Esta frase es una de las más potentes y dolorosas de Las palabras (Les Mots), la autobiografía de Jean-Paul Sartre publicada en 1964.
1. El niño como un "objeto" para los adultos
Sartre creció sin padre (quien murió cuando él era un bebé) y fue criado por su madre y sus abuelos maternos, especialmente por su abuelo Charles Schweitzer. En ese hogar, el pequeño Jean-Paul no era visto como un individuo libre, sino como un "regalo del cielo", una marioneta destinada a consolar a una familia que cargaba con sus propias penas y pérdidas.
El niño se convierte en un "monstruo" porque deja de ser una persona real para convertirse en un personaje de ficción. Sartre se vio obligado a actuar: a ser el niño prodigio, el pequeño sabio, el consuelo de su madre. Aprendió a impostar la voz, a sonreír cuando tocaba y a leer libros difíciles solo para recibir el aplauso de los adultos.
2. La pérdida de la autenticidad
Para el existencialismo de Sartre, el ser humano está condenado a ser libre y a construirse a sí mismo. Sin embargo, el niño no tiene las herramientas para defenderse de la mirada del adulto.
El "monstruo" es el resultado de la alienación. Las penas, las frustraciones y los deseos frustrados de los padres se "fabrican" e inyectan en el niño, moldeándolo a su imagen y semejanza. El niño se vuelve un ser monstruoso porque es una criatura artificial, despojada de su espontaneidad natural para cumplir un rol neurótico familiar.
3. La infancia como una prisión de cristal
En el libro, Sartre describe su infancia no como una época de traumas físicos o maltratos, sino como algo casi peor: una época de adoración asfixiante. Todo el mundo le decía lo perfecto que era, lo que lo llevó a una profunda crisis de identidad. Sentía que no existía de verdad, que solo existía en la medida en que los adultos lo miraban y lo aprobaban.
La "monstruosidad" radica en esa falsedad: un niño que no juega por jugar, sino para que los adultos digan "mira qué inteligente juega".
Resumen del concepto
Al decir que el niño es un monstruo fabricado con las penas de los adultos, Sartre nos advierte sobre el peligro de la paternidad y la educación entendidas como una proyección. Cuando un adulto no sana sus propias heridas, utiliza al niño como un parche para su dolor, robándole su libertad y fabricando, inevitablemente, un ser alienado.

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