lunes, 20 de diciembre de 2021

 No te di, Adamo, ni un puesto determinado ni un aspecto propio ni función alguna que te fuera peculiar, con el fin de que aquel puesto, aquel aspecto, aquella función por los que te decidieras, los obtengas y conserves según tu deseo y designio. La naturaleza limitada de los otros se halla determinada por las leyes que yo he dictado. La tuya, tú mismo la determinarás sin estar limitado por barrera ninguna, por tu propia voluntad, en cuyas manos te he confiado. Te puse en el centro del mundo con el fin de que pudieras observar desde allí todo lo que existe en el mundo. No te hice ni celestial ni terrenal, ni mortal ni inmortal, con el fin de que —casi libre y soberano artífice de tí mismo— te plasmaras y te esculpieras en la forma que te hubieras elegido. Podrás degenerar hacia las cosas inferiores que son los brutos; podrás —de acuerdo con la decisión de tu voluntad— regenerarte hacia las cosas superiores que son divinas. 

Pico DELLA MIRÁNDOLA, Oratio de hominis dignitate


La frase que quizá resume todo el fragmento sería:

«No te di una forma definitiva; te di la posibilidad de darte una forma.»

Eso cambia completamente la concepción de la dignidad.

La dignidad humana ya no depende solamente de pertenecer a una determinada posición social, linaje o estamento.

Depende de una capacidad:

la capacidad de cultivarse.

Y eso explica por qué este texto fue tan importante para el humanismo renacentista.


En una frase

Pico della Mirandola está diciendo:

El hombre es la criatura que no está completamente terminada porque posee la libertad de participar en su propia creación.

Y ahí está la belleza —y también el problema— del asunto.

Porque si nadie te entrega completamente terminado el molde de lo que eres, entonces tampoco puedes esconderte eternamente detrás de él.

Puedes decir «así soy».
Pico respondería: «sí, pero ¿qué estás haciendo para seguir siendo así?»

Y esa pregunta, escrita en el siglo XV, todavía nos alcanza bastante bien en el XXI.

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