Masaki Imai fue, sin rodeos, el monje zen de la mejora continua… pero con traje y corbata.
Nacido en Japón (1930–2023), Imai tomó una idea sencilla —mejorar un poquito todos los días— y la convirtió en una revolución silenciosa que hizo temblar fábricas, oficinas y cerebros rígidos en medio planeta. A esa filosofía la llamó Kaizen: kai (cambio) + zen (para mejor). Nada místico, pero casi espiritual.
Fue el fundador del Kaizen Institute, desde donde predicó su evangelio práctico:
no esperes al genio, no aguardes al milagro, no compres humo tecnológico; mejora hoy, aunque sea milímetro a milímetro.
Imai observó a empresas como Toyota y entendió algo que Occidente tardó décadas en aceptar:
> la excelencia no nace del salto heroico, sino de la disciplina cotidiana.
Escribió el influyente libro Kaizen: The Key to Japan’s Competitive Success, que cayó como haiku en una sala de juntas: breve, claro, demoledor. Desde entonces, directivos dejaron de buscar culpables y empezaron a buscar procesos. Milagro menor, pero real.
En resumen:
Masaki Imai fue el hombre que nos susurró al oído corporativo:
“No seas brillante una vez; sé un poco mejor todos los días.”
Y así, sin aspavientos, hizo del progreso un hábito y del hábito una ética.
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