“El mundo hay que fabricárselo uno mismo, hay que crear peldaños que te suban, que te saquen del pozo. Hay que inventar la vida porque acaba siendo verdad”.

El frío ahí afuera, el frío que asciende cuando desciende el calor del amor, el frío que corre por los pasillos del cuerpo que unen o desunen al corazón con el cerebro (o viceversa), el frío que hace danzar al mercurio rojo sangre la danza del termómetro, el frío que se siente en los huesos cuando comienzan a cerrarse las puertas de la juventud, el frío que no se puede aislar con abrigos o calefactores, el frío que es todavía más frío cuando pensamos en qué frío que hace, el frío del pasado que es también el frío del futuro y los fríos que no podemos dejar de pensar y sentir junto a este frío del presente.
En los últimos días he sido capaz de ver mi vida desde una gran altura, como si fuera un paisaje, y con una percepción cada vez más profunda de que todas sus partes están conectadas. Aunque eso no significa que ya no quiera saber nada de la vida. Por el contrario, me siento intensamente vivo, y quiero y espero, en el tiempo que me queda, estrechar mis amistades, despedirme de aquellos que amo, escribir más, viajar si tengo fuerzas y ser capaz de comprender y conocer más y mejor.
Para ello hará falta audacia, claridad y llamar a las cosas por su nombre; intentaré saldar cuentas con el mundo. Pero también habrá tiempo para divertirse (e incluso para hacer un poco el tonto).
He explicado cómo hace muchos años tuve un sueño en el cual una voz me decía que leyera el libro de Carlos Castaneda Journey to Ixtlán. Cuando fui a la librería a comprarlo, descubrí que en él había muchas cosas que necesitaba aprender. Siempre me deja asombrado la forma en que parece que el inconsciente se diera cuenta de lo que necesitamos saber y nos fuera guiando para encontrarlo. Las partes de Viaje a Ixtlán que sentí que iban dirigidas a mí se referían a la muerte. Carlos recibe la enseñanza de Don Juan, y cuando dice que no tiene sentido ocuparse de la' muerte, porque es una idea que sólo produce desazón y miedo, Don Juan responde: ¡Eso es pura idiotez! La muerte es la única consejera sabia que tenemos. Cada vez que sientas, como siempre lo haces, que todo te está saliendo mal y que estás a punto de ser aniquilado, vuélvete hacia tu muerte y pregúntale si es cierto. Tu muerte te dirá que te equivocas, que nada importa en realidad más que su toque. Tu muerte te dirá: «Todavía no te he tocado». [...] Mírame a mí. Yo no tengo duda ni remordimiento. Todo cuanto hago es mi decisión y mi responsabilidad. La cosa más simple que haga, llevarte a caminar en el desierto, por ejemplo, puede muy bien significar mi muerte. La muerte me acecha. Por eso, no tengo lugar para dudas ni remordimientos. Si tengo que morir como resultado de sacarte a caminar, entonces debo morir. Tú, en cambio, te sientes inmortal, y las decisiones de un inmortal pueden cancelarse o lamentarse o dudarse. En un mundo donde la muerte es el cazador, no hay tiempo para lamentos ni dudas, amigo mío. Sólo hay tiempo para decisiones. En otro momento, Carlos pregunta: «¿Es tan terrible ser tímido?». Don Juan responde: No. No lo es si vas a ser inmortal, pero si vas a morir no hay tiempo para la timidez, sencillamente porque la timidez te hace agarrarte a algo que sólo existe en tus pensamientos. Te apacigua mientras todo está en calma, pero luego el mundo de pavor y misterio abre la boca para ti, como la abrirá para cada uno de nosotros, y entonces te das cuenta de que tus caminos seguros nada tenían de seguro. La timidez nos impide examinar y aprovechar nuestra suerte como hombres. Disfruta, que es más tarde de lo que piensas.
