de millones de kilómetros para divertirse, trazando círculos en los campos de cultivo de Wildshire, o para aterrorizar a un pobre tipo que viaja en una furgoneta por una carretera solitaria de Arizona —deben de tener también adolescentes, después de todo—, pero parece improbable. De todos modos, la posibilidad estadística de que haya otros seres pensantes ahí fuera es bastante grande. Nadie sabe cuántas estrellas hay en la Vía Láctea. Los cálculos oscilan entre unos 100.000 millones y unos 400.000 millones. La Vía Láctea sólo es una de los 140.000 millones de galaxias, muchas de ellas mayores que la nuestra. En la década de los sesenta, un profesor de Cornell llamado Frank Drake, emocionado por esos números descomunales, ideó una célebre ecuación para calcular las posibilidades de que exista vida avanzada en el cosmos, basándose en una serie de probabilidades decrecientes. En la ecuación de Drake se divide el número de estrellas de una porción determinada del universo por el número de estrellas que es probable que tengan sistemas planetarios. El resultado se divide por el número de sistemas planetarios en los que teóricamente podría haber vida. A su vez esto se divide por el número de aquellos en los que la vida, después de haber surgido, avance hasta un estado de inteligencia. Y así sucesivamente. El número va disminuyendo colosalmente en cada una de esas divisiones… pero, incluso con los datos más conservadores, la cifra de las civilizaciones avanzadas que puede haber sólo en la Vía Láctea resulta ser siempre de millones. Qué pensamiento tan interesante y tan emocionante. Podemos ser sólo una entre millones de civilizaciones avanzadas. Por desgracia, al ser el espacio tan espacioso, se considera que la distancia media entre dos de esas civilizaciones es, como mínimo, de doscientos años luz, lo cual es bastante más de lo que parece. Significa, para empezar, que aun en el caso de que esos seres supiesen que estamos aquí y fueran de algún modo capaces de vernos con sus telescopios, lo que verían sería la luz que abandonó la Tierra hace doscientos años. Así que no nos están viendo a ti y a mí. Están viendo la Revolución francesa, a Thomas Jefferson y a gente con medias de seda y pelucas empolvadas…, gente que no sabe lo que es un átomo, o un gen, y que hacía electricidad frotando una varilla de ámbar con un trozo de piel, y eso le parecía un truco extraordinario. Es probable que cualquier mensaje que recibamos de esos observadores empiece diciendo: «Señor caballero», y que nos felicite por la belleza de nuestros caballos y por nuestra habilidad para obtener aceite de ballena. En fin, doscientos años luz es una distancia tan alejada de nosotros como para quedar fuera de nuestro alcance. Así que, aunque no estemos solos, desde un punto de vista práctico si lo estamos. Carl Sagan calculó que el número probable de planetas del universo podía llegar a ser de hasta 10.000 millones de billones, un número absolutamente inimaginable. Pero lo que también resulta inimaginable es la cantidad de espacio por el que están esparcidos. «Si estuviéramos insertados al azar en el universo —escribió Sagan —, las posibilidades que tendríamos de estar en un planeta o cerca de un planeta serían inferiores a 1.000 millones de billones. (Es decir, 10 33 , o uno seguido de treinta y tres ceros). Los mundos son muy valiosos».

Bill Bryson

 Yo, la luz, he venido al mundo, para que todo el que cree en mí no permanezca en tinieblas. 

Juan 12:46, Biblia de King James

miércoles, 26 de octubre de 2022



Y si no puedes hacer tu vida como la quieres,
en esto esfuérzate al menos
cuanto puedas: no la envilezcas
en el contacto excesivo con la gente,
en demasiados trajines y conversaciones.
No la envilezcas llevándola,
trayéndola a menudo y exponiéndola
a la torpeza cotidiana
de las compañías y las relaciones,
hasta que llegue a ser pesada como una extraña.

martes, 25 de octubre de 2022


 

