Todas las religiones, casi todas las filosofías, una parte de la ciencia, atestiguan el incansable, heroico esfuerzo de la humanidad negando desesperadamente su propia contingencia.
JACQUES MONOD
La frase de Jacques Monod contiene una idea profundamente incómoda: el ser humano parece tener enormes dificultades para aceptar que su existencia no responde necesariamente a un propósito, que no ocupa un lugar privilegiado en el universo y que podría no haber ninguna razón última para que exista.
Monod no está criticando únicamente a la religión. Su observación apunta a algo más profundo: nuestra necesidad de encontrarle un sentido a la existencia, incluso cuando la realidad no nos garantiza que ese sentido exista.
Vamos por partes.
1. «Todas las religiones, casi todas las filosofías…»
¿Por qué menciona a las religiones y las filosofías?
Porque ambas han intentado responder algunas preguntas fundamentales:
¿Por qué existimos?
¿De dónde venimos?
¿Hay un propósito detrás de nuestra existencia?
¿Existe un orden moral en el universo?
¿Nuestra vida tiene un significado que trasciende la muerte?
Las religiones suelen responder mediante la voluntad de una divinidad, un orden sobrenatural o una finalidad trascendente. Muchas filosofías han buscado respuestas en la razón, la naturaleza, la historia o la estructura misma de la realidad.
Pero Monod advierte algo: la diversidad de las respuestas podría ocultar una misma necesidad humana: no querer aceptar que quizá no exista una respuesta definitiva.
Eso no significa que todas las religiones y filosofías sean iguales, ni que todas sus preguntas carezcan de valor. Significa que debemos examinar si nuestras explicaciones describen la realidad o si, en ocasiones, expresan nuestros deseos.
Hay una diferencia enorme entre encontrar una explicación y necesitar desesperadamente que exista una.
2. «Una parte de la ciencia»
Esta es, quizá, la parte más interesante de la frase.
Podríamos pensar que Monod contrapone la ciencia a la religión: la primera busca la verdad, mientras que la segunda ofrece consuelo. Pero su crítica es más sutil.
También la ciencia puede utilizarse para construir una imagen del universo en la que el ser humano ocupe un lugar especial.
Por ejemplo, podemos interpretar la evolución como si la aparición de nuestra especie hubiera sido el objetivo de todo el proceso evolutivo. Sin embargo, la teoría de la evolución no sostiene que la vida estuviera destinada a producir seres humanos.
La evolución no necesita proponerse una meta. Las variaciones hereditarias, la selección natural, la deriva genética y otros procesos pueden producir cambios y nuevas formas de vida sin perseguir un resultado predeterminado.
Nosotros somos una de las formas de vida surgidas de esa historia, no su desenlace científicamente demostrado.
La ciencia también puede ser deformada cuando se convierte en una ideología que pretende ofrecer respuestas definitivas a cuestiones que sus métodos no pueden resolver.
El problema no es buscar explicaciones científicas, sino convertir nuestras explicaciones en garantías de que el universo tiene que ajustarse a nuestros deseos.
3. «El incansable, heroico esfuerzo de la humanidad…»
Monod emplea una palabra sorprendente: heroico.
Podría haberse limitado a decir que la humanidad se engaña a sí misma. Pero reconoce la magnitud del esfuerzo que realizamos para encontrar sentido.
Y aquí aparece una contradicción profundamente humana.
Sabemos que somos mortales, pero construimos monumentos para perdurar.
Sabemos que nuestra existencia es frágil, pero levantamos civilizaciones.
Sabemos que el universo existía antes de nosotros y continuará después de nuestra desaparición, pero escribimos libros, creamos obras de arte, educamos a nuestros hijos y tratamos de dejar algo que sobreviva a nuestra muerte.
¿Es todo eso una negación de nuestra condición o una manera de afrontarla?
La respuesta no tiene por qué ser excluyente.
El esfuerzo puede ser heroico porque expresa nuestra resistencia ante la incertidumbre. Pero también puede ser desesperado cuando necesitamos que nuestras creaciones demuestren que nuestra existencia estaba predestinada.
Hay una diferencia entre construir algo valioso a pesar de nuestra fragilidad y convencernos de que somos inmortales porque hemos construido algo valioso.
La primera actitud puede ser una forma de lucidez. La segunda puede convertirse en una ilusión.
4. «Negando desesperadamente su propia contingencia»
Aquí está el corazón de la frase.
¿Qué significa contingencia?
En filosofía, algo contingente es aquello que existe, pero podría no haber existido. No es necesario ni inevitable.
Tú existes, pero tus antepasados podrían haber tomado otras decisiones. Tus padres podrían no haberse conocido. Las circunstancias históricas podrían haber sido diferentes. La vida en la Tierra podría haber seguido otro curso.
Y, en una escala más amplia, no hay una garantía científica de que el universo haya tenido que producir seres humanos.
Nuestra existencia es real, pero no por eso era inevitable.
A los seres humanos nos cuesta aceptar esta idea porque solemos confundir tres cosas distintas:
Existir: estamos aquí.
Tener una causa: nuestra existencia puede explicarse mediante una cadena de acontecimientos.
Tener un propósito predeterminado: existimos porque alguien o algo quiso que existiéramos para cumplir una finalidad.
Las dos primeras afirmaciones no demuestran la tercera.
