jueves, 8 de octubre de 2026

 «Todo el mundo tiene un mundo secreto dentro de sí.


Quiero decir, todo el mundo. Todas las personas del mundo entero, quiero decir, todos; no importa lo aburridas y grises que parezcan por fuera.

Dentro de cada una hay mundos inimaginables, magníficos, maravillosos, estúpidos, asombrosos…

No solo un mundo. Cientos de ellos. Miles, quizá.»

— Neil Gaiman


Podemos ver a alguien sentado en un autobús, atendiendo una caja, limpiando una oficina o haciendo todos los días el mismo trabajo. Desde fuera quizá parece una existencia rutinaria. Pero esa persona puede estar recordando un amor de hace treinta años, imaginando una vida completamente distinta, preocupándose por su hijo, inventando historias, teniendo una conversación imaginaria, recordando su infancia o construyendo en su cabeza un universo entero.

Y Gaiman no dice solamente que tenemos pensamientos profundos. Mete deliberadamente palabras contradictorias:

Magníficos, maravillosos, estúpidos, asombrosos.

 El mundo interior humano no es necesariamente noble ni hermoso. También contiene tonterías, contradicciones, fantasías absurdas, miedos, deseos, recuerdos vergonzosos y pensamientos que jamás contaríamos.

No somos una sola historia.

Somos muchas versiones de nosotros mismos dependiendo de lo que recordamos, deseamos, tememos o imaginamos. El que somos en el trabajo no es exactamente el mismo que somos con nuestra pareja; el adulto que somos hoy contiene al niño que fuimos; y dentro de nosotros pueden coexistir el que fuimos, el que somos y el que imaginamos llegar a ser.

Y hay una consecuencia filosófica muy bonita

La cita cuestiona nuestra tendencia a juzgar a las personas exclusivamente por su apariencia exterior.

Vemos una conducta y creemos haber visto a la persona.

Pero quizá solo hemos visto la portada.

Y esto conecta bastante con aquella idea  de aceptar las opiniones de los demás: también podríamos aplicar el principio a las personas. No solamente las ideas tienen una historia que desconocemos; las personas también.

Quizá por eso la frase funciona tan bien: no nos dice que todos somos extraordinarios en algún sentido grandilocuente. Dice algo más interesante:

todos somos mucho más complejos de lo que alcanzamos a ver desde fuera.

Y eso incluye al tipo aburridísimo de la fila del banco. 

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