sábado, 11 de abril de 2026

 La infancia de Abraham Maslow no fue precisamente un jardín… más bien un terreno áspero donde creció a contracorriente.

Nació en 1908, en Brooklyn, hijo de inmigrantes judíos rusos. 
Sus padres no llegaron con cuentos de cuna dulces, sino con el peso de la supervivencia. 
Su padre era distante; su madre, según él mismo diría años después, fría y cruel. No lo decía con metáfora: hablaba de una relación marcada por rechazo, castigo y una ausencia casi total de afecto.

Maslow no fue el niño que corre libre por el parque. Fue el niño que se esconde en los libros. Mientras otros jugaban, él se refugiaba en bibliotecas como si fueran trincheras contra el mundo. Ahí encontró algo que en casa no tenía: sentido, orden, y una especie de abrazo silencioso.

Tampoco encajaba socialmente. No era popular, no era atlético, no era “el elegido” del recreo. Era más bien el observador silencioso, el que mira desde la orilla mientras los demás viven la escena. Y esa distancia, que en otro niño podría haberse vuelto pura amargura, en él se convirtió en combustible.

Aquí viene lo interesante —y casi poético—: ese niño que creció con carencias emocionales profundas fue quien, años después, hablaría de la necesidad humana de amor, pertenencia y autorrealización. Como si su teoría no fuera solo ciencia, sino también una especie de mapa para salir de su propio laberinto.

Su famosa jerarquía de necesidades no nació en el vacío. Nació de haber sentido el vacío.
Maslow entendió algo que pocos captan sin romperse antes:
que el hambre de afecto puede ser tan real como el hambre de pan,
y que un ser humano no florece… si primero no deja de sobrevivir.

Así que sí, su niñez fue dura. Pero no lo dejó en ruinas: lo convirtió en arquitecto de una idea poderosa —que incluso en un mundo torcido, el ser humano guarda la posibilidad de crecer hacia algo más alto.
Como si dijera, entre líneas:
“yo también vine de abajo… y aun así, miré hacia arriba.” 

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