 ¿Te has preguntado alguna vez por qué los poetas, los narradores y los filósofos han sido tan valorados en todos los tiempos? No producían bienes, no construían casas ni conquistaban un imperio, y tampoco inventaban aparatos nuevos. Todo lo que podían hacer era soñar y hablar con los demás acerca de sus sueños y visiones. En diferentes siglos y en distintas civilizaciones, estos sueños tomaron muchas formas: las epopeyas de Homero y las visiones sufíes de Mukhi al-Din Ibn Arabi; los cuentos de Hans Christian Andersen y la filosofía de Dostoievski; las fantasías realistas de John Faulz y las novelas de J. K. Rowling. ¿Qué une a todas estas obras y otras miles escritas en diferentes épocas de la historia humana? Tienen distintos idiomas, estilos, maneras y pertenecen a diferentes continentes. Tienen algo en común: la imaginación y las imágenes surgidas en el cerebro de un escritor, filósofo o místico religioso se convierten en palabras y pasan a ser propiedad de la civilización. ¿Por qué estas historias son tan valoradas por otras personas? ¿Por qué los logros materiales de una época, como la ropa, utensilios, adornos y artículos de riqueza, desaparecieron sin dejar rastro, pero la más delicada cadena de palabras continuó viva después de que su creador se hubiera ido y, tras un tiempo, se convirtió en el orgullo de la nación? ¿Por qué nosotros, los seres humanos, somos tan aficionados a los cuentos de hadas y fantasías? ¿Qué esperamos encontrar en esas historias inventadas por otra persona?

KONSTANTIN KOROTKOV

viernes, 21 de octubre de 2022

 Varlam Shalamov — quien, según Gustaw Herling, superviviente de un gulag, era «un escritor a quien todos los literatos del gulag, incluido Solzhenitsyn, rinden pleitesía»— fue arrestado por primera vez en 1929, cuando tenía sólo 21 años y era todavía un estudiante de derecho en la Universidad de Moscú. Fue condenado a tres años de trabajos forzados en Solovki, una isla que había sido reconvertida de monasterio ortodoxo en campo de concentración soviético. En 1937, fue arrestado de nuevo y condenado a cinco años en Kolymá, en la Siberia nororiental. Tirando por lo bajo, alrededor de tres millones de personas perecieron en esos campos árticos, donde una tercera parte, o más, de los prisioneros morían cada año. Shalamov pasó diecisiete años en Kolymá. Su libro Relatos de Kolymá está escrito con un estilo sobrio, chejoviano, sin ninguna de las connotaciones didácticas de las obras de Solzhenitsyn. Pero en escuetos apartes ocasionales y entre líneas, se puede leer un mensaje: «Quien cree que puede portarse de manera diferente nunca ha tocado el auténtico fondo de la vida; nunca ha tenido que exhalar su postrer aliento en “un mundo sin héroes”». Kolymá era un lugar en el que la moral había dejado de existir. En los que Shalamov denominó secamente «cuentos de hadas literarios», bajo la presión de la tragedia y de la necesidad se forman profundos vínculos humanos; pero ningún lazo de amistad o de afinidad era suficientemente fuerte como para sobrevivir a la vida en Kolymá: «Si la tragedia y la necesidad unían a las personas y hacían nacer entre ellas la amistad, entonces ni la necesidad era extrema ni la tragedia tan grande», escribió Shalamov. Extirpado todo el sentido de sus vidas, podría parecer que los prisioneros no tenían ya ningún motivo para seguir adelante; pero la mayoría estaban demasiado débiles como para aprovechar las oportunidades que de vez en cuando se les presentaban para poner fin a sus vidas del modo que ellos eligieran: «Hay ocasiones en las que un hombre ha de apresurarse a morir si no quiere perder la voluntad de hacerlo». Rotos por el hambre y el frío, caminaban insensibles hacia una muerte sin sentido. Shalamov escribió: «Hay demasiadas cosas que un hombre no debería saber ni ver, y si las ve, es mejor para él que muera». A su regreso de los campos, pasó el resto de su vida negándose a olvidar lo que había visto. Describiendo su viaje de vuelta a Moscú, escribió: Era como si me hubieran despertado de un sueño que había durado años. Y, de repente, me invadió el miedo y sentí un sudor frío por todo el cuerpo. Me asusté de la fuerza terrible del hombre, de su deseo y de su capacidad para olvidar. Me di cuenta de que estaba dispuesto a olvidarlo todo, a hacer borrón de veinte años de mi vida. Y cuando lo comprendí, me hice con el dominio de mí mismo, supe que no permitirla que mi memoria olvidara todo lo que había visto. Y recuperé la calma y me dormí. En sus peores momentos, la vida humana no es algo trágico, sino carente de significado. El alma está rota, pero la vida prosigue. Cuando la voluntad falla, cae la máscara de la tragedia. Sólo queda el sufrimiento. No hay modo de explicar la última pena. Pero si los muertos pudieran hablar, no los entenderíamos. Tenemos la prudencia de mantener la apariencia de la tragedia: de sernos revelada, la verdad no haría más que cegarnos. Tal y como escribió Czeslaw Milosz: Nadie se da a sí mismo impune los ojos de un dios Shalamov salió libre de Kolymá en 1951, pero se le prohibió abandonar la región. En 1953, recibió permiso para irse de Siberia, pero le fue prohibido vivir en una gran ciudad. Regresó a Moscú en 1956, donde descubrió que su mujer le había dejado y su hija repudiado. El día en que cumplía 75 años, solo en una residencia para la tercera edad, ciego y casi sordo, y con grandes 105 dificultades para hablar, dictó varios poemas breves al único amigo que le visitaba de vez en cuando, y éstos fueron publicados en el extranjero. Debido a aquello, fue trasladado del asilo a un hospital psiquiátrico, sin mermar un ápice su resistencia, convencido quizá de que lo enviaban de vuelta a Kolymá. Tres días más tarde, el 17 de enero de 1982, murió en «una pequeña habitación, con barrotes en las ventanas, mirando hada una puerta recubierta de relleno aislante y con una mirilla redonda».

