domingo, 1 de noviembre de 2026

Joan Margarit
 



 

No todo es color de rosa, ni tiene que serlo.


La frase parece sencilla, pero encierra una postura filosófica y psicológica frente a la existencia: aceptar que la vida no está obligada a satisfacer nuestras expectativas. Hay pérdidas que no tienen compensación, decepciones que no producen ninguna enseñanza extraordinaria y momentos difíciles que simplemente son difíciles. No todas las heridas nos hacen más fuertes, no todos los fracasos nos conducen al éxito y no todo sufrimiento esconde un propósito que algún día comprenderemos.

A veces, las cosas salen mal. Y punto.

Quizá uno de los problemas de nuestra época sea haber convertido la felicidad en una especie de obligación moral. La psicología popular, la publicidad y cierta industria de la superación personal han contribuido a difundir la idea de que nuestra actitud determina prácticamente todo lo que nos sucede. Si estás triste, cambia tu perspectiva; si estás frustrado, trabaja en ti mismo; si las cosas no funcionan, quizá no estás pensando positivamente.

De esta manera, el sufrimiento deja de ser una experiencia humana para convertirse en una responsabilidad individual. Ya no basta con atravesar una dificultad: también parece que tenemos que hacerlo con buena actitud, gratitud y una sonrisa. Incluso el dolor necesita presentarse con una narrativa inspiradora para resultar socialmente aceptable.

La aceptación psicológica no consiste en disfrutar de lo desagradable, sino en dejar de gastar todas nuestras fuerzas intentando negar aquello que sentimos. Podemos estar tristes sin considerarnos personas infelices; podemos experimentar miedo sin permitir que gobierne nuestras decisiones; podemos reconocer que estamos atravesando una mala etapa sin concluir que nuestra vida entera es un desastre.

Aquí aparece una distinción fundamental: aceptar no es resignarse.

Los estoicos comprendieron que buena parte de nuestro sufrimiento proviene de confundir nuestros deseos con las condiciones que la realidad debería cumplir. Epicteto proponía distinguir entre lo que depende de nosotros y aquello que no está bajo nuestro control. No elegimos todas las circunstancias, pero podemos trabajar sobre nuestra respuesta ante ellas.

Sin embargo, aceptar la realidad tampoco significa justificarla. Hay situaciones que merecen nuestra resistencia, injusticias que necesitan ser denunciadas y condiciones que deben transformarse. La serenidad no debería convertirse en una excusa para la pasividad. No tenemos que aprender a convivir tranquilamente con aquello que tenemos la posibilidad y la responsabilidad de cambiar.

Nietzsche, con su filosofía de la afirmación de la vida, nos invita a pensar en una aceptación que no dependa exclusivamente de las circunstancias favorables. No se trata de buscar el sufrimiento ni de glorificarlo, sino de no condicionar nuestro amor por la existencia a que esta nos resulte siempre cómoda.

Quizá la madurez consista precisamente en eso: dejar de negociar nuestra felicidad con la realidad.

Porque una cosa es aspirar a una vida mejor y otra muy distinta es despreciar la vida que tenemos porque todavía no se parece a la que imaginamos. 

Hay días para celebrar y días para resistir; momentos para avanzar y momentos para detenernos. No todas las historias tienen finales felices, ni todas las preguntas encuentran respuesta. Pero eso no convierte a la existencia en un fracaso.

Quizá debamos dejar de buscar una vida perfecta y comenzar a construir una vida suficientemente libre, consciente y digna. Una vida en la que podamos disfrutar de lo agradable, enfrentar lo desagradable y transformar aquello que no estamos dispuestos a aceptar.

Al fin y al cabo, no le debemos a nadie una felicidad permanente, ni siquiera a nosotros mismos.




 —«Cualquier cosa que cueste dinero es barata»— 

John Steinbeck


Hay cosas que podemos comprar por mucho dinero y que, sin embargo, son baratas en términos humanos. Una casa, un automóvil, un reloj de lujo o unas vacaciones pueden tener un precio elevado, pero siguen siendo mercancías cuyo valor puede expresarse en una cifra.

Todo lo que puede comprarse tiene un precio y, en ese sentido, es barato. Lo verdaderamente costoso es aquello que no podemos adquirir, reemplazar ni recuperar. El tiempo, la dignidad, la libertad y los afectos no aparecen en ninguna etiqueta comercial. Y, sin embargo, son precisamente esas cosas las que terminan determinando cuánto vale nuestra vida.

