lunes, 20 de marzo de 2017

Susan Sontag

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La necesidad de la imagen: entrevista con Susan Sontag

Susan Sontag ha publicado recientemente en EspañaAnte el dolor de los demás (Alfaguara, 2003), un ensayo sobre la violencia y su representación, en el que contradice algunas de las tesis de su conocido libroContra la interpretación. El libro y algunos de sus análisis es el principal tema de la conversación que mantuvo con Arcadi Espada, quien a su vez, en el libroDiarios (Espasa-Calpe, 2003), ha profundizado también en estos temas.
Abril 2004 | Tags:
AE: El hecho de que en un libro sobre la fotografía y el dolor falte una alusión al Gulag es significativo.
SS: ¿Qué quiere decir?

AE: Bueno, de alguna manera corrobora la hipótesis de que el Gulag no ha penetrado en la conciencia contemporánea de la misma forma que lo habría hecho de haber habido fotografías de la tragedia.
SS: Yo he dicho eso mismo muchas veces.

AE: Sí, claro. Por eso se lo recuerdo.
SS: Está en el libro. El Gulag está en el libro.

AE: No recuerdo.
SS: Está aunque usted no lo vea. Cuando digo que recordamos y nos preocupamos de lo que ha sido fotografiado es evidente que el primer pensamiento de estas líneas alude al Gulag. Y he dicho y he escrito repetidamente que una de las razones por las que la gente tardó tanto en apreciar y entender el horror completo del sistema soviético fue por la ausencia de documentación fotográfica. Es evidente que cuando digo que las fotografías identifican también quiero decir lo contrario: cuando no hay fotografía el olvido es más fácil. Y hay dos ejemplos clásicos: el Gulag y la guerra civil de Sudán, una guerra que se ha cobrado millones de vidas ante la indiferencia más helada del mundo. O sea que sí. Implícitamente está el Gulag.

AE: Hay muchos ejemplos explícitos.
SS: Y hay muchos otros que no he podido incluir. El libro ocuparía el doble. ¿Lo entiende?

AE: No se lo tome como un reproche. No lo es.
SS: Es que es obvio...

AE: Me parecía llamativo que no se aludiera en el libro a un tragedia no fotografiada. Llamativo y hasta coherente. Eso es todo.
SS: Le enviaré un resumen con todos mis textos y declaraciones sobre el asunto.

AE: De acuerdo. "Encuadrar es excluir", dice usted en un momento del libro.
SS: Sí, la exclusión puede ser tan significativa y ruidosa como la inclusión.

AE: Desde luego, pero querría preguntarle si no cree que esa selección puede reunir un grado tal de objetividad que lo que se excluya sea irrelevante.
SS: No pienso en fotografías de una forma tan abstracta. Cada proyecto fotográfico tiene una intención particular. Y está rodeado de una gran cantidad de contextos particulares. Pienso en la fotografía, tan famosa, de la caída de la estatua de Sadam en el centro de Bagdad. ¿La recuerda?

AE: Sí, la estatua cayendo...
SS: La estatua cayendo, derribada, y en torno a ella un grupo de personas mirando satisfechas. No eran más de veinte personas, pero la peculiaridad del encuadre hacía creer que esas personas eran como una sinécdoque de la plaza. El espectador creía que la plaza estaba repleta de gente que aplaudía satisfecha el momento simbólico de la caída de la estatua del dictador. Era un momento muy importante porque las tropas norteamericanas acababan de entrar en Bagdad. Bien: recordará usted todo eso. Bueno, pues lo cierto es que esas veinte personas eran las únicas que estaban en la plaza. Yo he visto otras fotografías de aquel momento, en la plaza, tomadas con gran angular. La plaza está prácticamente vacía.

AE: Pues en ese caso la foto era falsa. Porque resulta contradictoria con lo que excluye.
SS: ¿Contradictoria? Yo hablaría más bien de énfasis. Ese encuadre pone el énfasis en un lugar... Otra fotografía, otro encuadre. La niña quemada por un bombardeo de napalm en una carretera de Vietnam. La foto forma parte de un paisaje mucho más grande. La carretera está abarrotada de gente que huye despavorida y ella es una más en la tragedia. Naturalmente, el hecho de centrarse en una parte de la imagen y excluir el resto es una forma de dirigir el significado de la foto, de subrayar lo que se pretende que vea el espectador. Luego hay otra cosa importantísima: las fotos no llegan desnudas ni se muestran desnudas. El pie de foto, el contexto donde la foto aparece, quién la está contemplando y por qué, todo eso es fundamental para configurar el sentido definitivo que la foto acabe adoptando.

AE: Yo diría que hay una diferencia esencial entre la foto de My Lai y la de Sadam. En el caso de la estatua de Sadam, lo que queda fuera de la foto contradice el fundamento de su discurso. Pero eso no sucede con la niña de la masacre de My Lai, porque...
SS: Déjeme interrumpirle. En el caso de Bagdad induce a error. Eso podría decirse. Es un fenómeno demasiado corriente, por desgracia. Muchas fotos inducen a error.

AE: En My Lai el encuadre dramatiza, enfatiza, como usted dice. Personaliza una situación general, retórica muy propia del periodismo.
SS: Sí, estoy de acuerdo. Yo siempre digo que el encuadre afirma y que, como cualquier información, puede inducir a error. Es lo que distingue la fotografía de la pintura. No hay una afirmación pictórica.

AE: Resumiendo: encuadrar es excluir pero no siempre con las mismas consecuencias.
SS: Desde luego. Si no, todas las fotos inducirían a error. Y no todas las fotografías son erróneas ni mienten. Yo no digo esto. No tendría sentido decir una cosa así.

AE: En cuanto a la objetividad...
SS: La objetividad no es un término que yo tenga en gran estima. No creo que explique demasiado. En parte porque es un elemento polarizado, parte de una dicotomía. En el momento en que dices objetivo obligas a hablar desubjetivo. Y no es eficaz. Es, como si dijéramos, una alternativa demasiado cruda. Y no creo que sea la forma correcta de hablar de fotografía. Lo que hay que buscar en las fotografías es que sean capaces de darnos la mayor cantidad de información posible sobre una situación cualquiera que se ha producido, que ha sido real. Entendiendo siempre, claro está, que sobre una situación real la información será siempre incompleta. Yo creo que la tensión entre objetividad y subjetividad crea muchos problemas falsos, y que la primera obligación de cualquier análisis es evitar la posibilidad de que aparezcan problemas falsos.

AE: Usted habla de la diferencia, en lengua inglesa, entre "tomar una foto (to take)" y "hacer una fotografía (to make)". Es una diferencia muy interesante.
SS: Permite determinar la capacidad de intervención del fotógrafo, ja, ja.

AE: ¿En inglés no se ha producido un desplazamiento léxico entre hacer y tomar?
SS: No, no. Por fortuna.

AE: En español, al menos en el español de España, ya nadie dice "tomar una foto".
SS: Pues lo siento, de veras.