martes, 18 de octubre de 2022

 Tras tanta impostura y tanto fraude, es reconfortante contemplar a un mendigo. El, al menos, ni miente ni se miente: su doctrina, si la tiene, la encarna él mismo; no le gusta el trabajo y lo prueba; como no desea poseer nada, cultiva su desprendimiento, condición de su libertad. Su pensamiento se resuelve en su ser y su ser en su pensamiento. Está falto de todo, es él mismo, dura. Estar a la altura de la eternidad es también vivir al día. De este modo, para él, los otros están encerrados en la ilusión. Cierto que depende de ellos, pero se venga estudiándolos, especializado como está en los trasfondos de los sentimientos «nobles». Su pereza, de una rara calidad, hace de él un auténtico «liberado», perdido en un mundo de bobos y engañados. Sobre la renuncia, sabe mucho más que numerosas de vuestras obras esotéricas. Para convenceros, no tenéis más que echaros a la calle... ¡Pero no! Preferís los textos que preconizan la mendicidad. Ya que ninguna consecuencia práctica acompaña vuestras meditaciones, no es de extrañar que el último de los pordioseros valga más que vosotros. ¿Es concebible el Buda fiel a sus verdades y a su palacio? No se es «liberado-vivo» y propietario. Me rebelo contra la generalización de la mentira, contra los que exhiben su pretendida «salvación» y la apuntalan con una doctrina que no emana de sus profundidades. Desenmascararlos, hacerlos descender del pedestal en el que se han izado, ponerlos en la picota, es una campaña a la que nadie debería permanecer indiferente. Pues a todo precio, es preciso impedir a los que tienen demasiado buena conciencia vivir y morir en paz.


 

lunes, 17 de octubre de 2022


 

 Leonardo Da Vinci tenía escrito en su taller de escultura y pintura de Florencia, en Italia, dos palabras: “Ostinato Rigore”. Esto significa que en la vida, para conseguir cualquier resultado, se necesita empeño, trabajo, dedicación, voluntad.

 Todo contador de historias sabe que la verosimilitud, la apariencia de verdad de su efímera y personal verdad, a fin de cuentas está en el detalle. No en lo que se dijo, que habría de volverse frase propiedad y uso de eso que llaman la historia, sino en cómo se contó el anillo con una piedra roja falsa que alguien movía con una mano gesticuladora, cómo se habló del color de las botas. El contador de historias sabe que el número exacto es esencial: 321 hombres, 11 caballos y una yegua, 28 de febrero; que la supuesta precisión de la exactitud, así sea falsa, amarra la historia que ha de ser contada, la solidifica, la fija en la galería de lo verdadero de verdad.

Es sabido que no necesariamente las historias más repetidas son las más ciertas; son sólo eso: las más repetidas.
Y es conocido y evidente que a lo largo de una vida una persona será muchas personas, con los ecos del que fue cruzándose con el que es, o con el que parece ser.

Taibo II

miércoles, 12 de octubre de 2022

 Como señaló Kenko, escritor japonés del siglo XIV: “Si el hombre no se desvaneciera como el rocío del Adashino, no se desvaneciera como el humo del Toribeyama, sino que permaneciera para siempre en el mundo, las cosas perderían su poder de conmovernos. Lo más precioso en la vida es la incertidumbre”


 

 Quitemos a la muerte su extrañeza, conozcámosla, acostumbrémonos a ella. Que nada sea tan frecuente en nuestra cabeza como la muerte. Representemos a cada instante en la imaginación todos sus aspectos. […] No sabemos dónde nos aguarda: esperémosla donde sea. Meditar en la muerte es meditar en la libertad. […] Quien aprende a morir desaprende a ser esclavo. Saber cómo morir nos liberará de toda servidumbre y restricción. 

—MICHEL DE MONTAIGNE

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