En la actualidad nos sigue costando imaginar una sociedad futura en la que el trabajo remunerado no sea el principio y fin de nuestra existencia. Pero la incapacidad de imaginar un mundo en el que las cosas son diferentes sólo demuestra nuestra falta de imaginación, no la imposibilidad de cambio. En los años cincuenta no podíamos concebir que la llegada de neveras, aspiradoras y sobre todo lavadoras ayudaría a las mujeres a acceder al mercado laboral de forma masiva, y sin embargo así fue. No obstante, no es la tecnología en sí lo que determina el curso de la historia. Al final, somos los humanos quienes decidimos cómo queremos moldear nuestro destino. El escenario de desigualdad radical que está configurándose en Estados Unidos no es nuestra única opción. La alternativa es que, en algún momento de este siglo, descartemos el dogma de que hay que trabajar para vivir. Cuanto más rica sea nuestra sociedad, menos eficaz será el mercado laboral en la distribución de la riqueza. Si queremos aferrarnos a las virtudes de la tecnología, en última instancia sólo queda una opción, y es la redistribución. Una redistribución masiva. Redistribución de dinero (renta básica), de tiempo (una semana laboral más corta), de impuestos (sobre el capital en lugar de sobre el trabajo) y, por supuesto, de robots. Ya en el siglo XIX, Oscar Wilde deseaba que llegara el día en que todo el mundo se beneficiara de máquinas inteligentes que serían «propiedad de todos». 320 El progreso tecnológico puede hacer que una sociedad sea más próspera en conjunto, pero no hay ley económica que diga que todos se beneficiarán de ello. No hace mucho, el economista francés Thomas Piketty causó un gran revuelo al plantear que, si seguimos avanzando por este mismo camino, no tardaremos en encontrarnos de nuevo ante una sociedad rentista como la de la Edad Chapada en Oro (Gilded Age). La gente que poseía el capital (valores, casas, máquinas) disfrutaba de un nivel de vida mucho más alto que la gente que sólo trabajaba. Durante cientos de años, los réditos del capital fueron del 4-5%, mientras que el crecimiento económico anual quedaba atrás, por debajo del 2%. A menos que resurgiera un crecimiento fuerte e inclusivo (cosa bastante improbable), se aplicaran impuestos altos al capital (igualmente improbable) o estallara la tercera guerra mundial (esperemos que no), la desigualdad podría aumentar hasta proporciones aterradoras una vez más. Todas las opciones estereotipadas (más educación, más regulación, más austeridad) serán una gota en el océano. Según el profesor Piketty, al final la única solución es un impuesto mundial progresivo sobre la riqueza, aunque reconoce que eso no es más que una «utopía útil». Y aun así, el futuro no está escrito. A lo largo de la historia, el camino hacia la igualdad siempre ha estado ligado a la política. Si una ley de progreso común no logra manifestarse por sí misma, no hay nada que nos impida instaurarla nosotros. De hecho, la ausencia de una ley semejante podría poner en peligro el propio mercado libre. «Debemos salvar al capitalismo de los capitalistas», concluye Piketty. 321 Una anécdota de los años sesenta resume bien esta paradoja. Cuando el nieto de Henry Ford invitó al líder sindical Walter Reuther a visitar la nueva fábrica automatizada de la compañía, le preguntó en broma: «Walter, ¿cómo va a conseguir que esos robots paguen sus cuotas sindicales?» Sin perder la compostura, Reuther respondió: «Henry, ¿cómo va a conseguir que los robots compren sus coches?»
¿Qué causa es la que voy a defender? Ante todo, mi causa es la buena causa, luego la causa de Dios, de la Verdad, de la Libertad, de la Humanidad, de la Justicia; después, la de mi Príncipe, la de mi Pueblo, la de mi Patria; finalmente, será la del Espíritu, y otras mil causas ... ¡Pero la causa que yo defiendo no es mi causa! ¡Abomino del egoísta que no piensa más que en sí!
Ya he dicho que Dios nos envía señales cuando vamos por el buen camino. En La comedia humana, de William Saroyan, hay una escena en que dos hermanos van por la calle. Uno de ellos tironea al otro por la manga y le señala un centavo que brilla en el suelo: «Un centavo -dijo Homer-. Recógelo, Ulysses, que trae buena suerte. Y guárdalo siempre.» Y Ulysses recogió el centavo, y al mirar a su alrededor vio que todos le sonreían por su buena suerte.