AE: La ausencia de fotos en la catástrofe del 11 de septiembre. De fotos de cadáveres...
SS: Me pareció muy mal. Yo soy partidaria de que circule siempre la mayor información posible.

AE: Aunque sea brutal.
SS: Las fotos brutales exigen una brutalidad previa que es necesario conocer. Con la que es necesario encararse. Una sociedad democrática debe someterse a ese tipo de ejercicios. Si no se convierte, en cierto sentido, en una sociedad cómplice de la brutalidad.

AE: Antes de seguir en el análisis quisiera preguntarle si efectivamente existen fotos del 11 de septiembre vetadas al público.
SS: Sí, existen...

AE: Hay quien dice que la tragedia no dejó ni siquiera cadáveres. Sólo cenizas.
SS: Dejó muchas cenizas y muchos cadáveres.

AE: ¿Usted ha visto alguna de esas fotos?
SS: No, yo no las he visto. Pero las han visto gentes de mi máxima confianza, editores, cámaras, fotógrafos... Ellos me han dicho repetidamente que esas fotos existen.

AE: Y que fueron censuradas.
SS: Exacto.

AE: ¿El cadáver de un acto terrorista no deja de ser un cadáver privado para convertirse, en cierto modo, en un cadáver público?
SS: Hummm. Pregunta perturbadora. Es verdad. Sí, creo que es verdad. Pero es muy difícil atreverse a decir eso.

AE: Hace algún tiempo se lo pregunté al hermano de una víctima del terrorismo etarra. Asintió con una claridad y una energía emocionantes.
SS: Es muy duro. Y esa reacción que me cuenta es muy hermosa y valiente. Pero no todas las víctimas reaccionan igual, claro. Y cómo no respetar el derecho de las víctimas en ese trance. Es un asunto muy complicado. Pero, en fin, yo considero, en cualquier caso, que la decisión de ocultar el cadáver es mucho peor. Las consecuencias son mucho peores. Los familiares pueden prohibir la exhibición de las fotos o los vídeos, claro... Es lo que sucedió con el vídeo del asesinato del periodista del Wall Street Journal, Daniel Pearl, por un grupo terrorista islámico.

AE: Realmente es un caso extremo. Es que no sólo se trata de un cadáver sino de un degüello, de la filmación de su asesinato.
SS: Y filmado para que se exhibiera, desde luego. Su exhibición se prohibió por dos motivos. Primero el buen gusto, el pudor. Luego, porque podría ofender a su viuda. Desde luego, no se trata de una decisión fácil. Pero aun así, creo que deberíamos poder verlo.

AE: Sinteticemos, si le parece: ¿por qué deberíamos verlo?
SS: Si se parte de la idea de que hay fotos que ayudan a entender la realidad, la cuestión se aclara. Aunque no de una manera contundente, absoluta, porque siempre habrá resquicios por donde se colarán los derechos y los sentimientos de los otros. En realidad mi libro está dedicado a saber cuánto puede mostrarse de lo real. A mi entender esta es una pregunta clave.

AE: De la guerra puede mostrarse muy poco, dice usted repetidamente.
SS: La guerra. Las fotos nos transmiten una cierta imagen de la guerra, vinculada al acontecimiento, al estallido, a una acción determinada. Pero lo crucial de la guerra es lo que sucede después. ¿Cómo se fotografía lo que sucede después? O pensemos en la hambruna de África. ¿Cómo se fotografía el hambre, más allá de las circunstancias agónicas de estos niños esqueléticos que vemos cíclicamente cuando en un poblado o una región determinada la situación se desborda? Bueno, éste es un problema muy importante. Mucho más importante que si a raíz de un hecho concreto se muestran o no determinadas fotos que puedan ofender el gusto, la moral o la sensibilidad.

AE: Habla de William Hazlitt y del ensayo que dedicó al Yago de Shakespeare.
SS: Sí, Hazlitt, Burke...

AE: Permítame que le lea a los lectores la cita de Hazlitt, a propósito de la atracción de la maldad: "¿Por qué —se pregunta Hazlitt— siempre leemos en los periódicos las informaciones sobre incendios espantosos y asesinatos horribles?" Y responde: "Porque el 'amor a la maldad', el amor a la crueldad, es tan natural en los seres humanos como la simpatía".
SS: Sí, me parece que Hazlitt tiene razón. Y Burke, que decía que las desgracias de los demás nos procuraban placer.
AE: ¿No le parecen apreciaciones algo cargadas de malditismo literario?
SS: No, la verdad.

AE: Quizá se trate sólo de un efecto parecido al de los cuentos de terror: realmente es horrible, pero yo no estoy ahí.
SS: Es su opinión. Prefiero la de Hazlitt. Creo que su observación sobre los otros es muy atinada. Hay mucha gente que tiene un potencial sádico muy fuerte y que no lo externaliza a menos que la autoridad se lo permita.

AE: ¡Vaya! Fieras babeantes con bozal.
SS: Le recomendaría que no se pusiera delante. Hay gente con una enorme capacidad de crueldad, que disfruta con el dolor que se inflige a los demás. La verdad, no creo que sea una cuestión vinculada con el hecho de sentirse bien, con el hecho de no estar ahí, en el lugar del sufrimiento.

AE: ¿Por qué no?: al fin y al cabo, no es nada más que la lógica banal del superviviente.
SS: No lo creo. ¿Por qué la gente se para en la carretera a mirar un accidente de automóvil?

AE: Es una noticia. Una interrupción en la vida. Llama la atención.
SS: Y excita.

AE: Insisto: ¿no cree que hay alguna literatura que va muy cargada de demonio? El propio Bataille, que usted también cita a propósito de la foto del prisionero sometido a la tortura mortal de los cien cortes.
SS: Me es indiferente. En realidad la literatura me es indiferente. Diga que cito porque queda bien.

AE: Muy bien.
SS: Yo parto de la realidad. Ni me interesa Hazlitt, ni Burke, ni Bataille, ni Baudelaire, ni el malditismo, ni lo demoníaco, ni nada de eso. ¿Sabe lo que a mí me interesa?

AE: ¿...?
SS: Ruanda.

AE: El genocidio.
SS: El genocidio a cuchillo de Ruanda. La literatura es totalmente secundaria. A mí me interesa la realidad. En seis semanas, ochocientas mil personas, OCHOCIENTAS MIL PERSONAS, fueron asesinadas en Ruanda. Por sus vecinos. POR SUS VECINOS. Cada una de esas personas murió de una manera individualizada, pasada a cuchillo. Mire la historia de la humanidad. Mírela fijamente: ¡le importa un rábano lo que dicen los escritores! Ruanda. ¿Sabe usted lo que es Ruanda?

AE: No, no lo sé.
SS: Ruanda es un pequeño país. Un pequeñísimo país. Más pequeño que Cataluña. Y con un noventa y cinco por ciento de sus habitantes que son católicos. ¿Para qué tengo que leer a Baudelaire?

