viernes, 2 de enero de 2026

 Cuando le pidieron a Philip K. Dick, el famoso autor de ciencia ficción, que definiera «realidad», contestó: «La realidad es eso que cuando dejas de creer en ello, no desaparece». Es una frase genial, pero ignora un aspecto muy importante de la realidad: la parte que se sustenta en la creencia y que no por eso es menos real. Frente a los fantasmas que vuelcan velas, es preferible sofocar las llamas antes que discutir sobre la realidad de los fantasmas. 

En términos de experiencias místicas, el proceder más sensato es juzgar los resultados en vez de frustrarnos por nuestra incapacidad actual para explicar sus mecanismos de acción. 

En una entrevista publicada en Science, preguntaban a David Nichols, uno de los fundadores del Instituto de Investigación Heffter y gran defensor de la investigación psicodélica, acerca de la «realidad» de los enfoques terapéuticos que incorporan sustancias psicodélicas. Contestó: «Si les da paz, si ayuda a la gente a morir en paz, rodeados de amigos y familiares, no me preocupa si es real o una ilusión». En ese contexto, en efecto, la distinción entre lo que es «real» y lo que es «ilusión» comienza a disiparse. 

La supuesta cosmovisión científica a menudo se ve limitada por una renuencia a aceptar la realidad de lo inexplicable. Menospreciar los efectos tangibles, cuantificables, predecibles y con capacidad para alterar la vida de las drogas psicodélicas como una especie de «disparate hippy» es dispararnos a nosotros mismos en el pie por no entender cómo funcionan las balas.

En 1977, David Bohm, el gran físico teórico, describió el circuito generado por nuestras creencias y lo que percibimos como realidad: 

«La realidad es lo que tomamos como verdad. Lo que tomamos como verdad es lo que creemos. Lo que creemos está basado en nuestras percepciones. Lo que percibimos depende de lo que estamos buscando. Lo que estamos buscando depende de lo que pensamos. Lo que pensamos depende de lo que percibimos. Lo que percibimos determina lo que creemos. Lo que creemos determina lo que tomamos como verdad. Lo que tomamos como verdad es nuestra realidad». 

(Merece la pena leerlo varias veces).

Christopher Ryan 

 

Shakespeare: ¿un tipo con demasiadas palabras?

Shakespeare es considerado el escritor más importante de la lengua inglesa.
Lo cual es curioso, porque nadie habla como Shakespeare.
Ni siquiera los ingleses.

Nació hace muchos siglos, cuando la gente creía que la medicina consistía en sangrarte hasta que dejaras de quejarte. En ese contexto, William Shakespeare decidió escribir obras de teatro llenas de asesinatos, traiciones, fantasmas y monólogos eternos. Probablemente porque no había Netflix.

La tragedia de entenderlo

Las tragedias de Shakespeare son famosas por hacerte sentir inteligente… aunque no entiendas nada.
Hamlet, por ejemplo, es la historia de un joven que descubre que su tío mató a su padre y decidió casarse con su madre. Ante esto, Hamlet reflexiona durante varias páginas en lugar de hacer algo útil.

Su frase más famosa es “Ser o no ser”, que básicamente significa:

“No sé qué hacer, pero voy a decirlo de forma elegante.”

Si Hamlet viviera hoy, seguramente tendría un podcast.

Las comedias: confusión organizada

Las comedias de Shakespeare consisten, en su mayoría, en gente disfrazada de otra gente, enamorándose de la persona equivocada, hasta que todo se arregla mágicamente al final.
A veces gracias a una boda.
A veces gracias a que alguien se da cuenta de que se enamoró de su primo sin saberlo.

Sueño de una noche de verano ocurre en un bosque donde todos pierden el juicio. Lo cual demuestra que Shakespeare entendía muy bien lo que pasa cuando un grupo de personas se aleja demasiado de la civilización.

El lenguaje: demasiadas palabras, pocas comas

Shakespeare inventó cientos de palabras. Nadie se las pidió.
Pero aun así las inventó.

Sus personajes hablan como si cada frase fuera la última oportunidad de demostrar que saben hablar bonito. Esto hace que leerlo sea una experiencia intensa, como discutir con alguien que jamás va al punto.

Aun así, los profesores aseguran que es maravilloso.
Ellos ya lo leyeron una vez.
Tú no tienes esa suerte.

El legado

Dicen que Shakespeare cambió la literatura para siempre.
Después de él, todos los escritores quisieron escribir “profundo”, “humano” y “complejo”.
Algunos lo lograron.
Otros solo escribieron largo.

Hoy sus obras se representan en teatros, escuelas y adaptaciones modernas donde Hamlet usa jeans y habla por celular, lo cual seguramente Shakespeare jamás imaginó… pero probablemente aprobaría, porque sigue siendo drama.

Conclusión

Shakespeare fue, sin duda, un genio.
O un hombre con demasiado tiempo libre.
O ambas cosas.

Escribió sobre el amor, el poder, la muerte y la duda, temas que siguen siendo relevantes siglos después, lo cual es impresionante… o deprimente, porque significa que no hemos aprendido nada.

Pero quién soy yo para criticar a Shakespeare.
Yo apenas puedo terminar un libro sin revisar el celular.
Y él escribió tragedias eternas sin Wi-Fi.

 

Los árboles que se niegan a desaparecer

Hay árboles que empezaron a crecer cuando no existían imperios, cuando el lenguaje aún no sabía nombrarse, cuando el ser humano apenas aprendía a mirar el cielo sin miedo. Secuoyas que vieron pasar glaciaciones, incendios, terremotos, guerras que nunca entendieron y civilizaciones que nunca les pidieron permiso para existir. Árboles que no sobrevivieron por fuerza, sino por paciencia.

Durante mucho tiempo asumimos que, cuando uno de esos gigantes caía, algo irrecuperable se perdía para siempre. Que su historia terminaba con el último anillo del tronco. Pero alguien decidió no aceptar del todo esa idea.

David Milarch no es un científico de laboratorio ni un profeta ecológico. Es, más bien, alguien que entendió algo incómodo: que quizá estábamos dejando morir a los seres vivos más sabios del planeta sin siquiera intentar conservar su memoria biológica. Así nació el Archangel Ancient Tree Archive, un proyecto que parece sacado de la ciencia ficción, pero que se apoya en una verdad simple y antigua: los árboles saben reproducirse a partir de sí mismos.

Milarch y su equipo comenzaron a buscar fragmentos vivos —brotes, tejidos, pequeños restos con vida— de árboles monumentales: secuoyas gigantes, redwoods milenarios, árboles con dos o tres mil años de edad. No para exhibirlos como trofeos, sino para hacer algo mucho más humilde y radical: volverlos a plantar.

No se trata de resucitar al árbol original, ni de fabricar inmortalidad. Se trata de preservar su genética, esa combinación única que le permitió resistir incendios devastadores, sequías prolongadas y climas extremos durante siglos. Cada clon no es un truco de laboratorio, sino un acto de continuidad: el mismo código genético, comenzando de nuevo, como si la vida dijera “todavía no”.

