miércoles, 14 de octubre de 2026


 La frase de Jorge Teillier tiene la melancolía de un hombre que ya entendió algo esencial: el mundo moderno nos enseña a perseguir gigantes —éxito, dinero, prestigio, trascendencia—, pero el alma sigue estremeciéndose por cosas diminutas y casi inútiles.

“La brizna roída por un conejo” y “la ortiga creciendo entre las grietas” son imágenes humildes, pobres incluso. 
No hablan de monumentos ni de gloria. 
Hablan de vida mínima. 
De lo que existe sin pedir permiso. 

Teillier dice: quizá nada vale más que eso. Una hierba comida por un animal. Una planta salvaje resistiendo entre piedras. La naturaleza silenciosa sobreviviendo al cemento humano.

Y luego llega el golpe emocional:

“Pero nunca dejaremos de correr para acompañar a los niños a saludar el paso de los trenes.”

Ahí aparece el verdadero centro del texto: el asombro.
El tren en Teillier no es solo un tren. Es infancia, provincia, despedida, misterio, viaje, tiempo. 
Los niños corren a saludarlo porque todavía creen que el mundo guarda magia detrás de sus rieles. Y los adultos corren con ellos aunque sepan que el tren no conduce al paraíso. Corren porque necesitan recordar esa emoción perdida.

Es una idea profundamente humana:
aunque comprendamos que el universo es indiferente y que muchas de nuestras ambiciones son absurdas, seguimos buscando pequeños rituales de belleza. 
 Seguimos mirando pasar los trenes.

Hay también una tensión preciosa entre desencanto y ternura. Teillier no cae en el cinismo. No dice: “todo es inútil, entonces nada importa”. Dice algo más delicado:
—Tal vez las cosas simples son las únicas que realmente importan.

El poema parece susurrar que la salvación no está en conquistar el mundo, sino en conservar cierta capacidad infantil de conmoverse. 
Porque el día en que uno ya no quiera correr a ver pasar el tren, quizá envejeció de verdad.

Y además, hay una ironía silenciosa:
los adultos construyen imperios, doctrinas, sistemas filosóficos… mientras un niño sigue siendo feliz saludando una máquina que atraviesa la tarde haciendo ruido y humo. El universo entero reducido a un gesto absurdo y hermoso desde un andén cualquiera. 

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