AE: ¿...?
SS: Yo no apelo a la autoridad del intelectual. Insisto en que nadie ha escuchado al intelectual. Tenemos que redescubrir el retorcimiento de los seres humanos. Yo cito a estos escritores no para refugiarme en su autoridad, sino sobre todo para decir qué extraño es que sigamos redescubriendo a cada paso lo mismo. Qué extraño es que redescubramos lo evidente. Qué extraño es que no nos hayamos convertido todavía en adultos morales o psicológicos. Lo siento: me siguen sorprendiendo estas crueldades indescriptibles de los seres humanos.

AE: Mostrar el dolor. Hace treinta años dijo usted en Sobre la fotografía que la exhibición repetida del dolor anestesiaba la percepción.
SS: Siempre estoy en discusión conmigo misma. Hoy mismo ya me discuto cosas de este último libro. Imagínese lo que pienso de lo que escribí hace treinta años. Pero, en fin, creo que no es cierto que la exhibición de las imágenes del dolor anestesien la conciencia del hombre.

AE: Este punto de vista acabó convirtiéndose en un lugar común. Hay muchos directivos en los periódicos que se niegan a exhibir cadáveres invocando su punto de vista, aunque no sepan que es suyo.
SS: Sí, parece que ha llegado a convertirse en un lugar común.

AE: ¿Qué le hizo cambiar de opinión?
SS: La realidad. La imagen de Cristo, por ejemplo. ¿Cuántos años llevan sus fieles contemplando ese hombre ensangrentado, agonizante, desnudo, a tamaño natural? Si fuera cierto que nos acostumbramos al sufrimiento, hace mucho que los católicos habrían dejado de conmoverse. No lo han hecho. Esto es lo real. A veces tenemos que someter lo que pensamos a este tipo de verificaciones decisivas. Si te sientes comprometido con determinadas imágenes, las hayas visto una o cien veces seguirás sufriendo.

AE: Sí. Una imagen contemporánea, por ejemplo: el avión que va a estrellarse contra una de las Torres Gemelas.
SS: Sí, claro, nadie va a olvidarla.

AE: Esa imagen ha sido observada estéticamente. Sí, digamos "estéticamente".
SS: ¿Quiere decir que hay quien la ha visto bella?

AE: Sí, eso mismo.
SS: ¿Y?

AE: ¿Qué le parece?
SS: Todas las fotografías embellecen lo real.

AE: Yo le pregunto si es posible advertir ahí la belleza, aunque se trate de una belleza siniestra.
SS: Sí, es posible.

AE: ¿Pero el que mira no se ve automáticamente en el avión?
SS: Hummm... No, no creo que la gente se sienta dentro. La gente siente, como en la vieja frase de Aristóteles, lástima y terror. Pero de ahí no pasa. No creo que por mirar las fotos de los bombardeos de Madrid del 36 la gente se instale automáticamente en el Madrid del 36. No, no me lo creo. Es respetable esa actitud, pero no creo que sea la del común de las gentes. La gente ve una imagen y la juzga. La juzga, además, insisto, partiendo del principio de que cualquier foto embellece la realidad. Y sobre todo, aunque esté de moda ponerlo en duda, sabiendo perfectamente que una cosa es la fotografía y otra distinta lo real.

AE: En realidad lo que yo quería preguntarle es si la belleza es un término operativo en este tipo de imágenes.
SS: Una foto puede ser terrible y bella. Otra cuestión: si puede ser verdadera y bella. Este es el principal reproche a las fotografías de Sebastiao Salgado. Porque la gente, cuando ve una de esas fotos, tan sumamente bellas, sospecha. Con Salgado hay otro tipo de problemas. Él nunca da nombres. La ausencia de nombres limita la veracidad de su trabajo. Ahora bien: con independencia de Salgado y sus métodos, no creo yo que la belleza y la veracidad sean incompatibles. Pero es verdad que la gente identifica la belleza con el fotograma y el fotograma, inevitablemente, con la ficción.

AE: Hay en su libro párrafos violentos contra la françoiserie: Baudrillard, Glucksmann...
SS: Ja, ja, françoiserie. Es una visión muy provinciana de lo real. Lo real no es un simulacro. Desgraciadamente para muchas víctimas, lo real no es un simulacro. No creo que ese discurso merezca mucho más comentario.

AE: Es un discurso imperante en las universidades norteamericanas.
SS: Hay muchos otros discursos en América, y muy imperantes, que son despreciables.

AE: Usted suele hablar bien del periodismo. Más allá de sus simulacros, ¿cree que el periodismo nos ha hecho más solidarios al extender el dolor de los demás?
SS: Todo en el siglo veinte ha sido un arma de doble filo. También el periodismo. Es verdad que nos ha permitido saber de los otros, de sus tragedias y de sus necesidades. Pero también ha contribuido a una globalización cultural y moral que en buena parte está asentada sobre premisas falsas. El periodismo ha llenado nuestra vida de imágenes falsas. Es verdad: tenemos una idea de lo que pasa en el mundo como nunca nadie la tuvo antes. Pero a veces esa idea es demasiado nominal. Y se mezcla con la propaganda. Ya ve usted que voy de un extremo a otro. De un filo a otro. Aunque quizá lo peor de esta propaganda diseminada por el periodismo sea este mensaje: "Esto es lo que hay en el mundo, ahora ya lo conoces, pero poco puedes hacer para cambiarlo". Esta impotencia. Este aviso de que el conocimiento de las cosas no se transforma en una energía para cambiarlas. La posibilidad, incluso, de que tanto y tan variado conocimiento llegue a aturdirnos y a reforzar la impresión de que el cambio es más complejo de lo que es en realidad. Porque luego es cierto que observadas las cosas de cerca, una a una, no parecen tan complejas.

AE: Sí, la saturación, el agobio mediático.
SS: Y la posibilidad de que los horrores puedan acabar convirtiéndose en un espectáculo. Yo defiendo el periodismo. Soy una gran defensora del periodismo. Viví en Sarajevo al lado de los periodistas. Comprobé cómo trabajan. Puedo decir que la mayoría de ellos son gente honrada. Y, sobre todo, no son gente endurecida, como quiere el tópico, sino que tratan de contribuir con su trabajo a la mejora de las condiciones de vida generales. Cuando la gente habla de la corrupción del periodismo hay que mirar en muchas direcciones. También en la dirección de los propietarios de los periódicos. O sea que, en este sentido, Baudrillard y demás podrían tener su parte de razón, cuando sugieren que debido a esta corrupción el común de los hombres se vería en dificultades crecientes para distinguir entre las imágenes y la realidad. Pero esa visión siempre sugiere un menosprecio de lo real, y del que sufre lo real, falso: aun hipnotizada, drogada, la gente no pierde el sentido de lo real.