Hoy existen arboledas formadas por descendientes genéticos de estos gigantes antiguos. Son árboles jóvenes, pequeños aún, pero cargan una herencia que ningún banco de semillas puede guardar del todo: la experiencia acumulada de miles de años de adaptación. No son “árboles inmortales”. Pueden morir, y morirán. Pero su existencia es una apuesta contra el olvido.

Llamarlos “reservas genéticas” suena frío, casi administrativo. En realidad, son bibliotecas vivas, escritas no con palabras sino con savia. Una forma de decir que el futuro quizá no necesite nuestra tecnología, sino nuestra capacidad de aprender de quienes ya sobrevivieron a todo.

Mientras discutimos si aún hay tiempo para el planeta, estos árboles crecen en silencio. No prometen salvarnos. No hacen discursos. Solo hacen lo que siempre han hecho: existir con dignidad, anclados a la tierra, esperando que, esta vez, sepamos estar a la altura de su paciencia.

 

Sócrates en la esquina

 Basura en la calle

(Escena: Una acera cualquiera. Un transeúnte tira una envoltura al suelo. Sócrates, de toga y sandalias, está apoyado en la esquina, observando con ceja levantada.)

Sócrates:
“Ah… mira, ahí va un ser humano. No camina, no corre, simplemente se desplaza… dejando huellas de papel donde debería dejar respeto. Dime, amigo, ¿piensas que la Tierra es tu basurero personal o solo un experimento social?”

El transeúnte sigue su camino, indiferente. 

Sócrates:
“Observad esto: un envoltorio que cae al suelo y, sin embargo, pesa más que la conciencia de quien lo tiró. ¡Qué curioso! La gravedad parece entender mejor el deber que el hombre promedio.”

 la envoltura moviéndose con el viento, Sócrates la sigue con la mirada

Sócrates:
“Algunos creen que la libertad consiste en no recoger su propia basura. Yo digo: la verdadera libertad empieza cuando no contaminas la existencia de los demás… pero no, es más fácil empujar el mundo hacia adelante… con basura.”

gente alrededor ignorando la escena

Sócrates:
“Si cada envoltorio caído fuera un pensamiento abandonado, ¿qué mundo nos quedaría? Ah, cierto… igual al que tenemos ahora: bonito para los ojos, sucio para el alma.”

Sócrates apoyándose en la esquina, mirando al horizonte.

Sócrates (susurrando, irónico):
“Recordad, caminantes: el suelo no es un basurero, y la filosofía no limpia, pero al menos hace que piques un poquito de culpa… y eso, amigos míos, es un comienzo.”

 

El filósofo ebrio

1. Sartre y la tostada libre

Hay domingos que empiezan con un café y terminan con una copa de vino que nadie pidió, excepto yo, Sartre en versión fin de semana. La existencia me aplasta, pero la tostada a mi lado me mira con ojos de pan recién horneado, preguntándose si tiene libertad para ser comida. Yo, en mi borrachera filosófica, reflexiono: ¿es la tostada libre si la muerdo? ¿O la libertad solo existe en la mente, mientras mi cuerpo se tambalea sobre la mesa?

El camarero me observa con desdén, como si supiera que estoy a punto de descubrir la nada entre un sorbo y otro. La libertad, pienso, es como el vino: se siente bien al principio, luego te deja un sabor amargo y te obliga a mirar de frente a la responsabilidad.

En el fondo, la resaca del filósofo no es otra cosa que la constatación de que ser libre duele. Duele levantarse, duele decidir, duele enfrentar la tostada que quizá no quería ser comida. Pero ahí está la belleza: la libertad no se encuentra en abstenerse de beber, sino en aceptar que uno es responsable… incluso de sus excesos.

Y mientras el reloj avanza, yo levanto mi copa hacia la tostada, hacia la existencia y hacia todos los domingos que terminan demasiado tarde. Porque la vida, como el vino barato, se disfruta más cuando la abrazas sin miedo, aunque te deje un dolor de cabeza monumental.

jueves, 1 de enero de 2026


 

Bertrand Russell: pensar claro como acto de rebeldía

Bertrand Russell nació en una cuna diseñada para no pensar demasiado. Aristócrata británico, heredero de un linaje que llevaba siglos gobernando sin preguntarse por qué, estaba destinado a administrar el mundo con esa mezcla de educación refinada y brutalidad elegante que el Imperio llamaba “civilización”. Todo indicaba que sería un caballero respetable más, de esos que confunden tradición con verdad y autoridad con inteligencia.

Pero Russell cometió un error imperdonable: empezó a pensar con rigor.

No a repetir ideas, no a embellecer prejuicios, no a justificar el poder con palabras bonitas. A pensar de verdad. Y cuando alguien piensa de verdad, inevitablemente se vuelve peligroso.

Russell descubrió muy pronto que la mayoría de las atrocidades humanas no nacen del odio, sino de algo más vulgar: la estupidez organizada. Personas decentes, educadas, convencidas de estar del lado correcto de la historia, obedeciendo ideas que nunca se molestaron en examinar. Religión, patriotismo, moral sexual, guerra: sistemas enteros sostenidos no por pruebas, sino por costumbre.

Y contra eso, Russell no levantó puños ni banderas. Levantó algo mucho más subversivo: claridad.

Mientras Europa se lanzaba con entusiasmo a la Primera Guerra Mundial, celebrando la carnicería como si fuera una fiesta patriótica, Russell se atrevió a decir lo impensable: que la guerra no era noble, ni necesaria, ni heroica, sino una maquinaria absurda donde jóvenes pobres morían por decisiones tomadas por viejos cómodos. Por decir algo tan escandalosamente sensato, fue encarcelado y expulsado de su cátedra. Pensar tenía consecuencias. Y Russell las aceptó.

No fue un mártir, y eso lo vuelve más incómodo. No hablaba desde la exaltación ni desde el sacrificio teatral. Hablaba como quien dice: “Examinemos esto con cuidado”. Y ese tono, sereno y demoledor, resultaba más insoportable que cualquier grito. Porque no permitía refugiarse en la emoción; obligaba a hacerse responsable de lo que uno creía.

Russell tenía una habilidad particular para desarmar ideas respetables sin levantar la voz. Cuando escribía sobre religión, no lo hacía con furia adolescente, sino con una cortesía quirúrgica que dejaba al dogma desnudo. No decía “Dios no existe” como provocación barata; preguntaba si había buenas razones para creer lo que se creía. Y esa simple pregunta bastaba para que muchos se sintieran atacados.

Lo mismo hizo con la moral sexual. En una época obsesionada con la represión, Russell afirmó algo escandaloso: que el sufrimiento innecesario no ennoblece a nadie, que la culpa no es una virtud y que una sociedad madura debería poder hablar del deseo sin histeria. Por ello fue acusado de inmoral, peligroso, corruptor de jóvenes. El pecado real, como siempre, no era lo que decía, sino que lo decía con argumentos.

