Hay frases que parecen una broma y terminan siendo una radiografía.
Cuando Alejandro Dolina dice que la ignorancia es más rápida que la inteligencia, no está hablando de la velocidad de la mente, sino de la velocidad de las certezas.
Imagina dos viajeros. Uno cabalga a toda prisa. No mira el paisaje, no consulta mapas, no pregunta direcciones. Avanza con una confianza impecable. El otro se detiene constantemente. Examina una huella, duda ante un cruce, vuelve sobre sus pasos. Desde lejos parece torpe. Sin embargo, es el único que realmente está intentando comprender el camino.
La inteligencia tiene una relación íntima con la duda. Cada idea nueva la obliga a detenerse, a comparar, a corregir, a preguntarse: "¿Y si estoy equivocado?". La ignorancia, en cambio, no encuentra obstáculos porque ni siquiera los ve. Las complejidades del mundo pasan bajo sus pies como piedras ocultas bajo la nieve.
Por eso tantas veces las opiniones más simplistas llegan primero a las conclusiones. Son flechas disparadas sin apuntar. La inteligencia suele llegar después, cansada y llena de matices. La ignorancia llega antes porque viaja ligera: no carga preguntas.
Hay una ironía profunda en la frase. En la vida pública, en las redes, en las discusiones cotidianas, quien sabe menos suele hablar con mayor seguridad. Quien ha estudiado un tema durante años conoce demasiadas excepciones, demasiadas incertidumbres y demasiados límites como para sentirse dueño absoluto de la verdad.
La sabiduría se parece más a un caminante que a un corredor. Avanza despacio porque observa. La ignorancia se parece a un tren sin ventanas: atraviesa el mundo a toda velocidad, pero nunca ve el paisaje.
Y quizá la enseñanza más valiosa sea esta: desconfiar de las conclusiones que llegan demasiado rápido. Las verdades importantes rara vez aparecen al galope. Casi siempre llegan caminando, con polvo en los zapatos y una larga cadena de preguntas detrás.

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