AE: La gente...
SS: Déjeme explicarle un anécdota significativa. Mire, después del ataque a las Torres Gemelas, varios grupos de personas que habían conseguido escapar fueron apareciendo por las calles. Los iban entrevistando las cámaras de televisión. Estaban todos ellos cubiertos de ceniza, agobiados, aterrorizados. Les ponían el micrófono en la boca y les preguntaban cómo se sentían, cómo había sido, esas cosas. Algunos de ellos explicaban: "Ha sido como una película". ¿Quiere eso decir que lo real y lo ficticio ya no se distinguen? En absoluto. Esa fue una interpretación muy extendida en aquellos días, pero falsa. Lo cierto es que cuando se produce un trauma de estas características se tarda un poco en absorber la realidad. Hace cien años estas gentes habrían dicho que era como un sueño. Hoy dicen que como una película. Pero a nadie de aquellos que salían se le habría ocurrido dudar de que aquello fuese cierto. Sólo decían que les sorprendía mucho que lo que habían visto en las películas se hiciese de pronto realidad. Era su forma de significar la magnitud de la catástrofe. No de significar sus dudas. Lo que importa de las personas son las experiencias propias. ¿Me deja que le cuente otra anécdota?

AE: Y mil que contara.
SS: 1969, en el sur de Marruecos. Pleno desierto. Una pequeña cabaña con luz eléctrica y un café con televisión. Armstrong acaba de pisar la Luna. Yo me acerco al hombre que sirve el café. Por la tele se ven los saltitos de los astronautas. Yo se lo comento al hombre: "¡Es fantástico, la gente está en la Luna!" Mueve la cabeza y dice que no. "¡Cómo que no!", le digo y casi le obligo a salir fuera, y mirar al cielo, donde brilla la Luna. "¡Están ahí!", le digo, señalando indistintamente la Luna y la televisión. El hombre se ríe, me mira y me dice: "¡Qué va: es sólo televisión!" En cierto modo está bien fiarse de las experiencias personales.

AE: Al final del libro dice usted que la guerra es inefable.
SS: Sí, me acuerdo.

AE: Es desmoralizador.
SS: ¿Por qué?

AE: Es desmoralizador que el arte no sirva en los momentos gigantescos.
SS: No es cero o cien. No se trata de que no sirva. Se trata de que cualquiera que haya visto la guerra sabe que su representación poco tiene que ver con ella. Sí, está Tolstoi, está Goya. Pero no estaban allí. El ruido, por ejemplo, el ruido de la guerra. Si no ha estado no puede imaginárselo. Como un concierto de rock en el que usted estuviera con la oreja pegada al altavoz y multiplicado ese ruido por cinco. ¿Donde está ese ruido? ¿En qué cine? ¿En qué sala de concierto? ¿En qué teatro? El arte sólo es un gesto en la dirección de esas experiencias. Un gesto solo, aunque imprescindible. ~
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domingo, 19 de marzo de 2017

George Bernard Shaw

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Se dice que G.B. Shaw cuidaba su jardín a modo de pasatiempo.
Cierto día, una amiga de su esposa ( al parecer bastante miope) se presentó de vista en su casa y al cruzar el jardín se topó con Shaw que se hallaba podando los arbustos.
La buena mujer no lo reconoció, no obstante, se paró y le preguntó:
-¿Hace mucho tiempo que trabaja para los señores Shaw?
-Cerca de treinta años, señora -contestó Shaw.
-Es usted un maestro y me gusta su trabajo. ¿No le apetecería trabajar para mi? Le pagaré más sueldo.
-Me es imposible, tengo un contrato firmado de por vida con la señora Shaw.
-Pero eso es lo que se llama esclavitud. No se puede comprometer a nadie para toda la vida, y menos si se le ofrecen ocasiones para prosperar.
-Usted lo llamará esclavitud, yo lo llamo matrimonio -replicó Shaw, dándose a conocer.

Isadora Duncan


Marcel Proust

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" Mucho tiempo he estado acostándome temprano. A veces, apenas había apagado la bujía, cerrábanse mis ojos tan presto, que ni tiempo tenía para decirme:"Ya me duermo". Y media hora después despertábame la idea de que ya era hora de ir a buscar el sueño; quería dejar el libro, que se me figuraba tener aún entre las manos, y apagar de un soplo la luz; durante mi sueño no había cesado de reflexionar sobre lo recién leído, pero era muy particular el tono que tomaban esas reflexiones, porque me parecía que yo pasaba a convertirme en el tema de la obra, en una iglesia, en un cuarteto, en la rivalidad de Franciso I y Carlos V. Esta figuración me duraba aún unos segundos después de haberme despertado: no repugnaba a mi razón, pero gravitaba como unas escamas sobre mis ojos sin dejarlos darse cuenta de que la vela ya no estaba encendida. Y luego comenzaba a hacérseme ininteligible, lo mismo que después de la metempsicosis pierden su sentido los pensamientos de una vida anterior; e asunto del libro se desprendía de mi personalidad y yo ya quedaba libre de adaptarme o no a él; en seguida recobraba la visión, todo extrañado de encontrar en torno mío una oscuridad suave y descansada para mis ojos, y aún más quizá para mi espíritu, al cual se aparecía esta oscuridad como una cosa sin causa, incomprensible, verdaderamente oscura. Me preguntaba qué hora sería; oía el silbar de los trenes que, más o menos en la lejanía y señalando las distancias, como el canto de un pájaro en el bosque, me describía la extensión de los campos desiertos por donde un viandante marcha de prisa hacia la estación cercana; y el caminito que recorre se va a grabar en su recuerdo por la excitación que le dan los lugares nuevos, los actos desusados, la charla reciente, los adioses de la despedida que le acompañan aún en el silencio de la noche, y la dulzura próxima del retorno. "

Rafael Barrett



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Mientras no poseí más que mi catre y mis libros, fui feliz. Ahora poseo nueve gallinas y un gallo, y mi alma está perturbada.
La propiedad me ha hecho cruel. Siempre que compraba una gallina la ataba dos días a un árbol, para imponerle mi domicilio, destruyendo en su memoria frágil el amor a su antigua residencia. Remendé el cerco de mi patio, con el fin de evitar la evasión de mis aves, y la invasión de zorros de cuatro y dos pies. Me aislé, fortifiqué la frontera, tracé una línea diabólica entre mi prójimo y yo. Dividí la humanidad en dos categorías; yo, dueño de mis gallinas, y los demás que podían quitármelas. Definí el delito. El mundo se llena para mí de presuntos ladrones, y por primera vez lancé del otro lado del cerco una mirada hostil.
Mi gallo era demasiado joven. El gallo del vecino saltó el cerco y se puso a hacer la corte a mis gallinas y a amargar la existencia de mi gallo. Despedí a pedradas el intruso, pero saltaban el cerco y aovaron en casa del vecino. Reclamé los huevos y mi vecino me aborreció. Desde entonces vi su cara sobre el cerco, su mirada inquisidora y hostil, idéntica a la mía. Sus pollos pasaban el cerco, y devoraban el maíz mojado que consagraba a los míos. Los pollos ajenos me parecieron criminales. Los perseguí, y cegado por la rabia maté uno. El vecino atribuyó una importancia enorme al atentado. No quiso aceptar una indemnización pecuniaria. Retiró gravemente el cadáver de su pollo, y en lugar de comérselo, se lo mostró a sus amigos, con lo cual empezó a circular por el pueblo la leyenda de mi brutalidad imperialista. Tuve que reforzar el cerco, aumentar la vigilancia, elevar, en una palabra, mi presupuesto de guerra. El vecino dispone de un perro decidido a todo; yo pienso adquirir un revólver.
¿Dónde está mi vieja tranquilidad? Estoy envenenado por la desconfianza y por el odio. El espíritu del mal se ha apoderado de mí. Antes era un hombre. Ahora soy un propietario...