Cuando el fascismo llegó al poder la mayoría de la gente se hallaba desprevenida tanto desde el punto de vista práctico como teórico. Era incapaz de creer que el hombre llegara a mostrar tamaña propensión al mal, un apetito tal de poder, semejante desprecio por los derechos de los débiles o parecido anhelo de sumisión. Tan sólo unos pocos se habían percatado de ese sordo retumbar del volcán que precede a la erupción. Nietzsche había perturbado el complaciente optimismo del siglo XIX; lo mismo había hecho Marx, aun cuando de una manera distinta. Otra advertencia había llegado, algo más tarde, por obra de Freud. Por cierto que éste y la mayoría de sus discípulos sólo tenían una concepción muy ingenua de lo que ocurre en la sociedad, y la mayor parte de las aplicaciones de su psicología a los problemas sociales eran construcciones erróneas; y, sin embargo, al dedicar su interés a los fenómenos de los trastornos emocionales y mentales del individuo, ellos nos condujeron hasta la cima del volcán y nos hicieron mirar dentro del hirviente cráter. Freud avanzó más allá de todos al tender hacia la observación y el análisis de las fuerzas irracionales e inconscientes que determinan parte de la conducta humana. Junto con sus discípulos, dentro de la psicología moderna, no solamente puso en descubierto el sector irracional e inconsciente de la naturaleza humana, cuya existencia había sido desdeñada por el racionalismo moderno, sino que también mostró cómo estos fenómenos irracionales se hallan sujetos a ciertas leyes y, por tanto, pueden ser comprendidos racionalmente. Nos enseñó a comprender el lenguaje de los sueños y de los síntomas somáticos, así como las irracionalidades de la conducta humana, Descubríó que tales irracionalidades y del mismo modo toda la estructura del carácter de un individuo, constituían reacciones frente a las influencias ejercidas por el mundo exterior y, en modo especial, frente a las experimentadas durante la primera infancia. Pero Freud estaba tan imbuido del espíritu de la cultura a que pertenecía, que no podía ir más allá de los límites impuestos por esa cultura misma. Esos límites se convirtieron en vallas que llegaban hasta a impedirle la comprensión del individuo normal y de los fenómenos irracionales que operan en la vida social.
Carlos, de cincuenta años, banquero de gran éxito, vino a verme a causa de una profunda infelicidad en sus relaciones personales y un miedo muy arraigado, oculto tras una máscara de aparente calma y seguridad. "Es increíblemente fácil engañar a la gente con respecto a mi autoconfianza —dijo—. Y es porque ellos también se sienten inseguros". Divorciado después de quince años de matrimonio, hacía tres años que estaba con una misma mujer, separándose, reconciliándose y volviendo a separarse. "La verdad es que no tengo mucha consideración por ella. Pero ella me adora, se aferra a mí, quiere estar conmigo todo el tiempo. Es una relación segura y simple. Peleamos porque yo no quiero casarme. Yo la humillo, le reprocho sus aventuras anteriores. Ella me echa en cara que yo tengo miedo a comprometerme. Pero, ¿por qué tendría que comprometerme con una mujer que, en realidad, en el fondo, no me interesa? ¿Qué estoy haciendo, pues, con ella?".
Lo que yo vi cuando miré el rostro de este hombre de mediana edad, cuyos cabellos comenzaban a escasear, fue un chico asustado, confundido, angustiado, que parecía salir a pedir ayuda desde las profundidades de alguna pesadilla de su pasado. Yo sabía perfectamente que no era así como lo veían sus socios, pero me pregunté cómo hacían para no verlo de ese modo. Y pensé que su sensación de invisibilidad debía de aumentar aun más sus sufrimientos.
Le expliqué a Carlos que le daría el principio de una oración, una oración incompleta, y que él repetiría ese principio y terminaría la oración cada vez con un final diferente, sin preocuparse de que cada final fuera literalmente cierto, o de que alguno de los finales pareciera oponerse a otro. Lo que sigue son unos extractos de nuestras primeras sesiones.
Le di el principio Si el niño que tengo dentro pudiera hablar, diría..., y éstos son los finales que él añadió:
Tengo miedo.
No entiendo.
¿Por qué mamá siempre me grita?
¿Por qué papá me pega?
¿Por qué nada tiene sentido?
¿Por qué nade juega conmigo?
No sé cómo hablar con la gente.
Siempre tengo pesadillas, y cuando lloro papá me grita.
¿Por qué, cuando me estoy bañando, papá entra y se burla de mí? ¿Por qué nadie me protege?