Russell entendía algo que muchos intelectuales prefieren olvidar: que el pensamiento no es un adorno cultural, sino una responsabilidad ética. Pensar mal, pensar con descuido, pensar por imitación, produce muertos. Produce guerras, fanatismos, inquisiciones modernas disfrazadas de buenas causas.

Por eso desconfiaba profundamente de las multitudes convencidas de su superioridad moral. Sabía que cuando demasiadas personas dejan de dudar al mismo tiempo, algo horrible está por ocurrir. La historia, decía Russell, no está llena de villanos conscientes, sino de obedientes convencidos.

Y sin embargo, no era un pesimista cínico. Creía —con una fe casi ingenua— que enseñar a la gente a pensar mejor podía hacer el mundo menos cruel. No perfecto. Menos estúpido. Que ya sería un avance notable.

Ganó el Premio Nobel de Literatura, no por escribir novelas conmovedoras, sino por algo más raro: por defender la libertad de pensamiento con claridad, valentía y elegancia. En un siglo dominado por ideologías que exigían lealtad ciega, Russell insistió en algo casi obsceno: que ninguna idea merece respeto automático.

Hoy, Bertrand Russell sigue siendo incómodo. No porque tenga todas las respuestas, sino porque nos deja sin excusas. Porque nos recuerda que muchas de las cosas que defendemos con pasión nunca las hemos examinado con cuidado. Porque nos enfrenta a una verdad desagradable: pensar con rigor es solitario, impopular y a menudo costoso.

Pero también es la única forma decente de estar en el mundo.

Russell no pedía permiso para pensar.
Y quizá por eso sigue siendo peligroso.

 

Quetzalcóatl: La serpiente que vuela

Quetzalcóatl, el dios emplumado, enseñó a los hombres los secretos del maíz, la escritura, las estrellas. Fue el portador de la sabiduría, del equilibrio entre la tierra que nos sostiene y el cielo que nos inspira. Pero también sufrió la traición, el exilio y la pérdida, recordándonos que la luz y la caída suelen ir de la mano.

Hoy Quetzalcóatl vive en aquellos que construyen conocimiento para todos, en quienes enseñan sin esperar recompensas, en los que buscan reconciliar el mundo material con el espiritual, la acción con la reflexión. Es la fuerza que nos invita a no destruir lo que amamos, a respetar la tierra mientras soñamos con el cielo, a dar sin perder nuestra esencia.

Su mito nos dice que el verdadero poder no está en dominar, sino en compartir; que la grandeza no es conquista, sino servicio; que la sabiduría se mide en sacrificio y en humildad. En un mundo donde la prisa y la codicia intentan silenciar la voz de la conciencia, Quetzalcóatl nos recuerda que la luz que damos puede cambiar destinos.

Mantra de Quetzalcóatl:
“Vuelo entre la tierra y el cielo, y en mi camino enseño a ver lo invisible.”

 

La herida también crece: sanar como parte del desarrollo

✳️ Introducción:

En el camino del desarrollo personal solemos enfocarnos en adquirir: fuerza, hábitos, conocimientos, éxito. Pero muchas veces ignoramos lo que duele, lo que no queremos mirar. Las heridas no desaparecen con motivación ni con disciplina. Si no las sanamos, crecen con nosotros, moldeando decisiones, emociones y relaciones sin que nos demos cuenta.

Sanar no es un lujo, es una necesidad para crecer de verdad.


🎭 I. La ilusión de “superar” el dolor

Frases como “olvida tu pasado” o “deja de quejarte” son trampas disfrazadas de consejo. Las heridas no se borran; se integran. Intentar ignorarlas es como correr con una mochila rota: cada paso deja una marca invisible.

Crecer no es escapar de tu dolor, es caminar con él hasta entenderlo y transformarlo.


🪞II. Tipos de heridas que conviene mirar

  • Heridas de infancia: miedo al abandono, rechazo, culpa aprendida.

  • Heridas emocionales recientes: traiciones, pérdidas, decepciones.

  • Heridas sociales: discriminación, injusticias que marcan tu visión del mundo.

Cada una influye en cómo piensas, sientes y actúas. Reconocerlas no te hace débil; te hace humano y consciente.


🧵III. Ejemplo : el día que la frustración te enseña

Supomgamos que antes corrías rápido, te exigías sin piedad, y ahora tu espalda duele y te frustra no alcanzar tu récord. Esa frustración no es solo física: es eco de antiguas exigencias internas, de la voz que siempre te decía: “Debes ser más, más rápido, más fuerte”.

Mirar esa herida, aceptar tu límite actual y actuar con compasión no es rendirse. Es sanar mientras sigues creciendo.


⚖️ IV. Cómo integrar la herida al desarrollo

  1. Reconocerla: Nombrar la emoción y la situación que duele.

  2. Sentirla sin huir: No la reprimas ni la ignores.

  3. Aprender de ella: Cada dolor tiene enseñanza si la miras con honestidad.

  4. Transformarla en acción consciente: Ajusta hábitos, relaciones y expectativas según lo que has aprendido.

Irvin Yalom decía que enfrentar nuestra propia angustia es la única manera de vivir con autenticidad.


🛠️ Cierre práctico: Ejercicio de sanación activa

  1. Elige una emoción que hayas sentido recientemente y que te haya hecho reaccionar sin claridad (frustración, enojo, miedo).

  2. Escríbela, nómbrala y describe la situación que la activó.

  3. Reflexiona: ¿qué te enseña sobre una herida más profunda?

  4. Decide una acción pequeña para integrarla: puede ser aceptar un límite, pedir ayuda, ajustar una rutina o cambiar tu diálogo interno.


🧭 Consigna final:

No corras de tu herida.
No la ignores.
Camina con ella y deja que te enseñe cómo crecer de verdad.

 


Nelson Mandela: el “no” que resistió 27 años

Sudáfrica, mediados del siglo XX. La ley del apartheid había dividido la sociedad en blancos y negros de manera brutal: educación inferior para los negros, barrios segregados, prohibición de votar, violencia institucionalizada. En este contexto nació y creció Nelson Mandela, un hombre que pronto entendería que la dignidad no se negocia.

Desde joven, Mandela se involucró en la lucha contra el régimen. Abogó primero por la resistencia pacífica, pero ante la brutalidad del Estado, terminó apoyando la acción más directa a través del brazo del Congreso Nacional Africano. Cada “no” que pronunció frente a leyes injustas, cada decisión de desafiar la segregación, fue un riesgo enorme.

En 1962, Mandela fue arrestado. Pasó 27 años en prisión, aislado, vigilado y sometido a condiciones duras. Pero incluso tras décadas de encierro, su “no” nunca se quebró. No renunció a sus principios, no aceptó el silencio, no traicionó su visión de una Sudáfrica igualitaria.