Fernando Pessoa

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Si te quieres matar… ¿por qué no has de quererlo?
¡Ah, aprovecha, que yo, que amo tanto la vida y la muerte,
Si me atreviera a matarme también me mataría…
Ah, si te atrevieras, ¡atrévete!
¿De qué te sirve el cuadro sucesivo de las imágenes exteriores al que llamamos mundo,
El cuadro cinematográfico de las horas que son representadas
Por actores convencionales en poses predeterminadas,
El circo policromo de nuestro dinamismo sin fin?
¿De qué te sirve tu mundo interior, que desconoces?
Tal vez matándote lo conozcas al fin…
Tal vez al acabar comiences…

Y de todas maneras, si estás cansado de ser,
Ah, ¡cánsate noblemente
Y no cantes, como yo, la vida por borrachera,
No saludes, como yo, a la muerte en la literatura!

¿Haces falta? ¡Oh sombra fútil llamada nosotros!
Nadie hace falta; a nadie le haces falta tú…
Sin ti todo marcha bien, sin ti.
Tal vez para los demás sea peor que existas a que dejes de existir…
Tal vez peses más durando que dejando de durar…

¿La pena de los demás…? ¿Tienes anticipados remordimientos de que te lloren?
Cálmate; pocos te llorarán…
El impulso vital extingue las lágrimas poco a poco
Cuando no son por cosas propias,
Cuando son por lo que sucede a los demás, sobre todo la muerte,
Que es algo después de lo que nada sucede a los demás…

Primero es la angustia, la sorpresa de que haya llegado
El misterio y la ausencia de tu vida comentada…
Después el horror del cajón visible y material,
Y de los hombres de negro que ejercen la profesión de estar allí.
Después la familia que vela, inconsolablemente contando anécdotas,
Lamentando la pena de que te hayas muerto,
Y tú, mera causa ocasional de aquellos lloros,
Tú, verdaderamente muerto, mucho más muerto de lo que te imaginas,
Mucho más muerto aquí de lo que te imaginas
Aunque te encuentres mucho más vivo más allá.
Después, la trágica retirada hacia el panteón o la fosa,
Y después el principio de la muerte de tu recuerdo.
Primero se da en todos un alivio
De la tragedia un poco aburridora de que te hayas muerto…
Después, la conversación se aliviana cotidianamente
Y la vida de cada día recupera su ritmo

Después, lentamente, se te olvida.
Sólo en dos fechas se te recuerda, cada aniversario:
Cuando se cumplen años de tu nacimiento y cuando se cumplen años de tu muerte.

Nada más, nada más, absolutamente nada más.
Piensan en ti dos veces, cada año.
Suspiran por ti dos veces cada año aquellos que te amaron.
Y alguna que otra vez suspiran, si por azar se habla de ti.

Enfrenta en frío, enfrenta en frío lo que somos…
Si te quieres matar, mátate…
¡No tengas escrúpulos morales, recelos de la inteligencia!
¿Qué escrúpulos, qué recelos crees que tiene la mecánica de la vida?

¿Qué escrúpulos químicos crees que tiene el impulso que engendra
Las savias, la circulación de la sangre, el amor?
¿Qué memoria de los demás tiene el ritmo alegre de la vida?
Ah, pobre vanidad de carne y hueso llamada hombre,
¿No ves que no tienes importancia alguna?

Eres importante para ti, porque es a ti a quien tú sientes,
Eres todo para ti porque eres el universo para ti,
El mismo universo y los otros
Satélites de tu subjetividad objetiva.
Eres importante para ti porque sólo tú eres importante para ti.
Y si eres así, oh mito ¿por qué los demás no han de ser así?
¿Tienes, como Hamlet, pavor a lo desconocido?
Pero, ¿qué es lo conocido? ¿Qué es lo que conoces
Para que llames desconocido a algo en especial?
¿Tienes, como Falstaff, el amor grasoso por la vida?

Si la amas así de materialmente, ámala todavía más materialmente:
¡Vuélvete parte carnal de la tierra y de las cosas!
Dispérsate, sistema físico químico
De células nocturnamente conscientes,
En la nocturna conciencia de la inconsciencia de los cuerpos,
En el gran cobertor que no-cubre-nada de las apariencias,
En la hierba y en el césped de la proliferación de los seres,
En la niebla atómica de las cosas,
En las paredes en vórtice
Del vacío dinámico del mundo…

Fernando Pessoa

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 Todas las cartas de amor son
ridículas.
No serían cartas de amor si no fuesen
ridículas.

También escribí en mi tiempo cartas de amor,
como las demás,
ridículas.

Las cartas de amor, si hay amor,
tienen que ser
ridículas.

Pero, al fin y al cabo,
sólo las criaturas que nunca escribieron cartas de amor
sí que son
ridículas.

Quién me diera el tiempo en que escribía
sin darme cuenta
cartas de amor
ridículas.

La verdad es que hoy mis recuerdos
de esas cartas de amor
sí que son
ridículos.

(Todas las palabras esdrújulas,
como los sentimientos esdrújulos,
son naturalmente
ridículas).

Jorge Luis Borges

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– Y Ud., Borges, ¿en qué cree?
–  Bueno, yo soy ateo.
–  Déjeme preguntarle de otro modo. ¿Cree en una vida eterna?
–  No.
–  ¿Cree en la resurrección de Jesucristo?
–  Tampoco
–  ¿Y en Jesucristo como ser histórico?
–  Desde luego. Si no, tendría que pensar que los cuatro más grandes escritores de la antigüedad fueron cuatro novelistas.

Rabindranath Tagore

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Where the mind is without fear and the head is held high;
Where knowledge is free;
Where the world has not been broken up into fragments by narrow domestic walls;
Where words come out from the depth of truth;
Where tireless striving stretches its arms towards perfection:
Where the clear stream of reason has not lost its way into the dreary desert sand of dead habit;
Where the mind is lead forward by thee into ever-widening thought and action–
Into that heaven of freedom, my Father, let my country awake.

Alejandro Jodorowsky

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-¿QUÉ ES LLEGAR A SER TAN VIEJO COMO USTED, QUÉ SE APRENDE, QUÉ SE HACE?