Podemos explicar muchos aspectos de nuestra aparición mediante la biología y la historia sin concluir que nuestra existencia era el objetivo de esos procesos.
La contingencia nos recuerda que el mundo podría haber sido diferente y que nosotros podríamos no estar aquí.
¿Por qué resulta tan difícil aceptarlo?
Porque amenaza algunas de nuestras certezas más profundas: que somos especiales, que la historia conduce necesariamente hacia algo, que el sufrimiento debe tener una razón o que la muerte no puede representar el final de nuestra experiencia individual.
Pero aquí conviene hacer una distinción importante: que nuestra existencia no tenga un propósito cósmico demostrado no significa que nuestras vidas carezcan de significado.
El amor que sentimos por alguien no se vuelve falso porque el universo no lo haya decretado. La solidaridad no pierde su valor porque no exista una recompensa sobrenatural. El sufrimiento de otra persona no deja de importarnos porque la naturaleza no tenga intenciones morales.
El significado de nuestras relaciones y acciones no necesita ser una propiedad del universo entero para ser real en la experiencia humana.
5. ¿Está Monod diciendo que la religión es una ilusión?
En buena medida, cuestiona las explicaciones que atribuyen a la naturaleza una finalidad previa y que convierten al ser humano en el resultado necesario de un plan.
Esta postura está relacionada con su libro El azar y la necesidad, donde examina las implicaciones filosóficas de la biología molecular y la evolución.
Monod defiende una visión naturalista: los seres vivos no necesitan haber sido diseñados para un propósito previo para que podamos explicar su origen y funcionamiento.
Sin embargo, hay que evitar una conclusión excesiva.
La biología puede estudiar el origen de la vida y la evolución de los organismos, pero eso no equivale a demostrar científicamente que ninguna realidad trascendente existe. La ciencia puede poner a prueba afirmaciones sobre el mundo natural; las afirmaciones metafísicas más generales requieren un análisis adicional.
Tampoco todas las filosofías buscan negar la contingencia. Algunas la reconocen expresamente. El existencialismo, por ejemplo, ha explorado la ausencia de garantías previas y la responsabilidad que esto impone sobre nuestras decisiones.
Por eso, la frase de Monod funciona mejor como una crítica a nuestra necesidad de certezas absolutas que como una refutación de todas las religiones y filosofías.
6. La paradoja: quizá el valor de la vida está precisamente en su contingencia
Imaginemos que nuestra existencia estuviera predeterminada, que cada encuentro, cada descubrimiento y cada acto de generosidad formara parte de un plan inalterable.
Ahora imaginemos lo contrario: que estamos aquí como resultado de una historia natural que no perseguía nuestra aparición, que nuestra vida es limitada y que no tenemos garantías sobre lo que vendrá después.
¿La segunda posibilidad vuelve nuestra existencia menos valiosa?
No necesariamente.
Incluso podríamos pensar que la vuelve más urgente.
Si nuestra vida no está garantizada, el tiempo que compartimos con quienes amamos adquiere una importancia concreta. Si la justicia no está asegurada por el curso de la historia, construir una sociedad más justa depende de lo que hagamos. Si el universo no se ocupa de nosotros, nuestra responsabilidad hacia los demás no desaparece: se vuelve más nuestra.
Esto no demuestra que la contingencia sea una bendición. La incertidumbre también produce angustia, y la conciencia de nuestra mortalidad puede ser dolorosa. Pero sí muestra que aceptar nuestra condición no obliga a caer en el nihilismo.
Podemos dejar de considerarnos el centro del universo sin concluir que somos insignificantes.
No necesitamos ser el propósito del universo para que nuestra existencia importe.
7. reflexión final: ¿por qué necesitamos que el mundo tenga un propósito?
la frase de Monod toca una de nuestras tentaciones más persistentes: transformar una necesidad emocional en una afirmación sobre la realidad.
Necesitamos justicia y, a veces, imaginamos que la historia terminará necesariamente por imponerla.
Necesitamos que el sufrimiento tenga una explicación y, a veces, suponemos que debe formar parte de un plan.
Necesitamos que la muerte no sea definitiva y, a veces, convertimos esa esperanza en una certeza.
El problema no está en desear esas cosas. Está en creer que la intensidad de nuestro deseo demuestra que el mundo tiene la obligación de satisfacerlo.
Sin embargo, hay otra forma de vivir.
Podemos reconocer que no sabemos por qué existe el universo, que nuestra especie no estaba necesariamente destinada a aparecer y que quizá algunas preguntas últimas permanezcan sin respuesta.
Y aun así podemos amar, pensar, crear, combatir la injusticia y cuidar de otros.
No hace falta resolver el misterio de la existencia para asumir la responsabilidad de vivirla.
La lucidez no consiste en tener una respuesta definitiva para todo, sino en distinguir lo que sabemos de lo que esperamos, lo que podemos demostrar de lo que necesitamos creer.
Quizá el verdadero acto de valentía no sea encontrar una explicación que nos garantice que somos necesarios, sino aceptar que podríamos no serlo y, pese a ello, decidir que nuestra vida y la de los demás merecen ser vividas con dignidad.
Porque una cosa es que el universo no nos deba un propósito y otra, muy distinta, que nosotros no podamos construir propósitos por los cuales valga la pena vivir.
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