Mandela no buscaba venganza ni poder personal; su “no” tenía un propósito mayor: abrir la posibilidad de reconciliación y justicia. Cuando finalmente fue liberado en 1990, su liderazgo no fue el de un hombre resentido, sino de uno que entendía que la fuerza moral supera a la fuerza bruta. En 1994 se convirtió en el primer presidente negro de Sudáfrica, encabezando la transición pacífica hacia la democracia y mostrando al mundo que la resistencia sostenida puede vencer siglos de opresión.

El gesto de Mandela confirma la intuición de Brecht: incluso un solo hombre, dispuesto a decir “no” sin ceder, puede cambiar la historia de millones. Su resistencia no se midió en días o meses, sino en décadas de coherencia moral frente a la adversidad más extrema.


Reflexión práctica

El “no” de Mandela nos recuerda que a veces resistir requiere paciencia, coherencia y sacrificio prolongado. Hoy podemos practicarlo al:

  • Mantenernos firmes en nuestras convicciones éticas, aun cuando el camino sea largo y difícil.

  • Defender la justicia en nuestra comunidad, aunque no veamos resultados inmediatos.

  • Elegir la reconciliación y la integridad en lugar del resentimiento o la agresión.

Cada vez que sostenemos un “no” frente a la injusticia cotidiana —en la escuela, el trabajo, la sociedad— replicamos la fuerza de Mandela: demostramos que la dignidad y la coherencia moral no se negocian.

miércoles, 31 de diciembre de 2025

 

Año Nuevo, Mentiras Viejas

Cada 31 de diciembre ocurre un milagro:
personas que llevan años sin cambiar nada creen que, porque el reloj hizo clic, ahora sí van a hacerlo.

Es fascinante.
No cambiaron en febrero, ni en junio, ni cuando tocaron fondo…
pero ahora, porque es enero, mágicamente .

“La gente cree que el universo respeta los calendarios que inventamos.”

El ritual moderno: desear sin hacerse cargo

El rito es siempre el mismo:

  • “Este año sí voy a hacer ejercicio”

  • “Ahora sí voy a leer”

  • “Ahora sí voy a cambiar”

  • “Este año será diferente”

No es un plan.
No es una decisión.
Es un deseo decorativo.

“No quieres cambiar. Quieres sentirte bien por cinco minutos.”

El deseo cumple su función emocional:
te calma la culpa sin exigirte acción.

El problema no es olvidar los propósitos

El problema es que nunca fueron reales.

Si realmente quisieras cambiar:

  • no esperarías a enero,

  • no lo anunciarías como ritual,

  • no lo convertirías en eslogan.

El propósito olvidado no fracasó:
nunca nació.

Fue solo una fantasía socialmente aceptada.

“La mayoría no quiere cambiar su vida, quiere cambiar cómo se siente respecto a su vida.”

Por eso los propósitos son vagos:

  • “ser mejor persona”

  • “cuidarme más”

  • “tener paz”

Nada medible.
Nada incómodo.
Nada que te obligue a confrontarte.

Son frases lo suficientemente ambiguas para que nunca puedas fallar… ni avanzar.

El calendario como excusa moral

El Año Nuevo es una absolución colectiva:

  • “No cambié, pero es que era el año pasado”

  • “Ahora sí empieza lo bueno”

  • “Borrón y cuenta nueva”

Mentira.

No hay borrón.
Hay continuidad.

El 1 de enero no te reinicia.
Te revela.

Si llevas años huyendo, enero solo te encuentra huyendo con confeti.

¿Por qué olvidamos los deseos?

Porque no estaban anclados a:

  • dolor real,

  • decisión concreta,

  • costo personal.

Cambiar duele.
Y el rito de Año Nuevo está diseñado para no doler.

Es cambio sin sacrificio.
Espiritualidad sin riesgo.
Ética sin incomodidad.

Una religión sin cruz.

La versión honesta (no apta para brindis)

Una versión menos vendible, pero más verdadera, sería:

  • “Este año voy a dejar de mentirme.”

  • “Este año voy a pagar el precio de cambiar.”

  • “Este año no prometo nada: actúo o me callo.”

  • “Si no cambio, asumiré que elegí no hacerlo.”

Eso no entra en una servilleta de fiesta.
Pero funciona.

Los propósitos de Año Nuevo no fallan porque los olvidamos.
Fallan porque los usamos como tranquilizantes morales.

El cambio real no empieza en enero.
Empieza cuando ya no puedes soportarte como estás.

No cuando brindas.
Cuando decides.

“Si el próximo año eres igual… al menos no te mientas diciendo que fue una sorpresa.”

Salud amigos
Y menos deseos.
Más actos.


 Hablar del trabajo fotográfico de Henri Cartier-Bresson no es hablar solo de fotografías, sino de una forma de estar en el mundo. Su cámara no fue un arma para conquistar la realidad, sino un instrumento de escucha.

1. El instante decisivo: más que una técnica

El famoso instante decisivo suele malentenderse como simple rapidez o reflejos. En Cartier-Bresson no es velocidad, es lucidez. El instante no se “caza”; se reconoce.
Para él, la realidad está siempre a punto de ordenarse sola: un gesto, una sombra, una línea, una mirada. El fotógrafo debe estar ahí, atento, silencioso, sin imponer nada. Es casi una ética: no forzar, no manipular, no dramatizar.

2. Geometría y vida: el orden invisible

Su formación inicial como pintor se nota en cada encuadre. Líneas, diagonales, ritmos, proporciones. Pero ese orden nunca aplasta la vida; al contrario, la sostiene.
Cartier-Bresson demuestra que el mundo cotidiano ya contiene belleza y sentido. El encuadre no inventa la realidad, solo la revela. En tiempos de exceso de edición y artificio, su obra parece decirnos: “mira mejor, no edites más”.

3. La invisibilidad del fotógrafo

Uno de los rasgos más radicales de su trabajo es su deseo de desaparecer. Usaba cámaras pequeñas, evitaba el flash, rechazaba la puesta en escena.
Hoy, cuando muchos fotógrafos se colocan en el centro de la imagen —como marca, como ego, como espectáculo—, Cartier-Bresson representa lo opuesto: el fotógrafo como testigo, no como protagonista.

4. Humanismo sin sentimentalismo

Su fotografía es profundamente humanista, pero nunca sentimental. No explota el dolor, no subraya la miseria, no busca la lágrima fácil.
Retrata al ser humano en su dignidad cotidiana: caminando, esperando, jugando, pensando. Incluso en contextos históricos duros, mantiene una distancia ética que evita convertir al otro en objeto.

5. Política sin propaganda

Aunque documentó guerras, revoluciones y grandes cambios del siglo XX, su obra no es panfletaria. No grita consignas.
Su política es más profunda: mostrar que la historia la viven cuerpos reales, personas anónimas atrapadas en el flujo del tiempo. Esa mirada es, en sí misma, subversiva.

6. Una lección para hoy

En una era de hiperproducción visual, Cartier-Bresson sigue siendo incómodo. Nos recuerda que:

  • no todo momento merece ser fotografiado,
  • no toda imagen merece existir,
  • y que la paciencia es una forma de respeto.