-La vejez nos enseña a progresar mirando hacia lo positivo que nos ofrece un corto futuro. Haciéndonos conscientes de que nos queda poco tiempo, nos enseña a transmitir a las nuevas generaciones los conocimientos adquiridos. Por eso te estoy respondiendo. t
Cuando hemos alcanzado un alto nivel de conciencia, con la vejez y la renuncia a la seducción, desanudamos las amarras que nos ligan al cuerpo, y sin negarlo, sabindo que es el templo donde hemos habitado tantos años, respetuosos dejamos de considerarlo nuestra identidad. A pesar de habernos programado para vivir una larga vida, por saber que ya estamos cerca del fin somos capaces de captar la hermosura del tiempo que pasa. Cada segundo de vida nos parece un regalo sublime... Como los que sufren una enfermedad terminal, conscientes de que disponemos de un tiempo limitado, nos contentamos con los que somos, con lo que tenemos. Dejamos de apegarnos a lo superfluo, permitimos que se esfumen las esperanzas, y al cesar las esperanzas cesa el miedo. Todo es un obsequio: las pequeñas satisfacciones, los sutiles mensajes de los sentidos, el cariño que nos baña como un bálsamo el clorazón, los encuentros amables con otros seres humanos, la capacidad de servir de ayuda a los demás. Cada día es un buen día.
Envejecer no es decaer mentalmente ni convertirse en una ruina. Si nos hemos preocupado de mantener la salud de nuestro cuerpo evitando drogas y alimentos nocivos o tomados en exceso; si nos hemospreocupado de hacer cada día un poco de ejercicio, de meditar un par de minutos diarios, de seguir aprendiendo cosas nuevas, de desarrollar frente a la impermanencia una plácida humildad, conservaremos hasta el último momento la lucidez juvenil, y gracias al estado angélico que nos produce la disminución del deseo sexual la vejez es una maravillosa etapa de nuestra vida. Quizás la mejor...
Libres de angustias, de ambiciones,, de posesiones inútiles,, de ilusiones irrealizables, del deseo de ser recocidos; capaces de amar incluso a quienes nos detestan, de aceptar lo ataques y las críticas con simpatía, de silenciar el intelecto, de abrir el corazón a todas las direcciones, de ayudar a los otros a liberarse del sufrimiento. Aunque más presentes que nunca sabemos vivir como si ya hubiéramos desaparecido, gozar del supremo placer de crear artísticamente por amor a la obra y no por amor al aplauso, de colaborar en la mutación de la sociedad, de trabajar por un mundo mejor y sobre todo, de encauzar a los jóvenes hacia la liberación de la Conciencia, eliminando las prohibiciones, las órdenes, las ideas estancadas convertidas en prejuicios, los miedos, las creencias sin experiencia, y los demás muros opresores inculcados por la familia, la sociedad, la cultura y la historia.

domingo, 26 de febrero de 2017

Ray Bradbury

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 The Huffington Post recibió una copia del archivo de Ray Bradbury, autor de Farenheit 451 y Crónicas Marcianas, en el que descubrió que el FBI investigaba al escritor por actividades vinculadas al comunismo. El FBI revisó el historial de viajes de Bradbury, e incluso allanaron su casa para buscar pistas. Aunque el autor había sido un crítico público de las políticas de McCarthy, resulta que nunca tuvo simpatías con el comunismo. De hecho, cuando habló en una conferencia sobre Fareheit 451, admitió que su obra fue prohibida en Rusia.

sábado, 25 de febrero de 2017

Charlie Chaplin

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 Durante la primer década del siglo XX Charles Chaplin ganó inmensa popularidad e infinidad de “Chaplinistas” recorrían los circos y teatros ganándose la vida al imitar al genio del humor mudo. Tantos imitadores llevaron a que se cree un concurso nacional en Estados Unidos en el que se premiaba a quien mejor realizara la imitación -específicamente de su famoso alter-ego “TheTramp” o Charlot-. Durante uno de sus viajes a San Francisco a Chaplin le llegó la noticia de uno de éstos concursos, y seducido por la idea se inscribió de inmediato. Increíblemente el resultado fue desastroso, no pasó de la primera ronda y los jueces le dieron una de las peores calificaciones de su tanda. En una entrevista realizada para el Chicago Herald el 15 de Julio de 1915 Chaplin relata la historia con gran ironía y comentó que fue: “tentando a darles lecciones de la “caminata de Chaplin”, por pena y también deseando ver la cosa hecha correctamente”. No obstante, para el jurado Chaplin no era suficientemente bueno imitando a Chaplin y el premio fue otorgado a un hombre de nombre Milton Berle.

Charlie Parker

  
La historia del jazz está llena de anécdotas increíbles, algunas de las cuales han alcanzado la categoría de leyenda. Y sin duda, una de ellas es la protagonizada por Charlie Parker la noche del 15 de mayo de 1953 en el Massey Hall de Toronto. El considerado mejor saxofonista de jazz de la historia, padre de la improvisación más salvaje y responsable de la revolución que sufrió el género antes de morir con tan sólo 34 años, llegaba a la ciudad canadiense en uno de los peores momentos de su vida, para realizar una de las actuaciones más brillantes que se recuerdan… ¡con un saxofón de plástico!

Parker, al que se le conocía como «Bird» (Pájaro), llegaba a Toronto a un concierto organizado por la New Jazz Society con el objetivo de reunir a los mejores músicos del momento. Junto a Parker, estaban el pianista Bud Powell, el percusionista Max Roach, el contrabajista Charles Mingus y, sobre todo, el gran trompetista Dizzy Gillespie. Todos ellos figuras fundamentales de la revolución que supuso para el jazz el movimiento «be-bop», que en la década de los 40 echó abajó todas las normas establecidas del género a base de improvisación.
Estos genios no llegaban, sin embargo, en sus mejores momentos. Poco antes de aquella actuación, Parker había perdido su licencia de cabaret en Nueva York, lo que le impedía tocar en la mayoría de clubs de la ciudad. Sus problemas con la heroína y la cocaína se habían agudizado y había sido expulsado también de las salas más importantes de Los Ángeles. Ese mismo año, su hija Pree murió de neumonía porque carecía de dinero para proporcionarle el tratamiento adecuado, por lo que su caótico estado mental era cada vez más evidente en su música. En la grabación de «GroovinŽ High», realizada en aquella época, su sonido no era ni sombra del de antaño.

La tensión entre Gillespie y Parker

La historia de sus acompañantes no era tampoco como para esperar que aquella actuación se fuese a convertir en uno de las más extrañas y especiales de la historia del jazz. Powell acababa de salir del sanatorio mental de Creedmore, en Long Island, en unas condiciones deplorables, y poco antes del concierto estaba absolutamente borracho. Y Dizzy Gillespie y Charlie Parker, viejos conocidos, se encontraban en uno de los peores momentos de su relación personal, inmersos en continuas discusiones.
El día que Charlie Parker humilló al gran Gillespie con un saxofón de plástico
ABC
Pero lo más sorprendente de todo es que el gran «Bird» se presentó en Toronto sin su saxofón, ya que lo había empeñado poco antes en alguna tienda de Nueva York para costearse su dosis de heroína, según cuentan varias enciclopedias del jazz. Por ello, tuvo que acudir de urgencia a una tienda de instrumentos de Toronto, en la cual tan sólo pudieron prestarle un saxofón de plástico. Eso es todo lo que tenían y con eso tendría que conformarse el gran «Bird» para asombro de sus acompañantes.
Lo normal es que el concierto se hubiera convertido en un auténtico desastre, pero no lo fue. Tras un impresionante comienzo del trío Roach, Powell y Mingus, se subieron al escenario Gillespie y Parker, que llevaron su rivalidad hasta cotas musicales inalcanzables para la mayoría de músicos del último siglo.
Sonaron «Perdido», «Salt Peanuts», «All the Things You Are», «Wee», «Hot House» y «A Night in Tunisia», en las que Charlie Parker toco aquel cacharro de plástico como si fuera un saxofón del metal más noble, «sobrevolando» por encima de Gillespie para dejarlo en evidencia.