Mediante la imaginación y la fantasía, Carlos retrocedió en el tiempo para rescatar a su sí-mismo niño, calmar su dolor y darle un consuelo, un apoyo y una firmeza que no había conocido nunca. Al hacerlo, Carlos empezó a "perdonar" a ese niño, a "perdonar" a su sí-mismo niño —a comprender que no era necesario ningún perdón— por el hecho de que no hubiera sabido apañárselas mejor; el niño había luchado por sobrevivir de la única forma que conocía... A medida que Carlos fue asimilando e integrando esta perspectiva, su autoestima comenzó a aumentar.
Y a medida que su autoestima se fortalecía, empezó de inmediato a parecer más adulto y más masculino. Su si-mismo niño daba vida a su rostro, y no dolor. En las semanas siguientes realizó más cambios, enteramente por iniciativa propia. Empezó a vestirse mejor, ya sin avergonzarse de poder comprar ropa cara. Dejó su modesto apartamento y se mudó a una hermosa casa. Terminó su insatisfactoria relación amorosa de tres años y comenzó a salir con mujeres más inteligentes, realizadas e independientes. Proyectaba más energía y decisión. Parecía más vital.
Al recuperar e integrar una parte importante pero rechazada de sí mismo, creció en estatura ante sus propios ojos. Al transformar su autoestima, transformó su vida.
Sugiero que se tome usted un momento para explorar sus sentimientos hacia el niño que fue una vez, para preguntarse sobre el papel que su sí-mismo niño podría ocupar en su vida actual..
Recuerdo que hace muchos años vi una película llamada:
Y mañana serán hombres
Las bandas sonoras del cine provocan en nosotros lo que se conoce como el efecto Château Lafite. Este efecto describe cómo la música que oímos de fondo (como en las películas) condiciona nuestros sentimientos y comportamientos. El estudio es obra del doctor en psicología Adrian North. Este eminente psicólogo analizó nuestro comportamiento en un restaurante de lujo en función de la música que sonaba de fondo. Hizo el experimento durante varios días. Primero, con música o sin música, y después con diferentes tipos de música. El resultado es sorprendente. Cuando suena música clásica de fondo en un restaurante de lujo, los clientes escogen los platos más caros de la carta. Pero Adrian North aún hiló más fino y, al parecer, el compositor que más afecta a nuestro bolsillo es Mozart. Según el experimento, la música de Mozart era la que impulsaba a los clientes no solo a escoger los platos más caros, sino también a elegir el vino más caro y a tirar la casa por la ventana con el postre. Parece que cuando Mozart suena de fondo nos sentimos más refinados y, para estar en sintonía con esta sensación, podemos gastarnos hasta lo que no tenemos. Lo mismo ocurre cuando estamos en una sala de espera, en un ascensor, a punto de despegar en un avión o en un hospital. Nos ponen una música de fondo muy tranquila para que nos relajemos y no causemos problemas. La música flota en el ambiente. Nadie la escucha pero todos la oyen. Incluso los médicos van tarareando la melodía que suena por los altavoces del techo del quirófano mientras operan en un ambiente happy . También es extraño cómo, en el mundo de la ópera, el papel o la importancia de la música ha ido cambiando. Para Mozart, «el libreto debía ser siempre el hijo obediente de la música», mientras que para Wagner la música daba sentido al texto. De este modo, durante el periodo del clasicismo de Mozart, la música es quien lleva la voz cantante y es la que cuenta la historia, mientras que con la llegada del Romanticismo y su exaltación de los sentimientos, la música pasa a reforzar los sentimientos expresados en el libreto. En este sentido, Wagner y todos los románticos concordaban más con la concepción cinematográfica de la música.
Ocurre que para Keats la muerte nunca fue una abstracción sino una presencia, una amenaza y un reto constantes desde su infancia. No puede decirse que su breve existencia fuera –como es para todos– sólo un curso hacia la muerte. En todo caso, se realizó en y con la muerte, haciendo de ella «fuente eterna de una linfa inmortal que cae sobre nosotros desde la orilla del cielo». Por eso su poesía, por eso el epitafio que dejó escrito para su sepultura:
Aquí yace uno cuyo nombre fue escrito en el agua
Desmayarse, atreverse, estar furioso,
áspero, tierno, liberal, esquivo,
alentado, mortal, difunto, vivo,
leal, traidor, cobarde y animoso;
no hallar fuera del bien centro y reposo,
mostrarse alegre, triste, humilde, altivo,
enojado, valiente, fugitivo,
satisfecho, ofendido, receloso;
huir el rostro al claro desengaño,
beber veneno por licor süave,
olvidar el provecho, amar el daño;
creer que un cielo en un infierno cabe,
dar la vida y el alma a un desengaño:
esto es amor: quien lo probó lo sabe.