Su obra nos exige algo difícil: mirar antes de disparar, pensar antes de mostrar, callar antes de imponer.

Henri Cartier-Bresson no fotografió para poseer el mundo, sino para comprenderlo. Su legado no es un estilo que se pueda copiar, sino una actitud: atención, humildad y rigor.
En el fondo, su cámara no buscaba imágenes; buscaba verdad en movimiento.

 Si los científicos que estudian el comportamiento humano en situaciones de catástrofe han determinado que las personas por lo general no entran en pánico ni se vuelven desagradables ante las crisis del mundo real, ¿a santo de qué repiten una y otra vez esta historia los medios de comunicación? 

Kathleen Tierney, la socióloga del desastre que dirige el Natural Hazard Center (Centro de Peligros Naturales) de la Universidad de Colorado, señala al «pánico de las élites» y subraya la función política de la Narrativa del Progreso Perpetuo. Afirma que «las élites temen la alteración del orden social, los desafíos a su legitimidad». Este pánico de las élites se caracteriza por el «miedo al desorden social; miedo a los pobres, a las minorías y a los inmigrantes; la obsesión por el saqueo y los delitos contra la propiedad; la voluntad de recurrir a un uso letal de la fuerza; y las acciones emprendidas a partir de meros rumores».

El adoctrinamiento comienza a una edad muy temprana. En 2005, la revista Time incluyó El señor de las moscas entre las cien mejores novelas en lengua inglesa publicadas a partir de 1923, y desde la década de 1960 ha sido lectura obligatoria en muchos colegios estadounidenses. Incluso alguien que nunca haya leído el libro es probable que esté familiarizado con la historia de lo que le ocurre al pobre Piggy a manos de algunos muchachos que, al encontrarse en una isla desierta, se vuelven salvajes. Se cita El señor de las moscas como si fuera la evidencia antropológica de que los niños se transforman en monstruitos despiadados si no hay adultos por los alrededores que los mantengan a raya. Hobbes para niños.
Este célebre relato ficticio de lo que pasa cuando un grupo de niños es abandonado a su suerte fuera del abrazo protector de la civilización queda desmentido por lo que realmente sucedió cuando un grupo de niños fue arrastrado por una tormenta y naufragó en una isla desierta en 1977. No se dividieron en facciones, ni se embadurnaron el rostro con pinturas de guerra, ni mataron al niño gordo, como habría esperado cualquiera que hubiera leído la novela de Golding. En vez de eso, acordaron permanecer juntos y desplazarse por la isla siempre de dos en dos para asegurarse de que nadie se perdiera o sufriera un accidente estando solo. Establecieron un sistema de rotación para que siempre hubiera alguien despierto que vigilara el posible paso de barcos. Al cabo de quince meses, dos chicos que estaban de guardia avistaron un barco y todos fueron rescatados.[161]
Christopher Ryan 

 

Federico García Lorca: cuando la poesía se volvió imperdonable

En 1936, al inicio de la Guerra Civil Española, Federico García Lorca no era un político armado ni un dirigente revolucionario. Era algo más peligroso para un régimen fascista naciente: un poeta que encarnaba la libertad. Su obra poética y teatral celebraba lo popular, lo marginal, lo prohibido; daba voz a gitanos, mujeres oprimidas, deseos reprimidos y dolores silenciados. Para el franquismo, Lorca no era solo un artista: era una amenaza simbólica. Su asesinato demuestra hasta qué punto una dictadura teme a quien nombra lo que no debe ser nombrado.


Contexto histórico y político

España se encontraba fracturada entre la República y las fuerzas conservadoras que darían origen al régimen franquista. El golpe militar de 1936 desató una violencia sistemática contra intelectuales, maestros, artistas y cualquier figura asociada a ideas progresistas o simplemente incómodas. El franquismo no solo buscaba controlar el poder político: pretendía imponer una moral única, católica, autoritaria y profundamente represiva.

Lorca representaba todo lo contrario: modernidad estética, sensibilidad popular, ambigüedad sexual, crítica implícita a las jerarquías tradicionales. En un régimen obsesionado con la pureza ideológica y moral, su sola existencia era vista como subversiva.


Análisis de la obra poética

Aunque Lorca no escribió panfletos políticos, su poesía era profundamente política en el sentido más radical: cuestionaba el orden simbólico.

  • En Romancero gitano, dignifica a los gitanos, históricamente perseguidos y criminalizados, convirtiéndolos en protagonistas trágicos y poéticos.

  • En Poeta en Nueva York, denuncia la deshumanización del capitalismo, la alienación urbana y la violencia estructural, con imágenes oscuras y desgarradoras.

  • Su lenguaje está lleno de símbolos: la luna, la sangre, el agua, el deseo, la muerte. Todos ellos funcionan como metáforas de represión, fatalidad y libertad imposible.

Para el franquismo, esta poesía era intolerable porque no obedecía: no exaltaba la patria, no glorificaba el orden, no celebraba la autoridad. Mostraba el sufrimiento humano allí donde el poder exigía silencio.


Consecuencias para el autor

En agosto de 1936, Lorca fue detenido por fuerzas franquistas en Granada. Días después fue fusilado y enterrado en una fosa común. Nunca fue juzgado. Nunca fue perdonado. Su crimen fue ser poeta, libre y diferente. El régimen no solo eliminó a un individuo, sino que intentó borrar un símbolo de la España plural, creativa y crítica.

Durante décadas, su asesinato fue silenciado oficialmente. Sus obras fueron censuradas o domesticadas, presentadas como folclore inofensivo, despojadas de su carga subversiva.


Reflexión y relevancia

El caso de Lorca muestra que las dictaduras no temen únicamente a la crítica directa: temen a la imaginación. Un poema que legitima a los excluidos, que da belleza al dolor, que rompe la moral oficial, es una amenaza existencial para cualquier régimen autoritario. Lorca no llamó a derrocar al Estado; hizo algo peor para el poder: mostró que otro mundo simbólico era posible.


Cierre

Federico García Lorca fue asesinado, pero su poesía sobrevivió al franquismo, a la censura y al miedo. Hoy, sus versos siguen recordándonos que la libertad no empieza en las urnas ni en las armas, sino en la palabra. Y por eso, para las dictaduras, el poeta siempre será un enemigo.

martes, 30 de diciembre de 2025

 

Un perro andaluz: aprender a ver duele

Un perro andaluz es un cortometraje de 1929 dirigido por Luis Buñuel y escrito junto a Salvador Dalí. Dura apenas dieciséis minutos, pero es suficiente para incomodar a generaciones enteras. No tiene argumento, no tiene mensaje explícito y no sigue ninguna lógica narrativa tradicional. No hay inicio, nudo ni desenlace. No hay héroes. No hay moraleja.

La película está hecha a partir de imágenes soñadas, impulsos inconscientes y asociaciones libres. Buñuel fue claro: no querían que el espectador entendiera, querían que reaccionara. Quien entra buscando sentido se frustra; quien entra dispuesto a dejarse golpear, sale transformado o irritado. Ambas cosas sirven.