«El concierto del siglo»

La actuación fue tan fundamental que la prensa especializada de la época rápidamente la calificó como «el concierto del año», para después hablar del «concierto del siglo» y bautizar a aquellos cinco músicos también como «el quinteto del siglo».
El día que Charlie Parker humilló al gran Gillespie con un saxofón de plástico
ABC
A pesar de todo, Paker ya no levantó cabeza. En 1954, intentó suicidarse en dos ocasiones, la segunda, después de que su club, el Birdland, le pusiera de patitas en la calle tras su excesivo comportamiento. Fue un periodo de rápido declive hasta que, el 12 de marzo de 1955, murió de un colapso cardiocirculatorio. Aún no había cumplido los 35, pero ya le había dado tiempo a echar abajo los cimientos del jazz para construirlos de nuevo con revolucionarios parámetros musicales a todos los niveles.
«Charlie Parker es uno de los escasos jazzmen que ha aportado dignidad y significado a la palabra “genio”, vocablo del que tanto se ha abusado», aseguran las enciclopedias.
 http://www.abc.es/20120611/archivo/abci-charlie-parker-gillespie-jazz-201206081954.html

Nina Simone


Pepe Beunza


Andrea Balt


Maria Sabina

"Yo no soy curandera porque no uso huevos para curar. No soy curandera porque no doy aguas para tomar. Ni soy hechicera porque no hago la maldad. Mi sabiduría viene desde el lugar donde nace la arena. Yo curo con lenguaje, nada más. Soy sabia, nada más. Soy conocida en los cielos, nada más. Solo soy una que habla con Dios, nada más."

Imagine


Los otros


Rod Serling

When Serling submitted a script to CBS as the pilot pitch for The Twilight Zone, the network gave it to Westinghouse Desilu Playhouse. The 1958 episode, "The Time Element," featuring a man plagued by vivid nightmares and a quintessentially Twilight Zone twist ending, was such a hit that CBS green-lit the writer's proposed science-fiction series.
 Of the many Twilight Zone episodes that he penned, Serling's favorite was "Time Enough at Last." Adapted from a short story, the episode tells the tragic tale of a myopic bank teller with a love for literature who falls victim to a classic twist ending. Serling's favorite episode written by someone other than himself was "The Invaders," penned by Richard Matheson.

Chuck Palahniuk


George Carlin- People are


Bill Hicks


Chuck Palahniuk


You have no idea what it is like to constantly disappoint people. You see it the moment you meet them. You see in their eyes that they expected something so entirely different, and here they are meeting... you.
Read more at: https://www.brainyquote.com/quotes/authors/c/chuck_palahniuk.html

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domingo, 5 de febrero de 2017

Fernando Savater




Ustedes van a regalar libros en estas fiestas y yo les alabo el gusto. Pero no crean que todos los libros son inocuos o pacíficos: hay libros de destrucción masiva. Los cataloga en su estupendo Libros para la guerra (ed. Berenice) el siempre original Javier Mina: esos libros que han provocado matanzas, sublevaciones, conquistas o el exterminio de los infieles. A veces libros santos, pero como también es santo el infierno... Y una travesía infernal por el páramo de los remordimientos supersticiosos y los prejuicios es lo que cuenta Luisgé Martín en El amor del revés (ed. Anagrama), un relato autobiográfico escrito con valerosa crudeza. Parece mentira que hace sólo pocos años la homosexualidad fuese todavía un suplicio social para quien tratase de vivirla sin engaños. Un retrato de época y un estudio psicológico escrito con fervor magistral...
Cada vez que se publica por estas fechas la lista de los mejores libros del año, constato desolado que la mayoría de ellos no los he leído y otros por desgracia sí. En cualquier caso, nunca encuentro los tomos del Salón de los pasos perdidos, de Andrés Trapiello (van 19, el último Sólo hechos, ed. Pretextos), la única obra —entretenidísima, maliciosa, conmovedora, culterana, inagotablemente reflexiva sin pedantería...— que estoy seguro de que quedará cuando desaparezcan las celebridades anuales. Ahora bien, si quieren reforzarle a su amigo de veras la biblioteca, nada mejor que ofrecerle los cuatro suculentos volúmenes de las obras completas de Friedrich Nietzsche (ed. Tecnos), competentemente traducidas de nuevo, anotadas, comentadas, etcétera... por un equipo de especialistas dirigido por Diego Sánchez Meca. La voz total del profeta desventurado de la alegría, nuestro hermano más sabio. Ya saben, libros como regalo a los amigos lectores. Y a quienes no leen, nada. Que espabilen...
 http://elpais.com/elpais/2016/12/22/opinion/1482417592_557707.html