La pregunta incómoda no es cuánto cuesta lo que tenemos, sino cuánto de nosotros mismos hemos pagado para conseguirlo.


 A vosotros, los que vengáis a

hacer lo que nosotros no

hemos hecho. A dar el beso

que no pudimos dar, a

soñar el sueño que se nos

escapó, a escribir la letra

que se nos olvidó. Os

confío mi fracaso, y

os deseo la victoria. 


Este texto de Pedro Salinas tiene algo profundamente conmovedor: es una despedida, pero también una herencia. No habla desde el resentimiento de quien no consiguió lo que quería, sino desde la generosidad de quien ha aprendido a aceptar sus limitaciones y, aun así, desea que otros lleguen más lejos.

Quien habla no siente que el éxito de los demás disminuya el valor de su propia existencia.

No reclama que las generaciones futuras repitan sus pasos, ni les exige fidelidad a sus frustraciones. Por el contrario, les desea aquello que él no consiguió.

Esto rompe con una actitud bastante frecuente: la de quienes, después de haber fracasado, terminan desconfiando de los sueños ajenos.

Es la diferencia entre transmitir una frustración y transmitir una esperanza.

El verdadero legado no consiste en conseguir que los demás hereden nuestras derrotas, sino en ofrecerles la posibilidad de superarlas.

Hay una idea que atraviesa todo el fragmento: nuestra existencia no termina en los límites de nuestra propia biografía.

Somos seres temporales, pero participamos de algo que nos trasciende.

En ese sentido, el texto puede leerse desde tres perspectivas:

  • Existencial: debemos aceptar que nuestra vida contiene posibilidades que nunca realizaremos. Vivir también significa renunciar, equivocarse y dejar cosas pendientes.

  • Intergeneracional: cada generación recibe un mundo incompleto y tiene la responsabilidad de transformarlo.

  • Ética: la madurez consiste, entre otras cosas, en desear que otros alcancen aquello que nosotros no pudimos alcanzar.

Hay también una crítica implícita al individualismo: no todo tiene que terminar en nosotros. No somos necesariamente la culminación de nada. Somos un eslabón.



 Las ideas nunca se realizan por completo. A veces se retraen, invernan como algunas bestias, esperan el momento oportuno para reaparecer. El pensamiento no muere. Sólo mide su tiempo. La idea que parecía muerta en un tiempo reaparece en otro. El espíritu no muere. Se traslada. Se duplica. A veces suple, e incluso, suplica.   


Esta reflexión de Carlos Fuentes contiene una idea profundamente filosófica: las ideas no están sometidas al mismo ciclo de vida que los seres humanos. Pueden desaparecer de la conversación pública, ser derrotadas políticamente, quedar sepultadas por nuevas circunstancias, pero eso no significa necesariamente que hayan muerto. A veces simplemente están esperando otra época.


El olvido no siempre es una muerte; a veces es solamente una pausa en la historia.

Hay pensamientos que necesitan décadas para encontrar oídos dispuestos a escucharlos. Hay libros que esperan generaciones para ser comprendidos. Hay ideales que parecen enterrados hasta que las circunstancias vuelven a hacerlos necesarios.

Quizá la enseñanza más esperanzadora de Fuentes sea esta: no debemos confundir el silencio de una época con el final de una idea.

Porque el presente puede silenciar un pensamiento, pero no siempre puede impedir que el futuro vuelva a necesitarlo.


«No dejes que la mano muerta de la realidad inhiba tus sensaciones».

 

 Susan Sontag 


La realidad tiene una fuerza considerable. Nos recuerda constantemente lo que no podemos hacer, lo que hemos perdido, lo que resulta improbable y aquello que debemos aceptar.

La realidad puede quitarnos muchas cosas, pero hay algo que no deberíamos entregarle voluntariamente: nuestra sensibilidad.

Que la experiencia no nos vuelva indiferentes. Que la inteligencia no nos convierta en cínicos. Que la lucidez no termine siendo otra forma de resignación.

No se trata de cerrar los ojos ante la realidad, sino de impedir que la realidad nos cierre los ojos ante la vida.

Porque una cosa es aprender a vivir con los pies en la tierra y otra muy distinta es olvidar que también tenemos derecho a levantar la mirada.

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