Concédeme esos cielos, esos mundos dormidos,
Si realmente dejamos las ideas ilusorias acerca de algo que podría darnos o quitarnos, estaríamos alertas, La consecuencia de no hacerlo es terrible e ineludible. Perdemos nuestra capacidad de amar. Si usted quiere amar, debe aprender a ver de nuevo, Y si quiere ver, debe aprender a renunciar a su droga. Así es de sencillo. Renuncie a su dependencia. Rompa los tentáculos de la sociedad que lo hayan rodeado y que han sofocado su ser. Renuncie a ellos. Externamente, todo seguirá como antes, pero aunque usted continuará estando en el mundo, ya no será del mundo. En su corazón, ahora será finalmente libre, aunque estará completamente solo. Su dependencia de la droga morirá. No tiene que irse para el desierto; está en medio de las personas, disfruta de ellas enormemente. Pero ya no tienen el poder de hacerlo feliz o desdichado. Eso es lo que significa estar solo. En esta soledad muere su dependencia. Nace la capacidad de amar, Ya no ve a los demás como un medio de satisfacer la adicción. Solamente quien lo ha intentado conoce los terrores del proceso. Es como invitarse a sí mismo a morir. Es como pedirle al pobre drogadicto que renuncie a la única felicidad que ha conocido ¿Cómo cambiará por el sabor del pan y de la fruta y el sabor limpio del aire de la mañana, la dulzura del agua de la fuente en la montaña? Mientras luche con los síntomas de la abstinencia y el vacío que siente en su interior ahora que la droga se ha acabado, nada puede llenar el vacío excepto la droga. ¿Puede usted imaginar una vida en la cual usted se niega a disfrutar o a gozar con una sola palabra de aprecio, o a reclinar la cabeza en el hombro de alguien buscando apoyo? Piense en una vida en la cual usted no dependa de nadie emocionalmente, de manera que nadie tenga el poder de hacerlo feliz o desgraciado. Usted se niega a necesitar a una persona particular o a ser especial para alguien o a sentir que alguien le pertenece. Las aves del cielo tienen sus nidos y los zorros tienen sus madrigueras, pero usted no tendrá en dónde apoyar su cabeza en su viaje por la vida. Si alguna vez llega a este estado, sabrá finalmente lo que significa ver con una visión clara y sin nubes de temor o deseo. Allí cada palabra se mide. Ver finalmente con una visión que es clara, y sin nubes de temor o de deseo. sabrá lo que significa amar. Pero para llegar a la tierra del amor, tiene que pasar por los dolores de la muerte, porque amar a las personas significa morir a la necesidad de las personas, y estar completamente solo. ¿Cómo podría usted llegar allá algún día? Por medio de una consciencia incesante, por medio de una paciencia y una compasión infinitas como las que tendría por el drogadicto. Desarrollando el gusto por las cosas buenas de la vida para contrarrestar la necesidad de la droga. ¿Cuáles cosas buenas? El amor al trabajo que a usted le gusta hacer por el trabajo mismo; el amor a la risa y a la intimidad con las personas a las cuales usted no se aferra y de las cuales no depende emocionalmente pero cuya compañía usted disfruta. También ayudará que usted realice actividades que pueda hacer con todo su ser, actividades que a usted le gusten tanto que cuando se dedique a ellas, el éxito, el reconocimiento y la aprobación sencillamente no signifiquen nada. También ayudará que regrese a la naturaleza. Despida a las multitudes, suba a las montañas, y comulgue en silencio con los árboles y las flores y los animales y las aves, con el mar y las nubes y el cielo y las estrellas. Ya le dije que mirar las cosas , ser consciente de las cosas que nos rodean es un gran ejercicio espiritual. Confiemos en que las palabras desaparecerán, los conceptos desaparecerán, y usted, ya lo verá, entrará en contacto con la realidad. Ésa es la cura para la soledad. Generalmente, tratamos de curar nuestra soledad dependiendo emocionalmente de la gente, y por medio de la sociabilidad y el ruido. Eso no es una cura. Regrese a las cosas, regrese a la naturaleza, suba a las montañas. Entonces sabrá que su corazón lo ha llevado al vasto desierto de la soledad, allí no hay nadie a su lado, absolutamente nadie. Al principio esto parecerá insoportable. Pero es porque usted no está acostumbrado a estar solo. Si logra permanecer allí por un tiempo, el desierto florecerá de pronto en el amor. Su corazón estallará en cantos. Y siempre será primavera; la droga desaparecerá; usted es libre. Entonces comprenderá lo que es el amor, lo que es la felicidad, lo que es la realidad, lo que es la verdad, lo que es Dios. Usted verá, usted sabrá más allá de los conceptos y los condicionamientos, de las adicciones y los apegos. ¿Eso tiene sentido?