En ese contexto aparece una de las escenas más famosas —y más temidas— de la historia del cine.


1. El ataque al ojo: ver no es un acto inocente

Un hombre afila una navaja. Mira al cielo. Una nube atraviesa la luna. Corte.
Un ojo humano es seccionado en primer plano.

No hay metáfora amable. No hay preparación emocional. No hay advertencia. Buñuel no pide permiso: te agrede.

Ese ojo no es solo el de la mujer en pantalla. Es el del espectador. Es el nuestro. Buñuel parece decirnos:

Si vienes a mirar cine como siempre, mejor te quito el ojo desde ahora.

Ver, en Un perro andaluz, no es un acto pasivo ni inocente. Es una experiencia dolorosa. El cine deja de ser entretenimiento y se convierte en intervención quirúrgica. Buñuel corta el órgano con el que creemos entender el mundo, porque sabe que ese ojo está educado, domesticado, acostumbrado a ver sin cuestionar.

El gesto es radical: para ver de otra manera, primero hay que destruir la forma anterior de mirar.

Hoy, casi un siglo después, la escena sigue siendo insoportable, pero por razones distintas. Vivimos rodeados de imágenes de violencia real: guerras transmitidas en tiempo real, cuerpos destrozados convertidos en contenido, tragedias convertidas en scroll. El ojo ya no se corta; se anestesia. Vemos todo y no sentimos nada.

Buñuel, en cambio, quería lo contrario: que mirar doliera. Que la imagen dejara marca. Que el espectador no saliera intacto.

El corte en el ojo es una advertencia que sigue vigente:

si el arte no incomoda, solo adormece.



 Hesse no se entiende desde el pedestal; 

se entiende desde la herida.

 —sin corbata académica, con el alma despeinada—:

Hermann Hesse: el hombre que aprendió a romperse despacio
Hermann Hesse no tuvo una vida: tuvo un campo de pruebas.

La infancia fue una jaula con forma de religión.

La juventud, una pelea a puño limpio con Dios, la patria y la obediencia.

La adultez, un lento aprendizaje del derrumbe.

Nada épico. Nada cómodo.
Solo la persistente sensación de no encajar ni en su propia sombra.

Quisieron hacer de él un buen alemán,
y terminó siendo un mal ciudadano y un gran ser humano.

Quisieron volverlo pastor, funcionario, soldado del orden, y respondió con libros que enseñan a desertar sin disparar un tiro.

Hesse no escribió para explicar el mundo,
escribió para sobrevivirlo.
Cuando Europa se volvió una fábrica de cadáveres bien peinados,
él dijo “no” —y ese no le costó amigos, prestigio y tranquilidad.

Ser pacifista en tiempos de guerra es como ser poeta en una reunión de banqueros:
te miran como si estuvieras mal de la cabeza.
Y quizá lo estaba.
Pero era una locura lúcida.

Sufrió depresiones, colapsos nerviosos, terapias tempranas
—cuando ir al psicólogo era casi un delito moral—.
Se rompió por dentro, y en vez de ocultarlo,
lo volvió literatura.

Demian, Siddhartha, El lobo estepario

no son novelas:
son mapas para quienes se sienten extranjeros en su propia vida.
No prometen felicidad. Prometen honestidad.
Y eso duele más, pero cura mejor.

Hesse entendió algo incómodo:

que la sociedad ama a los individuos…
siempre y cuando no sean demasiado individuales.

Por eso sus personajes caminan solos,
con los bolsillos llenos de preguntas
y el corazón sin manual de instrucciones.

Nunca fue un maestro iluminado.
Fue un hombre cansado que aprendió a escucharse.
Y en un mundo que grita consignas,
escucharse es un acto revolucionario.

Hermann Hesse no vino a salvar a nadie.

Vino a decirnos, en voz baja pero firme:
si no te sientes cómodo aquí, no estás roto;
quizá estás despierto.
Y eso —aunque no venda—
vale más que una vida fácil.

 Viajar no vacuna contra la ignorancia. 

Solo cambia el fondo de pantalla.


Hay quien ha dado la vuelta al mundo
y sigue viviendo en un cuarto mental sin ventanas.
Sellos en el pasaporte, cero mudanzas interiores.

Una persona culta viaja, sí…
pero sobre todo se deja viajar por las ideas.
Puede no haber salido nunca de su barrio
y aun así haber recorrido siglos, lenguas, conflictos, sueños.

El turista colecciona fotos.
La persona culta colecciona preguntas.
Uno dice “yo estuve ahí”.
La otra se pregunta “¿por qué esto es así?”.

Viajar suma cuando desarma prejuicios,
cuando te hace pequeño, curioso, atento.
Si vuelves creyéndote superior,
no viajaste: solo te desplazaste.

Así que no,
la cultura no depende de millas aéreas
sino de kilómetros mentales.

Hay gente que cruza océanos
y nunca sale de sí misma.
Y hay quien, sentado leyendo,
cruza el mundo sin hacer fila en migración. 

lunes, 29 de diciembre de 2025


 

El deseo como falta: el sujeto que nunca llega

“El sujeto está en busca del objeto de su deseo, mas nada lo conduce a él.”
Jacques Lacan

Esta frase condensa uno de los núcleos más perturbadores del pensamiento lacaniano: el deseo no está hecho para satisfacerse. No es una carencia accidental que pueda llenarse, sino una estructura que define al sujeto mismo. El ser humano no desea algo concreto; desea desear.

I. El sujeto no nace completo

Para Lacan, el sujeto no es una entidad autónoma, sólida, transparente para sí misma. El sujeto está dividido desde el origen. Nace marcado por el lenguaje, por el Otro (la cultura, la ley, la palabra), y en ese ingreso pierde algo irrecuperable.

Ese “algo” perdido no es un objeto real que pueda encontrarse más tarde, sino una falta estructural. El deseo nace ahí: no como apetito, sino como efecto de una pérdida que nunca fue plenamente poseída.

Por eso Lacan no dice que el sujeto busca un objeto, sino que está en busca del objeto de su deseo. La diferencia es crucial:

  • El objeto no preexiste a la búsqueda.

  • Se construye fantasmáticamente como promesa de plenitud.

II. El objeto a: causa del deseo, no su meta

Aquí aparece uno de los conceptos más malentendidos de Lacan: el objeto a (objeto pequeño a).

El objeto a no es aquello que el deseo quiere, sino aquello que lo provoca. Es la causa del deseo, no su destino. Cuando el sujeto cree haber encontrado lo que desea —una persona, un reconocimiento, dinero, poder, una ideología, incluso la “verdad”—, el deseo no se extingue. Se desplaza.

Esto explica la frase: “nada lo conduce a él”.
No porque el sujeto sea torpe o esté desorientado, sino porque no existe un camino posible hacia algo que no está hecho para ser alcanzado.

