lunes, 19 de octubre de 2026


 Somos individuos, pero también somos seres relacionales. Nuestra identidad se desarrolla en contacto con otras personas, y una parte importante de nuestra vida consiste precisamente en aprender a convivir con quienes no piensan, sienten o desean lo mismo que nosotros.

No tengo que convertirme en lo que deseas para merecer tu amor. Tú no tienes que convertirte en lo que deseo para merecer mi respeto. Pero, si decidimos compartir nuestras vidas, ambos tenemos la responsabilidad de construir una relación en la que nuestras diferencias puedan existir sin destruirnos.

Y hay algo más: en ocasiones, amar implica cambiar. No necesariamente para satisfacer las expectativas del otro, sino porque escuchar a alguien que nos importa puede ayudarnos a reconocer nuestros errores y convertirnos en mejores personas.

Cambiar por miedo a perder el amor no es lo mismo que cambiar porque el amor nos ha permitido comprender algo que antes no veíamos.

La madurez no consiste en afirmar que nadie tiene derecho a cambiarnos. Consiste en conservar la libertad de decidir qué cambios merecen formar parte de nosotros.

Al final, quizá la pregunta más importante no sea si podemos amar sin dejar de ser nosotros mismos.

Quizá sea esta:

¿Somos capaces de construir una relación en la que ninguno tenga que traicionarse para que ambos puedan seguir eligiéndose?

Porque el amor no debería exigirnos que dejemos de ser quienes somos. Pero tampoco debería condenarnos a seguir siendo exactamente quienes éramos antes de conocer a la otra persona.

Amar puede ser, precisamente, la experiencia de descubrir que podemos cambiar sin desaparecer y permanecer diferentes sin dejar de encontrarnos.

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