Muy pronto tuve claro también –tanto que no pude considerar otro punto de partida– que quería anclar la historia de mi desgarramiento social en la situación que había vivido como estudiante, la repugnante situación a la que el Estado francés seguía condenando a las mujeres, el recurso al aborto clandestino a manos de un fabricante de ángeles. Y quería describir todo lo que le pasó a mi cuerpo de niña, el descubrimiento del placer, el periodo. Así, en este primer libro, publicado en 1974, sin que yo fuera consciente de ello en aquel momento, se definió el ámbito en el que situaría mi escritura, un ámbito que era a la vez social y feminista. La venganza por mi raza y la venganza por mi sexo se convertían a partir de entonces en una sola. ¿Cómo no cuestionarse la vida sin cuestionarse también la escritura? ¿Sin preguntarse si confirma o perturba las representaciones aceptadas e interiorizadas de los seres y las cosas? ¿No refleja la escritura insurgente, con su violencia y burla, una actitud dominada? Cuando el lector era una persona culturalmente privilegiada, mantenía con respecto al personaje del libro la misma posición de prepotencia y condescendencia que en la vida real. Por eso, originalmente, para eludir esta perspectiva que, tendida sobre mi padre, cuya vida quería contar, la cual me habría resultado insoportable y sentía como una traición, adopté, a partir de mi cuarto libro, un estilo de escritura neutro y objetivo, "plano" en el sentido de que no contenía metáforas ni signos de emoción. La violencia ya no se exhibía, provenía de los propios hechos y no de la escritura. Encontrar las palabras que contengan a la vez la realidad y la sensación que ésta produce iba a convertirse, hasta la fecha, en mi preocupación constante a la hora de escribir, sea cual fuere el tema.
Continuar diciendo "yo" me fue necesario. La primera persona –aquella por la que, en la mayoría de las lenguas, existimos, desde que sabemos hablar, hasta la muerte– se considera a menudo, en su uso literario, narcisista cuando se refiere al autor, cuando no es un yo presentado como ficticio. Conviene recordar que el "yo", hasta entonces privilegio de nobles que relataban hazañas de armas en sus memorias, es en Francia una conquista democrática del siglo XVIII, la afirmación de la igualdad de los individuos y del derecho a ser sujeto de su propia historia, como reivindica Jean-Jacques Rousseau en el primer preámbulo de sus Confesiones: "Y que no se me objete que, siendo sólo un hombre del pueblo, no tengo nada que decir que merezca la atención de los lectores. […] En cualquier oscuridad que pude haber vivido, si he pensado más y mejor que los reyes, la historia de mi alma es más interesante que la de ellos”. No fue este orgullo plebeyo lo que me motivó (aun cuando...) sino el deseo de utilizar el "yo" -una forma que es a la vez masculina y femenina- como herramienta de exploración que capta las sensaciones, las que la memoria ha ocultado, las que el mundo que nos rodea no cesa de ofrecernos, en todas partes y todo el tiempo. Este antecedente de la sensación se ha convertido para mí tanto en la guía como en la garantía de la autenticidad de mi búsqueda. ¿Pero con qué fin? Para mí, no se trata de contar la historia de mi vida ni de entregarme a sus secretos, sino de descifrar una situación, un acontecimiento, una relación amorosa, y revelar así algo que sólo la escritura puede hacer existir y pasar, tal vez, a otras conciencias, a otros recuerdos. ¿Quién podría decir que el amor, el dolor y el luto, la vergüenza, no son universales? Victor Hugo escribió: "Ninguno de nosotros tiene el honor de tener una vida que le pertenezca". Pero como todas las cosas se viven inexorablemente de modo individual –“me está pasando a mí”–, sólo pueden leerse del mismo modo si el "yo" del libro se vuelve, en cierto modo, transparente, y el del lector o lectora pasa a ocuparlo. Que este Yo sea, en definitiva, transpersonal, que lo singular alcance lo universal.

No hay comentarios:
Publicar un comentario