III. La trampa moderna: confundir deseo con consumo

La sociedad contemporánea explota esta estructura con precisión quirúrgica. El capitalismo promete constantemente objetos que supuestamente colmarán el deseo: éxito, amor ideal, bienestar total, libertad absoluta.

Pero lo que ofrece son sustitutos. El sujeto consume, obtiene, y rápidamente vuelve a desear. No porque sea ingrato, sino porque el deseo no se satisface por definición.

Aquí Lacan resulta profundamente incómodo: nos dice que el malestar no se debe solo a injusticias externas, sino a una condición estructural del sujeto hablante. No hay objeto que nos devuelva la completud perdida porque esa completud nunca existió.

IV. El deseo como motor, no como destino

Entonces, ¿el deseo es una condena? No necesariamente.

Lacan no propone eliminar el deseo —eso sería eliminar al sujeto—, sino dejar de engañarse respecto a él. El sufrimiento aparece cuando el sujeto cree que algún día, algo o alguien lo completará definitivamente.

Aceptar que “nada lo conduce al objeto” no es nihilismo: es una forma de lucidez. El deseo, entendido así, no es una flecha hacia un blanco, sino un movimiento que mantiene viva la existencia simbólica del sujeto.

V. Ética del psicoanálisis: no ceder sobre el deseo

Paradójicamente, Lacan formula una ética: “no ceder sobre el deseo”. No significa perseguir obsesivamente objetos, sino no traicionar lo que nos mueve, aun sabiendo que no habrá cierre final.

El problema no es no alcanzar el objeto, sino vivir creyendo que la vida empieza después de alcanzarlo.


Conclusión

La frase de Lacan no es pesimista, es despiadadamente honesta. El sujeto no fracasa en su búsqueda; la búsqueda es la forma misma de su existencia. El deseo no apunta a un objeto alcanzable, sino que revela una verdad incómoda: somos seres constituidos por la falta, no por la plenitud.

Entender esto no nos salva del deseo, pero nos libera de la ilusión de que algún día dejará de doler… o de moverse.

Y tal vez ahí, precisamente ahí, empieza una forma más adulta de libertad.

 A simple vista, parece absurdo pensar que para hacer una mala canción o un mal guion se requiera talento. “Mala” implica defectuosa, carente de valor estético, superficial, olvidable. Sin embargo, si observamos bien la cultura popular y el éxito comercial, descubrimos que incluso lo que muchos consideran “malo” demanda habilidades específicas, en ocasiones sofisticadas, que revelan otro tipo de talento.

Tomemos el caso de artistas o ciertas canciones que se vuelven éxitos a pesar de su sencillez o incluso mediocridad artística. ¿Cómo es posible que obras aparentemente poco originales o profundas logren impactar a millones? La respuesta no está en la calidad clásica, sino en la habilidad para conectar con un público, para tocar una fibra emocional inmediata, para jugar con códigos y estereotipos culturales compartidos.

Primero, el talento como afinidad con el público

Una mala canción exitosa suele tener ritmo pegajoso, frases simples pero memorables, y un mensaje o imagen con la que la gente se identifica fácilmente. Esto no sucede por azar; requiere alguien que comprenda los gustos y hábitos del público objetivo. Es un talento para leer el zeitgeist —el espíritu de la época— y moldear el producto para que encaje en ese espacio.

De igual forma, un guion que carece de complejidad narrativa o profundidad temática, pero que resulta en una película taquillera, se sostiene porque sabe qué emociones evocar: la nostalgia, el romance idealizado, la comedia ligera, el escape de la realidad. No todos los públicos buscan el arte elevado; muchos buscan sentirse acompañados en sus emociones cotidianas, aunque sea mediante clichés.

Segundo, la paradoja del talento funcional

Este talento es funcional y pragmático. Se orienta a la efectividad, a cumplir objetivos específicos: generar ventas, views, retuits. La industria del entretenimiento es un mercado, y como tal, se rige por reglas distintas al arte puro. Aquí, hacer “malo pero popular” es un resultado de conocer las fórmulas que funcionan, dominar el timing y aprovechar las tendencias sociales y tecnológicas.

Este tipo de talento suele ser subestimado o desvalorizado por quienes privilegian lo artístico elevado, pero es innegable que no cualquiera puede lograrlo. Intentar escribir un guion con fórmulas de éxito y fracasar no es raro; encontrar esa fórmula requiere intuición, experiencia y sensibilidad hacia la cultura popular.

Tercero, la dimensión cultural y social

Detrás de las obras consideradas “malas” hay un reflejo de la sociedad que las consume. La repetición de estereotipos, mensajes simples o humor plano puede responder a necesidades reales de identificación, pertenencia y evasión. Criticar estas obras sin reconocer su función social es perder una dimensión esencial del arte popular.

En este sentido, el “talento para lo malo” también es una forma de inteligencia cultural, pues implica conocer los códigos que mantienen cohesionada a una comunidad, o que la entretienen en un contexto particular.

Conclusión

No es contradictorio que haya talento en hacer obras de escaso valor artístico. Más bien, es una paradoja que revela la complejidad de la cultura contemporánea y las múltiples formas que el talento puede adoptar. El desafío para el crítico o el creador es reconocer que el talento no es una sola cosa ni siempre se manifiesta en la profundidad o la belleza, sino que también habita en la superficie, en la conexión inmediata y en la capacidad para captar la atención masiva.

Así, la mediocridad aparente muchas veces esconde una inteligencia aguda para leer a la audiencia y moldear contenido acorde a sus expectativas. Entender esta paradoja es clave para comprender la cultura popular actual y el fenómeno del éxito en sus diversas formas.

 No cesaremos en la exploración

y el fin de todas nuestras búsquedas
será llegar adonde comenzamos
y conocer el lugar por vez primera.
T. S. ELIOT, Cuatro cuartetos