CANTAN. Cantan. ¿Dónde cantan los pájaros que cantan ? Ha llovido. Aún las ramas están sin...
A partir de Freud, el psicoanálisis ha abordado el inconsciente del artista y ha hecho importantes contribuciones a la psicología del arte. Freud considera que la obra de arte es intermediaria entre el sueño y la escritura arcaica. Como el sueño, la obra de arte busca disimular su sentido, pero, al igual que la escritura, debe seguir siendo comprensible, inventando un sistema de expresividad propio. Freud manifiesta una fascinación por los artistas, quienes en una forma casi directa poseen un conocimiento más seguro de los procesos psíquicos morbosos y normales que la psicología o psiquiatría tradicional. Lo que para un científico requiere años de investigación y esfuerzo, en el artista se presenta en forma intuitiva y a veces casi completa y adivinadora. Freud habla de un conocimiento endopsíquico que es privilegio de los artistas, los hombres primitivos y algunos enfermos mentales. Es un conocimiento oscuro que el artista tiene sin saber, que está en la sombra y que se expresa por mitos, obras de arte o manifestaciones delirantes. Aspectos psicopatológicos de Armando Reverón 17 Para Freud la obra de arte es un texto para descifrar. Él la denomina “texto-tejido”, que es el producto de un conflicto de fuerzas entre los deseos de Eros y los impulsos de muerte, entre lo que es manifiesto y lo oculto. En Reverón, esa lucha se manifestaba en el mismo acto de pintar, para lo cual se ceñía fuertemente la cintura, intentando separar las dos partes del cuerpo: la impura de la pura. Para Freud el sueño es el paradigma de la obra de arte, y las técnicas que sirven para descifrar el mundo onírico pueden ser útiles para desenmascarar los mitos y las obras artísticas
Hoy, la mayoría de las personas creen formar parte de una especie capaz de ser dueña de su destino. Es una cuestión de fe, no de ciencia. Nunca hablamos del día en el que las ballenas o los gorilas se convertirán en amos y señores de sus destinos. ¿Por qué, entonces, los seres humanos?
En los tiempos remotos, durante la creación de la tierra, hallábanse los dioses hindúes reunidos en asamblea para decidir un importante asunto. Estaban preocupados porque querían esconder el secreto de la felicidad para que los mortales no pudieran descubrirlo, pues querían conservarlo sólo para ellos. Shiva opinaba que debían guardarlo en lo más profundo de los océanos, pero Brahma, que había convocado la asamblea, le recordó que los mares podrían secarse. Sugirieron dejar su secreto en el fondo del volcán más tenebroso, pero otra vez Brahma se negó porque los volcanes también podrían apagarse. Devandiren, rey de los semidioses, propuso guardar el secreto en los cielos, pero tampoco fue escuchado ya que, dijeron los demás, algún día un mortal podría volar como un pájaro. Después de años enteros de discusiones, Brahma se pronunció y, muy solemnemente, les dijo a los demás dioses: «Ya he tomado una decisión. Vamos a guardar nuestro secreto en un lugar en el cual los mortales jamás buscarían». «¿Dónde, hijo mío?», le preguntó Paraxati, y Brahma, su hijo y esposo, le contestó: «Lo esconderemos dentro de ellos mismos».