«Creo que hay una forma de hacer las cosas bien: pasar por el mundo procurando dejar la menor huella posible».
La frase parece sencilla, pero contiene una idea profunda: no se trata solamente de vivir, sino de preguntarnos cómo queremos hacerlo y qué consecuencias tiene nuestra manera de vivir sobre el mundo que compartimos.
Alex Honnold, conocido por sus ascensiones en solitario y sin cuerda, es alguien que se enfrenta físicamente a los límites de la naturaleza. Sin embargo, esta frase apunta en una dirección distinta de la que podríamos esperar de un hombre que escala paredes gigantescas: no habla de conquistar, dominar o someter, sino de aprender a pasar por el mundo con cierta delicadeza.
Honnold no dice que exista una única manera correcta de vivir. Dice que cree que hay una manera de hacer las cosas bien.
La diferencia es importante.
Su frase expresa una convicción ética: nuestras decisiones no son indiferentes. Podemos actuar de una manera que cause más daño o de otra que procure reducirlo. Podemos consumir sin preguntarnos por las consecuencias o podemos prestar atención a lo que nuestras acciones implican para los demás y para el entorno.
No siempre podemos evitar causar algún impacto, pero sí podemos decidir si nos importa ese impacto.
Aquí aparece una pregunta filosófica fundamental: ¿vivir bien consiste en obtener todo lo que deseamos o en aprender a relacionarnos responsablemente con aquello que nos permite vivir?
La primera opción pone el deseo individual en el centro. La segunda nos recuerda que no vivimos aislados: dependemos de otras personas, de comunidades y de sistemas naturales que existían antes de nosotros y que, idealmente, deberían continuar después de nuestra partida.
La expresión inglesa to tread lightly significa literalmente «pisar suavemente», pero también tiene un sentido figurado: actuar con cuidado, sin causar daños innecesarios.
La metáfora es poderosa porque caminar es una de las acciones más cotidianas que existen.
No necesitamos ser conquistadores para dejar una huella. Basta con vivir.
Nuestra huella puede ser ecológica: los recursos que consumimos, los residuos que generamos y los efectos de nuestro estilo de vida.
Pero también puede ser humana.
Podemos atravesar la vida de otras personas dejando confianza o desconfianza, tranquilidad o sufrimiento, oportunidades o heridas. Podemos ejercer nuestra libertad teniendo en cuenta que los demás también tienen derecho a ejercer la suya.
Por eso, la frase puede leerse más allá del ambientalismo. Nos invita a pensar en una ética de la moderación: no todo lo que podemos hacer necesita hacerse, no todo lo que podemos tomar nos pertenece moralmente y no toda nuestra fuerza tiene que convertirse en dominio.
Esto no significa vivir con miedo a equivocarnos ni renunciar a nuestros deseos. Significa reconocer que nuestra libertad tiene consecuencias.
Hay algo especialmente interesante en la última parte de la frase.
Honnold no habla de caminar suavemente por un jardín propio, por una propiedad privada o por un espacio que podamos controlar. Habla del mundo.
Y el mundo es aquello que compartimos, incluso con personas que nunca conoceremos.
Desde una perspectiva ecológica, esto nos obliga a mirar más allá de nuestra comodidad inmediata. El planeta no es un escenario colocado para satisfacer nuestras necesidades, sino el sistema del que formamos parte.
Desde una perspectiva existencial, la idea también tiene otra dimensión: nuestra vida es temporal. Pasaremos por aquí durante un periodo relativamente breve y después otros ocuparán los espacios que dejamos.
Podemos vivir como si todo nos perteneciera o aceptar que somos, en cierto sentido, huéspedes temporales.
La segunda actitud no exige despreciar la vida material ni idealizar la pobreza. Exige distinguir entre disfrutar del mundo y comportarnos como si tuviéramos derecho a agotarlo.
Hay una paradoja hermosa en esta frase.
Estamos acostumbrados a medir el éxito por el tamaño de nuestra huella: cuánto acumulamos, cuánto conquistamos, cuánto producimos, cuántas personas nos reconocen y qué tan lejos llega nuestra influencia.
La cultura del éxito suele decirnos que debemos dejar marca, destacar, sobresalir y demostrar que estuvimos aquí.
Honnold propone otra intuición: quizá una vida no se mida solamente por lo que consigue dejar atrás, sino también por aquello que consigue no destruir en el camino.
No todo lo valioso necesita imponerse. No toda existencia significativa necesita convertirse en un monumento. A veces, la madurez consiste en comprender que nuestra importancia no nos concede un derecho ilimitado sobre el mundo.
Y eso vale tanto para la naturaleza como para nuestras relaciones.
Podemos aspirar a ser fuertes sin ser crueles, ambiciosos sin ser depredadores y libres sin comportarnos como si nuestra libertad fuera la única que importa.
Al final, la pregunta que deja esta frase es sencilla, aunque responderla resulte difícil:
Cuando nos marchemos de un lugar, de una relación o de este mundo, ¿habremos contribuido a hacerlo un poco más habitable o simplemente habremos tomado todo lo que pudimos?
Quizá vivir bien no consista en no dejar ninguna huella. Eso sería imposible.
Quizá consista en aprender a distinguir entre las huellas que dan testimonio de que vivimos y las que demuestran que nunca aprendimos a compartir el mundo.

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