Charles Bukowski

Oscar Wilde

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Así funciona el mundo


Ted Hughes

Ted Hughes on the Universal Inner Child, in a Moving Letter to His Son

by 
“The only calibration that counts is how much heart people invest, how much they ignore their fears of being hurt or caught out or humiliated.”
“The analogy between the artist and the child is that both live in a world of their own making,” wrote Anaïs Nin in her diary in 1945. Four decades later, 23 years after Sylvia Plath took her own life at the age of 30, Ted Hughes (1930-1998) wrote to their 24-year-old son, Nicholas. Theletter, found in Letters of Ted Hughes (public library), is superb in its entirety and a worthy addition to history’s finest fatherly advice, but this particular passage speaking to the beautiful vulnerability of our inner child and its longing to be seen, heard, let loose is an absolutely exquisite articulation of the human condition — don’t let the length and density deter you from absorbing it, for once you do, it’ll saturate every cell of your soul.
When I came to Lake Victoria, it was quite obvious to me that in some of the most important ways you are much more mature than I am. . . . But in many other ways obviously you are still childish — how could you not be, you alone among mankind? It’s something people don’t discuss, because it’s something most people are aware of only as a general crisis of sense of inadequacy, or helpless dependence, or pointless loneliness, or a sense of not having a strong enough ego to meet and master inner storms that come from an unexpected angle. But not many people realise that it is, in fact, the suffering of the child inside them. Everybody tries to protect this vulnerable two three four five six seven eight year old inside, and to acquire skills and aptitudes for dealing with the situations that threaten to overwhelm it. So everybody develops a whole armour of secondary self, the artificially constructed being that deals with the outer world, and the crush of circumstances. And when we meet people this is what we usually meet. And if this is the only part of them we meet we’re likely to get a rough time, and to end up making ‘no contact’. But when you develop a strong divining sense for the child behind that armour, and you make your dealings and negotiations only with that child, you find that everybody becomes, in a way, like your own child. It’s an intangible thing. But they too sense when that is what you are appealing to, and they respond with an impulse of real life, you get a little flash of the essential person, which is the child. Usually, that child is a wretchedly isolated undeveloped little being. It’s been protected by the efficient armour, it’s never participated in life, it’s never been exposed to living and to managing the person’s affairs, it’s never been given responsibility for taking the brunt. And it’s never properly lived. That’s how it is in almost everybody. And that little creature is sitting there, behind the armour, peering through the slits. And in its own self, it is still unprotected, incapable, inexperienced. Every single person is vulnerable to unexpected defeat in this inmost emotional self. At every moment, behind the most efficient seeming adult exterior, the whole world of the person’s childhood is being carefully held like a glass of water bulging above the brim. And in fact, that child is the only real thing in them. It’s their humanity, their real individuality, the one that can’t understand why it was born and that knows it will have to die, in no matter how crowded a place, quite on its own. That’s the carrier of all the living qualities. It’s the centre of all the possible magic and revelation. What doesn’t come out of that creature isn’t worth having, or it’s worth having only as a tool — for that creature to use and turn to account and make meaningful. So there it is. And the sense of itself, in that little being, at its core, is what it always was. But since that artificial secondary self took over the control of life around the age of eight, and relegated the real, vulnerable, supersensitive, suffering self back into its nursery, it has lacked training, this inner prisoner. And so, wherever life takes it by surprise, and suddenly the artificial self of adaptations proves inadequate, and fails to ward off the invasion of raw experience, that inner self is thrown into the front line — unprepared, with all its childhood terrors round its ears. And yet that’s the moment it wants. That’s where it comes alive — even if only to be overwhelmed and bewildered and hurt. And that’s where it calls up its own resources — not artificial aids, picked up outside, but real inner resources, real biological ability to cope, and to turn to account, and to enjoy. That’s the paradox: the only time most people feel alive is when they’re suffering, when something overwhelms their ordinary, careful armour, and the naked child is flung out onto the world. That’s why the things that are worst to undergo are best to remember. But when that child gets buried away under their adaptive and protective shells—he becomes one of the walking dead, a monster. So when you realise you’ve gone a few weeks and haven’t felt that awful struggle of your childish self — struggling to lift itself out of its inadequacy and incompetence — you’ll know you’ve gone some weeks without meeting new challenge, and without growing, and that you’ve gone some weeks towards losing touch with yourself. The only calibration that counts is how much heart people invest, how much they ignore their fears of being hurt or caught out or humiliated. And the only thing people regret is that they didn’t live boldly enough, that they didn’t invest enough heart, didn’t love enough. Nothing else really counts at all.
In 2009, 47-year-old Nicholas hanged himself in his home in Alaska. His sister, Frieda, told the press upon news of his death: “Despite the vagaries that life threw at him, he maintained an almost childlike innocence and enthusiasm for the next project or plan.”

Michio Kaku

Científico asegura que encontró una prueba definitiva de que Dios existe

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 Uno de los científicos más respetados en la actualidad dice haber encontrado evidencia de que la acción de una fuerza “lo gobierna todo”.
El físico teórico Michio Kaku afirma haber creado una teoría que puede apuntar a la existencia de Dios. La información ha creado un gran revuelo en la comunidad científica porque Kaku es considerado uno de los científicos más importantes de la actualidad, uno de los creadores y desarrolladores revolucionarios de la Teoría de Cuerdas por lo que es muy respetado en todo el mundo.
Para llegar a sus conclusiones, el físico hizo uso un “semi-radio primitivo de táquiones” (que son partículas teóricas capaces de “despegar” la materia del universo o el contacto de vacío con ella, dejando así todo libre de las influencias del universo que les rodea), tecnología creada recientemente en 2005.
Aunque la tecnología para llegar a las verdaderas partículas de taquiones aún está lejos de ser una realidad, el semi-radio tiene algunas pocas propiedades de estas partículas teóricas, que son capaces de crear el efecto de los verdaderos taquiones en una escala subatómica.
Según Michio, vivimos en un “Matrix”: “He llegado a la conclusión de que estamos en un mundo hecho por reglas creadas por una inteligencia, no muy diferente de su juego de ordenador favorito, por supuesto, más complejo e impensable. Analizando el comportamiento de la materia a escala subatómica, afectado por el semi radio primitivo de taquiones, un diminuto punto en el espacio, por primera vez en la historia, totalmente libre de cualquier influencia del universo, la materia, la fuerza o la ley se percibe de una forma inédita el caos absoluto. Créeme, todo lo que llamamos casualidad hoy no tendrá más sentido. Para mí está claro que estamos en un plano regido, por reglas creadas y no determinadas por azares universales”, dijo el científico.

George Carlin - Modern Man


Simone Weil

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La mayor parte de lo que conocemos de su vida y su obra está diseminada en cuadernos escritos a mano, que sus familiares y amigos fueron recogiendo y editando después de su muerte. Su compasión por las condiciones esclavizantes de los trabajadores y su rebelión contra la ignorancia y la injusticia del orden social imperante, la hacían estar muy por encima de cuantos solo hablaban de teorías. Ningún intelectual de izquierdas, a cuyos líderes comenzó admirando, había intentado antes que ella experimentar la vida cotidiana de los obreros, su tristeza, su desesperación, su cansancio y sus angustias vitales. Cada día aumenta el número de sus admiradores, atraídos por su inclasificable y original personalidad, que sabe combinar de forma coherente el conocimiento y la honestidad intelectual con una ética personal, por la que se rige a través del compromiso consigo misma, una entrega generosa y una férrea voluntad que, a través de una disciplina implacable, le impide hacer nada superficialmente y sin una marcada finalidad.
Pero no fue solo la trayectoria de su vida y su pensamiento filosófico, su identificación con los más débiles y su lucha sin tregua por ayudarles a mejorar sus existencias lo que hace de ella una mujer admirable. Es también constatar cómo su vida fue una continua ofrenda de puro amor hacia los demás, un ejemplo de dación y sacrificio en el mejor sentido de esta palabra. Renunció a una cómoda forma de vivir para hacerlo con absoluta austeridad, rechazando incluso, en los últimos meses de su vida, comer más de lo que le daban como ración a un compatriota en el frente de batalla; pasó de ser una profesora universitaria de prestigio y brillante porvenir a trabajar como obrera en una fábrica en condiciones infrahumanas; y de ser una preciosa niña mimada perteneciente a la alta sociedad, a convertirse en una miliciana austeramente vestida.
Más de un siglo después de su nacimiento, Simone Weil sigue provocando una reflexión profunda para entender y buscar soluciones a los grandes problemas que aquejan a la humanidad.
 https://www.revistaesfinge.com/filosofia/filosofos/item/1207-simone-weil-una-filosofa-socialmente-comprometida

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