En sus reflexiones sobre las crueldades «normales» de la crianza de los niños en las sociedades civilizadas, Sarah Hrdy cuestionaba el futuro de nuestra especie: «Cuando oigo a la gente preocupada por el futuro de la humanidad por causas como el calentamiento global, las enfermedades emergentes y los virus agresivos, los meteoritos que se estrellan y los soles que explotan, me pregunto: pero, aunque persistamos, ¿seguirá siendo humana nuestra especie?». Hrdy teme que la supervivencia de la especie humana no incluye necesariamente la supervivencia de nuestra humanidad.
Como siempre, es ahora o nunca. Nuestra especie parece congelada en un perpetuo punto de no retorno, como si cada paso a dar fuese una encrucijada. Otras civilizaciones se han derrumbado antes que la nuestra; de hecho, a todas les ha pasado. Pero ninguna se ha derrumbado tanto como lo hará la nuestra cuando ocurra. Los colapsos previos fueron regionales; el nuestro será planetario, y no habrá ningún sitio donde correr a esconderse. A lo largo de los siglos, muchos ríos y lagos han sido objeto de sobrepesca o envenenamiento, pero ahora somos testigos de la destrucción de ecosistemas oceánicos enteros. La atmósfera del planeta está inflamada, y nuestra comprensión de los peores escenarios posibles se ve constantemente ampliada. En 2015, el huracán más violento jamás registrado —clasificado como de nivel 7 en una escala que había sido diseñada para alcanzar solo el nivel 5— arrasó la costa de México.
Decir que vivimos en una época de cambios acelerados es una auténtica perogrullada, pero nada puede continuar acelerando para siempre. Si miramos más allá del horizonte, tanto adelante como atrás, distinguimos claros indicios de vastos periodos de estabilidad y tranquilidad que no hacen sino empequeñecer nuestro breve momento de frenesí civilizador. Los arqueólogos llevan largo tiempo desconcertados por las decenas de miles de años en los que no parece que haya ocurrido gran cosa que implique un progreso. Los restos óseos demuestran que la anatomía de nuestros antepasados era moderna, y sus cerebros, que en realidad eran un poco más grandes que los de los humanos contemporáneos, sugieren que tenían una gran capacidad mental, pero sus vidas no cambiaban. Los objetos hallados revelan muy pocos avances en el diseño de puntas de lanza o flecha, en los ritos funerarios, en la decoración, etc. ¿Por qué estuvieron tanto tiempo atascados? Mi propuesta es que no estuvieron en absoluto atascados: estaban en casa. Si la necesidad es la madre de las invenciones, ¿por qué nos cuesta tanto suponer que se encontraban cómodos y felices, sin ninguna aparente necesidad de «progreso»? En nuestro mundo, donde es habitual menospreciar el presente como una zona de calentamiento para un futuro mejor, y donde la desinformación acerca de la larga prehistoria de nuestra especie está completamente generalizada, es difícil reconocer que la vida de nuestros ancestros no era solitaria, pobre, desagradable, brutal o corta. Nos resulta casi imposible concebir que podrían haber estado contentos de permanecer donde estaban. Sin embargo, esto es lo que la evidencia sugiere.
Christopher Ryan 

 


Thích Nhất Hạnh: la metafísica de la respiración

Hay pensadores que construyen sistemas, y hay otros que desmontan el suelo mismo sobre el que creemos estar parados. Thích Nhất Hạnh pertenece a esta segunda estirpe. No fundó una filosofía en el sentido clásico, no levantó catedrales conceptuales, pero hizo algo más difícil: enseñó a mirar de tal modo que muchas de nuestras categorías se vuelven inútiles.

Su gesto filosófico fundamental no fue explicar el mundo, sino suspender la ilusión de separación.

I. El error original: creer que estamos solos

La metafísica occidental ha girado durante siglos en torno a una obsesión: el individuo. Incluso cuando habla de comunidad, parte de sujetos separados que luego “se relacionan”. Thích Nhất Hạnh invierte el punto de partida. No hay individuos que después se conectan; la conexión es anterior a cualquier individuo.

A esto lo llamó interser.

Un concepto engañosamente simple, pero devastador. No significa que “todo esté conectado” en un sentido vago o sentimental. Significa algo más radical: nada existe por sí mismo. Una hoja contiene la nube, el sol, la lluvia, el suelo y el tiempo. Si quitas uno solo de esos elementos, la hoja desaparece. La hoja no “tiene” relaciones: es relaciones.

Aquí no hay metáfora bonita. Hay una ontología.

Si esto es cierto —y Thích Nhất Hạnh no pide que se crea, sino que se observe— entonces la noción de un yo autosuficiente empieza a desmoronarse. Y con ella, buena parte de nuestra ética, nuestra política y nuestra forma de sufrir.

II. La respiración como fenómeno filosófico

Respirar parece trivial. Precisamente por eso es profundo.

Thích Nhất Hạnh convirtió la respiración en un objeto de atención filosófica porque en ella ocurre algo escandaloso: no controlamos aquello que nos sostiene. El aire entra y sale, nos atraviesa, nos mantiene vivos sin pedir permiso a nuestra voluntad.

Respirar es experimentar, instante a instante, que vivir es dejarse atravesar.

Aquí hay una crítica silenciosa a toda filosofía del dominio: dominar la naturaleza, dominar el cuerpo, dominar al otro, dominar el tiempo. La respiración muestra que la vida no funciona así. No se posee. Se acompasa.

En este sentido, la atención plena no es una técnica de relajación, sino una disciplina ontológica: entrenarse para habitar un mundo donde no somos el centro ni los dueños.

III. El sufrimiento y la ilusión del yo

Para Thích Nhất Hạnh, el sufrimiento humano no nace principalmente del dolor, sino de la reificación del yo. Convertimos procesos en cosas, identidades flexibles en bloques rígidos: yo soy así, ellos son así, el mundo es así.

Cuando el yo se solidifica, cualquier amenaza se vuelve absoluta. Defender la imagen que tenemos de nosotros mismos se vuelve más importante que comprender, que escuchar, que vivir.

Desde esta perspectiva, el odio no es una emoción fuerte: es una confusión metafísica. Creemos que el otro está separado, que su dolor no tiene nada que ver con el nuestro. Y actuamos en consecuencia.

La compasión, entonces, no es una virtud moral que se añade al carácter; es el resultado lógico de ver con claridad.

IV. Silencio contra ruido: una crítica a la modernidad

Thích Nhất Hạnh fue un crítico feroz —aunque suave en las formas— de la civilización contemporánea. No por sus tecnologías, sino por su incapacidad de estar presente. Una sociedad que huye del silencio huye de sí misma.

El ruido constante no es accidental: es una estrategia de evasión. Mientras no nos detenemos, no vemos. Mientras no vemos, no cuestionamos. Mientras no cuestionamos, el sistema funciona.

Desde aquí, la práctica del silencio se vuelve peligrosa. Pensar despacio es subversivo. Respirar conscientemente es negarse a vivir únicamente como engrane.

No porque el silencio tenga respuestas mágicas, sino porque devuelve las preguntas.

V. Ética sin mandato, responsabilidad sin culpa

Una de las aportaciones filosóficas más finas de Thích Nhất Hạnh es su ética sin imperativos. No dice “debes”, dice “mira con atención”. No amenaza con castigos ni promete recompensas. Confía en que ver bien transforma la acción.

Si intersomos, dañar al otro no es inmoral: es absurdo. Si el otro no está fuera de mí, la violencia se vuelve una forma de autoengaño.

Esta ética no se apoya en normas externas, sino en una comprensión profunda de la realidad. Es exigente precisamente porque no ofrece excusas.

VI. Conclusión: una filosofía sin estruendo

Thích Nhất Hạnh no gritó verdades. Susurró evidencias. En un mundo obsesionado con el ruido, propuso la atención. En una época de identidades rígidas, propuso procesos. En una civilización armada hasta los dientes, propuso respirar.

No porque respirar solucione todo, sino porque sin respirar conscientemente no entendemos nada.

Su filosofía no pide adhesión, pide presencia. Y eso, paradójicamente, es lo más difícil.

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